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domingo, 27 de noviembre de 2011

El Nihilista de las Gelatinas

Imagen cinematográfica e hiperrealista ambientada en el bullicioso Centro Histórico de la Ciudad de México en 1985. En primer plano, un joven con expresión melancólica e intelectual, vestido con una camisa de cuadros ligeramente desaliñada, se encuentra junto a un carrito de gelatinas de colores. Sostiene un libro de filosofía (como 'El Ser y la Nada' de Sartre) en una mano, absorto en sus pensamientos en medio del vibrante caos. Al fondo, se vislumbra la arquitectura icónica del Zócalo o una calle colonial, con vendedores ambulantes, coches antiguos y una sensación general de la vida urbana de los años 80. Un hombre mayor de aspecto sabio, con el rostro curtido y manos callosas, se aleja del joven, mirando hacia atrás con una sutil sonrisa de complicidad. La iluminación mezcla la dura luz del sol del mediodía con el brillo nostálgico del pasado, enfatizando el contraste entre el mundo interior del joven y la vibrante realidad que lo rodea.
Descubre "El Nihilista de las Gelatinas", un cuento de Edgar Sánchez Quintana donde la arrogancia intelectual de un joven en el México de los 80 choca con la cruda sabiduría de la calle, revelando una verdad sorprendente.

Por Edgar Sánchez Quintana

Ciudad de México, 1985

Está por aparecer en la realidad mi nihilismo efervescente. Me siento abigarrado, escueto, listo para deambular en el sino potente, a cualquier precio; qué más da, hemos ya producido demasiada enclenquencialidad, estamos listos. Ya me asomé al precipicio, y me resulta cómodo el panorama de la desolación, apunto comas y espacios en la oquedad, para agenciarme aunque sea un espacio de letras y verbos. Hemos de relinchar desde el armario, desde los sitios diminutos y mustios, aquellos donde nos empecinamos en la estrechez ajardinada y escueta. Y esta mucha sombra de letras se va a la tiznada, sí, muy lejos a la pura tiznada.

Ya mi intrepidez heroico-lírica acaba de amanecer, estamos completamente listos a decir burradas bajo mi mente aventurera, maternal y centelleante; ahora sí, demiurgos ocultos en los pliegos del ser, comienzan a temblar pues ya empecé a bufar como toro maldito, con mi vaho hediondo quiero tantear frente a su faz, aporrear su denuedo miedo con mi firmeza aplastante, mi estudiada pose de indomable. ¡Ja! Por fin, el primer eructo aparece dando tropezones por el aire.

Así pensaba Daniel, un joven de veintitantos, mientras el sol de mediodía de la Ciudad de México le pegaba de lleno en la cara. No era un sol cualquiera, era el sol de 1985, un sol que aún no había cicatrizado las heridas del terremoto, pero que ya calentaba las calles del Centro Histórico con la misma indiferencia de siempre. Daniel, con su melena desaliñada y una camisa de cuadros que había visto mejores días, empujaba su carrito de gelatinas por la calle de Madero, entre el bullicio de los transeúntes, los pregones de los vendedores ambulantes y el olor a fritanga y escape de microbús.


En su mente, las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre danzaban como demonios eruditos. Se creía un intelectual incomprendido, un nihilista de vanguardia, un espíritu libre atrapado en la vulgaridad de la existencia. Cada gelatina de fresa, limón o piña que vendía era un acto de rebeldía, una bofetada al sistema, una prueba de su superioridad moral e intelectual. "¿Qué saben ellos de la angustia existencial?", se decía, mientras extendía una gelatina de mosaico a una señora con el mandado. "Solo buscan el placer inmediato, la satisfacción efímera. Yo, en cambio, busca la verdad, la esencia del ser, la nada que nos consume a todos."

Sus días transcurrían entre lecturas clandestinas en el café La Blanca, discusiones acaloradas con otros aspirantes a filósofos en la Alameda Central y la venta de sus gelatinas, que, irónicamente, eran su único sustento. Se sentía un personaje de novela, un héroe trágico, un Quijote moderno luchando contra los molinos de viento de la ignorancia y la mediocridad. Su monólogo interno era su refugio, su armadura, su manera de soportar la realidad que, a sus ojos, era una farsa.

Una tarde, mientras pregonaba sus gelatinas cerca de la Catedral Metropolitana, un hombre se detuvo frente a su carrito. Era un señor de edad, con el rostro curtido por el sol y las manos callosas, vestido con ropa humilde pero limpia. Su voz era tosca, rasposa, como el papel de lija. "Joven", dijo el señor, con una mirada que parecía haber visto más que todos los libros de la biblioteca de Daniel juntos, "¿a cómo la gelatina de piña?"

Daniel, con su habitual desdén, le extendió una gelatina. "Diez pesos, señor. Y no es solo una gelatina, es una metáfora de la vacuidad de la existencia, un dulce engaño que nos distrae de la inminente nada."

El señor lo miró fijamente, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tomó la gelatina, la pagó y, antes de irse, le dijo con esa voz rasposa que resonó en el alma de Daniel como un trueno: "Mire, joven. Yo no sé de Nietzches ni de Sartre, pero llevo sesenta años vendiendo chicles en este mismo zócalo. Y le digo una cosa: la vida no es una metáfora, es lo que uno hace con ella. Y si usted cree que vender gelatinas es una farsa, es porque no ha entendido que hasta en la gelatina más simple hay un chingo de trabajo, de sudor y de esperanza. Y eso, mi joven, es más real que cualquier libro que haya leído.

El señor se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejando a Daniel petrificado. La gelatina de piña en su mano, la misma que había vendido millas de veces, de repente se sintió pesada, real, tangible. La arrogancia intelectual se desvaneció como el vapor de una olla. Las palabras de Nietzsche, Cioran, Kierkegaard y Sartre, por primera vez, sonaron huecas, distantes, ajenas a la vida que bullía a su alrededor. La justicia poética no vino en forma de rayo o de revelación divina, sino en la voz tosca de un viejo vendedor de chicles, que con una simple verdad, le había dado la lección más grande de su vida. La nada no estaba en el universo, sino en su propia ceguera.


martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 27


El progreso y la globalización





Amanecía en la pequeña población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala, y como siempre, los primeros en despertar son los gallos, la mayoría de la población trabaja en el campo; Es decir, sobre los surcos de milpa o de lo que sea: vida de labrantío. Los siguientes en despertar son los habitantes, la mayoría desde las cinco de la mañana, para que la jornada diaria termine a buena hora y así se aproveche bien el día, los últimos en despertar son los rumiantes y las lagartijas friolentas. Pero no, también hay otros que se levantan tarde en las poblaciones como San Bartolo y son los caciques, ellos con su vida holgada, no necesitan pararse tan temprano, para eso tienen a sus peones y a sus sirvientas. Don Indalecio Florentino Olvera Xóchihua es un cacique autóctono cuya pureza se observa claro en su lampiñez obstinada; es todo hombre, que como un patriarca ejercita su posesión con las sirvientas y como ciudadano ejercita también sus derechos para votar. Su pose era la de un ser carnívoro dispuesto a comerse cualquier ciervo descuidado.

El cielo parece borrego en plena trasquila, con un tono punzó en el orto, el paisaje se observa mestizo con un lampo murmurante sobre las tejas más nuevas y sobre el hagüey de la descampada de la “Santa Cruz”. El pequeño pueblo tiene un característico olor a gallinaza, a eso se le va sumando el tufillo de las cocinas de humo. El tostado ambiente se acicala en el cerro Oxtotl quien tiene una neblina propia de tugurio legañoso. Se hacen exterminar todas las calamidades nocturnas que se escucharon por distintos lugares a lo largo de la noche. ¡Pero que delicia el sentir esa su aniquilación! La belleza grotesca y sin ningún pudor se presenta en la campiña; los matices basándose en lombrices tonales: nogal, ayacahuite, sabino; En los madroños, cerca de la casa de Don Indalecio, hay un nido al cual le chifla el aire por entre las ramitas, no tardará en caerse con todo y huevos. El rododendro felizmente presume su hermosura sin recato alguno, está en el  jardín que cuidan con esmero los sirvientes.

Don Indalecio déspota como la mayoría de los que tienen el poder o puesto público por muchos años; se vanagloriaba de haber pertenecido a los muchachos corajudos y revolucionarios del 68; de aquello le quedaba el recuerdo de ver morir a muchos en la plaza de las tres culturas, ahora no le resultaba más que recordarse con una mueca, como un chamaco pendejo que creía en ideales injertados, verdes, candorosos; ahora se pensaba —“gracias a Dios”— muy lejos de aquellos años. Don Indalecio al paso del tiempo le hizo un guiño al  hedonismo, aprovechó que era abogado, se sirvió de que el ronquido de ignorancia era permanente y casi hereditario en los indios, así como también se valió de su carácter el cual no se amilanaba ante nada, y de que carecía de esa compasión que pedía Jesucristo ante sus escuchas. Por tanto, sus ideales comunistas enflaquecieron en tanto que su patrimonio  engordó tanto como las vacas que José hijo de Jacob  pronosticó al faraón.

A las diez de la mañana llegó el vendedor. El comerciante era gordo, barba canosa de candado, pómulos salientes, cabello entrecano y lacio, chaparrón y  un poco zambo; lentes, zapatos con suela de goma, pantalón negro, saco verde olivo, movimientos ágiles a pesar de su abdomen, Don Indalecio esa mañana compraría una computadora con un dinero que le había llegado por la venta de un terreno, sus ganas por comprar ese “aparatucho” era sólo para presumir con el montón de compadres, porque eso de saber de Internet y procesadores pues ni jota. En los arreglos de compraventa de la computadora, el cliente añoraba que su categoría social aumentara mientras que el comerciante perseguía que ese individuo se llevara el producto embodegado y que así aumentaran sus ganancias. Pero Don Indalecio sabía que  "A mucho decir, mucho mentir”. Y no iba a dejar que le mangoneara el asunto así que pago lo suficiente haciéndose un descuento del cinco por ciento por “costos de operación”. Don Indalecio sabía que a la gente se le juzgaba por sus bienes, se le valoraba de esa manera, por eso cada vez repetía:
—Y sí que sabes tú... “Cuanto vales cuanto tienes” y si no veme a mí.

Antes de encender la máquina pide que se congreguen algunos parientes y  sirvientes para que le echen agua bendita del templo de Juquila y le recen algunas jaculatorias, eso para que Dios no permita que llegue a la pantalla alguna que otra imagen licenciosa. Algunos le han dicho que para que se acelere el disco duro hay que ponerle unos imanes extras. Pero él no hace caso, repite, como cualquier pelafustán  —“Mientras en mi casa estoy, rey soy”—Nadie entiende el uso de ese aparato, tienen la idea de que es una televisión más  pero con más “difinición”, la sobrina aconseja —Pos la ha comprado porque dicen que tiene juegos como “el solitario” y “las busca minas” en donde se puede divertir uno ¡a lo grande!— El monitor se les queda viendo que si hablara les diría: “bola de orangutanes”, ¡mamíferos de pacotilla! Se les veían las mismas facciones bárbaras que tenían las hordas hitlerianas en la quema de libros contrarios al partido nazi. Otra comadre de él, Beatriz una indita religiosa, ignorante y con dinero se había comprado también una computadora porque le habían dicho que Dios había puesto su pagina en Internet y ella quería comunicarse con Él para agradecerle distintos favores.

Los hombres del pueblo desanimados, parcos en el habla, sumisos ante el patrón. Su voluntad era la que les permitía estar firmes, persistencia que sumaba años en el mismo sendero. Ellos se daban esperanzas diciendo: “No hay miel sin hiel”. Los conflictos que querían resolver mellaban la anorexia, su inquietud podía resolverse  o no, todo dependía de que Don Indalecio les escuchara. Él sabía bien que “Favor con favor se paga”. A Don Indalecio le gustaba hollar a sus paisanos, era un placer no confesado, tal vez porque era cristiano. Don Indalecio mandó a instruir a su sobrina para que manejara perfectamente la computadora y así para que todos los del pueblo vinieran a él para que les hiciera algún favor, como buscar alguna información en la computadora, mandar mensajes a los que se habían ido del otro lado, recibir mensajes y cobrar una cuota. Así como asistir a la villa de Guadalupe vía Internet por medio del sistema de conferencia y cobrar la mitad  de lo que gastarían de pasaje — ¡Y sin riesgos paisanos, y sin riesgos! De las compra-venta por Internet se adjudicaba un 5% por costos de operación; en fin, Don Indalecio era todo un hombre moderno o sea aquel que se va acomodando a los avances de la técnica y la ciencia. La población de San Bartolo en el Estado de Tlaxcala —gracias a su cacique—, no podía negar que a ellos les había llegado por fin la modernidad, y que ahora podían sentirse comunicados con el resto del mundo, ahora sí ya podían casi acariciar el progreso y la globalización.




Bangkok





Me extiendo en mi asiento dando un gruñido bostezo, observo aquí frente al hotel el mercadillo de Chatuchak, cerca del río Wat Phai Tan en la ciudad de Bangkok. Hay hombres, mujeres, asiáticas de color cobrizo: todos en el trajín, con cestos, paquetes, bicicletas; los infantes pidiendo, limosneando a los turistas, el rugido de motocicletas de dos levas, gente jodida con el lodo de los arrozales pegado en el tobillo; me quedo quieto observándolos, tratando de penetrar, de hurgar en su interioridad, pero termino fatigado, porque para eso ni a mí mismo. Los insectos reinician su danza en el lóbulo de las orejas. El calor sofocante es diseminado con una Coca Cola™ medio fría. A lo lejos creo escuchar xilófonos, tambores y varios gong-carrillòn, son instrumentos para armar la música tradicional de Tailandia, es posible que estén interpretando danzas del Ramayana hindú. Pero por el momento no quiero caminar, sino estar sentado aquí tomándome un buen refresco. La mesera a venido a dejarme un pequeño caso de arroz acompañado de ajo en polvo, leche de coco y un poco de nam pla (salsa picante hecha a partir de anchoas) devoro eso y pido un pescado y un batido de fruta, con el estómago lleno, me tomo otro refresco. Me gusta escuchar a los vendedores ambulantes pregonando la comida tailandesa en carromatos de tres ruedas, en el idioma Tailandés; me recuerdan a mi infancia cuando voceaba periódicos, por las calles de Tlaxcala o cuando andaba vendiendo chicles por el parque y los portales; no cabe duda que somos parte de nuestra historia, un personaje apenas subrayado pero que la totalidad está allí atrás, observándonos, juzgando nuestro actuar cotidiano; Esto que me pasa no es añoranza por aquel Estado que dejé hace tres meses sino reconciliación con ese pasado con el que me he construido; ahora no me considero una entidad apartada o territorializada sino alguien que quiere compartir su mundo con el mundo, que se abre al conocimiento de lo otro, de los demás.

            El monzón no tardará en lanzar sus primeras banderas informes, blancas, espesas, de cinco días, obesas de agua. Con una precipitación de 106 a 153 centímetros cúbicos de agua al año, Tailandia se iguala con Filipinas y Myanmar en cuanto a lluvias y se pasa de la raya durante la temporada de los monzones. Se escucha el tren que va rumbo al norte, al interior del país, a la ciudad de Najon Sawan casi siguiendo las laberínticas venas del río Phiraya: El más importante de Tailandia y por el cual a esta ciudad de Bangkok se le ha dado en llamar la Venecia del Este.

La llegada a esta región ha sido para mi como una travesía que llega hasta las venas, he visto  gran cantidad de hombres con piernas amputadas, son tal vez refugiados camboyanos, los veo con sus muletas malechonas y cojeando entre los puestos del mercadillo, En Vietnam y Camboya siguen sembradas las minas en los campos y cada vez cobran una pierna o una vida. A pesar de los años que han transcurrido, tal parece como si fuera una guerra permanente, que se despierta de vez en cuando, que nos pone en guardia y que estruja al letargo. Pero la guerra es para algunos insospechadamente aprovechable. Existen naciones que si no fuera por las guerras, decaen, sufren de crisis financieras o simplemente no son porque tienen en sus sociedades una cultura bélica. Tailandia es una de las naciones que no es como las naciones de las que les estoy comentando, sino una nación  que se ve envuelta o involucrada en situaciones de pugnas belicosas, la gente va y viene y aquí en Bangkok  hay una población grande de faltos de extremidad por lo que la idea de llegar a este sitio no es solo por puro turismo, sino debido a los negocios que me traía yo entre manos, soy empresario y mi tirada era hacer el negocio en la venta de prótesis de madera con grabados y bajorrelieves muy artísticos con imágenes como los murales de Cacaxtla y demás motivos tlaxcaltecas y mexicanos, la idea me vino cuando vi la artesanía de Tizatlán: sus bastones, los tallados diversos en madera de encino, los pisapapeles en forma de Búho entre otras cosas. Pero no, no funcionó, le había apostado todo a esa carta pero ni modo, el libre mercado me ha vencido. Es culpa del libre comercio, de la globalización. El vecino país de Taiwán hace prótesis de aluminio y materiales livianos con empotramientos electrónicos como MP3, localizador instantáneo y estuche de monerías; en lo que al precio se refiere, este es inigualable. Llevaré a casa una decena de ellas y algunos budas para frotarles la panza para ver si así me traen suerte. El monzón ha llegado y estará presente por largos días en la ciudad, mi expedición tailandesa ha terminado. Seguramente colocaré esta nueva prótesis musical a buen precio y se venderá como pan caliente.



Molinillo sin fin





—Una de mis parientes vino a encerar de nuevo la historia que había olvidado, a ella le duelen las rodillas porque dice que le da miedo el hospital, y yo aquí sin embargo sigo escuchando las estruendosas calderas de esta fábrica de sanos, percibo sus chisguetes de vapor, las distintas televisiones de los pacientes, el sacrificio que tienen que hacer estas paredes para cada vez estar soportando los hedores, la asepsia, la hierva de gasas y vendas que crecen por los cuerpos de los insanos, de los accidentados o desahuciados, con algo he de sopesar este como espejismo, el terror, la pesadilla monsónica que me persigue. Se escucha el “curucú” de las palomas tras el vidrio, por fuera de la ventana, aves de lo más grisáceas... ¡Malditas pajarracas! Como me gustaría ser de nueva cuenta un hombre joven para así ir corriendo al mercado a comprar un charpe y así partirles el pico en dos, dejar que caigan desde estas alturas como costales de cemento, muertas, totalmente difuntas; y no se me escaparía ni una porque yo cuando chamaco era el rey del charpe, con una puntería de tuerto de barriada, pero, mi realidad actual es otra, no tiene gloria, el canto de mi aura se ha opacado, hay en mí una deserción de fuerzas vitales, los brazos del señor muerte se extienden hacia mí con ternura santificada.—

—Faltará poco para que me transforme en un cadáver, tal vez unos días o tal vez veinticuatro horas, mi situación no me permite otra cosa distinta, pero aún así, nada más continuo circulando por los pasillos, buscando mi espacio con el aura tan poderosa que me cargo, sigo golpeando las espinillas con ese aire gélido que obtengo de entre las patas de las camas, mi sombra continua importunando a los hombres de blanco, a las visitas de las cuatro de la tarde, a los sistemas eléctricos y elevadores y sigo con esto y con lo otro y no me quedo quieto porque tengo aún cosas pendientes, sigo aquí en este mundo inútil, porque aún no tengo la oportunidad de decirles a mis hijos que los quiero y que deseo que me perdonen. El martes que viene estaré en el cielo, disfrutando de unas vacaciones esplendorosamente eternas, coloreadas de quietud, avecindado con esa bandada de alados sin sexo que presumen blancura virginal. Ya mi silvestre desahogo lame la oleaginosa  unción acreditada y mis ojos recortan e intuyen la luz del bosque paradisíaco. —

Los hombres de negro atraviesan los muros del edificio, los laberínticos pasillos del hospital no tienen sentido para ellos; el par de individuos tal parece como si tuvieran una misión precisa, como buscar darle al clavo, ni siquiera observan los alimentos del comedor, ni a la parturienta que se afana en dar a luz, ni al policía que acomoda las credenciales de los visitantes; sólo tienen una misión: hacer cumplir al testarudo los designios establecidos. Llegan frente al desahuciado, observan su cara costrosa, como cáscara hibernando en cloroformo y su cuerpo como una caja vacía, tal cual un portafolio fofo, como cascarón huero, observan la tenue y azulada luz umbilical, hacen chocar pequeños objetos en ella y la larga línea se vuelve fosforescente siguen el listón con detenimiento hasta dar con el aura  desobediente.

—Conque querías hacerte el chistocito, aja pero aquí vamos a darte tu medicina— al aura torcida le empiezan a llover una serie de golpes, patadas y quebradero de huesos (en sentido figurado) su contorno se estremece con tantos raspones, abollamientos, y coscorrones. El esplendor de su espíritu se opaca ante tanto sopapo y no le quedan ganas de seguir negándose. Lo arrastran maltrecho hasta el cascarón que tiene por cuerpo, observan como por una visión calorífica la radiación de su organismo; uno de ellos saca de entre sus ropas unas tijeras grandes, como para cortar el césped y tasajea el cordón, el cuerpo se estremece, se tensa y finalmente expira. La enfermera llega ante el nuevo muerto, checa los signos vitales y se da cuenta que ya no tiene ninguno, llama al medico de guardia, los enfermeros llegan con los distintos instrumentos. Ya no hay más que hacer. Los hombres de negro enredan el cabo en la esfera, como boya inquieta, la depositan en un cántaro humoso, casi transparente como de agua y gel se dan la vuelta y se van por donde vinieron. Los profesionistas de la salud salen en grupo con paso lento pero seguro, el último en salir tapa la cara con la sábana. El cadáver poco a poco se va enfriando, al cuarto entra una señora blanca, ojos verdosos y de pelo quebrado, levanta la sábana y observa el rostro, esa cara a perdido su historia, le han quedado las cicatrices, las arrugas, el tiempo que ha barnizado en todo momento; despierta en la señora compasión, perdón a cualquier cosa ocurrida durante su existencia, pero ya nadie escucha. En la calle vecina al hospital hay un niño juguetón con un charpe, las palomas están temerosas, no cabe duda que la vida es un círculo que termina y empieza como un molinillo sin fin.

puros cuentos 26


Las disfrazadas




La banda de maleantes llamada “Los Desastres de Río Frío” se dedicaban a asaltar por cualquier sitio, atracaban casas, las saqueaban como si fueran piratas modernos. Su organización: compleja, bien estructurada y organizada. El deporte como medio y religión para conservarse atléticos era muy importante, manejaban técnicas de Taekwondo, Karate-do, Hapkido, Judo; En fin, su profesionalismo superaba a cualquier escuadrón de policía gubernamental; conocedores de leyes, medios, técnicas; Razón por lo cual tenían sudando la gota gorda a la policía. Era una banda que fluctuaba en edades entre los diecisiete y veinticinco años de edad, sabían moverse por la ciudad y se camuflageaban de tal modo que era difícil localizarlos. Lo peligroso para la banda era precisamente reunirse  en un punto muy cerrado pues podrían tenderles una redada y así fue como sucedió, cometieron el error de reunirse. La policía, como un moho que ataca sin compasión tendió tentáculos en los márgenes de su última incursión. El domicilio saqueado tenía un boquete en uno de los muros. Ellos sabían que la gente aseguraba sus puertas con mucho cuidado y con distintos sistemas de seguridad, pero los muros allí estaban, ingenuos, como hojas de papel esperando que alguien las rompa, debido a su pobre calidad en los materiales como ladrillos y mezcla, tabla roca, entre otros materiales ligeros y debido también a las nuevas herramientas más potentes y silenciosas: ¡Los muros caían como polvorones! Para poder escapar de la policía, siguieron haciendo boquetes en los muros de las casas vecinas, tomaron camino por el drenaje profundo y continuaron hasta la planta de procesamiento de aguas residuales de la ciudad.
           
Llegaron aporreando el aire de la estancia dentro de sus pulmones, la corretiza y la excitación del peligro no estaban para  menos. Había, por culpa de su llegada, confusión entre los invitados a la fiesta. A su desmedrado espanto se les incorporó la cursilería de aquel par de jorobados que ambientaban el espectáculo, su parafernalia se envolvía como hoja de tamal. El escenario se cobijaba con rumba, merengue, guaguancó; con saxofón, gaitas y  maracas. La entrada al salón estaba engalanada por una alfombra roja y a los costados, como gendarmes disciplinados estaban una serie de bombones que se hilvanaban a lo largo del corredor como pequeños plantíos entretejidos, su color lustraba cual historia  del mago de Oz. Había globos de arroz engalanando los muros, y estos con bajorrelieves góticos y con una multiplicidad de contenidos apeñuscados, además, había un par de acrílicos  procedentes de alguna empresa de artes, sobre de ellos había una alusión a la maravilla que resulta el hedonismo que se calzaba en esa época. Ese estereotipo les caía — ¡A raudales!— demasiado bien.

El Jefe de la banda tenía el perfil de un Quijote, pero su barba no era blanca, era una barba color mugre, tono que se extendía por todo el cuello y las orejas, la barba le crecía cual ponzoñosa hierba entre arenales. Era cacarizo de su cara y figuraba como cinta perforada en  máquina de primera generación, tenía la rugosidad propia de un garapiñado. Cuando su banda llegó y se acomodó en la estancia. El jefe hizo comentarios:

 —Muchachos, como muchas veces se los he dicho, la ciencia es poder, el poder del conocimiento se transforma en conocimiento del poder, ese es el meollo actual, quien trate de irse por otro lado es su asunto. Esta no es una empresa, ustedes no son simples empleados. Nuestra organización es una comunidad, una iglesia con una religión donde nos protegemos de todo aquello que es externo. Vivimos en la eterna guerra, en la sobrevivencia, es nuestra vida, y no vamos a dejar que fácilmente nos la quiten.  Ustedes son “los superhombres” que esperaba Nietzsche, son la esperanza en el mañana, hijos del mediodía. Saben bien que aquellos que arman y protestan leyes, las infringen en corruptelas. Sugiero quemar todas esas virtudes que nos alejan de la codicia, saquémosla de esa madriguera vituperada para hacerla nuestra amiga. Ya sabemos que el ser del hombre no es solamente vivir la realidad sino vivirla novelezcamente. Y que sin agallas no hay gloria. Pero aparte está la relajación. Hay tiempo para el esparcimiento. Que hermosa vida. ¡Hasta el más infame podría envidiarnos nuestra frivolidad! Elemento que dilapidamos de manera un tanto alborotada. ¡Sí! Hay que dejar que el corazón lata un rato en el ocio. Porque realmente no es malo encariñarse de la locura, vivir con ella.

Y allí los hombres y  mujeres disfrutando. Repartían la paja antes del espectáculo, justo en la entrada de la fiesta-orgía, en la que se daba lo permisible, la sexualidad libre, sin tabúes, complejos ni prejuicios. La moda: Pelucas blancas, maquillaje hombres y mujeres, vestido a la usanza del siglo XVI. Todos como unos apóstoles del hedonismo. El ritual de la celebración es bendecir con leche los vestuarios utilizando los ramilletes de paja. Hay una banda de música que toca unos ritmos de lo más agradables.


En la mesa de juegos algunos de la banda y como un par de relámpagos se disputaban los ases del póquer, disparaban los dedos con una agilidad  eléctrica. Una flatulencia en forma de bólido se deslizó por la tapicería de la silla e hizo presencia entre ciertos comensales bonachones. El bribón salpicó su carácter sobre alguna afelpada sonrisa perdida por allí, parecía que ellos tenían un parasol de sobrellevar listo para ese ataque. Entre los contrincantes y como un cloro nauseabundo y azufroso, así mismo cayó la presencia bizarra de cada enemigo. Cuando se conoció el perdedor todos gritaron: ¡Al claustro inhóspito del ninguneo!... así aprenderán todos que odiamos a todo aquello que se asemeje a los perdedores de tiempos pasados. Se precipitó toda la banda sobre las cervezas levantando en los tarros un hervor de espuma. Se adhirieron a la reunión el desbordamiento de bohemios, la jauría de dandis, el bodegón de pránganas por todos lados y con ellos, el jefe babeando los brazos de las muchachas. El dirigente cuando veía a una mujer hermosa, no dejaba descansar el ojo, hasta que ha terminado de meter a la cabeza sus hechizos; se acercó a una, a su cabellera blanca, y aspiro el anís que emanaba, tal parecía que la capacidad de encariñarse a su cuerpo era infinita.

Un enjambre de bailarinas orientales se dispuso en acordes amorosos, seducir al auditorio. Ellos gozaban de su compañía como la estrella de cine de su farándula. Era de adorarse la pureza sostenida en los pechos las muchachas, una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón. La banda se abalanzaba tanto sobre el templete como sobre  las muchachas que allí seguían al ritmo de la música. El Jefe se incorporó de su mullido sitio y con voz firme y ojos avispados dijo: — ¡Oh mira hermosa con qué ternura bailas! Haciendo tus saltos y vueltas sofisticadas, danzando tu aura como una hipérbole  gótica, eres el mito de la Diana cazadora, de sus movimientos acuciantes, ¡Vaya pero con qué singularidad y dinámica me incitas al ritmo de tu cintura! Del brazalete que circunda tus nalgas bellacas, nalgas provocadoras de lujurias, incitadoras para el eucarístico desmadre.

El escenario exterior lo conformaba un peñón, el embarcadero y las casuchas lejanas del siguiente pueblo, además de los montes circundantes. El peñón dejaba vestirse de blanco y de frío, aunque por el color nadie creería en su pureza por haber quitado la vida a ya varios cristianos, más bien su blancura significaba muerte allá sobre los despeñaderos, sobre la roca filosa o las grietas de hielo. El malecón atravesaba la ciudad, como una “Y” atravesada y aposentada en la conjunción de las vidas de la ciudad marítima, y las opacas construcciones en lontananza dejaban ver la civilización cercana.

¿Cuál era el punto cardinal de la fiesta? La orgía, el cuarto oscuro, en el cual diez a doce gentes mitad mujeres y hombres disfrutaban del sexo totalmente a obscuras, reconociéndose por el tacto, por la lengua, entregándose al otro sin conocerlo, sin saber de su persona; otorgando el cuerpo a su disfrute, el regocijo del cuerpo de los demás. Se escuchaba un bisbiseo cerca de una oreja que rezaba —“Déjame acomodar mis labios a tu cuello, quiero que como una corbata, lleves estos belfos que hoy te regalo para que duermas explayadamente”— Las muchachas tocaban como con ganas de arrancar la ropa con desesperación. El interruptor hacía bien en dejar de hacer debutar a una luz que estorbaba a los estrenados amantes, y los besos continuaban por horas; se escuchaban los gemidos, el golpeteo contra las nalgas, el orgasmo. La libido ambientando los cuerpos, poniéndolos calientes, sudorosos, en éxtasis. Y nadie quiso hacer un gesto más... querían que cada una de ellas y su afrodisíaco olor de hembra enjundiosa provocara alguna ganancia. Era la delicia de instinto que hacía disfrutar de un reacio orgasmo incontrolable, de la implosión de éxtasis en confeti, de las contracciones libidinosas y alharaquientas; así como de los espasmos vibrantes y  confabulados con una extraña cinética. ¡He aquí la resolución!: Germen de vida, semen corredor, semen loco, semen inhóspito, voluntarioso, colérico.

La banda ni siquiera sospechaba que se encontrarían con unas policías disfrazadas, sí, disfrazadas, pero de mujeres desnudas,  era con ellas con las que habían hecho el amor, ellas se hacen descubrir, y ellos les pasan una mordida. Todos juntos continuaron con el reventón hasta la madrugada. Después de la fiesta todos volverían a tomar su pose como el juego de: policías y ladrones.


 

Buenas Noches





— ¡A Ver niños, ya se pusieron su pijama!
—No, esque  nacho estaba en el baño y no salía.
—Y a poco no te puedes cambiar aquí.
—No esdeque la pijama estaba encima del canasto.
—Bueno ya apúrenle, voy a la cocina, cuando regrese ya tienen que estar listos.
—Sí apa. —Nacho se abrocha los botones de la camisola, Luis juega con un par de coches.
—Ahora sí... tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán tarán. La, la, la, la. tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán tarán....la, la, la, la. ...tarán, tarán, tarán, tarará rará, tarán tarán....la, la, la, la —Cuando el papá entró a la recámara andaban de una cama a otra, eran verdaderos saltamontes estrenando maizal.—Aja já con que saltando en la cama, canijos estos...
— ¡Papá, cántanos una canción!—el papá se aproxima a los niños y acercándose va haciendo con movimientos del cuerpo como animal que asecha:

Anoche yo estaba solo.
Yo estaba solo.
Y vino el lobo.
Y vino el lobo.
A que me como.
A que me como a este niñito.

— ¡Así! Ja-ja-ja-ja-ja—El padre se abalanza sobre los niños parados en la cama, los toma de la cintura e inicia un cosquilleo que hace tirar a los niños y retorcerse.
— ¿Ya le dieron el beso a su mamá?
— ¡Ya!— responden a coro.
— ¿Ya se lavaron los dientes y rezaron sus oraciones?
— ¡Ya!
—Bueno pues... ¡Buenas Noches! Y ahora a dormir; porque mañana se tienen que levantar temprano.
—No apa, mejor cuéntanos un cuento—dice uno de ellos mientras ambos van metiéndose  a las cobijas.
—Bueno pues, pero van a estarse quietecitos. Una vez cuando había ido a dar una vuelta me encontré con una familia muy singular. Ellos caminaban sobre  la avenida principal, era una familia de papel cartón, con caras de papel reciclado, sus ojos eran las letras impresas en el cartón y cada uno llevaba una par de amigos bajo el brazo. ¿De qué creen que habla una familia que es de cartón?
— ¿De la lumbre?
—Aja. En la familia había un niño muy juguetón, era el mediano de la familia, al niño le decían el niño-pasita era pecoso y escandaloso. Su sonido era algo así como Chric-chric-chric. —el papá mueve los brazos, haciendo gestos divertidos, los niños se carcajean y continúa con el relato.
—Toda la familia tenía cierta belleza en las letras doradas que relumbraba como una bolsa de papitas, tenían ornatos  en las tapas y en sitios por dentro muy escondidos, se distinguían una serie de grapas rotas; en el niño y la madre colgaban, como si fueran corbatas requete coloridas, unos hilachos de cinta canela, el pegamento de esa cinta ya no servía, se veían muy felices y entusiasmados, parecía que regresaban de alguna fiesta con payasos.
— ¿Y con magos?
—Sí, una fiesta muy divertida. Entonces como estaban como cajas de cartón no podían pasar las calles juntos porque se estorbaban y porque las banquetas eran muy pequeñas, entonces los más chicos de la familia iban atrás, como en fila india. Y luego cantaban la canción de Blanca Nieves y los siete enanos: aijó, aijó, vamos a descansar... trarárarararárara´  aijó, aijó—el papá infla los cachetes y pone las manos juntas a la altura del omóplato como si cargara una herramienta al hombro. Los movimientos del padre solo despiertan sonrisas en las caras algo soñolientas.

—Apá cuando iba a la escuela vi a un monstruo que estaba adentro de un agujero... Y luego el monstruo tenía en su cabello una coleta bien amarrada y les decía a los niños que iba a probar sus dedos para saber a que sabían y después a la abuelita le iba a convertir  en carne.
—Sí apa, era un señor que roba a los niños y les rompe la cabeza y muerde los dedos.
—bueno, pero guarden silencio, si quieren que les siga contando la historia de la familia cartón.
—Ajá.
—Entonces un señor que era malo les puso por toda la ciudad un rompecabezas para que estuvieran separados y entre las piezas del rompecabezas les ponía cerillos de lumbre.
— ¿y que hizo la familia para estar juntos papi?
—todavía no llego hasta allí, el niño pasita buscó la manera de esconderle los cerillos al señor malo para que no pusiera los cerillos pero como el niño era muy escandaloso el señor se dio cuenta y dijo:
—Ajajajá con que me querías engañar— y tomo al niño de una de sus tapas de cartón, lo enredó con cinta canela y lo dejo en una pieza de rompecabezas muy difícil de colocar
—y después que pasó.
—La familia para volver a ser unida y feliz empezaron a recortarse entre unos y otros y a mezclarse y cada vez eran de pedazos más pequeños y más pequeños y de colores distintos y también comenzaron a recortar las piezas del rompecabezas hasta llegar con su hijo el escandaloso y luego se siguieron recortando hasta transformarse en algo que en las fiestas siempre quieren porque hace reír y celebrar y ser felices o sea el confeti; por eso cuando lanzan al aire un puño de confeti es como si vieran a la familia cartón  unida y muy feliz.

La dormitación de los niños se acrecentaba  cada vez que dejaba corear un pequeño siseo entre los labios. El papá apagó la luz, pero la luz imaginaria de los niños empezaría poco a poco a florecer en sus sueños.