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sábado, 11 de marzo de 2023

Gemelas

 

Imagen hiperrealista de dos hermanas gemelas idénticas vestidas de novia con trajes tradicionales mexicanos bordados. Una hermana tiene una expresión de preocupación y sostiene una flor blanca pequeña, mientras la otra muestra una sonrisa traviesa y sostiene una rosa roja. Al fondo, se aprecia una vibrante fiesta de pueblo con mariachis, decoraciones coloridas y la silueta de los volcanes bajo un cielo despejado.

Descubre "Gemelas", un fascinante relato de Edgar Sánchez Quintana que entrelaza las ricas tradiciones de una boda en Tlaxcala con un inesperado y perturbador giro de identidad que cambiará la vida de dos hermanas para siempre.

El día pintaba opaco por la ceniza de don Goyo. Yo no tenía otra cosa que hacer más que perder el tiempo, como envidiablemente nadie más lo hace, cuando sonó el teléfono. Era mi amigo Marcelo, con una invitación para acompañarlo a Los Reyes Quiahuixtlan.
Nos vimos en un punto cercano y tomamos la combi que nos llevaba por ese rumbo. En el colectivo me informó que íbamos a una boda. Yo no soy mucho de fiestas, y menos de bodas, y tampoco llevaba ropa adecuada para la ocasión, pero en fin, como sea y como cayera, nos fuimos a la boda. Para matar el tiempo, esperamos un poco tomándonos un refresco en una tenducha.
A las tres de la tarde, la comitiva nupcial apareció. A la cabeza, un cuarteto de jóvenes a pie: las dos novias, idénticas y radiantes, y los dos novios, de traje negro y corbata. Se veían tan contentos como si vinieran de firmar su divorcio. Ellas lucían vestidos de novia sin mácula de error, perfectos. Detrás, los mariachis y el resto de los invitados.
La calle era de terracería y en cuesta. Los pajes, levantando la cola de los vestidos, incrementaban la polvareda adrede, como si quisieran dejar una estela bien marcada, y cada uno se ganó un coscorrón de su respectiva madre. En la entrada de la casa, grandes lianas de margaritas y ramas adornadas enmarcaban una estrella, el símbolo de que allí se casaban mujeres. En este caso, dos gemelas idénticas, delgadas y frutales.
El ambiente ya estaba montado. El conjunto musical a la izquierda, y frente a él, grandes mesas dispuestas para el banquete. A un lado, dos baños rústicos tipo fosa séptica; al otro, un tapanco de tepetate de metro y medio, y sobre él, un jardín de pasto y hierbas con una regia planta de nopal. A lo lejos, como un telón de fondo, se dibujaban la ciudad de Tlaxcala y las siluetas imponentes del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.
La historia de las gemelas era bien conocida en el pueblo. Había muchos padrinos, pues casi todos habían participado de alguna manera en la vida de las hijas de don Carmelo. Nara y Nariara cantaban en el coro de la iglesia y eran activas en la pastoral juvenil.
Nacieron agarradas de la mano, un presagio que su madre siempre consideró bueno. Lo que no le agradó tanto fue su asombroso parecido. Al principio, le costaba saber quién era quién, pero con el tiempo aprendió a diferenciarlas por su carácter. Una era muy llorona; la otra, un trompo que no se estaba quieto. Ya en la adolescencia, las diferencias se acentuaron: una, Nara, decía siempre la verdad; la otra, Nariara, mentía todo el tiempo. Nara era recatada; Nariara, enamoradiza y risueña con los hombres.
Conocieron a sus ahora esposos en lugares distintos. Nara encontró a Vicente en el coro, donde él tocaba la guitarra y, a veces, llevaba serenatas a las novias de sus amigos. Vicente, hijo de un comerciante de manzanas, acababa de terminar la carrera de Administración. Nariara, por su parte, conoció a Fermín en un antro. Él había estudiado en el Tecnológico de Apizaco y trabajaba como ingeniero en cómputo en la sucursal de IBM en Puebla.
Los dos noviazgos prosperaron, los cuatro se hicieron buenos amigos y decidieron casarse en una sola fecha, un sueño que compartían desde hacía mucho tiempo, casi como una repetición de su fiesta de quince años.
Enamoradas de sus raíces, siguieron las tradiciones de Los Reyes Quiahuixtlan al pie de la letra. Cargaron la cruz de flores a la entrada de la casa, tomaron su tarro de pulque, fueron llevadas en brazos por sus esposos hasta la carpa del banquete y se hincaron para recibir la bendición de padres y padrinos. Luego vinieron los bailes: el chochocol, el del guajolote, el vals y la víbora de la mar. De comida sirvieron mixiote, arroz y mole con tortillas de comal. Para beber, pulque, agua de Jamaica, refrescos y bebidas preparadas por un pariente que era barman en el conocido bar “El Sótano”.
La fiesta se llevó a cabo sin grandes sobresaltos. Todos disfrutaron del festín y el jolgorio. Cuando pasaron a pedir dinero para la luna de miel, la gente fue generosa. Ya tenían reservado el hotel Elcano en Acapulco, sobre la costera Miguel Alemán, por tres días y dos noches. De regreso, planeaban visitar a unos familiares de Vicente en Chilpancingo y luego pasar unos días en Taxco.
—¿Gustan cooperar para el viaje de bodas? —dijo Nariara, acercando una zapatilla con dinero.
—Claro. Que la pasen muy bien en su luna de miel y que sean muy felices tú y tu hermana. Todo ha estado muy bien, gracias por todo —afirmó Marcelo, acomodando un billete generoso.
Más tarde, las hermanas y sus esposos contaban el dinero entre risas.
—Mira, hermana, ¡ya juntamos un buen! —exclamó una.
—Oye, a ver, vamos a ver cuánto juntaron ellos.
—¿Cuánto llevan?
—¡Ya juntamos pa’ las caguamas! —bromeó uno de los novios.
—¡Cállate, qué caguamas! Necesitamos para la gasolina y las casetas. A ver, nosotras juntamos más.
—Pues claro, ustedes están de locales y nosotros de visitantes.
—Por eso las queremos tanto.
—Mua, mua.
Ya en Acapulco, el calor las recibió con una bofetada húmeda.
—Mira, hermana, ¡qué bonito hotel! ¡Ay, cuánto calor! Vamos a las habitaciones. Lo bueno es que están juntas, la vamos a pasar bien. ¡Ayyy, ya quiero estar con él! —dijo Nariara.
—¡Ay, picarona! —rio Nara.
—Yo también quiero estar en sus brazos. Todo esto es maravilloso, parece un sueño.
—Me voy a poner el negligé blanco.
—Ahorita que suban a la habitación brindamos y cada quien a lo suyo. Pero ya es muy tarde, hay que dormir.
—Yo lo último que quisiera es dormir —susurró Nariara—. Quiero hacer el amor con él incansablemente. Ay, Fermín, mi amor.
En la habitación, los cuatro brindaron. Las botellas de vino y algo de reserva que habían llevado se descorcharon entre risas y recuerdos de la fiesta.
—¡Se fijaron cómo la tía Juana se puso como trompo después de todas esas copas que se tomó! —comentó Vicente.
—¡Jiji, no manches! Todo el mundo lo va a comentar.
La noche transcurrió entre anécdotas, bromas y el murmullo del mar que se colaba por la ventana. El cansancio y el alcohol finalmente los vencieron, y cada pareja se retiró a su respectiva habitación.
La mañana los descubrió durmiendo plácidamente. Era un hermoso día soleado, y el calor acapulqueño, alharaquiento, fue el primero en despertar a las gemelas. Nariara, con los ojos muy abiertos en la penumbra, sacudió suavemente a su hermana, que dormía a su lado.
En voz baja, casi un siseo, soltó la bomba:
—Nara, despierta. Oye… te acostaste con mi Fermín. Y yo con tu Vicente.
Nara abrió los ojos. El mundo se le vino encima. Se miraron, idénticas en su espanto, y se agarraron de las manos, así como habían nacido.
—Virgen santísima, ¿y ahora qué? —susurró Nara, con el pánico helándole la sangre. La verdad, su ancla, su única certeza, se había hecho añicos.
Nariara, la mentirosa, la que siempre encontraba una salida, la miró con una calma aterradora. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó en sus labios.
—Pues no sé… —dijo, y su tono era de una falsa inocencia—. No los vayas a despertar.
Nara la miró, buscando una respuesta, una solución, pero solo encontró el reflejo de su propio rostro en los ojos de su hermana. Por primera vez en su vida, la verdad le pareció un castigo insoportable.
—No les digas nada —continuó Nariara, su voz ahora firme, como si dictara una sentencia—. Al cabo que no creo que se den cuenta. Anda, ya métete a la regadera, yo haré lo mismo. Y ponte ese bikini azul, el muy provocativo. A él le va a gustar.


jueves, 9 de marzo de 2023

Kid Palotes

 

Retrato hiperrealista de un hombre de facciones rudas y cuerpo robusto vestido con una chamarra de cuero oscura sobre un uniforme policial. Su mirada es intensa y decidida, con las manos vendadas sugiriendo entrenamiento en artes marciales. Se encuentra en una calle empedrada de Tlaxcala al atardecer, con los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl de fondo bajo un cielo dramático.

Conoce la impactante vida de "Kid Palotes", un policía de Tlaxcala que ocultaba tras su uniforme la maestría de un guerrero ninja, en esta crónica sobre lealtad, disciplina y resistencia.


De cara tosca y cuerpo grandote, Kid Palotes era la imagen perfecta del policía que espanta a los niños. Así le habían apodado en la corporación donde laboraba, aunque algunos también le decían "el Tonfas" por su maestría para apuntar garrotazos a los más insumisos, siempre de manera precisa y profesional. Era un artemarcialista con muchos años de estudio en Bujinkan Budo Taijutsu, un arte que otros llamarían ninjutsu. Dudo que en la corporación supieran del profundo conocimiento que poseía; para ellos, no pasaba de ser el “ninja loco” por su comportamiento a veces incomprensible. Era hosco y reservado, sobre todo con los desconocidos, y faltaba a tantas reglas sociales que a menudo parecía no entenderlas o, simplemente, le sacaban de quicio.

La historia de Kid Palotes se remonta a finales de los años setenta, cuando las artes marciales estaban en su apogeo y los jóvenes mexicanos imitaban los movimientos de Bruce Lee. Tlaxcala no fue ajena a esa marejada de cultura popular, y aquí también surgieron fanáticos del kung fu y el karate. Kid Palotes era un enamorado de este arte y coleccionaba todas las revistas sobre el tema. Su ensimismamiento era tal que no es mentira decir que, como a un artemarcialista de película, le sangraban las manos y los nudillos por el entrenamiento excesivo. Me tocó verlo practicar con un bastón contra un árbol o un poste de madera; cada golpe era letal.

Llegamos a entrenar juntos. Era muy perfeccionista, y cada movimiento tenía su razón de ser. El arte marcial que yo practicaba era Lima Lama, pero el suyo abarcaba áreas que yo desconocía. Como profesor, siempre me cuidó mucho, aunque el Bujinkan es un arte fuerte, diseñado para la guerra y la estrategia. Supe que en algunos entrenamientos había lastimado seriamente a compañeros, y su propia esposa me advirtió que no entrenara con él porque podría lastimarme. Tal era su apasionamiento que a veces no distinguía un entrenamiento intenso de un ataque real. Y, en su lógica, así debía ser.
El maestro de Kid Palotes era Gustavo Sánchez, un profesor de Atlixco, Puebla, cuyo instructor directo era Masaaki Hatsumi, sōke (gran maestro) de la Bujinkan Budo Taijutsu y poseedor de las nueve tradiciones ninja.

En la década de los noventa, Kid Palotes llegó a diseñar y fabricar equipo táctico ninja para los grupos de guardias presidenciales. Era equipamiento que no estaba a la venta y cuyos usos muy pocos conocían. Cuando terminó el sexenio, le requisaron su taller, confiscaron toda evidencia del equipo realizado y le prohibieron volver a fabricar esos materiales. La amenaza fue clara: si se enteraban de que lo hacía, le “partirían su madre”. Quizás lo que buscaban era evitar la insurgencia de grupos bien adiestrados con conocimientos sobresalientes. Llegó a mostrarme bóxers para golpear, espinilleras de plástico duro, antebraceras que podían parar un machetazo, botas con una punta de acero retráctil y, por supuesto, shuriken y demás armas de su arte.

Kid Palotes tuvo una esposa, pero no hijos propios. Crio a la hija de ella como si fuera suya. Su esposa, una ex policía, se dedicaba a prácticas esotéricas. Hacía limpias y sanaciones, pero tenía un carácter irascible y, a veces, no controlaba su energía, llegando a hacer daño con solo maldecir. Andaba inmiscuida con grupos de brujos, manejaba amarres y conjuros, y sospecho que eso fue lo que la llevó a la muerte. La secuestraron. Su cuerpo apareció sin cabeza; tiempo después, la cabeza fue encontrada de manera circunstancial. Kid Palotes andaba muy asustado, porque los judiciales lo llevaron a la procuraduría para que confesara si él la había matado. Le dieron su paliza, pero no lograron sacarle una confesión falsa, porque él no había sido. Además, ya había estado en circunstancias similares en décadas anteriores y conocía la ceguera al dolor de quien ya está curtido.

Kid Palotes era coherente consigo mismo. Siendo policía, fue incapaz de ser corrupto y prestarse a las mañas de muchos, lo que le granjeó enemistades dentro de la corporación. Era marginado y sufría vejaciones en su trabajo, pero sabía cómo cobrárselas con una venganza bien armada. Si sabes ninjutsu, sabes el arte de la estrategia. Tarde o temprano, la tienes ganada.

Cuando estaba en turno, a menudo lo asignaban a los grupos antimotines en distintos municipios. Así, se vio en medio de conflictos en Texoloc, Nativitas y Tlaxcala capital. Siempre lo ponían como punta de lanza para desarmar a rijosos con machetes, a borrachos con garrotes o a drogadizos indolentes.

Tuve la fortuna de aprender de él el manejo del tonfa, del PR-24, algo de katana y gotompo, entre otras muchas cosas. Su amistad me enriqueció y me ayudó a comprender vidas distintas y pensamientos diversos. Su apasionamiento me enseñó que lo que te gusta debes desarrollarlo, pulirlo, acrecentarlo y nunca dejar de aprender.

Kid Palotes no murió de COVID-19. Tenía diabetes, y se le complicó. Me enteré de su muerte meses después. Esto es una reseña de su vida y un reconocimiento a mi maestro.


martes, 7 de marzo de 2023

Feminismo, Política y Familia: Un Nudo Ciego

 

 
Imagen cinematográfica que muestra en primer plano un nudo ciego hecho de cuerdas gruesas enredadas con un cartel político desgastado. Al fondo, de forma desenfocada, se observa una manifestación feminista con pancartas moradas en las Escalinatas de Tlaxcala. A un costado, una proyección cálida muestra a una abuela y su nieta, simbolizando las raíces familiares de las estructuras sociales.

¿Es el feminismo una lucha por la soberanía individual o un peón de la política? Edgar Sánchez Quintana analiza el "nudo ciego" entre la familia, el poder y la verdadera revolución de la conciencia.


El pasado domingo, mientras deambulaba por las escalinatas de Tlaxcala, me encontré con una manifestación feminista. Entre discursos y aplausos, apareció el eslogan de Marcelo Ebrard, entonces candidato a la presidencia de México. La escena era, por decir lo menos, reveladora: un movimiento que se define por su lucha contra el poder patriarcal, siendo utilizada como plataforma para un hombre político. Este evento, que podría parecer anecdótico, es en realidad un síntoma de un problema mucho más profundo: la cooptación de las causas sociales por la política y la confusión ideológica que esto genera.

El feminismo, en su esencia, es un movimiento que busca la protección de los derechos de las mujeres. Sin embargo, en la práctica, se ha fragmentado en una multitud de corrientes, algunas de las cuales han logrado avances significativos, mientras que otras han derivado en posturas que, paradójicamente, terminan por socavar la causa que dicen defensor. Para entender este fenómeno, es necesario desglosar sus componentes.

El Machismo: Un Problema de Origen Familiar

En México, el machismo es una especie de roca social que se contagia desde la familia tradicional. Y, contrario a lo que se piensa, no es el hombre quien lo promueve, sino la mujer quien, a menudo de manera inconsciente, le otorga privilegios al varón en detrimento de sus propias hijas. El empoderamiento del individuo debería ser equitativo, sin distinción de sexo, pero la realidad es que la estructura familiar mexicana sigue anclada en prejuicios y roles de género que no promueven una mejora real. ¿Cómo le decimos a la abuela que deje de consentir al nieto mientras pone a la nieta a lavar los trastes? Hacer mover prejuicios y tradiciones es más difícil que derrumbar un edificio.
La familia es la célula de un sistema social, y su enraizamiento se da a través de estructuras como los ideales, el “deber ser”, las instituciones y el Estado. Incluso el lenguaje está impregnado de esta estructura. Por esta razón, no se puede cambiar la forma de comunicarnos de manera caprichosa; hacerlo no es otra cosa que un autoritarismo de minorías. No se pueden cambiar aspectos de una sociedad que no nos gustan si no se ha comenzado por el mismo individuo.

La Soberanía Individual: El Verdadero Empoderamiento

Para que una mujer (o cualquier individuo) alcance su soberanía, debe comenzar por sí misma. La soberanía no se reclama, se integra. Es una valorización interna, una convicción de que se tiene derecho a ella, no una concesión externa. Y aquí es donde muchos movimientos feministas contemporáneos se equivocan: exigen al exterior lo que no han construido en el interior. Buscan en la política y en la protesta una solución a un problema que es, en su raíz, existencial.
La aparición de Marcelo Ebrard en una manifestación feminista es el ejemplo perfecto de esta contradicción. Un movimiento que debería estar enfocado en la soberanía individual de la mujer, se convierte en un peón en el ajedrez político de un hombre. Los activistas, en lugar de estar construyendo su propio poder, terminarán por legitimar el poder de otro. Se vuelve parte del mismo sistema que dicen combatir.

Conclusión: ¿Qué Hacer?

Una cisma social real, una que cuestione las bases de la familia y la educación, podría establecer los equilibrios de género como ideales para una sociedad sana. Pero mientras sigamos atrapados en la idea de que la solución es política y no personal, seguiremos viendo la misma escena: políticos cooptando causas justas, movimientos sociales perdiendo su rumbo, y una sociedad que, a pesar de tanto ruido, no cambia en lo fundamental. La verdadera revolución no está en las calles, sino en la conciencia. Y esa es una batalla que cada individuo debe librar por sí mismo.

martes, 28 de febrero de 2023

Las que no partieron

 Las que no partieron

Imagen cinematográfica de un terreno baldío con escombros donde antes se erigía un hospital. Dos figuras fantasmales y traslúcidas, una mujer y una niña pequeña, deambulan por el lugar con expresiones de profunda tristeza y búsqueda, rodeadas de una atmósfera melancólica bajo un cielo crepuscular.


El Hospital General de Tlaxcala ya no existe, pero las almas de Francisca y Tamara siguen buscándose entre los escombros. Descubre "Nosocomio", una desgarradora historia de amor y pérdida más allá de la muerte.

El Hospital General de Tlaxcala ya no está. Donde antes se erigía un edificio lleno del ajetreo de pacientes adoloridos, de parturientas caminando con el peso de una vida nueva, y de médicos con batas blancas y estetoscopios al cuello, ahora solo queda un terreno baldío. Un hueco en el corazón de la ciudad. Pero hay vacíos que no se llenan con tierra, porque están ocupados por la memoria y el dolor.

La historia de Francisca y Tamara es una de esas memorias. Francisca llegó una tarde de febrero, con el aliento corto y un fuego en los pulmones que los doctores llamaron neumonía. De su mano se aferraba Tamara, su hija de cinco años, una niña de ojos grandes que miraba con desconfianza las paredes descascaradas y el ir y venir de las enfermeras.

Mientras a Francisca la instalaban en una cama y le conectaban un sueño, la niña se quejó de un dolor agudo en el vientre. Un dolor que empezó como un pellizco y que en menos de una hora se convirtió en un grito. La entrada de emergencia. Apendicitis, dijeron. Una operación de rutina. “No te preocupes, mamá, la cuidaremos”, le dijo una enfermera a Francisca antes de que se llevara a la niña. Fue la última vez que la vio.

Francisca murió tres días después. La neumonía, o quizás la pena, le cerró el último resquicio de aire. Pero su espíritu no se fue. Se quedó atrapado en los pasillos del nosocomio, en un limbo de confusión y angustia. Su única misión, su único pensamiento, era encontrar a Tamara. Flotaba por las salas, una corriente de aire frío que susurraba un nombre, buscando a la niña que había dejado encargada con una enfermera de rostro anónimo.

Tamara no salió del hospital. La operación de rutina se complicó. Una infección, una negligencia, un diagnóstico tardío. Una semana después de la muerte de su madre, la niña murió de septicemia. Su pequeño cuerpo se rindió, pero su alma, como la de su madre, se negó a abandonar el edificio. Se levantó de la cama, no con dolor, sino con una pregunta: “¿Dónde está mi mamá?”.

Fue entonces cuando comenzó la leyenda. Las enfermeras del turno de noche empezaron a verla. Siempre en el mismo lugar: a un costado del elevador del tercer piso. Una niña pequeña, con su bata de hospital, que las miraba con sus ojos enormes y preguntaba con una voz clara: "Disculpe, ¿ha visto a mi mamá? Se llama Francisca". La primera vez, una enfermera le respondió que la buscaría. La segunda, otra sentí un escalofrío. A la tercera, cuando una veterana reconoció en ella a la niña que había muerto la semana anterior, el pánico se apoderó del personal. La niña del elevador se convirtió en el fantasma oficial del Hospital General.

Nadie veía a Francisca, pero la sentían. Era una presencia helada en la sala de espera de urgencias, un lamento ahogado en las escaleras, la sensación de que alguien te observaba desde el final de un pasillo vacío. Buscaba a su hija, sin saber que la niña también la buscaba a ella, a solo unos metros de distancia, atrapadas ambas en el mismo laberinto de dolor.

Pasaron los años. El hospital, viejo y carcomido por la ineficiencia y el olvido, fue finalmente clausurado. Llegaron las máquinas y lo derrumbaron. El cascarón que había albergado tanta vida y tanta muerte se convirtió en polvo. Parecía el fin de la historia. Pero no lo fue.

Con el edificio, desaparecieron los muros que contenían a las almas. Y los fantasmas de Francisca y Tamara salieron a la calle. Los vecinos de las calles aledañas, los veladores, los taxistas que pasan de madrugada, juran haberlas visto. Una mujer que deambula por la avenida, con la mirada perdida, susurrando el nombre de “Tamara”. Y a unas cuantas calles de distancia, una niña pequeña que se acerca a los extraños y pregunta, con una tristeza que hiela los huesos: “Disculpe, ¿ha visto a mi mamá?”.

El hospital ya no existe, pero su negligencia dejó una herida abierta en la ciudad. Una madre y una hija que, separadas por la muerte, ahora vagan por las mismas calles, tan cerca y tan lejos, condenadas a una búsqueda que nunca terminará. Son el último eco de un lugar que prometía sanar y que, en cambio, solo supo romper.