Translate

martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 13


ESA AVENTURA ME DIJO QUE TU NUNCA ME OLVIDARÍAS




No entiendo porque no puedo. Los veo a ellos, la maestra sentada frente a mí. Se ha  hecho  un círculo  ante la figura de la Maestra Beatriz Espejo. Soy uno de los tres que están en el taller de narrativa. Encuentro a mi cabeza ubicada en no sé donde.

Cuando estuviste conmigo en la tarde. Un día sábado como hoy y te regalaba un estuche de madera, con objetos inconcebibles en el interior, cosas que en ese momento significaban la interconexión íntima, dual. En ese momento te dije que no lo abrieras sino que después, cuando estuvieras descansando en tu recámara. Entonces lo guardarías en no sé donde, donde no lo encontrara tu hermana menor, donde sólo tú pudieras encontrarlo y sacar esas cartas especiales, esas fotografías donde estábamos los dos abrazados en un autobús de pasajeros, con la sonrisa plena y el corazón lleno, repleto, sublime. En ese  día sábado como hoy. En la sala, inventaba la excusa para que las manos rozaran tu cuerpo, y descubrir las rodillas altamente sensibles. Bastaba con poner tres dedos sobre las medias y moverlos con una pericia innata para hacer temblar o hacer funcionar una máquina sexual, preparatoria, anterior. En la  estancia, tu cuerpo siempre bronceado combinaba con  la sensualidad que sentía al ver el pelo, la gran mata felina moverse con el coqueteo del cuello y los hombros naturales, perfectos. Entonces volvía a tocar las medias con los dedos y como si fueran a abrir una  cerradura peligrosa, o un sitio reservado. Movías los muslos, hacia un lugar menos riesgoso. Mientras platicábamos, las zapatillas jugueteaban en saltos entre la punta y el tacón, entre la izquierda y la derecha y el roce casual, azaroso con el zapato.

Me dijiste que podíamos ir al centro comercial “Las Animas” pero que antes tenías que bañarte, entonces ofrecí mis servicios como buen mozo. Quería bañarte la espalda, poner jabón sobre de ella y sentir la espuma, la epidermis húmeda, la corporeidad curvosa, lisa. Y ver tus ojos grandes, expectantes, volteando a verme con los cabellos lacios, pegados, con el volumen disminuido por el líquido, y el rocío jugoso en el cutis sereno. Pasaste por el pasillo con una toalla larga sujetada a la espalda. Te vi sentado desde el sillón de la sala. Los zapatos mojados por la regadera recordaron la excitación que producías. Fuiste a mi lado cargando cepillo y secadora de pelo. La enchufaste a la pared y como no alcanzaba el cordel te sentaste en mis piernas. Fue entonces cuando dirigí la pistola hacia la mata de cabello. La tentación de quitar esa toalla: en  aumento. Era sólo levantar una esquina que haría desvanecer el supuesto nudo, y tener esa espalda muy cerca de los labios. Tus ojos grandes, expectantes, miraban a otro lado, a otro mundo. Era yo el que estaba ensimismado en ese cosmos que eras tú, el mundo de tu cuerpo, el universo de tu corporeidad. Poco a poco fueron tomando vuelo los cabellos, flotando; pronto fue descubriéndose el cuello y tenía el deseo impetuoso de morder esa zona.

Dentro del centro comercial “Las Animas” nos sentamos en la banca muy cerca de las escaleras eléctricas, frente a la tienda “Ripley”. Dejé explotar la pasión, con furia, como si estas manos y estos labios no fueran para otra cosa más que para hacerte sentir la voluptuosidad más salvaje de besos y caricias. El  carmesí de tus labios lo saboree, con paciencia y perseverancia. Así como esa bebida embriagante sabor durazno que te forcé a probar desde mi boca. Esa aventura me dijo que  tú nunca me olvidarías. En ese día sábado como hoy, cuando veíamos los aparadores, los objetos, eran pulseras, relojes, vestidos, novedades, anteojos, jeans, tapetes, artículos suntuosos, lapiceros, estéreos, discos compactos; todo nos avecindaba cuando saboreábamos en la cafetería el café americano tan sabroso y la charla igual porque sentía al estar viéndote que esa boca al estar hablando era como una fiesta de símbolos e imágenes que llegaban del  presente o sea ese momento observando los ojos altamente expresivos y oler el perfume dulce combinado con tu naturaleza, y el olor del  champú de vez en cuando en las veces en que pasabas la mano por  encima del pelo para acomodarlo y al pasado recordando las veces en que de escapada, por las noches, cuando salías del trabajo, a orillas del parque sereno y romántico, acomodábamos los cuerpos dentro del carro para acariciar y amar todo lo más convenientemente posible. Eran los cabellos haciéndome  cosquillas en la nariz y tu cuerpo ardiendo en un chasquido de pasiones selváticas, complejas. Y sentía tus pechos rozando la corbata y las manos surcando las entradas en mi frente. Los cristales empezaban a empañarse mientras la penumbra se quedaba silenciosa, como guardando las apariencias, como si fuera un testigo muerto, bien muerto. Hurgaba íntegro. No eran los tres dedos sino los diez más una boca reconociendo todo terreno. Explorando cada centímetro. Besuquear la nariz, los ojos. Pidiéndote que me regalases el ombligo y tú generosa ofreciéndolo para un beso. Los roces del alma se daban en la boca, la exploraba, cada diente, bailando lenguas. Respirando unidos. Tocando la conciencia, el calo recóndito. Apretando el labio inferior, oprimir el superior, sorber ambos ¡presionar la mandíbula de manera salvaje! Soplando mi alma en la tuya para tratar de que quedarme en ella, durmiéndome en un besuqueo permanente, inmortal, eran las comisuras tipo pétalo, la suavidad que se quedaba pegada, el sabor del carmín, la combinación con el afeite producía el éxtasis. Era el suspenso en hilos de caricias de un mundo tan grande que no cabría en un carro pero que sin embargo no se necesitaba más que eso. Las rodillas habían sido superadas por una excitación mayor en el cuello y las orejas. Era la aventura plena al interior de tu boca. Cuando regresaba la serenidad a los atormentados amortiguadores y los movimientos del cuerpo buscaban la historia o bien otras posiciones. Soñábamos juntos. Era la casa grande con varias recámaras. Los paseos al interior del país. Me servirías el café mientras yo escribía y fabricaría un mundo donde el rostro imaginario en los textos eras tú. La cara de niña decente quedaría estampada una y otra vez, y mientras yo hacía eso tú estarías cachondamente lista para disfrutar de la cama, poniéndonos horizontales  y encimados. Y desplegar las ramas de la respiración exhausta. En el sueño dentro del sueño estaría la playa, la isla y tú. La isla y tu seguro servidor con los ojos fijados en las gaviotas, en algo de paisaje, en un pedazo de mar coqueto, muy coqueto. Esa realidad pasaría lenta como si fuera una golosina que quisiéramos que nunca se acabara, o como un libro que es imposible dejar a un lado y se quisiera terminar ya por lo interesante, y deseáramos aumentarle un infinito de hojas. Esa aventura me dijo que tú nunca me olvidarías.

Encuentro a mi cabeza ubicada en no sé donde. La maestra habla de los  cuentistas y yo pensando en otras cosas. En ocasiones parezco idiota, cuando leemos un cuento, los compañeros dan  apreciaciones críticas y aportaciones interesantes y yo me quedo como sonámbulo, nada más viendo, ido. Efrén  sí conoce a muchos cuentistas y sabe encontrar las características a cada uno y no se diga Yassir, él como profesionista sabe dar acertadamente el análisis del cuento, el tipo de estructura, las obras del autor y hacer de alguna manera una localización tanto del cuento como del autor, pero yo… A duras penas sé leer y escribir, me gusta la literatura, pero eso no significa que conozca tanto como otros. Cuando la maestra  Beatriz me pregunta — ¿qué te pareció el cuento? —  Yo le digo — me gusta, está bueno — y muy por dentro de mi mismo me estoy mentando la madre por la incapacidad de desarrollar  un discurso en torno a la lectura, por ejemplo ahorita me acaba de preguntar la maestra y yo le conteste alguna cosa trivial, por estar pensando en otra cosa. No sé que me pasa, desde que terminé con ella me siento desorbitado.

Fue un día de fiesta cuando inició el fin de la  relación. Tu padre, como siempre, con el alcohol en la cabeza, diciendo y haciendo comentarios inoportunos. El machismo vestido: tu padre, el autoritario en persona. ¿Por qué tenía que rezarle obligatoriamente  a un Dios suyo que no comprendo? Porque es un cristianismo equivocado que vive  pidiendo perdón después de que ha soltado las  injurias, los disgustos, las peleas, los chismes, los prejuicios, el pecado, las acciones malas. Y después de eso ir a los retiros cristianos para purificar el alma, y en la cotidianidad volver a hacer  lo mismo, embrutecerse con el alcohol, autoritariamente mandar en la vida de los demás, tratar de meter a todos la concepción de su cabeza, su cosmovisión del mundo: el dinero, los bienes materiales. La ignorancia andante pero… es sabedora de todo, la respuesta  única. En tu familia él es un dios, es el hombre por antonomasia, el señor de la casa, el que manda, es el tótem que hay que alabar, el fetiche sagrado, intocable e inequívoco, el héroe que soluciona todos los problemas, es el chaman que protege con su aura todo lo que le rodea, y tú procurándolo, llevándole la tortillita, el salero, el pedazo de carne extra, el vaso de refresco ¡ha! Y que no le falte los hielos y la salsa roja, eso al señor le molesta.

Era un día sábado como hoy cuando discutimos el punto, y es que tú hablabas con las mismas palabras de tu padre, hablando como verdulera con la palabra sujeta a la leperada. Era imposible que tú me escogieras entre tu padre  y yo, porque eso significaba el rompimiento con tu familia; para que tú fueras feliz  necesitabas que yo entrara en tu familia, no podías ser feliz sin ella. Lo que buscaba era una mujer independiente, separada de su familia, libre, que no tuviera que recurrir a su familia para vivir, que fuera una entidad completa. Que fuéramos tú y yo inventando nuestra vida, construyéndonos mutuamente con ayuda de la sociedad, de nuestras familias más no volvernos quistes de esa construcción ya hecha por tu padre. Me dijiste que no podrías vivir por ejemplo en otro país conmigo, lejos de tu familia, porque no ibas a saber que hacer, porque no sabías hacer nada. Porque  no sabías hacer comida, ni salir a la calle a pie, siempre en coche porque no sabías hacer otra cosa que arreglarte, lucir bien, mientras tu recámara era una porquería, las medias lanzadas en todas direcciones, la ropa regada en el suelo, las zapatillas sembradas en un rincón del clóset, el polvo encima de todo, las migajas del sándwich de  anoche sobre la cama, las toallas femeninas en el drenaje, todo sucio, y tu durmiendo, siempre recostada, echada, como una guajolota en la vil güeva, sin hacer nada, encima de la cama sin alzar desde hace sabrá Dios cuantos días. Y por añadidura tu lenguaje, siempre hablando como si estuviera apestada tu boca, diciendo sandeces, era la grosería, la leperada, el albur de barrio, la ignorancia, el prejuicio amañado y necio, la carcajada infame y soez. La irrespetuosidad ante el prójimo. El valemadrismo ante el trabajo. La vida sin futuro, sin esperanza, sólo el momento, vivir el momento, sin pensar en el mañana, sin las expectativas que una persona que piensa superarse maquina idealmente. Una persona que no se respeta a sí misma. Con la mala educación pegada a sus costillas, a su cráneo. Con la cabeza vacía de ver tele casi todo el día…

La maestra Beatriz Espejo finalmente nos pide de tarea seguir trabajando en los cuentos, en la narrativa. Le hubiera sugerido trabajar sobre el tema de “amor y decepción”, pero no me gusta ser masoquista.


AGUA VERDE

Sólo vine a pasear, como siempre




—Me hice terrestre, luego, inmediatamente, y no lo supe hasta que el auto se movió dentro del parque  de la ciudad. Entré a otro mundo pero, sólo vine a pasear, como siempre. Pensé que iba a escapar del aburrimiento, pero no pude porque el hastío de la gente de inmediato se me pego a la cara, a los ojos. Los órganos de mi conciencia querían tumbarse, como desconectar  un  aparato eléctrico y adiós, hay nos vemos. El “Datsun” se movió  más no sabia que  ese auto se movería puesto que desde muy lejos se veía allí quieto, como un muro, como un pedazo de tronco  tirado.

—Yo sé — y eso lo sé desde que salí de mi casa para poder desaparecer del aburrimiento— que el mitin o paro del pueblo de “Agua Verde” se mantenía desde hacia tres días. El pueblo lo que exige son los servicios más básicos para poder sobrevivir ¿En donde queda este pueblo? No lo sé, en la primaria no me enseñaron la geografía de mi estado o bien no lo recuerdo, pero pude ser por allá por “Lázaro Cárdenas”.

—Cuando estaba observado desde la fuente que esta a un lado de San José y veía a los toldos cubriendo el espacio. Colocando en la amplitud los diferentes humos de las fogatas, elevándose  las bocanadas entre los árboles del parque. Las pelotas juguetonas de los chamacos se elevan y van a   dar algunas veces a los edificios públicos. El humo de los cigarrillos  que se hace nudo, como un aura que cubre todo el sitio. El agua brincando con un escalofrío a mis espaldas, en un escándalo inusitado, ruidoso.   La pepitera que vende en el escalón de la fuente y muestra sus costuras y vestidos a un lado de las pepitas, la acompañante que toma de la mercancía cada vez que su habida lengua se lo indica.   Las secretarias que se encuentran con su novio después de comer y se dan de besos antes de entrar de nueva cuenta a sus labores.

—Me fui acercando. Sólo vine a pasear, como siempre, así es que mis pasos hicieron historia en la zona. Se movió el “Datsun”. Entré.

—Una señora se acomoda la falda medio agachada, acuclillada en medio de entre unos plásticos negros y unos palos a manera de astas que hacen un círculo de privacidad, es a simple vista la intimidad minimizada; es el baño para los del paro.   El registro del drenaje cumple otra función nueva, inédita: la de servir de baño mientras dura la cosa.

—La gente celosa de su espacio, en recato; desconfiada del hombre conocido, de todos.   La gente amorriñada en cualquier lado, echada en las banquetas del sitiado parque, durmiendo la siesta, platicando.   Y a toda oportunidad un  cigarro.   Las mujeres masticando el chicle o el pedazo de chicharrón.   El chamaco mugroso, harapiento a punto de llorar o gritando entre la gente.   Los gorros lucen como linternas de identificación social; son los maridos panzones mal fajados los que llevan sombreros.   El reboso y la chancla sucia es la patente de reconocimiento mujeril y de la reciprocidad económica. Es posible que la actividad de algunas mujeres sea la fritanguería, la quesadillería, la venta de golosinas en algún zaguán, en alguna esquina de cualquier lado o la de ama de casa en un poblado medio construido o a mitad de la miseria; con gallinas hueras, vacas secas, la guajolota echada en las piedras ovoides sintiendo un crío no nacido.   La pirámide de forraje y rastrojo como el castillo comestible de las bestias o combustible de las cocinas de humo, las construcciones de corral provisionales, las cazuelas de mole en el techo.   La múltiple comunidad perril, ladrando a todas horas, la jauría tras la infeliz canina en celo.   El terreno de labor seco, la tolvanera festejando con el viento su aridez nutricia.   El monte almacenando el tiempo, curtiéndose en él.

—Eso es lo que estoy imaginando ahorita que los estoy viendo, paso al lado de ellos y me desconocen, me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, por este adoquín, que esta es mi cotidianidad, que soy un hombre citadino, un hombre de la capital del estado, que vengo en son de paz; pero sus ojos me excluyen sus ropas y su olor me toman la distancia.   Con omisión   —hacia mi—  la bocanada de humo de cigarrillo se aleja hacia el cielo, ¡me siento un excluido!

—Pero… pero si está todo cercado, que pasa  ¡ha donde me he metido!  Es un círculo tipo caravana del oeste construido con carros y donde no entra el carro es el paredón humano.  ¡Híjole!  ¿Podré salir?   La  puerta de entrada a los edificios de gobierno están cerradas, todo cercado, porque me seguirán viendo así, sólo soy un transeúnte, espera, mmm… creo que están organizados, algunos con listones amarillos  otros con listones guindas.   Seguramente son representantes de cierto grupo, veo, me ven, observo y me observan, quisiera pasar desapercibido pero no puedo, soy un güero a comparación de su piel morena.   Me siento en el piso, creo que así seré menos evidente.   Dos jóvenes se encuentran recostados a lado izquierdo, ellos leen unas novelitas baratas, al rato se alejan y recargan en un carro en los límites de la zona situada. En el momento, babeo, soy.

El asta de la bandera se encuentra a dos metros del siguiente baño interino. Permanecen en los muros las cartulinas con anuncios como: “En Laguna Verde, queremos agua y luz”, “Exigimos señor gobernador la atención a nuestras peticiones justas “.

—Bola de indios, ¿que querrán? No entiendo, Xochitiotzin dice que es un  “Boicot Político”, yo desde aquí veo miseria, mugre, jodidez, diversión, coerción  injusticia, pero mira, también se divierten, juegan, cantan canciones rancheras con aquel trío, ese otro convence a la quinceañera para irse.   Esos cabizbajos y meditabundos aturden  — tal vez —  su memoria para recordar viejos tiempos, mientras, el sol languidece entre las ramas de los  árboles del parque. A eso vine, a disfrutar de la tarde, a gozar el aire, a saborear la corriente con olor a Tlaxcala. Me gustaría decirles que sólo vine a pasear, como siempre, pero me ven feo… en realidad tengo miedo, que tal si aparecen los preventivos y hacen una alzada pareja y con violencia y a mi me toca por estar aquí adentro… bueno… creo que con mi credencial de elector o la de mi escuela puedo identificarme, he visto en la tele que se pone peligroso cuando sucede.   Golpes, piedrazos, la sangre, los ojos llorosos, la ira, el desquite, las mentadas de madre, las mordidas del perro, los macanazos, a eso hay que sumarle los destrozos tanto materiales como morales.

El joven permanece postrado en el piso, recargado en la baranda del árbol que se encuentra frente a la campana de Dolores.   Mientras piensa, ha tomado del piso una pequeña rama que utiliza para rascar minúsculos canales en la tierra.   Es un joven barbón con lentes obscuros.   En su físico denota la buena alimentación.   El perfil es de un hombre apuesto, nariz recta, ojos hundidos, espalda ancha, corpulenta, en tanto que su cabello se quiebra en rizos cortos y bien acomodados. Su vestir es un pantalón de mezclilla, camisa blanca con diminutas rayas azules, un suéter color hueso con pequeñas estrellas agrisadas en el tejido y el cuello cerrado en tono plomizo; los calcetines son negros. Los encargados de seguridad del sitio se reúnen para comentar la situación y dar los reportes; lucen un listón guinda en el brazo izquierdo.

— ¿Todo bien, está calmada la cosa?
—Que sabes de la “chota”.
—No, no habrá represión, pero uno nunca sabe.
—Compadre, ¿Qué dice la licenciada y el maestro?
—No, no se preocupen, ya es tarde, creo que la negociación se dará hasta mañana.
—Yo vi a un “colado”, se me hace que es “judío”, o provocador, ustedes dicen.
— ¡Cual es, cual es! — Pronuncian varios.
—Aquél echado allá, nomás que disimúlenla no sea que se las huela.
—Ustedes dicen si le calentamos el fundillo
— ¡Hijo de su puta madre, yo si le parto su pinche hocico, déjenmelo a mi!
—Calma, calma, seguro que es “colado” no vaya a ser pariente.
— ¡Javier, párate en los botes de basura, cerca pero ya sabes como!
—Yo voy a hablarle a la licenciada y al maestro a ver que resuelven.
—El de ayer se nos escapó, pero este tiene la misma pinta y de que se sienta en el suelo ya parece que nos va a engañar.
—Que dijo la licenciada y el maestro.
—Que resolvamos pero con cautela, dijeron que: “debemos proteger los intereses y el buen desarrollo de nuestras peticiones”.
— ¡Aja!
—Y entonces.
—Yo ya saben yo lo que opino.
— ¡Hijo de su chingada y puta madre, déjenmelo yo le pongo en su puta y jodida madre! Ese cabrón, si se ha de creer cabrón, hasta cree que nos va a ver la cara de pendejos.
— ¡Si es judío, seguro que lo es!
—Échenle guante y súbanlo a la camper de don Joaquín, tápense la cara y a él pónganle bozal. — Los encargados amenazan al hombre.
—A caray, estos si tienen la cara de malditos.
— ¡Párate de allí y vente para acá!
—Que se les ofrece.
—Tú has caso y no te nos pongas pendejo.

Los individuos velados con pasamontañas conducen al tipo y lo suben a la camioneta a empujones. Dos puñetazos en el estomago lo doblan. El dolor inicia y ovillado en el piso de la camioneta prueba el calvario.

— ¡Conque un cabroncito colado!
—Ya de una vez pártele su madre.
—Hazle una de las que ellos saben hacer.
—Si, el tehuacanazo o los piquetes o lo otro…
— ¿Eres o no eres cabroncito, cual era tu función en esta tarde, llevar el chisme de la situación?
—Si, eres un judío, eres hijo de tu puta madre.
—Si, ahora si hasta te cagas del miedo verdá, verdá que te suda el fundillo, no que muy chingón.
—Este cabrón no traía armas y hasta le falsificaron sus credenciales de elector y de la Universidad.
— ¡Somos más astutos que ustedes cabrones  porque nos las olemos antes, puto!
— ¡Toma buey, toma esto para que se te quite meterte en nuestro movimiento!— Al agredido le llueven los golpes, se convulsiona y trata de escapar.
— ¡Quieto! ¡Quietecito que de aquí no te escapas, eres mierda cabrón, eres una pinche mierda!
—Oye tú tráete una caca de allí de los baños para embarrársela en su puta cara.
—Apestas hijo de la chingada, si embárrasela, pero quítate el bozal para que le entre en el hocico.
—No por favor ya no, yo no he hecho nada soy un ciudadano común, soy estudiante, vivo a unas calles de aquí y me gusta pasear en el parque, sólo que me metí aquí por pura equivocación sólo vine a pasear, como siempre —pronuncia desesperado
—Diles que no queremos más orejas aquí adentro —dice el agresor—Recuérdaselos pero… Ya lárgate, ¡suéltenlo ya a ese hijo de su puta, acuérdate cabrón a la otra es peor, no queremos orejas aquí…he judío!
—Si señor, no más…

El hombre, tullido por los golpes vomita cerca de la banca y después llega a la fuente a lavarse la cara. Se pierde en la ciudad. — ¡Maldita sea, yo sólo quería pasear, como siempre!

LOS CANES DE ENFRENTE




Mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera municipal.   Sin duda, pagaría una multa por los canes de enfrente. A mi madre siempre le han gustado los perros, y por supuesto que a mí también, siempre y cuando sean míos, porque los que son de la calle les tengo desconfianza.

Cuando niño mi madre nos compro una perra buldog. La perra era tierna, pero tenía una cara de miedo, debo decir que por cara tenía arrugas y sobre las arrugas otras tantas, sus cachetes colgaban  más allá de la cara, casi hasta el cuello y siempre descendía de su boca la gruesa baba chiclosa, con los colmillos caldosos y la lengua sudada. Era una perra sensible cuando era regañada por comerse las flores del jardín, mi madre salía después a rogarle que la perdonara pero que no volviera hacer esas cosas, de lo contrario la muy digna cachorra o no comía, o bien, no volvía a mirarle a los ojos y ponerse contenta... La perra de ninguna manera movía la cola para demostrar sus sentimientos porque no la tenía, se la habían operado cuando cachorro, lo mismo que las orejas — aunque una le haya quedado gacha— tenía su porte de perro maldito, el pavor que despertaba a los visitantes de la casa: hasta el escalofrío y el sobresalto. Se llamaba la “Chirca”, en realidad no sé donde salió el nombre; fue bautizada por mi hermana Trinidad. Recuerdo que le hicimos un pastel con “galletas Marías” y budín de chocolate, el pastel nos lo comimos nosotros, a la “Chirca” de bautizo le tocó una jarra de agua helada, pienso que desde entonces le dio reuma y un poco de sarna en el lomo. La “Chirca” era una perra juguetona. El amplio patio era su sitio de recreo, su casa, su espacio; aún no tenía piso de cemento por lo que los agujeros rascados por la perra resultaban muy comunes, eran micro cráteres cuyo aerolito enterrado venía siendo un hueso o una torta dura. Mi madre se molestaba por los dichosos cráteres que dejaba la perra, y aún más si estos se acercaban a los rosales, casi sagrados, intocables, eran el tercer amor de su vida, pero siempre estaba mi padre después de sus hijos y luego los rosales, en ese orden.   Éramos tanto mi hermana Trinidad y yo los responsables del cuidado del jardín y de la “Chirca”, ella de la perra y yo del jardín.   Recuerdo que para poder cuidar el jardín de mi madre, había ingeniado una especie de alarma para proteger los rosales. Pero antes de narrar como era este artilugio debo señalar como estaba el patio. Pues bien el patio corría a un costado de la casa de dos pisos y terminaba en la parte posterior del hogar, en realidad eran dos patios: el patio de costado y el traspatio donde se encontraban los tendederos y el lavadero, en el traspatio siempre había todo tipo de  objetos, arrinconados en las diferentes regiones limitantes, en el patio de costado se encontraba el jardín y al final de él estaba el portón de la calle. El jardín estaba conformado no sólo por rosales sino también por plantas de ornato como “el huele de noche”, “las margaritas”, “la pasionaria” y un árbol de higo entre otras plantas de suelo, de suerte se encontraba hasta la “hierba buena”, “la ruda” y “el epazote”; la manzanilla nacía por donde sea como si fuera maleza.   El árbol de higo se encontraba en un sitio aparte, en donde crecía libremente y a donde recurríamos a visitarlo para arrancarle sus frutos suficientemente jugosos.   Por cierto, recuerdo el día en que me trepe al higo y por traer zapatos de piso me accidenté con una saliente del tronco; aún tengo la cicatriz en el tórax.

Mi madre había colocado provisionalmente una cerca para impedir que la “Chirca”  hiciera sus gracias dentro del jardín, pero la perra siempre buscaba entrar, de cualquier manera traspasaba para juguetear  con las flores y masticarlas. Había ingeniado en mi mente una especie de cerca eléctrica que funcionaría con un acumulador y unos alambres pero la idea no era tan buena, la batería no funcionaba, también pensé en electrificarla pero eso era demasiado peligroso. Pensé en impregnar las flores con chile y otras substancias amargas pero aunque ya no le gustaran las flores, seguiría haciendo agujeros en el jardín. Otro de los impedimentos es que no tenía el dinero suficiente, así es que coloqué varios alambres sensibles colocados al derredor de tal manera que protegiera toda la zona y estos alambres terminaban en una alarma ruidosa compuesta por botes y canicas; al sonar la alarma trozaría el hilo donde se sujetaba la alarma y esta caería a una bolsa de aire que haría chiflar la flauta atada en los extremos de salida de la bolsa.   En fin, al día siguiente amanecí desvelado porque toda la noche había hecho aire y los botes sonaron sin parar y en cuanto a la bolsa de aire, la “Chirca” la había masticado y había echado a perder la flauta que mi hermana ocupaba en la clase de música en la escuela secundaria.   Mi padre hizo una cerca alta para proteger el jardín y se terminaron los problemas.

A mi madre siempre le han gustado los perros. Se entristeció mucho al despedirse de la “Chirca”. La llevaría a la casa de mi tío Jorge para que cuidara su casa porque a sus perros los habían envenenado. Seguramente porque querían entrar a robar  su casa y como su casa no es segura. De vez en cuando veo, cuando visito a mi tío. La perra trata de mover la cola pero no puede porque no la tiene, la operaron cuando cachorro. No quedamos sin perra. La casa era segura porque existían los canes de enfrente, los perros de la vecina.

El vecindario era de clase media, estaba alejado por aproximadamente media docena de cuadras del centro de la ciudad.   Siempre teníamos problemas del agua y algunas calles no estaban aún pavimentadas. Los pandilleros “los tizas” tenían a resguardo las noches, de los transeúntes extraños y tal vez alguno de la banda de “la bondojo”  enemigos incansables de “los tizas”.   La calle donde se ubicaba la casa tal pareciera que daba hasta las faldas de la montaña la Malinche, pero no, esa era su dirección; la calle terminaba al tope con la carpintería “el Roble” los dueños le habían vendido a mi papá los palos para la cerca del jardín.   Son unos güeros, me han dicho que son de Chihuahua.   A mi me caen gordos esos tipos porque se creen más que los demás.

En la calle eran un problema los perros de enfrente, es decir, los canes del vecino. Sus características: indómitos y violentos. Eran bestias guardianas de la casa de enfrente, tomaban en serio su papel, ellos cuidaban de más el acercamiento de personas por la calle. Eran tres chuchos escandalizando las veinticuatro horas. Dos eran grandes; uno con pinta de galgo y otro con cabeza de mástin y cuerpo de perro policía; el otro era uno de esos lanudos miniaturizados. Este último era el vocinglero y alborotador de los otros dos. La vecina dueña de los perros, en su totalidad era una mujer fea y escandalosa, supongo que en su juventud tuvo algo de aquello que se llama belleza pero después no más, se pintaba el cabello de negro para que no vieran las canas — que supongo yo — eran aproximadamente el cincuenta por ciento de la totalidad del cabello, vivía sola con sus animales; porque no sólo tenía perros sino también gatos y tal vez — nunca entré a su casa — algunos pájaros. Era una mujer anclada en la época de finales de los sesentas.   Su carácter era inusual porque con los animales tendía a ser platicadora y enojona pero con las personas prefería la cerrazón y la introversión. Algo sucia. Desde la ventana de la cocina vaciaba los desperdicios al patio, la tierra permanecía sucia, lambida, grasienta; aparte de la suciedad que dejaban los perros. La vecina cuando salía a comprar a la tienda de la esquina, los perros la seguían con una algarabía tal que el escándalo se escuchaba a cincuenta metros a la redonda, a demás, no faltaba el día en que las perras de otros sitios se ponían en celo y los perros domiciliados en frente invitaban a aullar y gruñir a la jauría durante toda la temporada.

Las corretizas de los perros hacia los transeúntes no se hacían esperar, durante el día ocurrían aproximadamente cada tres horas. Por la noche se multiplicaba la cifra por dos con una matemática extraordinariamente exacta: el lechero, el panadero, los empleados de la carpintería, la tía de Javier, los ingenuos que se atrevían a pasar por la vía etc. Ocurrió el día que la vecina vino a pedir ayuda. Ella iría a visitar un pariente enfermo a la ciudad de Culiacán, allá en Sinaloa, los animales pequeños —como los gatos y las jaulas de pájaros — los había dejado con una amiga que vivía en una Infonavit, pero los perros no, así que, pedía encarecidamente a mi mamá — como sabía que a ella le gustaban los perros — que se encargara de ellos mientras duraba su ausencia. Mi madre aceptó ayudarle como buena samaritana, después de todo, quien terminó haciendo el servicio fui yo. En mi caso no había peligro al darles de comer porque hacía lo mismo que la vecina, arrojarles la comida desde la ventana, pero desde el ventanal de la sala de mi casa, no por sucio sino por pura precaución.

No falto en esos días el transeúnte mordido por uno de los perros. Y este se quejó ante salubridad.   La dependencia encargada mandó a la perrera municipal e hizo recogida de los animales. Cuando llegué de la escuela, mi corazonada no había sido tal cuando supe que no los encontraría más que en la perrera  municipal, sin duda pagaría una multa por los canes de enfrente. Mi madre me mandó a pagar la multa. A regañadientes y de muy mala gana accedí a recogerlos. Me había comentado mi amigo Mario que después de cierto lapso de tiempo si no reclaman a los animales, estos son sacrificados y la carne la venden a buen precio al zoológico del Lago del niño y también al de Africam Safari según dice, eso es buen negocio porque la carne de  mulo cuesta más cara, al fin de cuentas es carne y los animales carnívoros no sienten ni pena ni diferencia. Cuando recorrí las jaulas para identificarlos y no encontrarlos pensé lo peor. El estremecimiento se posesionó de mi cara, el temblor del pensamiento me llegó hasta los tobillos, el corazón lo sentía en el gaznate.

Cuando llegué decepcionado a la colonia y mi corazonada era no encontrarlos más; di vuelta a la calle y allí estaban, tumbados al sol, durmiendo la siesta de la tarde, en el total desahogo de una real vida de perros.

puros cuentos 12


EL UMBRAL ERÓTICO




Caminaba con pasos apresurados en medio de una ciudad que conocía desde pequeño pero que aún no dejaba de percibir cosas nuevas, o situaciones diferentes. Sabía que ella lo esperaba y por eso aceleraba su paso, saludando a algunos amigos con reverencia al estilo político. A lo lejos pudo ver la florería de la esquina y pensó en ese obsequio que hace ablandar los corazones más helados. Entro a la tienda y pidió una sola rosa, aquella que representaría todo el cariño que él sentía. Sin más retraso, continuó su senda con prontitud. Dobló la última esquina, la sonrisa de triunfo, con el corazón exaltado, la falta de aire, con el pulso batiente y la garganta seca.

Se recargó en la casa marcada con el número treinta y cuatro para recuperar su aliento. Respiró profundamente  mientras sacaba un pañuelo para secar las pequeñas gotas de su frente. Miró a su  alrededor, su vista buscaba   aquella casa de dos pisos con reja negra cuya particularidad era una fuente de mármol. Recuperado del esfuerzo, suspiró acercando  a la nariz  la rosa que llevaba entre sus manos y que, seguramente despertaría, eternas pasiones ó simplemente, aquella sonrisa, que lo hacía volverse loco. Sonrisa deleitable, placentera, hermosa. Llegó ante esa casa y admiró la fuente que dejaba caer aquellos hilos de colores acuáticos y más aún, se  imaginaba   aquella  cabellera al viento de alguien con quien pronto  estaría.

La puerta de su alcoba estaba abierta  ella tenía los hombros desnudos. Con movimientos sensuales deslizó su camisón mostrando el muslo satinado. Un viento suave ondulaba el negligé, untándoselo al cuerpo. El la miró desde el vestíbulo y el negligé desapareció ante sus ojos, mientras  un temblor  le nacía en los labios imaginando el   cuerpo cálido de la mujer al suyo. Las venas de las sienes le pulsaron desbocadas. Sin dudar, ofreció desde lejos el presente dejándolo en la mesa de centro y subió por la escalera. Al llegar al umbral extendió sus brazos para tocarla y, al dar el paso que lo separaba de ella, se le desvaneció con un golpe en la cabeza.

Hecho un ovillo en el suelo y entre sueños escuchó que alguien le decía:
— ¡Qué trancazo José! ¡Vaya golpe!… ¡No vuelvas a dormir en la litera!

EL DIOS DE LA MOSCA




Zumbaba cerca, parecía un vuelo desesperado, con prisa, en aspavientos acelerados. Danzaba en el aire que respiraba, luego, la mosca se paró; aventurándose a comer el azúcar de la taza de café, en el borde floreado y albino. Me miró. Diciendo:

—Tú eres Dios. Tú eres eterno, lo puedes todo; yo soy perecedero, mortal y etéreo; navego en una realidad apresurada, por eso mi vuelo, por eso mi gesticulación volátil, por eso te molesto. No me das vida, pero sí la quitas con tu propia mano. Tú eres mi Dios, el hombre es mi Dios.

— ¡Vete de aquí! — Le dije — ¡vete! Lánzate a gozar de tu vida, encontrarás en este tu universo pequeño, lo suficiente para tu existencia. Devora las semillas del segundo y no pierdas más tú tiempo. Baila sobre lo que pueda hacerte más feliz, pero  no retes a tu Dios, no lo ofendas, no lo disgustes pues encontrarás cortada tu existencia.

Se alejó sin decir más, había dejado sujeta como grapa una enseñanza, ¿Le había dado aliento? Que hubiera pasado si le hubiera corregido que yo no soy ningún Dios, que era como ella: efímero, transitorio, vaporoso.

LA PEOR HORA DEL DÍA




—Esta es la peor hora del día, vitalidad opaca, deprimente. Odio esta hora. Me siento como si me hubieran comido y vomitado. Circulo por las calles, con el embrutecimiento pegado a la cara, al cuerpo. — El viento dibuja algunas barbas de frescura en su semblante, pero ni así, el cerebro se le acomoda a  estas horas perezosas. Adolfo Escalona camina por las calles sonriéndose como un imbécil, las manos pegadas a los bolsillos del pantalón y con el chaleco que le regaló su esposa; un par de botas se enfilan por las banquetas de adoquín. Se le ve el modo cretino al caminar, es de mediano paso, desgarbado; con los hombros caídos al igual que sus ojos. Cruza las calles cuando en el semáforo tintinean los últimos pulsos amarillos.

—En la tienda de “Fernanda’s” he visto cosas buenas, lo que pasa es que cuando estás mirando, tirando la baba, los de la fonda de enfrente, esos que almuerzan a esta demencialidad hora, te quedan espiando para ver si tienes malas mañas o malos gustos; ni modo, algunas veces lo he dicho, inclusive he visto nalgas buenas, casi poéticas. Quiero comprarme  unos “Ray—Ban” o algo que se les parezca, que apantallen hasta el más entendido. Esos  anteojos estilos John Lenon me quedarían de opulencia, me imagino que el compadre se quedaría de espasmo al verme con ellos o estos otros al estilo Elton John. La cigarrera de al lado se ve formidable con los “oritos” en las esquinas; es un estuche como para presumir en la oficina; mi jefa usa una de esas pero la diferencia es que es forrada de piel de pitón y esta es toda brillosa con grecas grabadas encima de los “oritos” — Adolfo se inclina para ver con notable visibilidad en el aparador. Los carros continúan en la ciudad corriendo desmesuradamente. Los transeúntes pasan, van y vienen presurosos. Las pitadas de los carros escupen a destiempo, los repartidores de refresco acomodan los vidrios en los empaques, y los de gas doméstico hacen lo suyo en la sinfónica de la capital. El olor de las memelas de la fonda de enfrente atraviesa las fosas nasales  y va a parar al antojo. La  carcajada infame de los  aprendices de empresario se deja escuchar cuando la dama joven con las medias flojas, torcidas; se apresura a pasar desapercibida cosa que no consigue. El perro soez en la banqueta durmiendo, el niño que se ha embarrado del bostezo canino.

—Las corbatitas de seda de Pierre Cardin, de Gianni Versace, se entallan con un diseño exclusivo y esas de colores serios en forma de pastel estrellado son fantásticas, esas otras de tipo deslavadas están de embeleso. Todo es detalle de alcurnia; como para sentirse todo el día una eminencia. ¡Chulada de cosas! — Adolfo Escalona se imagina tener todo. Observa la felicidad presentada en ese escaparate, cada artículo, cada cosa, sus detalles, sus propiedades, los colores de cada objeto. La eternidad se presenta en la mente. Las horas no existen, han muerto. Se quedaron guardadas en algún sitio de su cretinismo. En la cabeza de Adolfo Escalona existe un universo entregado para la  degustación de sus ojos mongólicos. El cristal se impone como un gran soldado a sus  manos. El acercamiento deseoso se vuelve inminente. El cristal como un policía se presenta en la realidad. Topa con el cristal del escaparate al estar ido y, lo fractura de lado a lado; sin que el dueño lo note. Continúa candoroso con su deambular por las vías de la ciudad. Las sirvientas con su caminar ladino, aturden sus calzaletas. El día zopenco. La población entera moviendo sus manos para hacer algo. Las palomas del parque fascinadas  de no hacer nada. La arquitectura chirrigueresca anestesiada en las paredes gordas. Los tentáculos de la realidad lo arrastran al pavimento, a las calles, a las líneas de casas, de negocios, de suburbios. La ciudad estrujándose en la jornada deprimente. Día mexicanamente desorbitado.

—Y ahora que hago para sentirme bien en este malogrado día, en esta hora que se me hace que no termina, que me usa y escupe a cada minuto. Camino, creo que de momento incautamente me sentiré mejor, aunque no sea cierto.  


UN HOMBRE ESPECIAL




Algunas veces pensé que el ser un escritor me iba  ha ser un hombre especial, como si el hecho de escribir fuera una función importante, la cosa es que sigo indagando y creo que sí, quiero ser escritor, sigo pensando que puedo ser un hombre especial nada más que no se de que, en que sentido. Especial porque sería un espécimen  raro entre la población, porque la rareza se mete hasta la cabeza o porque me considero Sansón, la cosa es que creo  que me equivoco. Si dicha profesión no da de comer como diría Sancho  Panza no vale dos habas. Tomar como profesión  el ser escritor  me  conduce a una serie de avatares que al final de cuentas conduce a la miseria, hablo desde México. Y eso tiene un significado de  fundamento .Si naces mexicano y quieres ser escritor necesitas de varias cosas, ser un hombre bien acomodado  para que te vayas sacudiendo poco a poco los frenos, tener parientes conectados  en la cultura o ser un genio. De todo ello no tengo nada. Seguramente porque no tengo  nada, soy pobre, cuento con unos  cuantos libros, leídos y releídos, con unas libretas gastadas y grasientas, con  un escritorio color caoba, una fotografía mía al frente donde aparezco como alguien que no conozco y que conoce la mayoría de la gente, es decir, la cáscara, la  mascarada, el caparazón, también cuento con una  pequeña cama de tres cobijas y tres almohadas, un reloj con figura de búho, pero, y eso es todo. ¿Contar con esos objetos me hace especial? Soy acaso con eso un escritor. ¡Ha!  Se me olvidaba, también tengo un espejo, no podía faltar un maldito  espejo para   estar observando que cara cargamos en el día, antes de ponerme a escribir y después. ¿Para que escribir? Sería una profesión, un deseo inherente al espíritu, un deseo que nace innatamente, o es una pasión que no puedo  remediar, como un vicio de no poder expresarme de otra manera. Porque yo sé que eso pasa conmigo, no se comunicarme con las personas a nivel personal, soy un imbécil para el diálogo, inclusive pasa cuando me preguntan la hora me sudan las manos y la lengua se llena de un pasto polvoso, por eso cuando llego a  mi casa enclaustro el espíritu y sigo así, pero no siempre pasa, en ocasiones lo que hago es ir a las fiestas, divertirme pasear.

Sí,  me gusta pasear, considero que esa es la riqueza que se me ha ofrecido en la vida, el paseo, la vacación, por eso me ha gustado ir a México DF. A  pasearme en los museos, en las galerías, los mercados, o bien por los aparadores, las vidrieras, por las avenidas, eso es bueno. Algún maestro de por allí ha dicho que  los escritores no pueden hablar mas que  describiendo sus propias experiencias y sacando jugo de sus particularidades, explotando su ser interior eso hago, los materiales para un escritor son eso, no creamos que se trata de tener una maquina de escribir  y un buen tanto de hojas, sino de las herramientas  que tiene en la cabeza. Memoria, vocabulario, sintaxis, reglas gramaticales, experiencia, rigor, tesón  espíritu aventurero, observador…que más habría…pues entre ellas creatividad, esa, creo que es muy importante, “creatividad”: eso es algo así como tener las cosas delante de ti hacer una mezcla de ellas y a ver  que sale, o bien es la síntesis azarosa de una invención. Aunque por lo regular consideramos tener mucha creatividad pero la verdad es que es una argucia porque esa invención del “agua tibia” la han inventado otro millón de gentes como yo y otro tanto más de gente que también pensaron que habían  hecho algo como eso.

La vez pasada cuando me puse a teclear la maquina consideré que lo que estaba escribiendo era algo interesantísimo, era algo así   como un relato  de los pajarracos, que viven en los árboles más altos de la ciudad, era  —pensaba— una joya literaria única en la narrativa contemporánea, pensé que podría gustarle a Octavio Paz, a los  hombres  de letras más eminentes. Chasco me di cuando mi maestra me dijo que se conocía unos treinta relatos de diferentes autores que trataban el tema de los pajarracos que viven  en los árboles más altos de la ciudad.  Pues bien,  esa enseñanza me desinflo el aire de hombre de letras especial y  único. Recuerdo que mi maestro me decía que los griegos habían creado toda la filosofía posible, todas las obras  excelsas del espíritu humano, y que a nosotros nos tocaba repetirlas o dar solamente los  comentarios, eso me anima más aún  a creerme un espíritu de escritura especial. He conocido a muchos escritores, se ven tan normales, que desde entonces los considero gente normal, los que si  no me caen bien son los poetas, como que los aborrezco  por decir muchas mentiras o bien toda la verdad, algunos si son buenos pero otros, los  he escuchado en ciertos lugares, diciendo pestes, con un lenguaje más rebuscado, chato y chabacano, que en verdad  da vergüenza tenerlos como   representantes  en esta tierra, de aquellos griegos antiguos  que les conté. Yo no sirvo para eso, en realidad no se si en realidad sirvo para escritor. Mi amigo me comentó  en una ocasión que dejara de estar escribiendo que el cuento, que la narrativa, que la novela,  que el poemita, que la columna periodística, que el ensayo filosófico; sí, es mucho, se que estamos en la época de la especialización  pero, tengo miedo de  aburrirme, hacer pura narrativa jodida  como que siento que me adormecería. Además  sólo le hago al cuento, porque creo que  lo que  escribo sirve para maldita la cosa, nada  más  pura diversión, perdida de tiempo, desgaste intelectivo, o sea el vacío de lo vacuo, la masturbación literata, el vaciamiento de las sacadas de onda, o el vomito psíquico en las letras. Si después de esta explicación sigo estando integro,  entonces creo que nos estamos acercando a lo que sería el hombre  especializado, al profesionista de las letras, el escritor.


UN FUTURO PARA EL MES DE MAYO




—Me iré al departamento  de ventas y allí encontraré, a los encargados que dirigen el mercado. Las computadoras en la amplia sala estarán interconectadas con un sistema operativo en trabajo de grupo. El fax en la cómoda donde están los archivos de clientes se ubicará en la vitrina, junto con el premio de producción, y el premio al producto de mejor presentación en los medios. La publicidad llega a los confines del mundo  como un producto necesario  para las personas modernas. Los mensajeros llevarán la correspondencia para el departamento de embarques y ellos dirigirán el destino del producto a lugares que yo no conozco, que nunca conoceré, porque yo sería un empresario de élite que no asiste a lugares sin categoría o que no están señalados en el mapa de la gente pudiente. La sala de juntas estará en la planta alta  del edificio, desde allí podré sentir el poder, la gloria, el sabor de la cima. Los empleados de cada departamento tendrán un informe  listo cuando yo lo solicite, y el consejero dará ideas de como mejorar la producción, este dará indicaciones al secretario y yo daré por bien visto si es que así me lo parece o si no que se investigue más a fondo, que se trabaje horas extras para conseguir los datos porcentuales dignos de una empresa que está en la punta de la competencia mundial.

La secretaria lo despertó de sus sueños, estando sentado en su sillón frente a un escritorio metálico, ella le trae el café y los informes de sus empleados.
—Por favor, Iraís tráigame el periódico.
—Sí señor, ¿Alguna otra cosa?
—Me comunica  con el gerente de la empresa “IMESA”, es el señor Santander, para ver si le aumentamos el embarque.
— ¿Alguna otra cosa?
—No.

Es enero de 1995, la devaluación del peso mexicano frente al dólar estadounidense ha sucedido, los cambios en las secretarías de gobierno se sobrevienen una tras otra, tal parece que los errores aumentan. En el periódico que hojea Carlos, contador y socio de la mediana empresa; se leen los conflictos que se suceden en ese momento en el país y también a nivel internacional: el levantamiento armado en Chiapas, la ley antiemigrante  propuesta por el gobierno de California, la guerra en Bosnia, el desastre de la bolsa mexicana de valores, el desequilibrio en los mercados internacionales por el efecto tequila, el inicio de la baja de poder adquisitivo, los primeros descalabros para las empresas pequeñas, y el primer regimiento de desempleados nuevos que se suman a los ya existentes en el año de 1994.

El hijo de Carlos vive en un departamento en “las lomas” por aquél lado de Chapultepec, se encuentra en un edificio llamado “el 34”. El hijo de Carlos se llama Oscar es un joven de 26 años que estudia en la Universidad Iberoamericana. Es mantenido por su padre quien muchas veces ha tenido que pagar grandes sumas de dinero por los gastos tan altos de su hijo. La madre de Oscar o sea la esposa de Carlos, es una mujer abnegada pero no por eso deja los gustos por las compras en los grandes almacenes como Samborns, Rodoreda, Sears, o a los centros comerciales más prestigiosos. Los amigos de Oscar son de dinero, sus padres atienden los negocios más rentables en México, son parte de la élite rica de la ciudad de México, sin embargo, la posición económica de Oscar no es muy estable, puesto que la empresa en la que su papá es socio apenas despega con trabajos de los abatáres del mercado. Oscar  sin más es un hombre que gusta lucirse, no escatimar, y exhibir lo mejor con sus amigos y con las muchachas de la universidad.

La recámara de Oscar se encuentra al final del pasillo. La puerta luce estática en color cedro  y con chapa adornada con laminilla ribeteada. Los muros en color azul pastel. La iconografía en las tapias divisorias, son acrílicos y óleos que ha conseguido su madre. Los muebles son “Dico” en tanto que la alfombra gris hace combinación con el remate plomizo en yesería de las esquinas. El clóset multiplica sus espacios con unos espejos por puertas donde Oscar esponja su ego al vestirse, y dentro del armario, los trajes con marcas: Scappino, Dockers, Nino Cerruti, Robert’s; y las corbatas: Jhane Barnes, Gianni Versace; ropa que es utilizada en días especiales porque por lo común usa ropa casual de Levis, Wrangler y calcetines Donelli. Oscar se alista para irse a la escuela. — Ahora sí no vamos a poder escaparnos del examen, lo hemos pospuesto y ahora no nos escapamos — piensa Oscar  mientras se viste frente al armario. El joven se afeita con crema Guillette antes de ponerse su loción Polo Sport de Ralph Lauren. El portafolio en piel  color vino descansa en la mesa anexa de trabajo, a un costado de la computadora “Acer®” duerme junto con la impresora Seikosha sk 3000 color azabache mate. La monotonía se respira en la  arquitectura citadina. El bazar de acciones en la metrópoli no afecta los interiores del departamento, es la opulencia del vidrio, y el cemento la que hace camuflagear el vértigo de la calle. El macadán de la colonia residencial, los bulevares, la envoltura de la epocalidad, el show del delirio urbano, el ir y venir, son las redes a donde se desenvuelve Oscar; lugar donde en unos minutos estará. Oscar maneja en su “caribe”. —Primero tengo que ir a la escuela, después pasar al banco para pedir mi estado de cuenta y luego ver a Verónica en la cafetería y ya en la tarde; a ver que hacemos — reflexiona Oscar mientras maneja por la avenida. En los pasillos de la escuela se encuentra a los amigos.
—Qué tal René como has estado.
—Muy bien y tú, ¿ya listo para el examen?
—No estudié muy bien que digamos, pero pues, ya nos defenderemos. ¿Y tú pudiste estudiar?
—Muy poco, estuve en casa de Gabriela hasta muy tarde…
—Seguramente en el agasaje.
—Pues que esperabas, ¿tú fuiste a ver a Verónica?
—No, la veré después, no la he visto, le dije que aguantara un rato. Mi papá está bien enojado por el estado de cuenta de una de las tarjetas de crédito, pero es que él no comprende que uno tiene sus gastitos, y no podemos hacer el ridículo… — Mientras dice esto, dos compañeros salen del estacionamiento y se acercan.
—Mira, allí vienen los otros cuates.
—Qué tal ¿listos como hachas?
—Yo sí me preparé pero no estoy seguro con lo que dio la semana pasada porque yo no vine dos días y … los apuntes están mal, ¡Oscar maldito, no sabes escribir!— pronuncia fuerte Sergio vestido con unos Levis y una camisa de lana, su loción es “Catalyst” de Halston
—No mames como de que no le entiendes, si están claritos como el agua.
—No se olviden — dice Martín —  que tenemos que entrarle juntos al trabajo que dejó la maestra de cómputo. — Sergio tuerce la boca y hace un chasquido en la boca y prosigue.
—Eso lo resolvemos rápido, le digo a Ramiro el encargado de la red de computo de la empresa de mi papá que nos haga el trabajito y asunto arreglado, tanto  por eso, la maestra se va a quedar pendeja. — Sergio tira la colilla del cigarro muy lejos, cerca de los arbustos del jardín.
—Vámonos ya es hora, y hay que agarrar buen lugar, yo no me pierdo de sentarme cerca de Adán  puede que se pueda… — indica Martín y toma del suelo su portafolio retinto.

Los amigos se dirigen primero por las escaleras y después por el pasillo.

Después de hojear el diario. La oficina parece lucir deprimente, agripada. Por la ventana se observa la avenida populosa vestida de carros en delirio de persecución. Los autobuses hacen su escándalo. La ruta cien desapareció de la noche a la mañana, sólo quedaron huellas de corrupción. La nata pesada de  smog se duerme y cose el ozono en la desolación ecológico-urbana. Las banquetas hinchadas de paseantes, y mientras el sol rechina al pasar por las nubes y  fertiliza el calor que emana del asfalto.
— ¿Cómo dices? — Carlos habla por teléfono. — ¿y esa cantidad la metiste en la bolsa?
— ¿Y entonces?
— ¡Nos vamos a quedar en la calle!
—Sí, tienes razón, debemos tener calma.
—No, ya no
—Estaba en pesos.
—Nos debe la mitad y… será mejor recurrir al Banco y recuperar esa cantidad.
—Sí, estamos al corriente con los impuestos.
—Acabo de ver eso en el periódico parece que va a ser el 15%
— ¡Recorte!
—Pero dime, con cuanto personal nos quedamos.
—a que horas la junta.
—Bien, te espero, yo me encargo de lo demás.
—Nos vemos.

Oscar entra al Banco un tanto malhumorado y con la preocupación formalizada en las entrañas por el examen que acaba de tener. La secretaria atiende a un cliente mientras otro espera también su turno, el Banco presume en su sello los colores verde olivo y marrón, la gente paga impuestos  y hace movimientos bancarios. “la panamericana” se aparece de imprevisto. El guardia con las manos embotadas en la cacha del arma. El cargador de dinero vigila al igual que otros dos la bolsa de dinero y esperan que se abra  la puerta de acceso; uno de ellos se medio oculta entre la jardinera y desconfía hasta del niño travieso que esconde los ticket de turno. Oscar  se sienta y espera. Sus ojos azules enmarcados en unos lentes cristalinos observan el panorama bancario. Los cristales de la fachada del Banco son limpiados por dos encargados al tiempo que los cajeros soban el billete en el conteo rápido, sus sofisticadas mentes trabajan ardientemente.
—Sí, quiero mi estado de cuenta
— ¿De qué meses? — pregunta la secretaria en tanto que alista sus dedos en el teclado.
—Noviembre y diciembre — contesta Oscar mientras hojea la revista “Mundo deportivo”  y después de diez minutos.
— ¡Cómo tanto!
— ¿La va a cancelar joven? — Oscar menea la cabeza en señal aprobativa y sus  ojos continúan puestos en la lista de números y códigos.
—Me permite su tarjeta por favor.
—Aquí tiene.
— ¿Está usted seguro que la va a cancelar? — Oscar continúa con los ojos puestos en las grafías y vuelve a menear la cabeza en señal aprobativa pero inconsciente. — la secretaria dobla la tarjeta hasta que ésta truena y saltan pedazos de ella. Oscar ve la acción pero sigue ensimismado en el balance, no se da cuenta que ya no tendrá crédito en ese banco.
— ¡Joven! Ya está rota, ¡he! Observe, ya se rompió — y lanza los pedazos a un bote de basura bajo su escritorio y continua — ¿va a liquidar su monto ahorita?
—Sí
—Pero antes, firme aquí. — más tarde Oscar continua.
—No sabe que, ahorita no, mañana vengo a liquidar mi cuenta pero quiero seguir teniendo crédito así es de que me  regresa mi tarjeta de crédito.
—Sólo que le haga otra.
—Pues sí.
—Déjeme sacar su expediente y necesito que me espere porque tengo que hacer papeleo  e ir a hacerla.
—Sí, la espero.

La secretaria trabaja y mientras lo hace piensa. — ¡Hay idiota!, si no fuera porque está guapo y tiene unos ojos azules, lindos…chiquitito…huele  ¡Mmm! Tan rico. — aquí tiene su tarjeta. Por favor firme aquí. — Oscar firma.
—Pero no es la misma, esta no tiene el logo de “Visa”.
—No importa joven, tiene la misma cobertura.
—No, se me hace que no, mejor me hace una tarjeta igual a la que tenía, que tal si voy a cenar y al pagar me ponen a lavar platos.
—Es lo mismo, platique con el gerente si lo desea y verá que no hay cambios.
—Buenas tardes — dirigiéndose al señor de la oficina adjunta.
—Buenas tardes — incorporándose y saludando — en que puedo servirle.
—Verá, quiero continuar con mi tarjeta de crédito. Mañana pago mi saldo. La secretaria rompió la que tenía y ahora me da esta que no es la “ejecutiva” sino la “dinámica” y no tiene el logo de “Visa” por lo tanto no tiene lo mismo.
—No hay problema, no tiene nada que ver porque su  nombre está respaldado por el Banco y en cualquier ciudad de la República puede usted utilizarla.
—Pero y ¿Sí quiero ir al extranjero? Solamente  con tarjeta “Visa” puedo tener crédito, y el prestigio que tiene es a nivel internacional.
—Disculpe joven pero su tarjeta tiene límites que fueron  avalados por usted en el contrato, los estatutos que tienen las tarjetas de crédito son estrictos. Esta tarjeta le sirve a usted tanto como la otra, los movimientos y créditos que hizo con la anterior lo puede hacer con ésta de la misma manera, no hay problema, no tiene de que preocuparse — el jefe del Banco se esfuerza en convencer al cliente sabiendo que de lo que  trata el cliente es el de ostentar, y vanagloriarse ante los amigos que se tiene capacidad de crédito y la  reputación que se adquiere al cargar dinero plástico. El poder de firmar — tiene considerado el gerente — se vuelve una capacidad de un individuo de la alta sociedad o quien quiere tener privilegios. — el gerente continua:
—En realidad el Banco lo respalda y le da crédito cosa que sin la tarjeta usted no puede hacer nada.
—Sí, pero yo quiero una igual a la que tenía antes. Con el logo de “Visa” — responde  Oscar insistiendo.
—Le repito que es lo mismo. Su tarjeta de crédito es aceptada en cientos de establecimientos en todo el país.
—Sí pero que tal si en una de esas voy a cenar y si no me reciben mi tarjeta me ponen a lavar los platos.
—Eso no sucederá.
—Bueno pero mejor quiero la otra.
—Mary, venga un momento — El directivo apenas hubo dicho  estas palabras  y contesta una llamada
—Como está señor Don Miguel,
—También bien, aquí trabajando.
—Pues verá, es con respecto al crédito. Tenía que haber pasado ayer aquí, y lo estuve esperando. Le he sostenido todavía el 10% pero… no me quede mal.
—Bueno pues  así quedamos.
—Sí claro, igualmente, buenas tardes.
—Dígame licenciado — dice la secretaria con un par de documentos en las manos.
—Hágale nuevamente su tarjeta de crédito al joven.
—Sí señor — mientras se miran, una comunicación de participación fastidiosa por la postura del cliente se transmite a los ojos.
— Me espera un momento. Pase por acá — pronuncia la secretaria adelantándose hacia su escritorio.

La mamá de Oscar ha acordado ir de compras al supermercado con una amiga.
—A mí me gusta la marca “Vicky Form” no sé a ti pero es lo mejor  que hay en ropa interior, ha salido una línea de Thalía ¿Sabías? — pronuncia la amiga  después de un respiro silencioso.
—Ajá, — contesta la mamá de Oscar— vi el anuncio en la revista “Vanidades” pero para mí no, esos pedacitos de ropa son para universitarias.
—Pues yo sí me pondría algunos modelitos, en esos días especiales, tu sabes… — dice la acompañante con ademanes desplegados hacia el frente y señalándose  con ambas manos.
—La marca “Ilusión” es la que siempre he usado; y en cosméticos los de “Jafra”. Es lo mejorcito y lo más o menos de buen precio.
— ¡Mira esto, un suéter de suave cachemir como los de “Bloomingdale’s”! está divino. Para mi hija en estos días de frío. Y mira los colores, gris, plata, olivo, azul marino y hasta este negro. ¡Déjame modelarlo!—Pronuncia con aspavientos de sorpresa y ligeramente exagerados. Las prendas se encuentran en un exhibidor giratorio. Los ojos de la mujer se engolosinan por la ropa. Para la mamá de Oscar, el interés es otro.
—Son muy lindos, viste en el aparador de la entrada el que tiene el maniquí, está lindo, creo que me lo voy a probar y si no hay de mi talla de todas maneras me lo llevo para un obsequio, es como los que vi en “Philippe Charriol (Boutique) — dice  la mamá de Oscar mientras señala el acceso de la gran tienda y después dirige la vista hacia los vestidores.
— ¡Anda pruébatelo! Es la misma marca que usa Sharon  Stone y Cindy Crawford. Te verás linda.
—Sí, de veras, mmm… acuérdate que vamos a pasar a ver los tintes, necesito unos consejos para el pelo. ¡A veces lo traigo insoportable! — los visajes artificiosos se dejan entrever a través de la boca falsificada de status.
—Que tal… como ves.
—Sí, le a quedar muy bien a tu hija, que te parece uno en colores pastel, por ejemplo este, verde olivo con líneas grises, ¿qué tipo de cuello le gusta a tu hija?
—Pues le he comprado en “V” pero ella los prefiere abiertos de enfrente y con hombreras altas; si no las usa se ve muy niña.

En la tienda, los departamentos son espaciosos, señalados por un sistema de pancartas suspendidas del techo: el departamento de ropa, zapatería, regalos, frutas y verduras. Cerca de las cajas registradoras del lado izquierdo se encuentra el  departamento de libros y revistas, en el exhibidor se ven libros de: Como agua para chocolate de Laura Esquivel, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, La búsqueda de Alfonso Lara Castillo. Evite ser utilizado de Wayne W. Dyer, Dinámica política de México de José López Portillo, Hacen falta empresarios creadores de empresarios de Gabriel Zaid, estos años de Julio Scherer, Colosio de Ramón Diron, Como adelgazar en diez pasos de autor desconocido, y autores como Og Mandino entre otros. En el departamento de perfumes, entre las fragancias se encuentran Elizabeth Harden, Rochas, Christian Dior (Fahrenheit), Chanel N° 5, Yves Saint Laurent, Halston (Catalyst), Clairol.  Como otros tantos de esencias, lociones, fragancias, bálsamos que dan el toque de una personalidad construida a partir de los valores suministrados por la publicidad. Los consumidores van y vienen entre los estantes, por los pasillos y tarimas de productos. Las remesas de descuentos están en espacios amplios. Los refrigeradores trabajan congelando los productos perecederos. Una voz se escucha anunciando los descuentos en algunos pisos. La música de fondo es la “Marcha triunfal de Aída”.

Oscar después de salir del Banco, ha decidido ir de paso a visitar a su papá a la oficina, antes de ir a la cafetería para verse con Verónica. El nubarrón se esconde entre el aire de los suburbios del sur como nata pardamente cuajada.
—Hola papá, como estás — dice el joven asomándose a la puerta.
—Pásale hijo, ¿ya fuiste a la escuela? — pronuncia el papá sentado desde su escritorio.
—Sí, tuve examen… pasé también al Banco.
— ¿Y…?
—…Me… Me dieron mi estado de cuenta.
— ¡Si te excediste ya sabes lo que va a pasar, ya estoy cansado de tus gastos! No te das cuenta que estamos en crisis. ¿Ya viste el periódico? Hace rato me habló Javier para decirme que tenemos que hacer recorte de personal y que estamos muy mal, pero muy mal.— cuando el padre dice esto lanza al frente del escritorio a los ojos de Oscar el periódico — A ver, dame tu cuentita.
—Me hicieron un descuento en el saldo final, y ¡además, entramos al sorteo de uso de tarjeta! — pronuncia Oscar tratando de convencer a su padre y depositando en el buró adjunto la lista de la cuenta, al alcance de la mano de su progenitor.
— ¡Eres un idiota o que! ¡Esta cantidad es excesiva! ¿Crees que puedo pagar esta suma cada vez? ¡Te lo había advertido!…
— No te enojes papá, mira me dieron una tarjeta nueva.

El hijo estira la mano para darle la tarjeta de crédito mientras el papá continua viendo la lista — que le parece interminable — de gastos de su hijo y enfurecido toma la tarjeta. Colérico, la rompe saltando en pedazos. La lanza a la ventana. La irritación se agranda cada vez que su vástago trata de convencer al padre acorralado por la economía y que trata de atrapar un sueño que se le escapa. Oscar se retira enojado. Verónica lo espera en la cafetería. El jefe luego de discutir con su heredero se inclina en el asiento y sueña.
—Me iré al departamento de ventas  y allí encontraré a mi hijo trabajando para introducir el producto en el mercado. Las computadoras ausentes en la amplia sala. En la cómoda no estará el fax sino el tradicional teléfono de oficina. En la vitrina por donde están los archivos de clientes se  ubicará el premio de deportes que gané en la secundaria. La publicidad de las transnacionales (más no la mía) llegará a los confines del mundo como un producto necesario para las personas modernas. El cartero llevará  la correspondencia  para el departamento de mi hijo. Y él dirigirá el destino del producto a lugares que yo conozco o que conoceré después, porque yo sería un empresario que sabe manejar su vida tanto en las buenas como en las malas. La sala de juntas estará en la cafetería del edificio, desde allí podré sentir que puedo salir adelante, de nueva cuenta hacia la cima. Los empleados serán recontratados y tendrán un informe listo tal como ahora es, y mi esposa dará ideas de como mejorar el ahorro tanto de la  casa  como de la achicada empresa y yo daré por bien visto si es que así me lo parece o si no que se trabaje hasta los domingos, que se trabaje horas extras para conseguir sobrevivir en “este México que se nos fue”.