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sábado, 5 de septiembre de 2026

Tlaxcalentópolis: premiada en el concurso estatal de cuento 2026

 


> *Tlaxcalentópolis* reúne tres cuentos enlazados que recorren distintos momentos de Tlaxcala: un pasado ancestral recreado desde la ficción, una ciudad atravesada por la persecución política y un presente en el que un artista confronta la hipocresía institucional. Los relatos están unidos por el papel, el fuego, la ceniza, unas flores solares y una palabra invertida. En conjunto, la obra habla de la lucha entre el poder y la memoria, y de cómo una palabra puede ser robada, deformada o quemada, pero sobrevivir cuando pasa de una generación a otra.


obra premiada por el gobierno del estado de Tlaxcala en el certamen de literatura en la categoría de cuento 2026.


sábado, 22 de agosto de 2026

La casa tornasol

 




Por Edgar Sánchez Quintana

En el Reino de las Ventanas Cerradas existía una casa tan solemne que nadie se atrevía a llamarla por su nombre. En los documentos aparecía como Residencia de la Concordia; en los mapas, como Inmueble de Interés Público; en los discursos, como Casa del Pueblo. Sin embargo, para quienes trabajaban allí era simplemente la Casa Grande, porque tenía demasiadas habitaciones y muy pocas explicaciones.
La Casa Grande contaba con balcones de cantera, corredores que se alargaban cuando alguien pedía transparencia y puertas que solo se abrían para las personas que ya traían autorización. En la fachada podía leerse una inscripción dorada:
Aquí todo ocurre a la vista de todos.
Naturalmente, la frase estaba escrita del lado interior del muro.
La Dueña de la Casa vivía en el piso superior, en una habitación circular donde los espejos solo reflejaban lo que resultaba conveniente. Era una mujer de modales impecables y memoria selectiva. Conocía el nombre de cada maceta, la historia de cada retrato y el horario de cada aplauso, pero tenía dificultades para reconocer lo que ocurría bajo su propio techo.
—En esta casa no sucede nada que yo no sepa —decía desde el balcón—. Y si sucediera algo que yo no supiera, no sería responsabilidad de la casa, sino de la cosa que sucedió.
La Dueña había mandado colocar cámaras en todos los pasillos. Las cámaras registraban hasta el vuelo de una mosca, siempre que la mosca no tuviera aspiraciones políticas. También había creado una oficina de comunicación encargada de explicar que todo estaba en orden, incluso cuando el orden se encontraba temporalmente ausente.
El guardián de la puerta principal era Don Prudencio, un policía que llevaba muchos años cuidando el umbral. Sabía quién entraba, quién salía y quién decía que iba a salir, pero se quedaba esperando una autorización que nunca llegaba. En los últimos meses había reunido los documentos para jubilarse.
—En septiembre me retiro —les decía a sus compañeros—. Ya hice mis cuentas, ya escogí una banca para alimentar palomas y ya aprendí que la jubilación es el único trámite que uno desea que avance y, al mismo tiempo, teme que avance demasiado rápido.
Pero en la Casa Grande nadie tomaba en serio a un hombre que estaba a punto de dejar de ser necesario. Allí la proximidad del retiro no reducía las culpas: las volvía más fáciles de depositar.
Una mañana apareció en la Plaza de los Comunicados una publicación negra, con alas de escándalo. Volaba de teléfono en teléfono y mostraba unas fotografías y un video donde varias personas armaban paquetes de propaganda dentro de un espacio que, según la imagen, parecía pertenecer a la Casa Grande. El material llevaba los colores y el nombre de un candidato que todavía no era candidato oficialmente, pero ya contaba con mariposas, listas, cajas y entusiasmo.
En el Reino de las Ventanas Cerradas aquello se llamaba mapacheo, aunque ningún mapache había sido invitado a declarar.
La publicación provocó un terremoto administrativo. Las estatuas dejaron de aplaudir. El reloj del vestíbulo se atrasó exactamente el tiempo necesario para que todos pudieran elaborar una versión. La Casa Grande negó con sus cimientos.
—Es falso —dijo un funcionario.
—Es verdadero, pero no ocurrió aquí —dijo otro.
—Ocurrió aquí, pero no sabemos quién lo hizo —dijo un tercero.
—Si no sabemos quién lo hizo, probablemente nadie lo hizo —concluyó el Secretario de las Llaves.
La Dueña convocó al Tribunal de la Ventilación, llamado así porque su función consistía en ventilar los escándalos hasta que perdieran el olor de la responsabilidad.
—Quiero dejar claro —declaró la Dueña— que yo no tenía conocimiento de ninguna actividad política dentro de la casa.
—¿Aunque la casa sea su residencia? —preguntó el Cronista de las Paredes.
—Precisamente por eso. Cuando una vive en una casa, deja de verla. Es un principio de intimidad gubernamental.
—¿Y las imágenes?
—Las imágenes deben ser investigadas.
—¿Y si la investigación confirma que el lugar era la Casa Grande?
—Entonces investigaremos por qué la investigación anterior confirmó lo contrario.
El primer acusado fue Don Prudencio.
—Usted vigilaba la entrada —le reprochó el Secretario de las Llaves—. ¿Cómo permitió que entraran personas, cajas, listas y quién sabe cuántos pensamientos políticos?
—Yo estaba en el trámite de mi jubilación —respondió Don Prudencio—. Además, la puerta no tiene la culpa de que alguien la use. Yo solo recibo instrucciones.
—Un guardián debe saberlo todo.
—¿Incluso lo que la Casa Grande afirma que no ocurrió?
El Tribunal guardó silencio. En aquel reino, las preguntas difíciles se archivaban por falta de espacio.
Don Prudencio mostró sus documentos.
—Aquí está mi solicitud de retiro. En septiembre ya no estaré en la puerta.
—Eso no lo exime —dijo el Secretario—. Al contrario, demuestra que usted estaba preparando su salida.
—¿Preparar mi salida me convierte en responsable de todas las entradas?
—En la Casa Grande, quien está por irse siempre parece haber dejado algo pendiente.
Mientras tanto, las Tres Sombras de la Ventilación fueron convocadas a declarar. Eran trabajadores de rostro común, de esos que sostienen las instituciones sin aparecer en los retratos. La primera sombra dijo que obedecía instrucciones. La segunda afirmó que solo acomodaba paquetes. La tercera explicó que aquello no era propaganda, sino material informativo para una actividad de integración ciudadana.
—¿Quién les dio la orden? —preguntó el Tribunal.
Las tres miraron al techo.
El techo miró al retrato de la Dueña.
El retrato miró hacia otro lado.
—No recordamos —dijeron.
—¿Quién las dejó entrar?
—No sabemos.
—¿En qué lugar estaban?
La primera sombra dijo que en la Casa Grande.
La segunda dijo que en un sitio parecido.
La tercera explicó que, en términos administrativos, todas las casas se parecen cuando uno necesita negar que estuvo en alguna.
El Secretario de las Llaves anunció entonces que las tres sombras serían separadas de sus puestos para enviar un mensaje.
—¿Qué mensaje? —preguntó el Cronista.
—Que nadie debe realizar actividades que el gobierno no reconoce, aunque hayan ocurrido en un lugar que el gobierno tampoco reconoce.
El Babucas del Pañal de Seda irrumpió en la sala. Era un sujeto de tics nerviosos, hombros saltarines y ambiciones de escritorio. Vestía un pañal de seda bordado con hilo dorado y lo llamaba “prenda de dignidad administrativa”.
—Yo puedo resolver esta crisis —anunció.
—¿Tiene experiencia en seguridad?
—No.
—¿En comunicación?
—Tampoco.
—¿En investigación?
—Mucho menos.
—Entonces, ¿qué sabe hacer?
El Babucas levantó el meñique.
—Sé estar cerca de quienes mandan sin preguntar por qué. Es una especialidad muy útil en tiempos difíciles.
—¿Y qué propone?
—Crear una Dirección General de Hechos que Nunca Ocurrieron. Yo podría dirigirla.
—¿Con qué méritos?
—Tengo lealtad, disponibilidad y una extraordinaria capacidad para no recordar lo que conviene olvidar.
La Dueña observó al Babucas con simpatía. En él reconoció una virtud apreciada por la Casa Grande: la incapacidad de distinguir entre servir al poder y servirse de él.
Aquella noche, el Cronista de las Paredes revisó las cámaras de seguridad. Descubrió que funcionaban perfectamente. Habían registrado el movimiento de personas, cajas y materiales. No había interrupciones, fallas ni zonas oscuras.
Lo extraño era que cada funcionario veía una grabación distinta.
La Dueña veía un patio vacío.
El Secretario veía un pasillo sin responsables.
Don Prudencio veía una puerta abierta.
El Babucas se veía a sí mismo inaugurando una oficina con su nombre.
Las Tres Sombras veían un camino que no recordaban haber recorrido.
Solo el Cronista contemplaba la escena completa: las personas entrando, los paquetes siendo armados, las cámaras funcionando, los guardianes mirando hacia otro lado y la Casa Grande llenándose de una actividad que después todos llamarían imposible.
Entonces comprendió el verdadero secreto del reino. La Casa Grande no era ciega. Tenía demasiados ojos. Lo que ocurría era más grave: cada ojo había sido educado para mirar únicamente aquello que no comprometiera a su dueño.
Al día siguiente, la Dueña ofreció una conferencia desde el balcón.
—Después de una revisión exhaustiva, se ha determinado que las imágenes no corresponden a la Casa Grande.
—¿Y las tres personas separadas? —preguntó una voz desde la plaza.
—Fueron separadas por razones administrativas.
—¿Qué razones?
—Razones que serán explicadas cuando corresponda.
—¿Cuándo corresponde?
—Cuando deje de ser necesario explicarlas.
—¿Y quién permitió la entrada del material?
La Dueña miró a Don Prudencio, que ya llevaba bajo el brazo su carpeta de jubilación.
—La investigación determinará si alguien permitió algo.
—Pero tres personas ya fueron despedidas.
—Eso demuestra que la institución está actuando.
—¿Aunque no se haya comprobado que el hecho ocurrió en la Casa Grande?
—La eficiencia no debe depender de la existencia de los hechos.
En ese momento, el Babucas recibió una carta. Era su nombramiento como director provisional de la Dirección General de Hechos que Nunca Ocurrieron. El cargo incluía oficina, secretaria, automóvil y una silla especialmente diseñada para sostener su importancia.
Don Prudencio, en cambio, recibió dos sobres. El primero confirmaba su jubilación. El segundo le ordenaba presentarse a declarar por no haber impedido un acontecimiento que, según el informe oficial, jamás había tenido lugar.
Las Tres Sombras desaparecieron del edificio. En el comunicado se decía que su salida era una prueba de limpieza institucional. Nadie explicó por qué la limpieza había retirado a los trabajadores y dejado intactas las puertas.
Al caer la tarde, el Cronista volvió a la fachada. La inscripción dorada seguía allí:
Aquí todo ocurre a la vista de todos.
Pero una de las estatuas había comenzado a raspar la piedra con una uña. Debajo de la frase apareció otra línea, escrita con tinta invisible:
Excepto aquello que conviene no mirar.
La Dueña ordenó cerrar las ventanas. El Secretario mandó retirar las cámaras. El Babucas propuso crear un comité para investigar quién había escrito la frase.
Entonces las paredes empezaron a hablar.
—Nosotros lo vimos —susurraron.
La Casa Grande se estremeció.
—¿Qué vieron? —preguntó la Dueña.
—Todo.
—¿Y por qué no lo dijeron antes?
Las paredes respondieron con una serenidad mineral:
—Porque nadie nos había preguntado. Y porque aquí hasta los muros saben que decir la verdad puede convertirse en una falta administrativa.
La Dueña ordenó investigar a las paredes. El Babucas solicitó que se les retirara la plaza laboral por insubordinación. Don Prudencio, desde la banca donde alimentaba palomas, recibió finalmente su jubilación.
La Casa Grande publicó entonces su resolución definitiva: el mapacheo no había ocurrido en la Casa Grande; las tres sombras habían sido separadas para demostrar que no había ocurrido; el guardián había sido responsabilizado porque estaba allí; y el nuevo director de la transparencia sería el Babucas del Pañal de Seda.
Solo faltaba aclarar una cosa: si la casa no era la casa, ¿por qué todos seguían viviendo de ella?
Nadie respondió.
Desde entonces, cada vez que alguien preguntaba dónde había ocurrido el escándalo, la Casa Grande contestaba cambiando de nombre.
Y en las noches de viento, cuando las ventanas se estremecían, se escuchaba una voz que venía de los muros:
—No sabemos quién abrió la puerta. Pero sabemos quién decidió no mirar.

El Descorche Tlaxcalteca — Tomo 10

 



Edición de actualidad: 22 de agosto de 2026

(Cortinilla de cumbia sonidera. Se escuchan un golpe de tarola, un redoble dramático y el encendido del letrero «AL AIRE».)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
¡Muy buenas, queridas criaturas de la información, la indignación y el cafecito de olla! Bienvenidos al Tomo 10 de El Descorche Tlaxcalteca, la emisión donde la realidad llega sin maquillaje, pero la comunicación oficial siempre trae filtro, iluminación y tres fotógrafos. Soy Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala, y hoy abrimos el noticiero con cuatro estampas de nuestra vida pública: una fiesta que terminó en hospital, una fábrica que terminó en cenizas, unos programas públicos que nadie debe condicionar —según dicen— y una búsqueda que nos recuerda que la seguridad no puede medirse únicamente con boletines.
Y para acompañarme en esta ceremonia de la verdad a medias están, desde el palco de los difuntos opinadores, los únicos, los inigualables, los que no cobran viáticos porque ya no tienen dónde gastarlos: ¡Los Pitidos del Más Allá!
Los Pitidos del Más Allá:
(A coro, como porra de estadio.)
¡Piii, piii, piii! ¡Aquí estamos, Sofía! ¡Con la garganta lista, la conciencia de vacaciones y la porra bien ensayada! ¡Que empiece el desfile de maravillas! ¡Ea, ea, ea: el que no grite, que lea el comunicado!

Noticia 1. Huamantlada 2026: tradición, espectáculo y saldo médico

(Suena una banda de feria a lo lejos. Después, una sirena de ambulancia se mezcla con aplausos y se corta de manera abrupta.)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Comenzamos en Huamantla. De acuerdo con el reporte difundido por el Sector Salud y recogido por Urbano Puebla el 22 de agosto, durante la Huamantlada 2026 fueron atendidos diez pacientes en el Hospital General IMSS-Bienestar de Huamantla. Nueve permanecían hospitalizados y un hombre de 29 años falleció por lesiones provocadas por una herida de asta de toro. Además, once personas recibieron atención de paramédicos sin requerir hospitalización.
Conviene decirlo con claridad, porque la estadística no es confeti: hubo una persona fallecida, pacientes hospitalizados y personal médico trabajando. La tradición podrá tener música, anuncios y fotografías; pero el dolor no es parte del espectáculo. Y ahora viene la pregunta incómoda: ¿cómo se festeja una actividad de riesgo sin convertir la prevención en simple decoración de feria?
El Contreras:
(Con voz monocorde, hojeando un programa de actividades.)
No, no, no. Eso no importa. Lo importante es que hubo ambiente, turismo y derrama económica. Además, si uno se queda en su casa no lo alcanza el toro. Qué tontería, querer arruinar una tradición con datos médicos.
Los Pitidos del Más Allá:
(Con sonidos de trompeta y redoble.)
¡Olé, olé, olé, la estadística se fue! ¡Una cornada, nueve al hospital, once de pie y el boletín listo para publicar! ¡Que viva la tradición, que viva la emoción, que la prevención no se quede en el cajón! ¡Piii, piii, piii: cuando el toro embiste, la propaganda embellece!
El Contreras:
(Se incorpora lentamente a la porra.)
Bueno, pero con orden. ¡Olé, olé, olé! Y que nadie pregunte quién revisó las barreras.
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Ahí está: hasta El Contreras pidió orden, aunque sea por accidente. La fiesta puede continuar, pero una sociedad responsable no se ríe de las víctimas ni llama «éxito» a todo lo que aparece acompañado de música.

Noticia 2. Incendio en una fábrica de cartón de Hueyotlipan

(Se escucha una alarma industrial, seguida por el sonido de una cubeta que cae y una tos teatral del coro.)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Pasamos a San Simeón Xipetzingo, en Hueyotlipan. N+ informó el 20 de agosto que un fuerte incendio consumió maquinaria y materia prima de una fábrica de cartón. Eso es lo confirmado: hubo fuego y pérdidas materiales.
Hasta ahora, la nota consultada no establece una causa ni una cifra económica de daños, de modo que no vamos a inventar culpables, montos ni conspiraciones; para eso ya existen suficientes mesas de análisis.
Lo que sí podemos observar es la fragilidad de una economía que presume crecimiento mientras una emergencia puede convertir maquinaria, materia prima y empleos en humo. El incendio no necesita adjetivos oficiales: basta con mirar lo que queda después.
El Contreras:
(En voz baja, como si hiciera una observación técnica.)
No, no, no. Eso no importa. El cartón se recicla. Si se quemó una fábrica, técnicamente se adelantó el proceso. Es economía circular, pero en versión caliente.
Los Pitidos del Más Allá:
(Como pregoneros de feria.)
¡Lleve su fábrica chamuscada, recién salida del horno! ¡Maquinaria ahumada, materia prima tostada, productividad al carbón! ¡Piii, piii, piii! ¡No fue pérdida, fue una remodelación con llamas!
El Contreras:
(Se tapa los oídos.)
¡Cállense! Ustedes siempre exageran. Aunque, pensándolo bien, un museo del cartón quemado podría atraer turismo.
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Y así nace el nuevo atractivo regional: «Hueyotlipan, donde la industria se transforma en paisaje». Bromas aparte, ante un incendio lo serio es investigar, atender a las personas afectadas y transparentar las consecuencias. La ironía sirve para señalar el absurdo; no para borrar las pérdidas.

Noticia 3. Programas públicos: nadie debe condicionarlos, dicen las autoridades

(Cortinilla de ventanilla burocrática: una impresora, un sello y una musiquita institucional demasiado alegre.)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
La tercera noticia llega con sello, membrete y una frase que debería ser obvia: el Gobierno estatal reiteró que los programas y apoyos públicos deben entregarse conforme a las reglas establecidas y sin condicionamientos políticos. La información fue publicada por El Sol de Tlaxcala el 11 de agosto. La misma nota señala que el Coordinador Estatal de Comunicación calificó como falsa la versión sobre un supuesto condicionamiento de programas federales y llamó a denunciar cualquier presión.
Aquí hay que cuidar las palabras: la nota confirma el llamado institucional y la negación oficial; no confirma que haya existido un condicionamiento. Por eso, la noticia no es «se condicionaron los apoyos», sino la curiosa escena de una autoridad que dice: «denuncien la presión», mientras también dice: «esa presión es falsa». Un trabalenguas administrativo con presupuesto público.
El Contreras:
(Con voz de funcionario que acaba de descubrir una carpeta.)
No, no, no. Eso no importa. Si el apoyo llega, hay que agradecerlo y sonreír para la fotografía. ¿Condicionamiento? Qué palabra tan fea. Mejor digan «acompañamiento político con entusiasmo comunitario».
Los Pitidos del Más Allá:
(Con ritmo de marcha triunfal.)
¡El apoyo va que va, sin condición, pero con foto y credencial! ¡Denuncia, denuncia, pero primero saluda a la cámara! ¡Piii, piii, piii! ¡La ayuda es del pueblo, la foto es del gobierno y la explicación viene en camino!
El Contreras:
(Se suma al ritmo, golpeando dos vasos sobre la mesa.)
¡Sin condición, con emoción! ¡Sin presión, con elección! ¡No, no, no… pero sí, sí, sí!
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Magnífico: El Contreras acaba de inventar la coreografía del trámite. Recordemos algo elemental: los programas públicos son derechos sujetos a reglas, no favores personales. Y si alguien denuncia una presión, corresponde investigar con seriedad, no convertir la aclaración en espectáculo de ventanilla.

Noticia 4. Buscan a un policía municipal de Ixtenco

(La música se detiene. Queda un pulso grave y discreto. El coro guarda silencio.)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Cerramos con una noticia que exige otro tono. Urbano Puebla reportó el 22 de agosto la búsqueda de Iván Rodríguez Pérez, de 33 años, quien fue visto por última vez el 10 de agosto de 2026. La ficha citada por la nota señala como última ubicación el municipio de Ixtenco, Tlaxcala; también refiere posibles avistamientos posteriores en territorio poblano. Viajaba en un Ford Focus rojo y se menciona como referencia el municipio de Rafael Lara Grajales, Puebla.
No vamos a convertir la desaparición de una persona en un chiste. No conocemos las causas, no conocemos responsables y no conocemos el desenlace. Lo responsable es compartir únicamente la información confirmada, respetar a la familia y exigir que las instituciones de búsqueda y seguridad actúen con rapidez, coordinación y transparencia.
El Contreras:
(Por primera vez, sin tono burlón.)
No, no, no. Aquí no hay porra. Aquí hay que buscar, informar con cuidado y dejar que las autoridades hagan su trabajo. Y si no lo hacen, habrá que preguntarles por qué.
Los Pitidos del Más Allá:
(En voz baja, sin gritos.)
Que aparezca con bien. Que la búsqueda no se pierda en escritorios. Que la información llegue a la familia y que ninguna institución confunda silencio con resultado.
El Contreras:
(Asiente.)
Eso sí. Y que nadie use una tragedia para presumir estadísticas.
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Gracias, Contreras. Por una vez no contradijiste la realidad. Esta noticia nos recuerda que la sátira tiene límites: se puede cuestionar a las instituciones, pero no burlarse de quien sufre. La ironía debe apuntar hacia la negligencia, la opacidad o la contradicción pública; nunca hacia una víctima.

Despedida

(Regresa lentamente la cortinilla musical, ahora con un tono más sobrio.)
Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala:
Y con esto llegamos al final del Tomo 10 de El Descorche Tlaxcalteca. Hoy tuvimos una fiesta con saldo médico, una fábrica golpeada por el fuego, programas públicos que —según la autoridad— no deben condicionarse y una búsqueda que merece respeto, coordinación y resultados.
Yo soy Sofía «La Voz Cruda» de Tlaxcala. Gracias por acompañarnos en esta tragicomedia de la vida pública, donde a veces hay que reírse del discurso, pero también saber cuándo guardar silencio. Porque la sátira no consiste en patear al que está en el suelo: consiste en señalar quién dejó el camino lleno de obstáculos y luego inauguró una placa para felicitarse.
Los Pitidos del Más Allá:
(A coro, con solemnidad burlona.)
¡Piii, piii, piii! ¡Que se investigue, que se informe y que no se maquille! ¡Piii, piii, piii! ¡Menos boletín, más solución! ¡Ea, ea, ea: el que gobierna, que responda!
El Contreras:
(Con su tono monocorde, pero sumándose al cierre.)
No, no, no… bueno, sí. Deja tu comentario y suscríbete.
(La cumbia sube de volumen. Se apaga el letrero «AL AIRE».)
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