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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 23


Me salí del restaurante 



“Lo inexpresable no existe”
 Théophile Gautier



…Y Ahora que las tortillas han pasado a ser un artículo de lujo, haremos una declinación hacia ese alimento barato y consumible: el pasto y los quelites. En eso estaba cuando entré al restaurante y todo en él me tomó desprevenido, los quelites y el pasto se quedarían con las ganas porque allí los chiles rellenos me daban la bienvenida, la ensalada se enverdecía nomás por el gusto de verme y la pizza, toda ella me guiñaba el ojo lleno de salsa de tomate; las hamburguesas se cuchicheaban para hacer alguna estrategia y así llamar mi atención, el mole tomaba fuerzas de no sé dónde y sacaba a relucir su aroma deslumbrante, el pozole siendo un poco más grosero, lo único que hacía era pelar unos dientes bien reventados, el espagueti, trataba de lazarme el cuello, en tanto que el chile colorado se ponía furioso y un poco más colorado, los tacos con crema tocaban sus flautas y la pierna ahumada me invitaba adentro, o hincarle un colmillo; pero las  chuletas de lomo... ¡Esas no tenían vergüenza!

Cuando estuve placenteramente cómodo observé que, allí sobre la mesa, las galletas me hechizaban el olfato hasta que no pude soportar tanta insinuación y les caí encima, de a dos en dos fueron pasando por mis hábiles muelas. Mi mirada de gavilán se abalanzaba tanto sobre los platillos como sobre las muchachas que desde sus asientos seguían el ritmo de la música. El perfume anais-anais me vitoreaba la indulgencia  Mi indiscreción no preocupaba a nadie, la avispada mirada continuo desperdigándose por la estancia.

Me veía en el parque y allí, la hoguera prendida a una pértiga en vaivén  era atacada por ligeros cohetes  que cruzaban la distancia y estos se encontraban amarrados a cintillas largas, como mechas sulfúricas  que al tocar la lumbrera se prendían y hacían caer trenzas pirotécnicas de colores y contornos humeantes desde lo alto, se me figuraba ver aquellos antiguos artefactos pirotécnicos que dejaban caer encendidos de cohetes: chispas y petardos desde la torre de la iglesia, hasta la explanada por medio de una soga. Aquellos jóvenes cerca de la fuente hundida jugueteaban para ver quien ganaba en la competencia de tener el mayor alcance en sus patinetas, era así como se estrellaban en los árboles y hacían caer a las ardillas como manzanas maduras. Luego me veo pegándome en la planta de los pies con un tubo de acero.

Estoy jodido pero sé derrochar, por eso entro a los restaurantes lujosos, donde me saludan por allá Robert De Niro y Sharon Stone, aquí Paul Gauguin y Marilyn Monroe y acullá  Salma Hayek y Steven Spielberg. Busco en sus espectros una resurrección de jazmín y los huecos se ven en los puentes que atravieso de manera intermitente, ¡Oh! Vaya la coquetería que baraja la aldea, se asoman por allí unos recién nacidos resplandecientes, colgados y despellejados como pollos tlaxcaltecos en un mercado, ellos son quienes llamaban a mi degustación; pero... en este momento no llevo suficiente cambio, ¡Lastima, ya casi me imaginaba saborear una piernita con ese delicioso sabor lechoso!

Lorenzo con una personalidad elástica hacía de la adiposidad su mejor compañera. La rotación cultivada de su espíritu se vaciaba mineralmente en el ardid.  El traje de  Rodoreda, parecía salea de camarón. Él se hacía acompañar de Clara, pero ¡Hay! Diosito la premio con una cara como para morirse de espanto y cada vez que la miraba me imaginaba ver algún demiurgo de lo más horrible. La única carcacha que veía entre tanto espécimen hermoso era la esposa de mi amigo, él dio por aludido ese pensamiento, sabía que el doble sentido de las palabras estaba entretejido. Con sólo decirles que su mano era un pedazo de cuero como una tela de esmeril difícil de acariciar. Los gorriones iniciaron con trinos de acompañamiento; El banquete, de manera entrecortada, inauguró su ritmo, pero eso sí cada cual por su lado.

En la mesa contigua estaba una hermosa vecina, como una mariposa nocturna se alfombraba de manera muy bien recamada. Llevaba un sostén suficientemente descapotado y en pleno alborozo. Tenía la cara de Linda Evangelista, y su perfume era  Catalyst  de la marca Halston.  Su parloteo me andaba buscando la oreja, pero como yo la tenía ocupada con la polka Junke de Strauss, hice entumecer la perturbación con inciensos de ensimismamiento. Pude esperar un poco y repartía mi atención en las dos eucaristías.

Comía todo aquello como un desaforado, los meseros me atendían con maestría. Degustaba los manjares con todo y sus colores: rojo salsa, verde perejil, color tortilla, blanco cebolla, entre otros y bebidas varias como vino, refresco de soda y café. En el portal izquierdo, cerca del bar, las noticias titiritaban en la pantalla de la tele, anunciaban tal vez buenas noticias, como siempre, yo esperaba las peores inclemencias. —A grosso modo— La rebelión refaccionaba los ímpetus guardados durante la última década, la inconformidad de la tribu se climatizaba en el ambiente. La erupción de la guerra encostalaba a gatos, y a perros. Las lúdicas caras  de: Centímanos, Multicéfalos, Cien-ojos, Cari-horrendos, Zoomorfos; Híbridos de múltiple casta como el Cerbero, la Quimera; se dejaban ver en la pequeña pantalla. Como que se querían salir de ella...

Estoy impúdico. Los hipopótamos me roen. Los corderos, cuando me miran, acuden a acurrucarse en mis cobijas; un pequeño tritón ha chupado mi cerebro y ha ocupado su lugar. Dejemos que las larvas vayan colonizando en tribus por mi vieja axila. De manera muy escueta, una bifurcación de células hizo de mi entusiasmo un vodevil. Y luego, un Hipocampo gendarme inauguró una marcha de Híbridos: la marsopa-raqueta, el estudiante-hurón, el murciélago-betún, la pantera-oasis. Los espectros del transporte se asomaban al restaurante  y se abrazaban a la estructura del edificio. Alguien me llamó. ¡No supe que pasó! Pero... me salí del restaurante sin pagar la cuenta, ¿Saben porqué? En ese momento desperté de mi sueño.

El vestido de novia 




—Y ¿Ahora  que vas ha hacer con el vestido?
—Allí que se quede, como si me importara, pero triste Diana, conque me quería enjaretar su hijo si yo nunca nada con ella, a lo más, llegábamos a unas calenturas leves.
— ¿Cómo te diste cuenta?
—Se fue a probar el vestido y no le quedaba, le habían tomado las medidas dos veces porque el vestido ya le habían cambiado la talla hace como quince días;  y vez como es mi mamá, bien metiche y le saca la verdad. Dice mi mamá que se puso a llorar pero nada se puede resolver, si ella hubiera sido sincera, sabes, hubiéramos resuelto el problema, pero ese engaño ninguno lo pasa, te lo aseguro. ¡Petra, dale vuelta al casete... se acabó! Si, como vez, son jaladas, he de estar salado para que me pasen tantas cosas, me roban mi bicicleta, voy a tomarme unas copas y me parten el hocico, pierde el Cruz Azul y... y pues esto de Diana. ¡Se pasa!
— ¿Y habían entregado las invitaciones?
—No, Martín iba a ser el padrino de invitaciones, me dijo que tenía otras deudas por pagar pero en esta quincena sí iba a tener dinero para eso, al rato lo voy a ver para decirle las nuevas. Se va a burlar el cabrón, pero ya ni modo.
— ¡Voy por las tortillas y por allí voy a comprar azúcar...!
—Oyes. Pérate, no seas malita Petra y tráete una caguama, pero te la traes bien helada, sabes... te traes de las del fondo, esas sí están frías.
—Aja
— ¿Dónde está tu mamá?
—Se fue por el vestido, pues ya está pagado y terminado.
—Bueno, me voy, nomás venía para enterarme de eso.
—Pérate, ¡No ves, fueron por la caguama! A poco crees que la mande a comprar para mi solo. Aguanta. Aguanta. Petra tiene también hecha la comida... ahorita comemos— Los dos amigos Fulgencio y Nicolás se quedaron platicando sobre el fútbol, sobre los asuntos del trabajo entre otras cosas.

Los dos trabajaban en una tienda de telas en la principal calle de la ciudad. La casa de Fulgencio se encontraba en la unidad habitacional de Santa Gertrudis en el municipio de Ocotlán en el Estado de Tlaxcala. Fulgencio tenía ganas de casarse, y como hombre prevenido, antes de comprometerse con Diana había salido varias veces y simultáneamente tanto con Diana como con Cristina. Cristina era una jovencita de diecinueve años que trabajaba en la papelería que estaba a un costado de la tienda de telas donde laboraba Fulgencio, era una mujer simpática y de cabello lacio. Fulgencio siguió saliendo con Cristina cuando se rompió el compromiso con Diana, pero Cristina no se enteró de su anterior relación y enlace. Al mes siguiente, Fulgencio le propuso matrimonio a Cristina y ésta acepto.

—Mamá, ven Mamá, ven a ver el vestido, lo trajo Fulgencio, ha de estar lindo.
—Estoy viendo la novela, vente para acá, allá en el comedor no hay buena luz niña— la señora se levanta del sofá y enciende la luz. En el centro de la sala hay una mesa de centro de madera y vidrio en tinte de cedro. La muchacha pone el vestido sobre la mesilla y ese mueble desaparece ante el enorme volumen de la prenda.
—Pero mira que lindo.
—Sí, era la sorpresa que me tenía Fulgencio.
—Hay pero si parece que hasta sabía tus medidas, anda sácalo de la bolsa, quiero verlo completo, ¡Hay mi niña de blanco! Pero cuando iba yo a pensar que te ibas a casar tan pronto, pero ni modo, así es la vida. —Cristina saca el vestido, lo desempaca y se lo pone enfrente, como midiéndoselo. Toma la tela a la altura del muslo y lo abanica para dejar ver su esplendidez.
—Hay mamá estoy tan emocionada... y muy nerviosa.
—Hay no creas que yo no, hija, desde que me dijiste que te habían pedido en matrimonio no salgo de las preocupaciones, creo que hasta he bajado de peso nomás de la preocupación.
—Todo saldrá bien mamá, no te preocupes, yo soy la que no debo de subir o bajar de peso, que tal si luego ya no me queda el vestido.
—Oyes hija pero anda, saca el tocado que también lo quiero ver. Mmm... Es este. Hay mira nada más que encanto es como el que usó  tu tía Narcisa, en forma de “v” en la frente, nomás que el de ella tenía unos como azares colgando, como toquilla árabe, tenía más pedrería, pero eso pasó de moda. A ver ven para que te lo vea puesto, tenemos que ir pensando de una vez como vas a ir peinada, no quiero que a la mera hora te vayan a querer poner cualquier chongo. Hay pero que linda, mira, te lo vamos a agarrar de acá y de acá para que no se te caiga o te lo jalen, acuérdate que vas a bailar a la “víbora de la mar” y luego jalan mucho el velo.
—Hay ma me pongo tan nerviosa, de que me vaya a tropezar allí entrando en la misa o a pasar cualquier otra cosa. ¡Ah! Tenemos que comprar las zapatillas, las medias, los ligueros y... bueno todo lo demás que hace falta. Sí, tengo dinero para eso. Luego hago la lista.
—Hija, el viernes no vayas a salir a ningún lado, porque Mary está organizando tu despedida de soltera. Allí vas a recibir tus primeros regalos. A todo esto hija ¿A dónde van a vivir?
—Mientras, vamos a vivir allí en su casa con mis futuros suegros, y su tío tiene un departamento rentando allá por Ocotelulco y se lo va a rentar barato, pero vamos a esperar un poco hasta que lo desocupen y le hagan unos arreglos.
—Bueno, hija eso no importa, el hombre aunque sea pobre, pero honrado, y sobre todo que te quiera mucho hija.
— ¡Hay que emoción! Te juro que vamos a hacer muy felices y... luego, luego quiero tener un bebe, tu primer nieto—En sus caras hay felicidad, regocijo, el compromiso avecindándose las llena de emoción, se entusiasman por el evento. Para la noche, el vestido quedaba colgado desde un sitio alto esperando sus futuros protagonismos.

            La secretaria del párroco se acomoda en la silla, y observa el libro, el acta de nacimiento y las fotografías.
— ¿Usted dice que se llama cómo?
—Cristina Portilla Méndez, vea, aquí está mi acta de nacimiento y  mi fe de bautismo.
—Pues sí, pero... según parece este señor ya se casó, las amonestaciones corrieron hace tres meses y se casó en otra iglesia, aquí no. El nombre de la mujer con la que se casó se llama... mmmm. déjeme ver... aja  Diana Hortensia Tlapale Ortega
—No, No es posible, ha de estar usted confundida. Él no está casado, su nombre completo es Fulgencio Pulido... ¿Cual es su otro apellido mamá?
—No lo sé, pero allí está en su acta de nacimiento además usted a de tener las fotografías que se dan para las amonestaciones.
—Si pero, las amonestaciones que se corrieron en estos meses todavía están pegadas en la vitrina a la entrada a la iglesia.
— ¡Fabiola venga un momento por favor!— grita el párroco desde el interior de una oficina contigua—Las dos mujeres, madre e hija se quedan sin comprender nada, anonadadas ante la noticia. Se miran una a otra, en sus caras campea la sorpresa. La secretaria regresa.
—Lo siento pero no se pueden casar, él ya está casado. Si quieren pueden ver las amonestaciones, aún están pegadas a la entrada de la iglesia.
—Gracias señorita, nosotras casi, casi nomás veníamos a pedir informes pero... vamos a ir a ver como se resuelve este malentendido o que nos den explicaciones de esta burla. —recogen sus papeles y salen de la oficina. Cuando van a la iglesia van diciendo pestes y maldiciones, diálogos indescriptibles.

Cristina entró a su casa. El timón que gobernaba su templanza estalló por los aires, de modo tan eficaz que hizo un hoyuelo cavernoso en sus poderosos ojos vidriosos y animalescos. Estando así su aura azul color calma se transformó en amarilla color puntiagudo; el desarreglo de su espíritu, tan imprevisto y sólido como el esqueleto de un felino haría temblar al mismísimo diablo y observándola en cámara infrarroja se podría atisbar a una bestia que bufaba furia o a una máquina que fabricaba el carmesí calorífico propio de los elevados grados centígrados. Entró a su recámara y allí estaba el vestido, no encontró otra cosa en que vengar su dolor que en esa prenda — ¡Maldito Fulgencio, me las vas a pagar! ¡Te querías burlar de mí, me querías ver la cara!, ¡Pero no se te hizo, no soy ninguna tonta y ahora veras!— La muchacha intempestiva, furiosa, toma los cerillos que están en el buró, arranca de un jalón el plástico que protege el vestido y empieza a lanzar cerillos encendidos desde su cama. Está encorajinada. Al vestido le van apareciendo llamas que luego se apagan, se le van haciendo una especie de lunares negros, hematomas  tostados. La prenda va pasando de vestido blanco y pulcro  a vestimenta: disfraz de tragafuegos.

La mamá de Fulgencio se codeaba muy bien con la cocina y se entendía de tú con las especias. Llegó Fulgencio a la cocina y con la habilidad de un tejón digirió todo lo que estaba sobre la mesa, luego se limpió con la manga del suéter— Ma voy a ir a ver a Cristina para ver como le quedó el vestido, horita le voy a decir lo de Diana. Espero que no se enoje.
—Y como crees que no se va a enojar, si eso acaba de pasar y tu ya te vas a casar de nuevo. Y lo peor es que con el mismo vestido. A ver si no te hace comprar otro. Porque a las mujeres no nos gusta eso de “cosas de segunda mano”.
—Bueno a ver como me va, nos vemos.
—Aja, ¡Oyes hijo, de regreso compras un litro de leche y pan para la cena!

Huyó su esperanza para casarse, como un tornado sobre los campos de Arkansas, cuando vio la cara de ella al abrirle la puerta, en ese momento era tan brava que un insulto de su boca podría de algún modo causar una infección. Ella lanzó su ponzoña exacerbada y cuidó muy bien de hacer a él con sus palabras el mayor mal, minando así el horrendo pecado que había cometido, haciendo y diciendo se fue contra él y casi desaparece ante los golpes y los insultos, había en todo el vecindario por culpa de esa camorra: palabras en estallido, cuchicheos tras las ventanas, griterías de los vecinos. El enamorado no podía explicar nada, nadie lo escuchaba, los otros no tenían oídos para escuchar sino sólo lengua para injuriar y brazos para golpear. Al hombre le nacían moretones por el cuerpo de igual modo como le habían nacido hematomas tostadas al vestido. En últimas supo que quien podría salvarle serían sus piernas, y no tenía otra opción, así que utilizó esa opción. Salió como tapón de sidra en noche de Navidad. Otro día explicaría las cosas, en ese momento no. Cuando regresó Fulgencio a su casa, su madre no le preguntó sobre el encargo que le había mandado traer. Tampoco lo iba a castigar con unos cuantos golpes, ese día ya había recibido su dotación. Esa noche no cenaron ni leche ni pan.

Dos días después los padres de ambos se reunieron para aclarar las cosas. Fue entonces cuando supieron que Fulgencio se iba a casar con Diana pero se había suspendido la boda porque ella estaba embarazada de otro y quería comprometer a Fulgencio. También se supo que las amonestaciones habían corrido y como habían especificado una fecha y una iglesia pues en la catedral, la arquidiócesis dio por sentado el casamiento de Fulgencio en otra iglesia. Pero Fulgencio nunca aclaro el rompimiento del enlace. Otro de los datos relatado entre las dos familias era el de  Cristina, ella había quemado con cerillos el vestido de novia y aunque se aclararan las cosas, el vestido quedaría inservible. Para esto, salió a relucir que la mamá de Fulgencio no sólo se hablaba de tú con las especias y la cocina sino también con la costura, y se convino en el arreglo con holanes, encajes y bipiur.

En el día de la boda el sol había despertado de buen humor, parecía todo él una serranía de ortigas amigables y como un rascacielos mancomunado con las nubes así se veía la relación del sol caliente con el evento que se avecindaba. A los vientos parecía los habían embalsamado y en esa tarde no pudieran  molestar. En la casa de Fulgencio se vivía un entusiasmo desde tres días antes. En el patio se había puesto un manteado que cubría todo el patio, y uno más... pequeño, de color azul frente a la cocina de humo, allí se podía ver a la gente trabajando para hacer la comida. El mole ya lo tenían listo, faltaba que terminara de cocerse el pollo y el arroz. Los repartidores de refresco y cerveza descargaban cajas y Petra y algunas primas de Fulgencio adornaban el improvisado salón de fiesta. Al patio le habían echado agua para que a la hora de la fiesta no se levantara el polvo. Se había calculado muy bien el número de mesas y de sillas pero el lugar resultaba pequeño para recibir a doscientos cincuenta personas sin contar el espacio que ocuparía el conjunto y sus bocinas. A la entrada, en el quicio del zaguán había una herradura de flores con dos lianas de margaritas que se extendían a los costados y allí frente a la casa, el coche de Nicolás, el amigo y compañero de Fulgencio; tenía el auto un adorno con globos, flores y listones.

Los miedos de Cristina sobre tropezarse a la entrada de la iglesia habían sido infundados, todo ocurrió normalmente como cualquier boda de pueblo, donde no falta un chilango, la naca o la despampanante mujer que roba miradas frente a los santos de la iglesia. El padre dio su sermón invariable sobre fidelidad y otras virtudes cristianas; y como siempre, no falta la enorme lista de amigos, conocidos y hasta desconocidos que pasan a tomarse la foto del recuerdo frente al altar. Mientras esto ocurría. Diana, con cuatro meses de embarazo, continuaba con sus vómitos todos los días, le daban mucho coraje esos malestares y siempre buscaba desquitarse con alguien, como no pudo convencer al padre de su hijo, pues iba a tener que resolver su asunto ella sola.

Fulgencio andaba como poseído, feliz porque se casaba, cargó a la novia y la introdujo a la casa, llevaban incienso, flores y un canasto de no sé que,  luego bailaron el guajolote, después de eso se fueron a meter a la sala todos los mayores, los padres y los novios, y luego la comida. Conforme transcurría la fiesta se iban vaciando las casuelas de arroz, los chiquihuites de tortillas, los cartones de cerveza y refresco. Era de adorarse la pureza que tenían en sus pechos las muchachas, es una pureza semejante a la que anuncian en el agua de garrafón, ellas se veían encantadoras como hermosas piezas de joyería adornando la fiesta; y en el baile, los invitados de muchos lugares, van levantando en la zona el polvo, ellos y ellas sudorosos, las manos pegajosas, dando aplausos a las cumbias del conjunto y oliendo a perfume barato; son acomplejados, no levantan las manos cuando dice el animador porque, “¿Qué dirán los demás?”. El animador del conjunto se afanaba en amenizar el ambiente de la celebración pero la gente poco, muy poco... seguía aplatanada. Fulgencio se quito el traje y se fue a poner un pantalón de mezclilla con pinzas, una camisa anaranjada, botas chatas y un sombrero de pana. Se veía ridículo. La mera verdad había mucho naco en la boda. El eterno vals duró hasta las cansadas y luego se acostumbraba que en las bodas, al novio lo conducían como a un muertito y le tocaban una marcha fúnebre y en la ocasión pues a la novia también, cuando empezaban a levantar a Cristina para pasearla como  muertito le cayó encima, sobre el vestido un globo con sangre. De lejos Diana se marchaba entre empujones  y gritando: — ¡Ese era mi vestido y tú no lo vas a lucir mejor que yo!

Xoloizcuintli  



La primavera sacudía el pequeño emparrado de frío sitiado en la ciudad. La hierba reclamaba en peroratas verdosas su frescura; y en lontananza, el horizonte estaba tan horizontal como las nueve y cuarto. Se había desarrollado un plenilunio eufemístico, e inmediatamente al alba, se continuaba con otra cosa. Al despabilarse los perros, iniciaban los aullidos en la colonia López Mateos, esos ladridos habían cambiado aquél pitido de silbato de la fábrica que marcaba los compases del tiempo, o las campanadas de la iglesia en su matutino y esclerótico tin-tan para hacer salir de sus casas a la gente. Pero, la variedad de aullidos, rugidos, graznidos era variada; todo se juntaba en el “zoológico del lago del niño” se hacía una hibridez en el ambiente puesto que se mezclaban la vocinglería de los tamaleros, el azote auditivo de los autos, y el motorizado traca-traca de algunas fábricas vecinas. Los olores eran tan variados como la paleta para pintar de Van-Gogh, había algunos de esos que cuando escurren por la nariz, la infestan, había otros que hacían recordar algún día de campo o que sé yo. El trabajador limpia la jaula de los Cara-cara, ha empezado temprano porque sabe que habrá un evento y vendrá el señor Gobernador. Mientras limpia la jaula, sale al encuentro de la malla de alambre un gargajo húmedo y baboso, el elemento hace piruetas, lo gobierna también las leyes de la gravedad y va bajando hasta encontrarse con el rocío depositado en el cemento.

Muchas veces me había preguntado ¿Qué buscan las personas cuando están calladas? Se ven allí quietos, sin hacer nada, esperando que inicie el protocolo, aguantando ser partícipes o testigos de los acontecimientos. Los funcionarios bisbiseaban entre unos y otros, palabreaban quedamente lo inconfesable, pero dentro de lo inconfesable se escuchaba algo así como —déjalo que goce su Abril y Mayo... ya le llegará su Agosto— El ambiente empezó a ronronear una serie de aplausos al paso de la comitiva. El aplaudido era de un espíritu petrificado y estomacal, y así de ese modo, con ese  espíritu, saludaba a la concurrencia. Se regodeaba de un despotismo muy jugoso y simpático, hasta parecía que todos lo querían, y luego después, le tendieron una diana greñuda y bostezante, al principio el del trombón salió a destiempo, pero luego quien sabe como le hizo que se puso a muy buen ritmo con la demás banda. El sol como que se apelmazaba en los cachetes de los instrumentistas de viento y  hacía relucir una brillantez postmoderna.

Al gobernador, el señor Antonio Hidalgo, debido a su diabetes, le habían amputado una pierna. La amputación había de tonificar su personalidad, ahora se veía como un hermoso hombre que había vivido y conocía el dolor de cerca. Y allí en el Zoológico del “Lago del niño”, en un templete y en una ceremonia honorable, le rendirían distinciones y la condecorarían por servicios prestados a la patria chica. Habría de ser en una fiesta de muchas luces. La razón por lo cual la ceremonia se llevaba a cabo en ese sitio era porque también se inauguraría el deportivo de la colonia López Mateos. Su mortecina pierna brillaba lustrosa por el reciente embalsamamiento con aceites y perfumes, lucía como la cecina que ponen bajo focos en el tianguis sabatino. La tenían en una mesa sobre el estrado, en una charola de madera; tenía zapato y calcetín y cruzando de izquierda a derecha una cinta con los colores patrios, en la parte donde había sido cortada tenía una tela blanca circundando la extremidad y atada con una cinta blanca y un moño blanco. Debajo de la mesa había dos arreglos de flores en donde abundaban rosas rojas y claveles.

Al gobernador le había tocado su puesto como ese dicho del burro que tocó la flauta o sea, de pura chiripa; porque si bien él hubiera competido para ver  que concursante tenía la sonrisa más idiota, seguramente se hubiera llevado el premio; él como un enano de espíritu no podía aparentar grandeza, su miniatura la tenía hasta en el espíritu; además era un arrastrado y convenenciero, no gratis  había un Cahuantzi en su árbol genealógico. La verdad que de cerebro tenía muy poco, pero esa carencia era muy bien substituida por su capacidad para relegar tareas a su equipo de trabajo y demás achichincles.

El mapa de la ciudad era una paloma con rebozo azul dirigiéndose al norte, una frescura agradable se percibía en ese bosque de casas sin revocar. Había además sobre el río Zahuapan, un puente que parecía lengua de doble filo, así como aves nocturnas y coruquientas surcando  el caliginoso espacio sobre de uno. El trabajador llegaba por ultimo a darles de comer a los perros xoloizcuintles, los canes estaban hambrientos porque hace dos días que no comen, al conserje se le ha olvidado darles de comer. El señor continúa con su incontenible marea de gargajos. Como si hubieran colgado un bofe en el asta, llegaron las moscas verdes en desbandadas, todas siseaban como si  anduviera al paso una abeja reina con todo y colmenar buscando sitio, no encontraron otra plaza mas que una pierna ricamente adornada, se convirtió todo eso en un aire que pertenecía al diablo. Los niños, con la mandíbula desencajada observaban al par de animales  pelones y se acomplejaban viendo su mirada, sus ojos borboteaban un luxado y lucífero tinte para el cabello, cuando el hombre quitó el candado y abrió la puerta, los dos animales salen de la jaula en estampida como si supieran de algo, como si el olfato los guiara.

Los pobladores de Teolocholco estaban presentes, sigilosos, eran personas de las que no se sabe que están pensando cuando están calladas, su asistencia se debía a que se manifestarían en contra del secretario de gobernación por no haber hecho caso a sus peticiones; sólo esperaban la oportunidad de que ese servidor público pasara a decir algunas palabras. Cuando comenzó, se escuchó el abucheo, la rechifla tenía por misión, desacreditar al orador pero este, sintiendo que lo que revoloteaba en el aire era una corona de laureles, continuó allí parado con sonrisa de amante recientemente complacido, su boca guanga siseaba al auditorio tratando de continuar con su perorata flácida; la botella de agua purificada que fue a parar en su oreja izquierda significaba en palabras breves: ¡chingadazo! Y en acciones previsibles: ¡sal corriendo! Fue entonces cuando hizo caso a los instintos de supervivencia: él sabía  de antemano que en cuestiones de política así como en la guerra, no siempre se gana y hay veces en que las plazas se pierden y las batallas fracasan. La gente y los guardias de seguridad detuvieron su atención en el conflicto, la trifulca  duró lo suficiente como para que los canes se acercaran a la pierna y empezaran a devorarla. Los canes engullían la extremidad como animales carroñeros, tenían la agilidad de los buitres y la rapidez de las hormigas, además de que su hambre no era poca. El trabajador desde lejos se veía acercarse a toda prisa y exhausto. Una tempestiva ola de gargajos se acomodó en el eco del ambiente, se antojaba verlos caer verdes, elásticos.

            El gobernador, que estaba cerca se da cuenta de lo que le está sucediendo a su pierna.
—Jijos de su $%&#, Javier presta pa ca—El gobernador saca debajo del saco del guardia un arma y quita el seguro— Hazte para allá ahorita mismo me los descabecho.
—¡Espérese señor Antonio, esque esos perros...!— se escuchan tres estruendos dos seguidos y uno con un corto lapso de tiempo, los perros quisieron escapar al darse cuenta del peligro, pero no, quedaron sobre el templete, justo al momento de que el trabajador llegara y los viera  allí tendidos y atisbar como sus ojos brillantes y agresivos pasaran a ser opacos y agónicos.—Ya me los... —respira fuerte, pues el aliento le falta por el ejercicio que ha hecho— mató. 

La extremidad está bajo la mesa y sobre el templete, las moscas siguen con su bisbiseo festejando, el zapato fue a caer sobre los arreglos florales, el listón tricolor quedó colgando de la mesa y los paisanos de Teolocholco, se aconsejan, su cuchicheo despierta en algunos una risa sarcástica, cohibida y casi reprimiéndola, algunos achichincles han ido a levantar y sacudir a la homenajeada pero en realidad, continuar con dicho festejo se vería grotesco pues esa cosa informe y sanguinolenta no produce ninguna otra cosa mas que repugnancia, le han puesto el lienzo blanco encima.

El encargado del zoológico se acerca al gobernador y como si fuera el indio jodido ante el cacique, le dice:
—Señor gobernador, esos eran los dos últimos perros que había de esa especie. Estaban en peligro de extinción. Y ahora pos ya están extintos del todo.
—Bueno pues, no iba a dejar que esos jijos se comieran mi pierna.

puros cuentos 22


 “non omnis moriar




—Voy, trato de esconderme entre la multitud, pero allí está la gran cantidad de ojos observándome. Yo como un protagonista. ¿Acaso  esperan que haga la maroma? Y me voy a esconder a algún lomerío vacío, pero cuando me doy cuenta, allí están, es la gente; oteando, andan por todos lados, a donde quiera que voy allí están; son la masa informe que va y viene, siempre, yendo de aquí para allá, recorriendo caminos, observando sin interés su entorno cotidiano, agitándose  para no aburrirse, trasparentándose con los demás, en  una sola fuerza en la masa, ahuyentando su soledad inherente, tratando de acomodarse a una inercia holgadamente cómoda. ¿Y quienes son? Los otros: caras etruscas por la semejanza con lo pétreo y con las vasijas vacías y rotas. Frentes breves, cuerpos hechos para sostener el vientre, caras de tripa y pensamientos de hiena, facultades corporales propias de carnívoros sedentarios. Tórax que hinchan no sólo de aire sino de humo de cigarro, de smog, de polvos dañinos y bióxido carbónico; orejas y ojos de vegetal, miradas de verdura, sonrisa transigente igual que el espíritu que deja consentir a la modorra entre las sienes. La gente me da asco, los detesto, maldita muchedumbre, siempre van, atestando las calles, yendo y viniendo como si tuvieran realmente algún lugar a donde ir,  gente estupidizada que va y viene; sonriendo, carcajeándose  por las calles, eructando en silencio por las banquetas, andan con sus huaraches quesque de moda con sus patas horribles y callosas... allí va uno bamboleándose por su obesidad así como con sus nalgas colgantes, celulíticas, gaseosas.

—La calamidad del mundo actual es el mismo hombre, por donde sea apestan y yo aborrezco lo que tengo de ello que le vale madre el futuro que tendrán los hijos del futuro, esos que ahora preveo como seres con cerebro de mosquito, comunidades caídas en la platanez absoluta. Chusma joven por todos lados como termitas ciegos y desinflados del espíritu, con la agridez del pirú y la vivencia televisiva de un camarógrafo jubilado de cuarenta años de servicio. Pronto no habrá casas para tanto jovencito; se tendrán que poner sitios colectivos de vida, algo así como asilos para imberbes. Ya Malthus había pronosticado la crisis humana por la excesiva confianza en... tal vez en un dios –“por aquello de creced y multiplicaos” o en las bondades de la tierra –por aquello de que “para que alcance le echamos más agua a los frijoles”- El mito del homo sapiens de ser cada vez más misericordiosos o la idea que tenía Pascal de que la humanidad podría considerarse como un solo hombre que subsiste y aprende continuamente y que las generaciones futuras serían mejores y más inteligentes por los conocimientos adquiridos de generación en generación, fue sólo un sueño, hermoso sueño que podían tener la muchedumbre de changos que somos, y eso sin remitirme a Darwin y sólo observando como la iglesia poco a poco va descobijándose de los mitos insostenibles de que descendemos de Adán y Eva y de que somos los hijos de dios, parientes de las once tribus de Israel y eso de que “hágase la luz” y la luz se hizo y él le dio nombres a las cosas y luego descansó... Mientras se multiplica la población yo espero el cisma demográfico, me pongo las manos en la cintura y quiero ser feliz, extasiarme de lo insoportable como masoquista de semana santa y seguir por toda la vida engentado, entregado a este vía crusis eucarístico.

—En días de globalización, el ambiente clamorea tipludamente el mercado más esnobista y deleznable. Ante tal atmósfera ya no carburo, bajo los ojos para ver las banquetas y de ese modo me encuentro a mí mismo, porque ver los aparadores aquí en las avenidas me nacen deseos, envidias, congojas, salen a relucir mis carencias y por lo regular termino diciéndome: “cuantas cosas tan maravillosas hay aquí y que yo afortunadamente no necesito.” Los oriundos de este sitio ya cambiaron por vocación a la globalización y al mercado mundial de suelas de llanta y correas a cómodos huaraches Nike, de pantalones de manta y remiendos a Levis con parches, rotadas y deslavadas; de sombreros aireados y sombreados a gorras de visera. No hace falta más que ver nuestra historia del vestido para comprobar que no ha habido un gran cambio. Las muchachas habían optado por una moda que las subyugaba siempre, que las postraba ante el mercado, ellas no querían dejar la pose de la belleza, pero, si acaso convinieran en pasarle en ese aspecto la estafeta al hombre; entonces, se podría pensar en una evolución y revolución perceptible de ellas. Andan por allí con alma entregada y espíritu vitriólico. Lo que subsiste es correr tras la gloria y la moda del día, con sus ambiciones  y vanidades, ese es el individualismo empoltronado en nuestra actualidad. 

—El tiempo se pone como una caldera pero ellos ni despiertan; ¡Vaya Humanidad pigmea! El pueblo dormido, siempre dormido, como muchos años atrás, tantos como antes del virreinato o más atrás, como el despierte tempestuoso durante las guerras floridas entre aztecas y tlaxcaltecas.  Me repatea el hígado cuando escucho decir que quieren traer más hijos del futuro al mundo, ¡Sí, eso es, traigamos más hijos a la sufridera, rodeémosles a todos ellos de la miseria y penuria humana, convenzámonos aunque sea falso de que el tiempo venidero será una maravilla para los recién llegados!  Si nosotros ya estamos mosqueados, ellos tendrán su calendario menos curtido de inclemencias, los desastres del mundo serán erradicados por la ciencia y la tecnología, porque las indocilidades de la naturaleza las traeremos perfectamente gobernadas con la mano en la cintura...  El pueblo siempre será un ingenuo, viviendo de sueños democráticos insulsos, pobres idiotas que creen en las utopías, los que estamos arriba siempre estaremos arriba y apuesto todo y me sostengo a como dé lugar, porque no estoy dispuesto a ceder mis comodidades a otro.

—La globalización había hecho que la cultura regional se coronara con unos dirigentes altamente capaces y de cabalística sabiduría ¡OH! Los hermosos programas culturales y estos no eran para pueblo liliputiense o receptivo de cualquier bicoca o zarandaja, sino la programación que la alta burguesía podría requerir o disfrutar y hablemos de obras famosas dirigidas por los más connotados directores de orquesta  y de puestas en escena. Y coincidamos con ellos en que sería una grosería gastar los impuestos para que el artista cumpla su cometido porque hay muchas comunidades que viven en la miseria; sí, tienen razón, primero las ventajas de casa y comida y hasta después eso de cultura y suntuosidades, tienen razón en tratar de ahorrar, por eso ellos ya no quieren recibir viáticos para ir a foros sobre la administración de la cultura en Acapulco  o congresos de directivos de institutos de cultura en Cozumel  o que sé yo, pero ¡Ah! Contradicción. El pueblo de Tlaxcala no se merece tantas cosas, no agradecemos a tan gentiles personas su apreciable servicio por la comunidad. Somos unos malagradecidos y bárbaros que no sabemos valorar su sacrificio y sobre todo su capacidad potencialmente arrolladora. No sabemos de preocupaciones y desvelos por las que pasan debido a tanta responsabilidad en los hombros. ¡Imagínense si no la cultura de Tlaxcala es demasiado! Ingrato es el pueblo porque sin base desconfía de las instituciones y hasta de la “transparencia” que se le propone. Hay en mi mirada —si alguno la ha conocido— una pequeña cuenca envenenada de abismos e ironías, en ella parece verse la historia del hombre de una manera descarnada, cruda, sin tapujos. La crueldad de mi ojo hace atravesar vigas en los ojos del vecino.

El hombre no sólo pedalea sus cavilaciones sino también su bicicleta por las afueras de la ciudad, a tomado la rivera del río, parece como si lo llevara la inercia del agua. Poco a poco las aguas van perdiendo su movilidad conforme llega a la pequeña presa que hace surtir del vital líquido a los terrenos del Oeste. Luce a lo lejos, por sobre la loma, las casas entre árboles y cielo; y abajo, el reflejo de ellas en una espejeante y quieta agua de drenaje. El cielo esta suficientemente espumoso como para provocar melancolía, es un espumarajo lechoso, espuma chelera, esponja nubosa, algodonada.

—Y allí está este mi país, arrugado de montañas enormes, como costras escamosas, ásperas y salvajes. Son cordilleras que bendicen mi terruño, que hacen más pasable la vida entre los hombres, que si no fuera por ellas entonces creería que existe un paraíso distinto, uno metafísico o uno donde hablan distinto idioma que el de Cervantes. Pero de todos, yo me quedo con este, con sus selvas verdes e impenetrables, con sus extensiones de costras tepetatosas, con sus ciudades precortesianas, con sus sierras norteñas y desiertos inhabitables, con la ribera del mar por donde pasea mi playera. Todo eso estaría muy bien si no estuviera decepcionado de las gentes, de la política, del sistema en el que vivimos, pero siempre las gentes asomando sus hocicos donde no les importa, persiguiendo sin gana sus rutinas. La multitud no tiene proezas, la muchedumbre nunca ha realizado nada sustancioso para bien de la historia del hombre, a no ser que hablemos de la revolución francesa, la guerra de los claveles o la revolución de Octubre, pero una golondrina no hace verano... ¡pero por Zeus! He querido callarlo pero la fealdad ideológica actual es humillante. Que Ala y Camaxtli nos protejan ante tanta adversidad y sobre todo pendejéz... pero... No nos queda de otra más  que perdernos en este laberinto de justificaciones y desesperanzas. ¡Y Aquí voy yo como un Quijote de la Mancha... montado en bicicleta!, Listo a atacar los mercados globalizados con un cerebrito como arma asesina.  He decidido ir a berrear este discurso sobre los montes calcinados. Sí, en este paraje donde no se ve la gente y antes de que comiencen a aparecer continúo con lo mío.

—Me imagino que el sistema es como una máquina que transforma a los hombres, les arranca la crítica, todo juicio u opinión; y sin darse cuenta van pasando uno a uno para que la máquina les vaya colocando su respectivo bozal y aplicando  un par de gotas en cada ojo para que sólo puedan ver lo conveniente. La máquina imaginada sería de algún modo obvio para fabricar locos, o zombis, dicho aparato arremetería contra toda neurona capaz de ser provocadora de objeciones e impugnaciones y hacer fructificar neuronas adormiladas. Pero ya basta de tanta alharaca, el lenguaje siempre tratando de tomar rumbo, o alargar los momentos presentes. El verbo tal vez adivina su perdición, porque si yo muero, él mismo también desaparece.

— ¡Adiós hijos de Heraclito! Me voy al Hades como Orfeo a buscar a mi amante playera. Pero sépanlo bien, yo no me suicido, me ofrezco como un mártir, como una pieza sacrificial para redimir los pecados de todos, como una víctima propiciatoria adecuada; ¿Qué si soy Werther? No, no soy él, ¿Qué si soy Judas?, pos tampoco. Sólo me curo la herida que tengo por culpa de la existencia, y me voy de una vez porque mientras más estoy menos soy, al cabo que como dice Horacio “non omnis moriar[1].

—Hora mira ese güey tan pendejo.
—Si, oyes ¡Santo chipotazo!
—Le fallaron las coordenadas.
—El muy bruto ha de ser intelectual.
—Va a pescar o un resfriado o una enfermedad.
— ¡Déjalo ahí!... Se ha de estar divirtiendo...

El escuadrón de la muerte




Había extrañamiento de esos perros roñosos, de los menudos que se remolinaban por los puestos de tacos o los grandes que peleaban a la hembra  enjundiosa; ¡Hay! Aquellos años en que vagabundeaban de un lado a otro, días en que se les veía no sólo en los mercados y parques sino hasta dentro de las iglesias o durante algún acto protocolario. Por lo menos había una razón para tener la mirada en la banqueta y... ¿Cuál era esa razón? Pues el peligro de pisar las mierdas que dejaban los perros callejeros, y aunque el suelo citadino es un elemento sabiamente postrado, se subyuga para ser algo, aunque sea receptor de ese tipo de  mogote, es fuente donde se prenden las existencias para ser, para construirse, sumisión que llega a ser jugosa de leyendas y objetos. Es la historia de perros y de muchas otras cosas, la que se desarrolla en la calle, ella es su elemento, los ciudadanos no podían coincidir separados entre una y otra cosa, pero... cuanta remembranza... ¡OH! ¡Aquellos tiempos tan hermosos en que se veían a los perros callejeros...! 

            La vida en  las calles deja experiencias enriquecidas, memorias que nos vienen de las arterias, de la vida comunal, del encuentro azaroso con el mundo de gente, la interconexión con un sinnúmero de almas que se entrecruzan frente a los zaguanes, las oficinas postales, los distintos parques, los mercados, la tenducha, en fin. Y allí se observa a una mujer que a salido —supongo, por el rebozo—de la iglesia, y ahora espera  no sé que, en ese sitio cerca del coche verde. Se ve que tal vez debido a santificarse con tantos y tantos santos, la mujer tiene cara de almanaque. Veo que con la calma de un caracol marino, va destapando el yogurt  y quitando el recipiente de corn-flakes. Se encuentra con la disyuntiva de destapar uno u otro, se decide por los corn-flakes. Deja en la capota del auto el bote de yogurt y se hace bolas. Chupa los dedos embarrados. Deposita el papel dentro de la bolsa de mandado. Espera algo en la banqueta. Se ve nueva en abrir y mezclar dichos elementos, se da su taco para que no se vea que es una naca; vacía en el yogurt parte de las hojuelas de maíz y entierra la cuchara de plástico, sumiendo las pequeñas tostadas. Acomoda la mezcla en la cuchara y se la lleva a la boca, arquea separadamente el dedo meñique, fingiendo aristocracia, tener categoría y chic y así no verse ridícula; después de tres cucharadas decide que la mezcla es buena y termina vaciando el resto de corn-flakes. Mueve la mandíbula fingiendo indiferencia, tratando de dar a entender que ella desayuna a diario su yogurt con corn-flakes como si no supiera uno que su desayuno es posible que sea sólo unos tlacoyos y un jarro de atole y a veces chilatole, cuando bien le va, y si no, pues allí Dios proveerá más.

Frente al puesto de periódicos está uno de mis sospechosos. He seguido a lo largo de varias semanas una investigación sobre los perros callejeros. A mí me parece que muy pocos se han dado cuenta de que ya desaparecieron o que si los hay están en extinción.  Y eso no porque sean muy eficientes los de la perrera municipal, puesto que —según me enteré— para justificar sus sueldos han estado importando de manera furtiva jaurías de la vecina ciudad de Puebla, para que sus tabulas cuadren ante la Secretaría de Salubridad. La vida de un perro callejero, como todos ya lo saben, no vale nada. A nadie le interesa, por eso cuando los atropellan, allí se quedan a un lado de la carretera, inflándose de gusanos, sin que a nadie le importe a no ser que el hedor sea problemático o bien cuando mueren en la cinta asfáltica, coche tras coche van pasando sobre sus restos, y los desperdigan a lo largo de varios metros o la salea hace trabajar un poco a los amortiguadores. Pero nada más. Y cuantas veces hemos escuchado eso de “¡Vaya vida de perro!”, “Que perra vida”, “¡Eres una perra!” Entre otras interesantes descripciones, lo que sugiere que una de las mayores bajezas que está en consideración, es precisamente eso, la vida de los canes.  Tal vez por eso se han extinguido; existieron días en la historia de esta región en donde estos animales eran de algún modo sagrados y se ocupaban para ofrendarlos a los dioses, eran manjar y los degustaban las clases altas de los antiguos tlaxcaltecas. Se sabe que se sacrificaban a las distintas deidades y que dichos mamíferos eran también muertos cuando sus amos morían. Se platica entre historiadores y arqueólogos que había criaderos de cachorros como hoy los hay de borregos, cabras o gallinas. Y que los sirvientes o esclavos no podían comer esa carne a menos que pidieran permiso o de lo contrario, sufrían el castigo de la población, como sucedió cuando Hernán Cortés ya estaba en Tlaxcala y presenció este tipo de cosas, según comenta Diego Muñoz Camargo en su indiscutible libro. Pero lo que a mí me interesa saber es porque se han extinguido los perros callejeros, porqué ya no se ven por allí merodeando, siendo parte de la vida pública, de la vida de la banqueta. Mi pequeña investigación es nada más de pura curiosidad, para saber que con ellos y la cosa me ha llevado hasta este sitio en el que me encuentro ahora. Estoy  sentado en la orilla de la fuente.

El sospechoso al que he seguido desde hace dos días está sentado cerca del puesto de periódicos. Es de estatura regular, tiene el labio superior algo invadido a los orificios nasales, razón suficiente para conformarse con un bigote muy lineal y excesivamente ralo, su parroquia de canas se ausenta cada vez más por su catedral de calvicie y su ajada cara nos afirma que ha vivido los últimos veinte años de su vida en la banqueta, con el sol siempre de frente. Él es un “teporocho” y es miembro activo del llamado “escuadrón de la muerte.” El Escuadrón de la muerte es el grupo de borrachines empedernidos que gusta asolearse disfrutando de la cruda tras la iglesia de San José. A él le dicen “Barrabás” y es un hombre desheredado de la gracia de Dios, se decía que él tenía un monstruo revoloteando en su cabeza, y siempre anda por allí como perdido, como si anduviera buscando un impermeabilizante para los helicópteros. Mentira que él anduviera descalzo, injusto decir que andaba greñudo y aún más insultante decir que andaba por las calles harapiento y cabizbajo; él era un hombre autóctono, ¡Sí,  y eso que tiene de malo! La verdad era que él como ningún otro se enfrentaba a la muerte con la mano en la cintura; pero claro, nadie es perfecto, con una cobija de alcohol bajo el sobaco. Y allá. Aquél que viene con un perro amarrado es su compinche, uno de los miembros del club. Tiene la cara un poco españolizada, tiene una permanente sonrisa de idiota. Vivían en una pobreza que retoñaba todos los días. Yo los veo y me hago el desentendido, finjo que espero a alguien y que estoy desesperado y más, que no me interesan sus vidas; pero, por el rabillo del ojo izquierdo los atisbo.

¿Por qué consideraba que ese par podrían ser parte de los culpables de que estén extintos los perros callejeros? Esos hombres se veían que eran muy cariñosos con los animales, les daban de comer y se les veía cada vez con distintos. Tal vez por eso, es que tengo mis dudas en ellos, pero, ¿Cómo es que le han vendido algunos kilos de carne de res al señor de los tamales si ellos ni de donde puedan tener ganado? Y luego ese dinero para lo único que sirve es para comprarse el mezcal, el tequila o de a tiro la “lamparita” y esas no son todas mis sospechas sino que también tienen una cabaña —ellos le llamaban “bunker” —que era visitada por “el escuadrón de la muerte”, pero sólo por las tardes y noches, sus preferencias diurnas estaban en esta estancia tan acogedora digna de la más excelsa farándula como lo es el parque tras la iglesia de San José donde me encuentro ahora. Yo conozco de lejos esa cabaña, no les daré el sitio exacto porque de igual modo como dicen las autoridades: “para no entorpecer el desarrollo de las investigaciones” y el sitio es más o menos al noroeste de la capital de Tlaxcala frente al pueblo de Axotla del Río y en un sitio poco accesible. Yo supongo que en ese sitio la marihuana circulaba de a madres, tal vez no habría ocasión que se escapara la quema del sabroso enervante. Y entonces sí a sentirse correteados por perros que tienen plumas en todo el cuerpo.

—Barrabás, a este me lo encontré muy solito allá por la escalinata, parece que tiene hambre, que te parece si “le damos pa sus tunas”— dice el compañero que llega y se acomoda en la banca, es una voz de guturación cavernosa como si las cuerdas bucales estuvieran destripadas o las tuviera a punto de la amputación. Sus harapos no se cohíben ni tantito cuando pasa algún trajeado rumbo al palacio legislativo.

— ¿Sabes que ha pasado con el sol?... ¡Ya se fue el güey tras la nube!
—Y eso a mí que me interesa, el puto ni siquiera calienta... —se quedan los dos allí viendo como pasa la gente, en ocasiones avientan una carcajada sin razón, se cuchichean. Yo los observo, trato de escuchar toda su conversación, pero no logro entender algunas cosas que dicen, el albureo es su medio de expresión más hospitalario.

Tal parece que los coches se estacionan aquí en la calle, frente a mí para que yo hable sobre de ellos, pero para que; son simples carros con motores de combustión interna, además no son parte de mi investigación, tampoco lo son aquellas parejas que se besan como nuevos, pero... que bellos amores de los feos y aquí se los describo: pareja numero uno: ella de labios golosos, siempre inquietos, se chupa las uñas y juguetea con la lengua, es una sirvienta de lo más fea, se ve simpática con sus ojos medio sordomudos, espalda jorobada, tal vez una que otra liendre, y en su guarache de hule ha de guardar un “pie de atleta” de nacimiento. Su enamorado no se queda atrás, y creo, ha de ser matacuás de alguna obra negra, es de pies grandes pero chaparrón, seguramente un aliento hediondo, tiene frente estrecha y una barba de tres días muy azarosa, o sea de las que sale un pelo por aquí y el otro por allá etcétera, sus mejillas son morenas a excepción del jiote envidiablemente blanco, pero no  tanto por la caspa que le brota ¡Eso sí, se dan unos besotes que hasta acá se escucha el chasquido! Pareja numero dos: él tiene la cabeza inclinada hacia delante, un poco melancólico o inseguro, tiene una frente también inclinada pero hacia el piso, y en ella hay unas como protuberancias, toda la cara le brilla de grasa, parece que se echó aceite de resino, su nariz es aguileña, fuerte y huesuda, los pómulos pronunciados; su perfil es de totonaco, sus ojos invitan a dormirse un rato o sea como que emborregados. A no ser que los pone así porque esta muy enamorado de ella. Bueno y pues ella, es delgada y de pecho plano y más que plano, como que hundido, trae unos zapatos de plataforma y desde aquí se ve que es patizamba, tiene una risa muy evidente, de tan evidente las palomas se han desperdigado y levantado el vuelo en dos ocasiones por el susto. Pero... dejo eso porque los borrachines ya se van, se dirigen rumbo al mercado por la calle Veinte de Noviembre y yo voy a seguirlos sin que se den cuenta.

Se ve que van contentos, hasta les lanzan algún piropo a las muchachas. De vez en cuando le dan un jalón al lazo del perro, de lejos ven a otros dos compañeros. Están en el mercado tirados en el suelo, su embriaguez los invita a estar en esa placentera comodidad; ya hasta el perro que tienen a un lado se aburrió y está tranquilo con las orejas levantadas y la lengua de fuera, el calor de las primeras horas de la tarde se le espesa en la lengua. Se ve que fueron a limosnear las tortillas porque allí las tienen, y es posible que también algún taco a las cocineras del mercado. Guardo cierta distancia. No cruzo la calle. Me quedo como que viendo el puesto de plantas de ornato. Son bonitas, el señor que las vende se asemeja a alguien pero no sé a quien. La memoria a veces me falla y a veces no, y en ocasiones hasta me castiga. Los tipos se ayudan unos a otros y se dirigen al Este. Parece que se dirigen a una fiesta. Uno de ellos se regresa al mercado, supongo que va a buscar algo. Al pasar por la Michoacana se me antoja una paleta. Es de limón. Después de seguirlos por tres calles, ellos entran en una puerta, los sigo. La puerta está entreabierta, seguramente para que pueda entrar el otro beodo. Entro y es un largo pasillo de tierra y al final unas escaleras malhechas, de lado izquierdo arbustos. Me quedo quieto tras de ellos. Sé que el hombre que falta no tarda en entrar. Pasa cantando una canción de José Alfredo Jiménez. Espero un momento y luego continúo subiendo por los escalones hacia la cabaña. Me desvío por unos matorrales, sigo subiendo y sobrepaso la altura del techo de la cabaña. Se escucha una música estrenada, recién echada a funcionar. La canción desatornilla los distintos instrumentos como si quisiera que cada uno corriera por su lado, como un almácigo revuelto de semillas de bosque. Me acomodo en el sitio, es un escondite entre la maleza. Si me llegan a ver son capaces de venir a romperme la cara. A las dos mascotas las tienen amarradas a una estaca en el patio, ¡Qué lindas, hasta parece que las tienen consentidas! Pero... regresan con unos instrumentos. A uno de los perros le pusieron como que cloroformo en el hocico, y se desmaya, luego con una maquinita rasuran la pelambre, el que hace el trabajo es el menos bebido, luego de que termina lo levanta en vilo y como que lo ofrenda a los cuatro vientos. Cuando lo voltea hacia mí veo la inscripción en el lomo del perro, dice Camaxtli. En cada calambre del animal punzaba una desbandada de temblores como “chiripiorcas” muy sonoras y vibrantes. Era el perro que ya despertaba de su anestesia. El hombre toma fuerzas y desde las alturas azota al animal en el piso. Titiritaba el perro, se veía que tenía frío, tal vez buscaba su edén, él ignoraba que se convertiría tal vez en un bocadillo. El hombre toma el cuchillo del suelo y  degüella al animal.

Las venas espinosas de mi pierna derecha se confabulaban con las de la pierna izquierda para hacerme sentir como un tembloroso confeti, no sólo por presenciar la salvaje ceremonia sino por el calambre de lo incómodo. El hormigueo me ha subido hasta la ingle, pero no sólo eso molesta sino que también un insecto, el mosquito me madruga la oreja, y allí se aposenta, yo no podía hacer nada estando como escondido. Me lo espanto con un soplido y un manotazo.

Barrabás enciende la fogata mientras destazan al animal, otro se acerca con una bolsa de chiles y tortillas, la sal está en un cajete sobre una piedra. Al otro perro se le empieza a hacer agua la boca al ver la jugosa y fresca carne. Lo más seguro es que ese será su último festín. Para mañana estaremos disfrutando de esas delicias que hace el tamalero.



[1] No moriré del todo