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sábado, 20 de mayo de 2023

nonato


Imagen hiperrealista y cinematográfica dividida en tres secciones. A la izquierda, una mujer desolada en una cama rústica en la Sierra de Chihuahua, con una vaca visible por la ventana, simbolizando la pérdida física. En el centro, un nonato translúcido y brillante flota en un espacio etéreo, representando la observación espiritual. A la derecha, una mujer en una clínica estéril, contrastando con una mujer sonriente que sostiene a un bebé en un paisaje soleado de la Sierra de Chihuahua, con un letrero que dice "SOCORRO", simbolizando el ciclo de vida y aprendizaje.


Explora "NONATO", un relato conmovedor de Edgar Sánchez Quintana que navega entre la pérdida, el limbo y la reencarnación, revelando el profundo ciclo de la vida y el aprendizaje en la sierra de Chihuahua.

Acto I: La Tierra

—Yo sí quería tener a este bebé —susurra la mujer, postrada en la cama—, pero la vaca me tumbó de un patadón.
Si tan solo Cesáreo hubiera ido a ordenar, pero tenía que atender a los trabajadores del aserradero. Ya ni modo. Con este son siete mis hermosos bebés abortados. Cómo me encantaría haberlo tenido en mis brazos, apapacharlo, amarlo sin medida. Cómo amaría darle de comer, amamantarlo, que fuera un sentido para esta vida acá, en la sierra de Chihuahua. Voy a seguir intentándolo hasta que ese hijo, o esa hija, se me logre.
La madre toma la sábana, se recuesta de lado y se cobija. Afuera, el rocío ha caído sobre la tierra y las gallinas picotean en busca de maíz quebrado. En el horizonte no hay zopilotes, solo unas nubes escuálidas que se deshacen en el alba.

Acto II: El Limbo

Heme aquí, una sombra, un éter sin tiempo cobijado en el silencio amoroso de la unidad. Existe en temporadas eternas, casi sin movimiento, sin alcanzar esa creación individual, personalizada, completamente humana.
Yo quiero ser , pero esto que soy ya la plenitud, lo abarcante, donde todo está y nada falta. Aun así, la experimentación del ser nunca termina; es infinita, ascendente, siempre explorando posibilidades, siempre tentando a la vida. Porque ese es nuestro destino.
Continuaré como un espectro hasta que pueda, de nueva cuenta, anclarme.

Acto III: La Clínica

Otra mujer, en otro lugar, va con toda la intención a la clínica. No avisa a nadie. Pide permiso en el trabajo y se encamina al lugar de la desesperanza. En la sala de espera, una enfermera, que ya ha tratado a muchísimas pacientes, la recibe. Sabe que muchos se arrepienten en el último instante, que quieren huir, y su trabajo es terminar de convencerlas, apagar esa intuición, ese ser de vida que despierta en su interior.
La mujer sale del procedimiento como si nada, como si se hubiera desprendido de un pedazo de uña o cortado el cabello. La vida le sembraba vida y ella la rechazaba. Es como cuando el brote de una semilla explota en su germinar y, en ese instante, se le cercena la intención. Entonces, la energía contraria se manifiesta.

Acto IV: El Sueño

De nueva cuenta, estoy aquí, en el limbo. Una vez más, regreso a la cómoda estancia del Uno para cavilar, para comprender los sinos de la vida humana. Me pregunto por qué la vida suele ser tan efímera, tan carente de cohesión, a veces irracional.
Desde esta trascendencia, observa a la madre que me negó. Veo su vida desplegarse en una estela de desventuras, depresión y un profundo vacío. Soy un ser con compasión y empatía. Yo dejo que la madre aprenda, porque cuando la madre aprende, los nonatos ya no somos necesarios. Nos extinguimos, porque todas abrazan la vida y la manifiestan desde su ser.
Años después, la madre que me rechazó se recuesta en su cama. Es de noche. Duerme profundamente y sueña.
(En un espacio de luz tenue, el Nonato flota. Aparece la figura etérea de la Madre.)
Nonato: ¿Quién eres? ¿Por qué me ha traído aquí?
Madre: Soy quien te dio la vida y luego te la arrebató. Estoy atrapada en la tristeza desde entonces.
Nonato: Siento el peso de tu arrepentimiento. ¿Por qué?
Madre: Tenía miedo. Estaba confundida. No estaba preparado. Y ahora veo cuánto me equivoqué. Me arrepiento cada día.
Nonato: A pesar de todo, te perdono. Fue una decisión difícil. Pero ahora debes encontrar tu propia paz.
Madre: No merezco tu perdón. ¿Cómo puedo encontrar la paz después de lo que hice?
Nonato: El primer paso es perdonarte a ti misma. No puedes cambiar el pasado, pero puedes usar esta herida para crecer. Aprende a amarte, a cuidar de ti. Tienes la capacidad de encontrar un propósito.

Acto V: La Vida

Lejos de allí, en la sierra de Chihuahua, la mujer que había perdido a su hijo por un accidente con una vaca, tuvo, después de tantos intentos, una hija. Le puso por nombre Socorro, porque se la había encomendado al Perpetuo Socorro para que se lograra. La amó y la quiso mucho.
Ese nonato que no fue, reencarnó en el deseo de su madre y se convirtió, con los años, en una mujer que también deseó tener muchos hijos.

Heme aquí, uno de los hijos de esa señora Socorro. Alguien que escribe, que deja enseñanza de esa sabiduría de vida que es amar la existencia y cobijarla, toda, con amor.


martes, 9 de mayo de 2023

La Voluntad del Poeta: Creación y Resiliencia en la Obra de José Pérez Márquez

 


Imagen hiperrealista y cinematográfica de un hombre, que representa a José Pérez Márquez, sentado en un vasto desierto árido. Está concentrado en la creación manual de un libro, cuyas páginas emiten una luz sutil. Pequeñas plantas vibrantes brotan de la tierra agrietada a su alrededor. En el fondo, una tenue red etérea de luces simboliza su presencia digital. La escena está bañada por una luz dorada del atardecer, contrastando la inmensidad del desierto con la íntima y resiliente labor del poeta.

Descubre la inquebrantable voluntad de José Pérez Márquez, el poeta tlaxcalteca que, con sus libros artesanales y su persistencia, redefine la creación literaria como un acto de resiliencia y autoafirmación frente a las adversidades.

El primer encuentro con la obra de un autor define la lente con la que se le leerá. En mi caso, el encuentro con José Pérez Márquez fue una colaboración: tuve el honor de escribir el prólogo y diseñar la portada de su ópera prima, "Sol y Quebranto" (2012). Desde esa semilla, ha sido testigo de una trayectoria poética marcada por una voluntad inquebrantable de expresión, un viaje que se puede definir como la persistencia de quien escribe no por elección, sino por necesidad vital. Este ensayo sostiene que la obra de Pérez Márquez es un acto de autoafirmación y resiliencia frente a las barreras, tanto institucionales como personales, utilizando la precariedad material y la discreta presencia digital como sus herramientas de supervivencia artística.

La fabricación de sus libros es, en sí misma, una declaración de principios. Obras como "Tierra de Luz" o "Fragmentos de mi vida", hechas a mano con pastas de cartón e impresiones de fotocopiadora, no son un signo de carencia, sino de disidencia. En un mundo editorial de difícil acceso, Pérez Márquez transforma cada poemario en un "arte objeto", un manifiesto físico donde la honestidad del material refleja la crudeza de sus temas: la soledad, la búsqueda de la belleza en lo cotidiano, la dualidad de la luz y la oscuridad. Esta elección es un acto de autonomía que antepone la intimidad del mensaje a la lógica del mercado.

Temáticamente, su poesía ha madurado desde la catarsis personal de "Sol y Quebranto" hacia una contemplación más profunda del mundo. Si su primer libro era la crónica de una "lucha interna", los siguientes se abren a la observación. En "Tierra de Luz", todo sucede bajo el sol, y en obras posteriores, la prosa poética se convierte en una herramienta para analizar la condición humana. Su voz evoluciona, pero la motivación persiste: usar la poesía para entender y para entenderse, reclamando un espacio en las letras que en otro momento le fue vedado.

Finalmente, su proyecto se extiende, con la misma discreción, al espacio digital. Lejos de buscar el aplauso masivo, su presencia en plataformas como Facebook o TikTok parece seguir la misma lógica de sus libros: es un canal íntimo para compartir lecturas y reflexiones. No busca la fama, sino la conexión genuina, continuando su diálogo con un "desierto" que, gracias a la tecnología, ya no tiene fronteras. Su lucha es por mantener una conversación viva, demostrando que su persistencia es una forma coherente y multifacética de sembrar en la aridez. La victoria de José Pérez Márquez no radica en conquistar el desierto, sino en la belleza y la resiliencia de seguir sembrando en él.

viernes, 14 de abril de 2023

Lomo Plateado: Elogio de la Madurez

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica de un majestuoso gorila de lomo plateado, con expresión serena y sabia, sentado tranquilamente en medio de un frondoso bosque antiguo. Sus ojos transmiten profunda comprensión y fuerza silenciosa. En el fondo, sutilmente integradas, se aprecian siluetas de hombres maduros (de 50 años o más) realizando actividades reflexivas: uno meditando, otro ofreciendo orientación a una persona más joven, un tercero observando un vasto paisaje con una mirada conocedora. La iluminación es suave y dorada, enfatizando la dignidad y la seriedad del gorila y los hombres. La atmósfera general evoca sabiduría, paz y el profundo valor de la experiencia acumulada, contrastando con un sutil indicio del mundo moderno, acelerado y obsesionado con la juventud, en la lejanía (por ejemplo, luces borrosas de la ciudad o patrones digitales tenues).


Descubre el "Lomo Plateado", un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que reivindica la madurez masculina como fuente de sabiduría, serenidad y liderazgo, desafiando la obsesión cultural por la juventud perpetua.


En una cultura obsesionada con la juventud perpetua, llegar a la madurez —esa frontera simbólica de los cincuenta años o más— es a menudo visto como el inicio de un declive. La sociedad, con sus implacables estándares de éxito y fracaso, nos empuja a medir la vida en términos de productividad y apariencia, ignorando la forma más auténtica de riqueza que solo el tiempo puede otorgar: la sabiduría decantada de la experiencia. Este ensayo es una reivindicación de esa etapa de la vida, un intento de desglosar el valor del hombre maduro a través de una metáfora tomada de la naturaleza: la del "lomo plateado".

La sabiduría de la vida, en su forma más pura, a menudo se revela no en los complejos discursos humanos, sino en la observación silenciosa del mundo animal. Me fascinan los primates, y en particular los gorilas, por su asombrosa similitud con nuestra propia estructura social. Dentro de la manada, el gorila de lomo plateado no es simplemente el más fuerte o el más agresivo. Es el eje sobre el cual gira el equilibrio del grupo. Su función no es la dominación por la fuerza bruta, sino la estabilización. Es el protector, el mediador, el que resuelve conflictos con una economía de gestos que denota una confianza absoluta en su posición. No necesita demostrar su poder porque este emana de su sola presencia, de su experiencia acumulada y de la responsabilidad que asume por el bienestar del grupo. Su liderazgo es una fuerza tranquila, una certeza que calma y ordena.

Este arquetipo del lomo plateado resuena profundamente con una concepción de la madurez masculina que nuestra sociedad ha olvidado. Se nos ha hecho creer que el hombre de más de cincuenta está en sus últimos años, que “chochea” o que su valor reside únicamente en el estatus material que ha acumulado. Sin embargo, esta visión es superficial. La verdadera valía del hombre maduro no está en su cuenta bancaria ni en su capacidad para competir con los más jóvenes, sino en una serie de cualidades que, al igual que en el gorila, se han forjado en el crisol del tiempo.

La primera de estas cualidades es una serenidad ganada . El hombre joven vive en un estado de agitación constante, impulsado por la ambición, la inseguridad y la necesidad de probarse a sí mismo ya los demás. El hombre maduro, en cambio, ha librado ya suficientes batallas para saber cuáles merecen la pena y cuáles no. Ha aprendido a diferenciar entre lo urgente y lo importante. Su energía ya no se desperdicia en la autoafirmación, sino que se canaliza con propósito. Esta calma no es pasividad, sino una forma superior de poder: el poder de quien conoce su propio centro y no se deja arrastrar por las tormentas pasajeras.
La segunda calidad es la perspectiva . El hombre que ha vivido medio siglo ha sido testigo de ciclos, ha visto imperios personales y colectivos alzarse y caer, ha experimentado el fracaso y la resiliencia. Esta visión a largo plazo le otorga una capacidad única para relativizar los problemas y para ofrecer consejos sin la urgencia del pánico. Mientras el joven ve cada crisis como el fin del mundo, el hombre maduro la ve como un capítulo más en una larga historia, un desafío que, como tantos otros, también pasará. Su experiencia le permite ver el bosque más allá del árbol, el patrón más allá del caos.

Finalmente, la cualidad más importante es una integridad silenciosa . El verdadero "lomo plateado" no busca el aplauso ni el reconocimiento. Su código de conducta no depende de la aprobación externa, sino de un conjunto de valores internos decantados a lo largo de los años. Para mí, estos valores se resumen en tres pilares: respeto , no solo por los demás, sino por el camino recorrido y por uno mismo; aceptación de las propias limitaciones, de la inevitabilidad de la pérdida y de la naturaleza imperfecta de la vida; y equilibrio , la capacidad de mantenerse en pie, con dignidad y sin estridencias, en medio de las contradicciones del mundo.

En conclusión, el concepto de "lomo plateado" es un antídoto contra la tiranía de la juventud. Nos invita a redefinir el valor de un hombre no por la tensión de sus músculos o la rapidez de sus reflejos, sino por la serenidad de su mirada, la profundidad de su perspectiva y la solidez de su carácter. Es un llamado a honrar la sabiduría que solo el tiempo puede esculpir, una sabiduría que, lejos de ser un signo de declive, es la manifestación más elevada de una vida plenamente vivida.


martes, 4 de abril de 2023

Manual para ser detenido sin querer

 

Imagen hiperrealista y cinematográfica que muestra a un hombre con una sonrisa cínica, siendo esposado por dos policías antidisturbios (Robocops) en medio de una calle caótica. Al fondo, una protesta se dispersa con pancartas abandonadas y gente huyendo. El sol, como una yema de huevo frita, ilumina la escena, creando un ambiente caluroso y absurdo. Un vendedor de chicles observa la escena con una mezcla de lástima y curiosidad. La composición enfatiza la ironía de un espectador que se convierte en protagonista de una situación sin sentido.

Sumérgete en "Manual para ser detenido sin querer" de Edgar Sánchez Quintana: un relato irónico que exponen el absurdo de la protesta social y la facilidad con la que un espectador puede convertirse en víctima de la burocracia represiva.


El sol era una yema de huevo frita sobre el comal del cielo, y el calor, un animal baboso que se me trepaba por la espalda. El trajín de la calle, el tufo a humanidad del transporte público, el sudor caliente que se me acuartelaba en los sobacos; todo sumaba. Gotas empapadas me resbalaban por la frente lisa y el pantalón se me había vuelto una plasta pegajosa, un dulce de pepitoria adherido a las piernas. Arriba, unas nubes hacían la finta de que iba a llover, pero era pura mueca, una burla celestial que solo servía para espesar el bochorno.
Estoy parado sobre la banqueta, viendo cómo un puñado de gente cierra la calle. Los cláxones, desesperados, se tropiezan en los oídos como chivos sin mecate, una sinfonía de estropajo que me empieza a ladrar en los nervios. Asomo a mis dientes una sonrisa caducada, un gesto alimonado que se me estropea en la cara. Y yo, con mi tolerancia eucarística ya zangoloteada, lo que quiero es reclamarles por no dejar pasar los coches. Muy valiente el hombre, aunque no tenga auto, ni pito que me toque.
— ¿Qué es lo que pasa allá, saben algo? —le pregunto a un señor que vende chicles, más por matar el tiempo que por interés genuino.
—Están haciendo manifestación. Creo que protestan por justicia —responde, sin dejar de mirar al frente, como si viera una película repetida.
—A ver, voy a ver y ahorita les platico —digo, sintiéndome el corresponsal de una guerra que no me importa.
Me acerco al epicentro del desmadre. Los manifestantes se ven novatos, como si los hubieran sacado de un casting para una película de bajo presupuesto. Lucen en sus rostros tostados una sapiencia caducada, como si el propósito de su lucha se les hubiera olvidado en el camino. Veo a uno, un mofletudo con aires de Sancho Panza, y le suelto la pregunta:
—Y ustedes ¿qué reclaman, por qué cierran la calle?
El tipo titubea, mira a sus compañeros como buscando el guion, y luego, con una genialidad pasmosa, se dirige a su propia gente:
—A ver, ustedes díganme, ¿por qué estamos protestando?
Nadie le contesta. La duda flota en el aire, más densa que el calor. Me acerco a otro, un chavo con una pancarta en blanco.
—Oye, que están reclamando, ya se hizo un caos aquí en la calle.
—Es que lo que queremos es que la gobernadora nos escuche —me dice, con una convicción que casi me da lástima—. No nos hace caso y necesitamos presionar.
—Pero si la gobernadora no está. Anda en Europa, en una gira de trabajo —le informo, como quien revela el final de un truco de magia barato.
El chavo se queda quieto. La pancarta se le afloja en las manos. Suelta un suspiro largo, una mezcla de derrota y revelación, y luego murmura para sí mismo:
—Apoco sí... Hija de su chingada madre.
Me alejo de ellos, con una risa cínica que se me atora en la garganta. Qué espectáculo. Un circo de tres pistas sin leones ni payasos, solo un montón de gente protestando contra una silla vacía. Me recargo en una pared, a una distancia segura, para disfrutar del último acto.
Y entonces, como si el director de esta ópera bufa hubiera decidido que faltaba un poco de acción, apareció un camión de antimotines. Se estacionó a media cuadra, con la parsimonia de un elefante cansado, y de su interior empezaron a bajar policías vestidos de Robocop. Escudos, cascos, toletes; el kit completo para dialogar con el pueblo. No parecían tener prisa. Se formaron en una línea, una muralla de plástico y aburrimiento bajo el sol inclemente.
De entre ellos, uno se adelantó. No era el más grande, pero tenía un aire de autoridad burocrática, como de gerente de sucursal de la violencia. Se llevó una radio a la boca y escuchó. Yo, desde mi palco de primera fila en la banqueta, no podía oír las órdenes, pero me las imaginaba: "Procedan con el protocolo 7-G: Dispersión de Inconformes Desorientados".
El oficial, llamémosle Sargento Pérez para darle un nombre a mi verdugo anónimo, bajó la radio y se dirigió a sus hombres. No grité. No arengó. Solo dijo algo en voz baja, y la muralla de escudos empezó a avanzar. Lento. Casi con pereza. Un paso, golpe de tolete contra el escudo. Otro paso, otro golpe. Un ritmo monótono, como el de una fábrica de represión.
Los manifestantes, que seguían tratando de averiguar por qué estaban ahí, se encontraron de pronto con un propósito: el miedo. Empezaron a retroceder, a tropezarse entre ellos. El Sancho Panza mofletudo fue el primero en correr. El chavo de la pancarta en blanco la usamos para cubrirse la cabeza, como si eso pudiera detener un toletazo. Era un caos patético, una estampida de gallinas sin cabeza. Y yo, recargado en mi pared, no podía dejar de sonreír. El gran final. La comedia del absurdo en su máxima expresión.

La mayoría de los manifestantes se dispersaron como cucarachas cuando se prende la luz. En menos de un minuto, la calle estaba casi vacía, con solo algunos carteles olvidados y la dignidad pisoteada. Yo seguía en mi sitio, recargado en la pared, disfrutando del epílogo. El Sargento Pérez, en lugar de perseguir a los que corrían, se detuvo. Miró a su alrededor, como un depredador que ha perdido a su presa, y entonces sus ojos se posaron en mí. El único punto fijo en un mar de movimiento.
Comenzó a caminar hacia mí. Con calma. Con esa parsimonia burocrática que hiela la sangre. Yo no me moví. ¿Por qué habría de hacerlo? Era un espectador, un ciudadano ejemplar que no obstruía el tráfico peatonal. Seguramente venía a decirme que circulara, a darme las gracias por mi cooperación cívica. Incluso prepararé una de mis sonrisas cínicas para la ocasión.
Se paró frente a mí. Su rostro, inexpresivo bajo el casco, no me miraba a mí, sino a través de mí.
—Buenas tardes —le dije, con un toque de ironía que, por supuesto, no captó.
—Buenas tardes —respondió, con la misma monotonía con la que se lee un reporte—. Queda usted detenido.
Mi sonrisa se congeló. Se hizo un nudo en mi cara. Debo haber escuchado mal. El calor, el sudor, el ruido de los cláxones... todo eso debía haberme afectado el oído.
—¿Disculpe? Creo que hay un error. Yo solo estaba mirando. No soy parte de... esto.
El Sargento Pérez sacó unas esposas de su cinturón. El sonido del metal era lo más real que había escuchado en toda la tarde.
—La orden es clara —dijo, como si me explicara el reglamento de tránsito—. Agarrar a todo revoltoso que ande en las mediaciones. Usted está en las mediaciones. Por lo tanto, es un revoltoso.
La lógica era tan aplastante, tan pura en su estupidez, que no supe qué decir. Dos de sus Robocops se acercaron y, con una eficiencia que ya hubieran querido los manifestantes para su protesta, me tomaron de los brazos. No hubo violencia. Fue un trámite. Un papel físico.
Mientras me llevaban hacia la patrulla, con las manos esposadas a la espalda, pasé junto al señor que vendía chicles. Me miró con una mezcla de pena y curiosidad. Le devolví la mirada y, con la última pizca de cinismo que me quedaba, le dije:
—Al final, sí tuve algo que platicarles.
Me subieron a la patrulla. La puerta se cerró y, a través de la rejilla, vi cómo la calle volvió lentamente a la normalidad. Los coches comenzaron a pasar. El sol seguía amigo el asfalto. Y yo, el espectador, el crítico, el hombre que no tenía coche ni pito que le tocaran, me había convertido, por fin, en el protagonista de la función.