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martes, 23 de junio de 2026

La Sopa del Diablo: Crónica de una Sed Amatech

 


Un cuento audaz y surrealista sobre la intoxicación masiva en una empresa de Tlaxcala, donde el nihilismo de un tlacuache y la corrupción humana se mezclan en una cisterna de secretos.


Por Edgar Sánchez Quintana

Sísifo, el tlacuache, era un filósofo de la basura. Sus días transcurrían en una meditación nihilista entre los pequeños bosques que aún resistían el avance de la Universidad Autónoma de Tlaxcala y los muros de la flamante empresa Amatech. Había visto cómo sus antiguos cotos de caza se convertían en estacionamientos y cómo la promesa de progreso devoraba la tierra. Incluso, en la rectoría, una torre de cristal se alzaba como un monumento al miedo, y por las noches, un fantasma femenino, recién inaugurado, penaba por la banqueta, repitiendo con voz quebrada: “Él me engañó, yo confié en él”. Sísifo, cansado de la vida, de la soledad desde que su amada había sido atropellada semanas atrás, decidió que era hora de unirse a ella. La cisterna de Amatech, ese ojo oscuro que prometía un abismo, sería su puerta al Hades.

Faustino, empleado de Amatech, sentía que el estómago le hacía nudos. No era la primera vez. Desde que la empresa había prohibido la entrada de alimentos y agua externos, obligándolos a consumir los productos de la cafetería, los malestares eran una constante. Se había tomado ya dos Alka-Seltzers y un Pepto-Bismol, pero el dolor persistía. Sus compañeros, con la misma dolencia, murmuraban sobre la mala suerte, la envidia. Faustino, desesperado, acudió a Doña Remedios, la curandera del barrio. Con un huevo de gallina negra, Doña Remedios le pasó el cuerpo, recitando oraciones antiguas. Al romperlo en un vaso de agua, el huevo reveló formas extrañas, como sombras que se retorcían. “Mal de ojo, hijo. Te tienen envidia en la empresa. Mucha envidia”, sentenció la curandera, y Faustino asintió, convencido de que sus propios compañeros eran los causantes de su desgracia.
Mientras tanto, en las oficinas de Amatech, el Líder Sindical, un hombre de sonrisa fácil y apretón de manos flojo, se reunía con la gerencia. La noticia de la intoxicación masiva corría como pólvora, pero él, experto en apagar fuegos, ya tenía un plan. “No hay que alarmar a la gente”, dijo con voz untuosa. “Esto se resuelve con un buen incentivo. Un bono extra en el aguinaldo de Navidad, y todos contentos. La empresa no tiene por qué preocuparse”. La gerencia asintió, complacida. El Líder Sindical saldría de la reunión con la promesa de una jugosa compensación personal, mientras la salud de sus representados se vendía al mejor postor.

El funcionario de COEPRIST, la Comisión Estatal para la Protección contra Riesgos Sanitarios, sudaba frío. La llamada de Amatech había sido clara: “Esto no puede salir a la luz. El dueño es el más rico del país, y si se entera, cierra la empresa. Y si la cierra, la gobernadora nos corre a todos”. El funcionario, un hombre de principios flexibles, se vio atrapado entre el miedo a perder su puesto y la codicia de un sobre que, discretamente, había aparecido en su escritorio. El informe oficial diría que la intoxicación se debió a “factores externos no relacionados con la calidad del agua”. Todos se cuidaban la espalda, y la verdad se diluía en el pozo de la corrupción.

El tiempo pasó. La empresa, para evitar cualquier rastro de la intoxicación y con una audacia digna de su dueño, decidió lanzar una nueva línea de productos: “Agua Pura Amatech: Bebida Energética Ancestral con Probióticos Orgánicos”. El agua, por supuesto, provenía de la misma cisterna, ahora “purificada” con un proceso secreto. En la inauguración, frente a las cámaras y con sonrisas forzadas, el Líder Sindical y el funcionario de COEPRIST brindaron con la nueva bebida, proclamando sus bondades para la salud y el bienestar. Faustino, ahora recuperado y con una extraña sensación de vacío en el estómago, fue contratado para una nueva tarea: “limpiar” la cisterna a fondo. Descendió al oscuro pozo, y entre el lodo y los restos de lo que alguna vez fue Sísifo, el tlacuache nihilista, encontró un pergamino antiguo, enrollado y sellado. No era un contrato de la empresa, sino un mapa de la Tlaxcala prehispánica, con rutas de agua subterráneas que conectaban la cisterna con manantiales ocultos y, en el centro, un glifo que representaba a un tlacuache como guardián de la memoria ancestral. Faustino sonrió. La verdadera sopa del diablo no era el agua contaminada, sino la historia que se negaban a contar.

A veces, la realidad supera a la ficción, y el agua que bebemos lleva consigo las sombras de quienes nos gobiernan. ¿Crees que la justicia es posible cuando el poder y el dinero dictan la verdad? Te invito a compartir tu reflexión sobre este relato y a cuestionar las "sopas" que nos sirven a diario. ¡Tu conciencia es el único filtro que no pueden corromper!

lunes, 22 de junio de 2026

La Casa de la Poesía en Disputa: Jorge Juanes y la Defensa de la Memoria Literaria

 


Una crónica personal y filosófica sobre Jorge Juanes y su lucha por la Casa de López Velarde: de las cátedras en Puebla a la defensa de la memoria poética de México.

Por Edgar Sánchez Quintana

En el vibrante panorama intelectual de México, la figura de Jorge Juanes López emerge como una voz ineludible. Filósofo, crítico de arte e investigador de tiempo completo en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), Juanes ha dedicado su lucidez a desentrañar las complejidades de la estética, la modernidad y la posmodernidad. Su pensamiento, fértil y a menudo polémico, no se limita a las aulas, sino que se proyecta hacia el debate público, vinculando la filosofía con el panorama civilizatorio y la pulsión de vida
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Mi acercamiento a Jorge Juanes se dio hace algunos años, no tanto de forma personal, sino a través de la academia y el pensamiento. Recuerdo haber acudido a un coloquio en Puebla donde se abordaban temas que, en aquel tiempo, eran cruciales en el ámbito filosófico. Juanes ya había consolidado su fama entre un selecto grupo de intelectuales y, sobre todo, entre los estudiantes de la Facultad de Filosofía de la UAP. Había una especie de bohemia intelectual que lo rodeaba, una atmósfera de efervescencia donde se discutía la estética, la filosofía marxista y los movimientos del pensamiento latinoamericano, con nombres como Horacio Cerutti, Enrique Dussel y Leopoldo Zea resonando en cada conversación.
Su avezado conocimiento sobre estos temas convertía cada clase en una verdadera cátedra, comparable a las que impartirían Theodor Adorno en la Universidad de Frankfurt o Heidegger en Friburgo. Juanes, a menudo, era tildado de incomprendido o incluso de "loco", como si habitara fuera del tiempo, con una visión que trascendía las modas intelectuales del momento. Sin embargo, su rigor y su capacidad para clarificar conceptos complejos del pensamiento crítico eran innegables, y su influencia en mi propia formación fue profunda.

La Casa de López Velarde: Un Símbolo en Riesgo

Recientemente, la agudeza crítica de Juanes se ha posado sobre un tema de profunda resonancia cultural: la situación de la Casa del Poeta Ramón López Velarde. Este inmueble, ubicado en Álvaro Obregón 73, en la emblemática Colonia Roma de la Ciudad de México, no es solo una edificación; es un espacio cargado de memoria, un santuario de la palabra que ha sido objeto de controversia y preocupación en el ámbito cultural
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La Casa del Poeta Ramón López Velarde es un referente para la literatura mexicana. Fue el último hogar del autor de "La Suave Patria" y, por extensión, un epicentro de la poesía nacional. Sin embargo, su gestión y su vocación original han sido motivo de debate, llevando a que diversas voces se alcen en su defensa. Es en este contexto donde Jorge Juanes ha decidido sumarse al Comité de Defensa de la Casa del Poeta, aportando su peso intelectual a una causa que considera fundamental
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Para Juanes, esta iniciativa trasciende la mera protección de un edificio. Se trata de una lucha por la defensa de la cultura y el arte frente a lo que él denomina una "destrucción perpetua, progresiva, a veces, en nombre de una falsa emancipación". En sus palabras, "no hay peor lucha que la que no se hace", y esta es, sin duda, una batalla por la memoria y la identidad
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La Poesía como Maestra de la Humanidad

La argumentación de Juanes se ancla en una profunda convicción sobre la importancia de la poesía. Él vincula la defensa de la Casa de López Velarde con la esencia misma del acto poético, recordando un manuscrito de 1913, encontrado por Franz Rosenzweig, donde figuras de la talla de Hölderlin, Hegel y Schelling proclaman que la poesía es la "maestra de maestras de la humanidad". Para el filósofo poblano, defender a López Velarde es, en última instancia, defender una "manera de pensar radical y extrema", un "pensar poético" que se desprende de la poesía misma y que nos invita a reflexionar desde sus propias coordenadas
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Esta postura resuena con la visión que hemos explorado en otros ensayos sobre la soberanía cultural y la resistencia. La defensa de un espacio como la Casa de López Velarde se convierte en un acto de resistencia contra la homogeneización cultural y el olvido. Es un recordatorio de que la identidad de un pueblo se construye también a través de sus poetas, de sus espacios sagrados y de la capacidad de su intelectualidad para alzar la voz cuando la memoria está en juego.

La Crítica Estética como Acto Político

La participación de Jorge Juanes en este comité de defensa subraya una vez más la intrínseca relación entre la crítica estética y el acto político. Para un pensador que ha desentrañado la "cultura de la alegría y la afirmación más potente de la pulsión de vida" en Nietzsche, o la "modernidad profunda" en Bolívar Echeverría, la defensa de la Casa de López Velarde es una extensión natural de su filosofía
. No se trata de un mero activismo, sino de una aplicación práctica de su pensamiento, donde la preservación del patrimonio cultural se convierte en un baluarte contra la erosión de la identidad y la banalización del arte.
En un México que constantemente se debate entre la modernidad y la tradición, entre el progreso y la memoria, voces como la de Jorge Juanes son esenciales. Su llamado a defender la Casa de López Velarde es un recordatorio de que la cultura no es un adorno, sino el cimiento sobre el cual se construye la conciencia de una nación. Me sumo a la protesta junto con Juanes y otros autores e intelectuales, porque me parece que no podemos quedarnos dormidos y mirar hacia otro lado. Solo los intelectuales y creadores, así como los personajes dedicados a la cultura y el arte, saben que hay que pelear por los espacios y no permitir el reduccionismo. Primero será el edificio, luego será el pensamiento.

La cultura no se hereda pasivamente, se defiende activamente. ¿Crees que estamos haciendo lo suficiente para proteger los espacios que resguardan nuestra memoria literaria? Te invito a sumarte a esta reflexión y a compartir tu opinión sobre la importancia de preservar la Casa de López Velarde. ¡Primero será el edificio, luego será el pensamiento!

domingo, 21 de junio de 2026

Carlos Monsiváis: El Cronista de la Transición y el Lector de tu Vida

 



Un ensayo extenso y personal sobre Carlos Monsiváis: el cronista que transformó la cultura popular en alta literatura y fue la voz necesaria del México de los años 90.

Por Edgar Sánchez Quintana

Carlos Monsiváis Aceves (Ciudad de México, 1938-2010) no fue solo un escritor; Fue un sismógrafo cultural, un intérprete ineludible de la modernidad mexicana que, con su pluma, desentrañó las complejidades de un país en constante ebullición. Su obra, vasta y multifacética, lo posiciona como uno de los autores más innovadores e influyentes de su tiempo, un cronista que no solo documentó la vida cultural, política y social, sino que la convirtió en el personaje central de su narrativa.
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El Cronista Ubicuo: De la Crítica a la Vida Cotidiana

La crónica fue el género predilecto y la herramienta más potente de Monsiváis. A través de ella, desmenuzó la complejidad de la vida urbana, la cultura popular y los acontecimientos cotidianos, elevándolos a la categoría de análisis sociológico y cultural. Fue pionero en el estudio serio de la cultura popular contemporánea, desde el cine de oro y las telenovelas hasta la lucha libre y los cómics, demostrando cómo estas expresiones aparentemente triviales eran, en realidad, reflejos profundos de la identidad nacional y sus contradicciones.

Su capacidad para observar y narrar lo marginal, lo efímero y lo masivo le permitió construir un retrato vívido y crítico de un México en constante transformación. Monsiváis poseía una mirada que trascendía lo evidente, desentrañando los significados ocultos en los fenómenos culturales y sociales. Su prosa, caracterizada por la ironía, el sarcasmo y una erudición accesible, lo convirtió en un referente para entender las dinámicas de poder, las tensiones sociales y las aspiraciones de una sociedad en ebullición.
En sus textos, Monsiváis no solo describía lo que veía; lo interpretaba a través de una lente que combinaba la alta cultura con la cultura de masas. Podría citar a Benjamin oa Adorno para explicar el fenómeno de Juan Gabriel, o recurrir a la historia de México para analizar el comportamiento de las masas en un estadio de fútbol. Esta capacidad de síntesis fue lo que le permitió conectarse con un público amplio y diverso, desde intelectuales de la academia hasta ciudadanos de un pie que se encontraban en sus crónicas una voz que les hablaba directamente.

La Voz de los 90: Un Paralelismo Personal

Para un estudiante de filosofía y letras en los años 90, como lo fue el autor de esta crónica, Carlos Monsiváis no era una figura distante, sino una presencia constante y enriquecedora. En esos años, la lectura de periódicos como La Jornada , El Universal o Excélsior , o revistas como Nexos o Letras Libres , era el pulso que conectaba con el acontecer literario y cultural del estado y del país. La UNAM, de donde Monsiváis había egresado de filosofía, era un faro intelectual, y la posibilidad de que profesores de esa institución impartieran clases en la UAT generaba una sensación de igualdad académica, un puente directo con el pensamiento que se gestaba en la capital.
Leer una crónica de Monsiváis era un deleite. Su modo de enriquecer las letras con temas cotidianos, "lo chilango", lo que para otros podría considerarse fuera de la élite literaria, era su sello distintivo. Hablaba de box, de luchas, de graffiti, de darketos o punks, de los desposeídos, de las contradicciones de la vida cotidiana, del conservadurismo mohoso y de las élites que coqueteaban con el autoritarismo priista trasnochado. Su ironía y sarcasmo, herramientas que el cronista de estas líneas también comparte, eran la forma de decir las cosas y evidenciarlas sin tapujos.
Monsiváis fue el gran descifrador de las tribus urbanas de los 90. Mientras el país intentaba modernizarse a marchas forzadas con el TLCAN, él se detenía a observar cómo los jóvenes se apropiaban del espacio público, cómo las identidades se fragmentaban y cómo la cultura de la resistencia se manifestaba en los lugares más inesperados. Para nosotros, estudiantes de filosofía, su obra era una lección de cómo la teoría podía aterrizar en la práctica, de cómo el pensamiento crítico no debía estar peleado con el disfrute de la cultura popular.

El Intelectual Comprometido y el Guardián de las Palabras

Su posicionamiento ante los desposeídos y las minorías fue siempre evidente. Defendió los derechos LGBT, la protección de los animales y abordó realidades que para otros debían ser veladas o ignoradas. Su posición política de izquierda era inquebrantable, pero nunca dogmática. Habló de cine y de música, y de feminismo cuando el tema aún no era parte de la agenda pública dominante. Aunque no poseía la soltura labial de un Arreola o un Ricardo Garibay, se defendía en las entrevistas con un asombroso conocimiento libreco y una sapiencia literaria universal.
Su capacidad para tomar las palabras de una conversación como si tuvieran vida propia, donde lo valioso era cómo se articulaba y se emitía la palabra, y cómo era entendida por el receptor, lo acercaba a la filosofía del lenguaje de un Wittgenstein. Era, en esencia, un guardián de las palabras, un pilar consustancial del pensamiento crítico en México. Monsiváis entendía que el lenguaje es el campo de batalla donde se disputan los significados de la realidad, y por ello se esmeraba en usarlo con una precisión que desnudaba las mentiras del poder.
Su compromiso social no era una pose; era una forma de vida. Monsiváis estaba en las marchas, en los foros, en las asambleas. Su presencia daba legitimidad a las causas más diversas, siempre desde una posición de independencia intelectual que le permitía criticar incluso a aquellos con quienes compartían afinidades políticas. Esta honestidad intelectual fue lo que le granjeó el respeto de propios y extraños, convirtiéndolo en un referente ético para la nación.

La Influencia en el México de los Años 90: Un País en el Espejo Monsivaisiano

La década de los 90 fue un período crucial para México, marcado por la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el levantamiento zapatista en Chiapas y el inicio de una transición democrática que pondría fin a décadas de hegemonía del partido oficial. En este contexto de profundos cambios y redefiniciones, Carlos Monsiváis se erigió como una de las voces más lúcidas y necesarias para interpretar la complejidad del país.
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Su capacidad para analizar los fenómenos sociales y culturales con una perspectiva crítica ya la vez empática lo convirtió en una guía intelectual para entender las nuevas realidades. Monsiváis desentrañó las implicaciones culturales del neoliberalismo, la emergencia de nuevas identidades y la reconfiguración del espacio público. Su obra de este período es un testimonio invaluable de cómo México se enfrentaba a la globalización y la búsqueda de una nueva identidad en un mundo en constante cambio. Su mirada crítica y sensible, su inteligencia y humor, retrataron la vida cultural, política y social del país, convirtiendo los acontecimientos cotidianos en materia de reflexión profunda.
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En los 90, Monsiváis fue el cronista del fin de una era y el nacimiento de otra. Sus textos sobre el levantamiento zapatista, por ejemplo, no solo informaban sobre los hechos, sino que analizaban el impacto simbólico de la irrupción del México indígena en la modernidad tecnocrática. Su crítica al TLCAN no era un rechazo al comercio, sino una advertencia sobre los riesgos de perder la soberanía cultural frente a una globalización homogeneizadora. Monsiváis nos ayudó a entender que el progreso no debía ser a costa de la memoria y la identidad.

Legado y Vigencia: El Autor que Entendió a México

A años de su deceso, Carlos Monsiváis sigue siendo recordado y su obra continúa siendo una brújula para entender el México contemporáneo. Su legado no solo reside en la vastedad de sus escritos, sino en la invitación constante a la reflexión crítica, al humor inteligente ya la defensa de la dignidad humana en todas sus expresiones. Nos enseñó que la cultura no es un adorno, sino el tejido mismo de la sociedad, y que el intelectual tiene la responsabilidad de ser el "ubicuo lector de la multitud", la voz que articula las complejidades y las esperanzas de un pueblo.
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Su ejemplo nos recuerda cómo un autor mexicano debe ser y abarcar, desde su sapiencia y modo de escribir, todo título, escenario, crónica o pensamiento, y ponerlo a consideración del lector, sin desvalorizar temas, porque en cultura toda expresión social y cultural debe apuntarse y registrarse como un modo del ser del humano. La vigencia de Monsiváis radica en su capacidad para seguir hablándonos hoy, en un México que sigue enfrentando desafíos similares a los que él analizó con tanta lucidez. Su obra es un recordatorio de que la inteligencia y el compromiso social son las mejores herramientas para construir un país más justo y democrático.
Monsiváis nos dejó una lección fundamental: la importancia de la curiosidad infinita. Su interés por todo lo humano, desde lo más sublime hasta lo más cotidiano, es un ejemplo de cómo la literatura puede ser una forma de habitar el mundo con plenitud. Al leerlo, no solo aprendemos sobre México; aprendemos sobre nosotros mismos y sobre nuestra capacidad de asombro ante la realidad. Su voz, siempre irónica y siempre esperanzada, sigue siendo necesaria en un tiempo que a menudo parece haber perdido la brújula de la razón y la compasión.