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viernes, 20 de junio de 2014

Isolda Dosamantes: poesía y vivencia, un canto a la resiliencia.

Imagen cinematográfica e hiperrealista de una mujer con expresión contemplativa, sentada en una mesa de madera al aire libre, escribiendo en un cuaderno. Sus manos emiten un brillo sutil y dorado, simbolizando la energía creativa y la recuperación. Al fondo, un paisaje onírico que fusiona elementos de Tlaxcala (volcanes, arquitectura tradicional) con representaciones abstractas de su poesía: luciérnagas, un río, una luna creciente, y contornos etéreos de una gacela y una emperatriz. Un pequeño girasol en una maceta sobre la mesa añade un toque de esperanza y vitalidad. La atmósfera es artística, introspectiva, resiliente y profundamente conectada con la naturaleza y la emoción humana.

Descubre la profunda conexión entre la vida y la obra de Isolda Dosamantes, una poeta mexicana que transforma sus vivencias en versos y enfrenta desafíos con resiliencia. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la búsqueda de identidad y la liberación a través de la poesía.

A lo largo de los años, he llegado a apreciar profundamente la conexión intrínseca entre el autor y su vivencia. Me complace entrelazar las obras con las experiencias de vida de sus creadores, pues sin esa pasión vital, sin el goce de la existencia, las obras corren el riesgo de carecer de la profundidad y el arraigo necesarios.

Isolda Dosamantes, poeta mexicana, encarna esta fusión entre vida y obra. Su poesía es un reflejo de sus existencias, comprometida con la vida misma, transformando los ires y venires en letras poéticas. Su obra es un testimonio de su búsqueda constante, como se aprecia en el poema "Cuervos en la memoria":

Mis manos danzan sobre tu espalda,
y nace en mis ojos un brillo de alegría,
es un goce el aroma de tu piel en mis cabellos
es río que nace en mi entrepierna.En la penumbra de la luna
cuando nuestros cuerpos encuentran el sosiego
soy dichosa de tan libre,
en cada paso la certeza de la luz.Soy una luciérnaga constante,
burbuja de tus labios
con esa forma sutil de tus miradas.Soy la bella emperatriz de tus anhelos
gacela entre montañas,
tu cáliz y tortura.
Soy gacela, luciérnaga, burbuja
soy veneno, emperatriz y lágrima
en el instante que me estrello con tu olvido.
Soy vértigo, ensoñación del aguamala
y busco en los escombros
descubro entonces el otro lado de mi piel
y me estremezco.
No sé cuando te perdí, ni donde reencontrarme
¿dónde el brillo de luciérnaga, en qué beso, en cuál esquina?
Y soy pescado de mil cañas.Y soy pescado de bambúes y de carrizos
soy pescado
y me recuerdo en la sonrisa de una niña.

En estos versos, la escritora tlaxcalteca busca reconstruirse, explicarse, desdoblarse para encontrar su ser. A veces se mimetiza con las cosas, con lo imaginario, o encuentra otra identidad, tal vez en los besos del amante. Es una exploración profunda de la identidad y la memoria.
Otro ejemplo de su profunda conexión con la existencia se manifiesta en "Un canto":

Quiero que llegue el mar, ser agua,
ser agua por un mes hasta librarme;
ser liebre, liebre, liebre, libre y danzar
desandar los nudos y bailar un ritmo nuevo,
sacudirme de las fuerzas oscuras
encontrar al duende
hablar con la musa
despertar al ángel
llegar al veste de la diosa y verla cobijarme.
Sentir que me abriga para callar el viento en mi cabeza
y poner las palabras en mi pluma.

La autora nos revela que, a pesar de encontrarse en una "cuadratura", en una "matrix", la poesía es posible. Las diosas lo permiten, el desarrollo de encuentros con lo imaginario, con los seres benefactores de la poesía, para abrogar la opresión. Es un acto de liberación a través de la palabra.
Isolda Dosamantes es una de las autoras cuya trayectoria aprecio, sin demeritar a otras destacadas escritoras de la misma región como Citlalli H. Xochitiotzin y Minerva Aguilar Temoltzin.

Nacida en Tlaxcala, México (1969), Isolda Dosamantes es Licenciada en Ciencias Políticas y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Posee una Especialización en Literatura Mexicana por la Universidad Autónoma Metropolitana y un Diplomado en Creación Literaria de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM). Ha sido becaria de la Fundación Alberti, del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes del Estado de Tlaxcala y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes. Entre sus poemarios destacan Altura Lustral (2001) y Utopías de Olvido (1997). Ha colaborado en suplementos culturales como El Sol de Tlaxcala y en diversas revistas culturales (Textos, Tierra Adentro, Pasto Verde, Oráculo, Deriva, Molino de Letras). Su obra figura en antologías como Eco de Voces. Generación poética de los sesenta (2004), Melíferas Bocas (2004), Para tu exclusivo placer (2003) y en las selecciones Sueños que a plena luz evaporan los soles (1993) y Nos queremos casar de rojo (2001). Ha ejercido la docencia en preparatorias de la Ciudad de México, en el CEPE UNAM, en la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín, y fue profesora en la Universidad de Xiangtan, China.

Es importante señalar que, a pesar de su destacada trayectoria internacional, Isolda Dosamantes mantiene sus raíces firmes en Tlaxcala, donde reside actualmente. Recientemente, ha enfrentado un desafío personal debido a una caída. Desde aquí, le enviamos nuestros mejores deseos para una pronta y completa recuperación. Su espíritu de "luciérnaga constante", que ilumina sus versos, es un testimonio de su resiliencia, y estamos seguros de que, como en su poesía, encontrará la luz y la fuerza para superar este momento. Su presencia en Tlaxcala sigue siendo un faro para las letras y un ejemplo de cómo la vivencia nutre la creación, incluso en los momentos de pausa física.


sábado, 7 de junio de 2014

Delitos Menores: Ironía y Brevedad en la Librería El Quijote


Imagen cinematográfica e hiperrealista de una presentación de libro en una acogedora librería clásica. Un escritor carismático con una sonrisa irónica habla ante un auditorio atento. Sobre una mesa se exhiben ejemplares de un libro titulado "Delitos Menores". La iluminación es cálida y dorada, destacando estanterías de madera llenas de libros al fondo. Se percibe una atmósfera intelectual y vibrante, con un cartel de "Tres Culturas" visible.

Revive la vibrante presentación de "Delitos Menores", el nuevo libro de Marcelino Ruiz Acosta en Cuauhtémoc. Un análisis de Edgar Sánchez Quintana sobre la ironía, la brevedad y el vigor cultural de Chihuahua.

El pasado viernes, la Librería El Quijote en Cuauhtémoc, Chihuahua, se convirtió en el epicentro de una celebración literaria vibrante. En el marco de los eventos de las "Tres Culturas", auspiciados por la presidencia municipal, el escritor Marcelino Ruiz Acosta presentó su más reciente obra titulada Delitos Menores. Ante un auditorio colmado y bajo un calor excepcional, los asistentes fueron testigos del nacimiento de un tomo que promete sacudir la cotidianidad con la agudeza que caracteriza a su autor.

Marcelino Ruiz Acosta es un escritor de una versatilidad admirable. Su pluma transita con naturalidad entre el cuento, la poesía, la narración breve y, sobre todo, la ironía. En la presentación, hizo gala de su ingenio pronto para el chiste corto y compartió las anécdotas que dieron vida a este libro, despertando en los presentes una invitación irresistible a la lectura de textos que, aunque breves y concisos, poseen una carga intelectual profunda.
La ceremonia contó con la distinguida presencia del maestro e ingeniero Raúl Manríquez, reconocido y talentoso escritor, quien fungió como maestro de ceremonias y presentador. La complicidad entre ambos literatos enriqueció la charla, convirtiéndola en un diálogo fluido y ameno sobre el oficio de escribir en el norte de México.

Como preámbulo a la charla principal, se presentó la revista de circulación local Livres. Esta publicación es un testimonio del vigor cultural de la región, ofreciendo un espacio tanto para la literatura local como para las artes plásticas, incluyendo la fotografía y la pintura. Es verdaderamente plausible observar cómo las nuevas generaciones de literatos promueven y dan fe del movimiento cultural en Cuauhtémoc, asegurando la continuidad de una tradición artística robusta.

Delitos Menores representa el tercer peldaño en la bibliografía de Ruiz Acosta. Le anteceden el poemario Derrepentes (1998) y la obra Del Aleph a Guernica. Asimismo, el autor ha participado en proyectos colectivos como Quinteto para un pretérito, en conjunción con otros autores regionales.

En tiempos dominados por la inmediatez de redes sociales como Facebook y X (antes Twitter), la apuesta de Marcelino por la brevedad resulta no solo imprescindible, sino revolucionaria. Sus textos nos recuerdan que la risa, la celebración y la ironía son herramientas fundamentales para enriquecer al individuo y enfrentar la brevedad de la vida misma. A veces, lo muy breve es lo que más perdura.

Trayectoria de Marcelino Ruiz Acosta

ObraGéneroNotas
DerrepentesPoesíaPublicado en 1998
Del Aleph a GuernicaNarrativa/EnsayoObra previa destacada
Quinteto para un pretéritoPoesíaAntología con autores regionales
Delitos MenoresNarrativa BrevePresentado en 2026
Marcelino Ruiz Acosta nació en Ciudad Juárez (1963) y ha sido codirector de la revista de literatura Esdrújula. Su labor ha sido reconocida con apoyos a la creación literaria, consolidándose como una voz esencial en la narrativa contemporánea de Chihuahua.

miércoles, 4 de junio de 2014

La historia: elemento base en la modernidad

Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano ruinas de piedra antiguas y desgastadas (evocando la arquitectura histórica de Tlaxcala) fusionándose sutilmente con paisajes urbanos modernos y futuristas en el fondo. La transición es fluida y simboliza cómo la historia informa la modernidad. Una figura sabia y contemplativa, con vestimenta tradicional, observa esta fusión, con una mano tocando suavemente un artefacto histórico. La iluminación mezcla tonos cálidos antiguos con tonos fríos modernos, creando una sensación de continuidad y evolución. La atmósfera es intelectual, reflexiva y visualmente rica, enfatizando la presencia perdurable de la historia en el mundo contemporáneo.


Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.

La ciudad de Tlaxcala no ha sido para mí solo un lugar para vivir o un espacio donde sentirnos cómodos codeándonos con su historia. Más bien, ha sido el contexto donde la historia y el tiempo incesante se mantienen unidos. Tlaxcala es la entidad tradicional donde su pasado converge con el mundo de hoy. ¿Por qué reflexionar sobre la historia de Tlaxcala como si estuviéramos ofreciendo meros aplausos?

Algo que me ha perturbado últimamente es la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía únicamente en su riqueza cultural o en su historia, sino en el respeto hacia ella —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención respetuosa a su ayer. El aprendizaje de las situaciones pasadas nos invita a no repetirlas y a edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

En ocasiones, me he encontrado con situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.


lunes, 2 de junio de 2014

Tlaxcala, ciudad guiada en la historia


Imagen cinematográfica e hiperrealista que muestra en primer plano una vibrante y bulliciosa escena callejera en Tlaxcala, con arquitectura colonial, mercados tradicionales (tianguis) y personas interactuando. En el fondo, sutilmente integrados, hay elementos modernos como un horizonte urbano distante, una pantalla de televisión que refleja noticias globales y, quizás, un tenue contorno de una combi (transporte colectivo). La imagen debe transmitir las ricas capas históricas de Tlaxcala coexistiendo con la vida contemporánea, enfatizando la mezcla de tradición y modernidad. La atmósfera debe ser animada, colorida y profundamente arraigada en su identidad cultural.
Descubre cómo la historia de Tlaxcala es el pilar de su modernidad. Un ensayo de Edgar Sánchez Quintana que invita a la juventud a reconectar con sus raíces para construir un futuro con firmeza y orgullo.


Tlaxcala, para mí, no ha sido meramente una ciudad donde vivir o un lugar para sentirnos cómodos con su pasado. Ha sido, más bien, el crisol donde la historia y el tiempo incesante se entrelazan, el contexto que une la tradición con la modernidad. ¿Por qué esta reflexión sobre la historia de Tlaxcala, como si estuviéramos ofreciendo un simple palmoteo?

Últimamente, me ha perturbado la actitud irreverente de la juventud hacia la ciudad y su historia, como si esta fuera una carga apestosa que nos obligan a arrastrar. Durante mis estudios grecolatinos, comprendí que la grandeza de los pueblos no residía solo en su riqueza cultural o en sus anales, sino en el respeto hacia su historia —lo que implica también el culto a sus héroes—; es decir, en la atención reverente a su ayer. Aprender de las situaciones pasadas nos permite no repetirlas y edificar sobre ese origen para engrandecer el futuro de la propia ciudad. La ignorancia de nuestras raíces solo nos cubre con una capa de inseguridad, y la incultura confirma la desconfianza sobre el porqué de nuestra existencia aquí. En contraste, nutrirnos de la historia nos otorga la firmeza de lo que hoy somos.

En ocasiones, he presenciado situaciones penosas, como cuando se profieren necedades para achacar problemáticas actuales a los antiguos naturales de la región o a los arcaicos españoles. En definitiva, no somos quién para juzgar la historia; nuestra labor es estudiarla, comprenderla y aprender de ella. Sin embargo, el desinterés que muestran los jóvenes de hoy —de manera genérica— resulta enojoso por su indiferencia ante lo histórico e incluso ante las expresiones tradicionales. Se percibe, a veces, que lo folclórico es una entidad a ocultar si se aspira a ser ciudadano de una urbe que vive la modernidad. Los distintos rostros de lo tradicional se confrontan con sombras de apatía por parte de quienes, ignorantes de la historia, se consideran hombres del presente. Lo peor es que no logran sintetizar su presente con ninguno de los fundamentos históricos —reitero, por ignorarlos—, lo que conduce a una incertidumbre existencial; es la vaguedad tosca la que asoma en sus semblantes tan juveniles y sonrientes. La etapa de la juventud es caótica en sí misma —sin que esto justifique las actitudes—, por lo que es preciso establecer anclajes para que no se convierta en un mero periodo de vacaciones. La comprensión de las cosas queda a menudo desgarrada por los arrebatos inconscientes de los adolescentes, quienes piensan que el conocimiento de la historia beneficia a otros, cuando en realidad son ellos los más beneficiados, pues reconforta el sentimiento ciudadano y genera orgullo al pisar esta tierra. Otros más juzgan la arquitectura de Tlaxcala como inoperante porque no se ajusta a los requerimientos funcionales de una ciudad naciente, pero si percibimos sus alcances, vemos a ciudadanos de otras partes visitando la entidad y enriqueciéndose culturalmente con nuestra riqueza histórica, asombrándose de la arquitectura colonial que nosotros estamos acostumbrados a ver a diario.

Así, la ciudad de Tlaxcala se erige como un punto medular en la historia particular del estado y, a la vez, un nodo circundante en la vasta Historia de México. Es un depósito histórico, legendario y fidedigno de los ires y venires de los hombres de esta región. Basta con recorrer el Palacio de Gobierno, la Parroquia de San José, los portales, el exconvento de San Francisco, Ocotlán, la capilla abierta, el Teatro Xicohténcatl, “el pocito” o el Palacio de la Cultura, para identificar la esencia de Tlaxcala. A esto se suman las nuevas atracciones y apreciaciones de la capital, como los escenarios ubicuos, el teatro del pueblo provinciano, con matices y semejanzas, e incluso más exigencias y necesidades que las ciudades norteamericanas, aunque con escasa vida nocturna. Sin embargo, cada familia conectada a una red televisiva que los encandila noche tras noche, es lo típico de la tlaxcaltequidad mezclado con la cultura de las grandes ciudades; es el pan de fiesta, el dulce de alegría combinado con los productos que llegan de muy lejos.

Pese a la tan nombrada pérdida de valores y de identidad, considero que los tlaxcaltecas permiten que sobreviva una miscelánea de transculturaciones y absorciones sin que ello borre aquello que caracteriza nuestra identidad regional: los mitos, el jolgorio, las fiestas, la tradición, las leyendas. Y en ello, la síntesis: las cintas hollywoodenses en el Cinema Tlaxcala, el náhuatl hablado en los portales junto al inglés de los turistas, el restaurante con gastronomía extranjera y los bocadillos de la cocina mexicana. El paisaje parcial de la tienda de regalos, de la estética unisex, de la panadería “La Picota”, de la decoración de interior al estilo moderno con la fachada de la ciudad colonial y el color granate en el muro; el centro comercial y el tianguis tradicional donde en algunos lugares todavía se negocia con el trueque; el antiguo callejón del hambre ahora transformado; los tamaleros con su producto en torta; el río Zahuapan y su “agüita”, o las parejitas en la ribera romántica; la avenida Juárez y su regimiento de bancos y otro tanto de policías; la ciudad pródiga en combis de transporte colectivo, y también en embotellamientos, manifestaciones, huelgas, asentamientos, unidades habitacionales de clase media, la avalancha de la fayuca, así como del turista chilango (el término descriptivo); de restaurantes y hoteles, de cafeterías y torterías como un mercado del sentarse, comer y ver. Todo alrededor importa; el ojo se encuentra observando la historia en cada esquina, en cada adorno de la arquitectura churrigueresca, colonial.

Habría que señalar lo que el tiempo ha traído: la década de los setenta, la fábrica Zahuapan en su apogeo, el mercado viejo y su centena de ratas de alcantarilla, el desborde del río Zahuapan, los jóvenes de “onda” retardada, mestiza y muy autóctona, y su música, la cumbia; el cine Matamoros —hoy desaparecido— presentando la película “El Exorcista”; Emilio Sánchez Piedras en el gobierno; los “gavilanes” haciendo lo suyo; los murales cultivando salitre; también los prostíbulos con fachada de loncherías. La provinciana capital de Tlaxcala participando con los movimientos culturales de un México cambiante, era Juan José Arreola publicando en El Sol de Tlaxcala, así como Carlos Fuentes y Cortázar, entre otros.

En los cambios se van gestando una serie de caracteres que es impreciso ver desde el interior del mismo proceso; es la regulación de la cotidianidad la que va aceptando los días siempre nuevos y, tal vez, siempre iguales. No mucho más que el día de la huelga de hambre de unos hombres, del calzón que le amaneció un día a la estatua de Xicohténcatl, de las pintas y grafitis de las bases magisteriales, de las manifestaciones en pro del equipo tricolor de fútbol, de la religiosidad que paraliza todo, de los desfiles suspendidos, de la crisis económica tocando la puerta de cada familia, de cada institución y empresa, de los desempleados que emigran a la capital de la república, a Puebla, a los Estados Unidos. De los días de viernes social de la juerga de fin de semana a Puebla, a Apizaco, a los centros nocturnos de otras entidades. Y así, los días de Super Bowl y del fin de la serie mundial se presentan comúnmente igual que en el país del norte, o los días en que se piensa igual que todo el mundo en los desastres de la guerra en Kosovo o los atentados en España, o los destrozos que deja la naturaleza en Centroamérica o las manifestaciones de Greenpeace por las pruebas nucleares o los acontecimientos últimos en las negociaciones con el EZLN. Es la marginalidad y la desarticulación que existe entre las sociedades; por un lado, la opulencia que es fruto de esta desestabilización, y la disparidad en el mundo actual donde nuestro entorno, nuestra cotidianidad, participa de alguna u otra manera.

La historia es el elemento base en la modernidad, puesto que siempre fundamenta la entidad actuante. El olvido ha provocado el derrumbe de muchas culturas —como la Tocaria o la Dórica—. Otras, en cambio, han logrado sintetizar su presente con su pasado —como la japonesa o la china— y continúan entrelazando la modernidad, que todo lo impregna, con la historia y sus tradiciones. La dinámica de esta articulación entre lo añejo y la explosión de lo nuevo es benéfica si se tiene el tacto para soldar entidades que, a primera vista, parecen disímiles.