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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 9


EL REGALO




El arrodillado cuartucho de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida  y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan flaco como una carcaza asoleada. El  herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al  vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado. Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo era un trastrueque, un reborujo de los mil demonios.

—Lo miré a los ojos, y le pregunte la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me la enseñó. — Esto ser un regalo… y no diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para mí, o ¿Para quién pudiera ser aquél regalo?… Le di órdenes para el siguiente día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como espejitos al recibir fulguraciones de la luna.

Amaneció. Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta. Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero  tenía en un sitio apartado, una concavidad, y en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré todo y me alejé. El sol se  exhibía. Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial, tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De  pronto, vi en las puertas entreabiertas de la capilla una luz mortecina  y pálida. Me acerqué.

El aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.


LA TURISTA




La encontró en la escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad mientras su peinado suelto negro azabache se comía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era de tez rosada y  nariz perfecta, hermosa como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo cierto es que era del DF. Y trabajaba de maestro de Bachilleres, aunque también daba clases en la Universidad. — Sabes algo de toros — le preguntaba ella mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un recuerdo. Los ojos de él  recorrían el escote de su blusa holgada y descubría dos hermosas toronjas como para apagar la sed. Se turbó al sentir la mirada  de ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubría el interés del pretendiente. — Sé que te gusto y podríamos pasarla bien — dijo ella mientras guardaba en el estuche, la cámara fotográfica y miraba arriba, hacia el resto de la gran fuente y más que fuente cascada — invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del día.

Entraron al bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor. Quiso referirse a su tierra pero él la calló argumentando que prefería el misterio, mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del hombre, invitando así con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento realmente necesitaba a una mujer, la infructuosa relación con su amante de hacía meses lo habían dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos y en ellos lunares, asteriscos diminutos.

—Deja de mirarme de esa manera, tranquilízate, las cosas deben de ser como esta cerveza al beberla; es decir paso a pasito — recordó mientras la miraba, el muchacho que había sido, la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica  Zahuapan marcaba el medio día. Dijo la mujer: —vámonos juntos ¿Quieres?— Se dejó llevar, el guía  que la acompañaba lucía el perfil masculino de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol sembrados segundos antes, se transformaban en sombras de la nube que recorría el cielo hacia el sur. En el semáforo ella le acarició la mano mientras embragaba la velocidad, solamente contestó —te necesito— En tanto que conducía su auto hacia su departamento de la loma.

Al cerrar el zaguán vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minado, rozaba la bastilla del pantalón del hombre y la pelambre buscaba caricias. Ese peluche vivo pedía cariño. —Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer lasciva mientras ofrecía sus pechos abriendo la blusa. El hombre cayó abrazado en un tálamo mullido y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama. Aún vestidos todavía, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas de la dama en la sinuosa  y un tanto acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa, desnudándose, mordiendo, besándose. Ella cerrando los ojos se concentraba en el puro goce, esperando el orgasmo imprevisto, fugaz. —En este momento tú eres mi torero. ¡Mátame!— La excitación lubricaba el eco en la habitación y era un sólo sonido mezclado en gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis ardientes. La anatomía se mezclaba en las cosas, en los cuerpos, en los órganos, toda una mezcla en erupción. — Espera un momento — Y desde el baño le contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica, regresaba bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy cachonda, bailando sus nalgas seductoras y excitando. Estaban desnudos, saciados de la primera vez, fumando y fumándose un descanso, platicándose cosas para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima y no ese relámpago de sexo del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85. Trabajaba de cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo, se imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos en los pechos y acariciaba los contornos como jugando a las excitaciones. Las caderas de ambos se ponían en movimiento y una vez más trepaban al paraíso de la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de éxtasis, se encajaban los dientes. Y la noción del tiempo se perdía entre los objetos, testigos fieles del deseo compartido que se protagonizaba. Ella lo invitó a bajar hasta su vagina, el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron otra vez y se quedaron y se quedaron dormidos.

Emparedados, leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo; ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del comedor. Él le dio un beso en la mejilla en tanto que entrelazaba sus dedos por entre la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del pecho y chupar las tetillas y después bajando hasta su sexo. El miró la cabeza allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en movimiento de fuga y  entrega frenética. El pene respondió a los ataques de sus labios y una vez más hicieron énfasis en la promiscuidad. — Dormiré contigo y mañana me iré a otro sitio, mientras, duérmete mi niño — dijo ella. Y él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía mientras dormía y ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor y pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.

Despertó con campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la niebla sembró la humedad en los rostros mañanero, en los cristales, el rocío de la mañana en provincia. La turista despertó recordando en donde se encontraba, miró el rostro sereno, apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño y ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena  hora. El gato perezoso la miraba desde la mecedora. Salió azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas como despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su sobresalto. Recordó a la turista y de pronto vio la cámara a lo lejos, sobre la mesa del comedor. De un salto alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en la habitación, corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con el pelambre erizado a ocultarse bajo la tarja.

Muy de mañana Don Javier, trabajador del rastro municipal arreaba desde San Diego Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con chiflidos de arriero y piedras obedecían los animales. La turista los había visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la turista, corrió con la cámara en la mano poniéndose una chamarra guinda. El toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso  de las láminas; trotó para embestir aquello que se moviera.

—¡Soo! Toro Soo! Toro — Gritaba Don Javier para tratar de calmar al animal pero sólo vio como era lanzado por los aires el hombre con la cámara fotográfica. Calló sobre el cofre de un carro rompiendo el parabrisas, la cámara fotográfica  volaba por los aires y tocó el suelo justo cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.
— ¡Arre! Toro ¡Arre! Toro; Disculpe joven… ¡Arre! toro ¡Arre! Toro— y siguieron los animales rumbo al matadero.

TA´CARA




—Me dedico a checar tarjeta— dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río Zahuapan a la altura de la escuela Emiliano Zapata.
— Que güeno, yo no checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela pa´ conseguir, si no consigo aquí de provincia me voy a chilangolandia, por lo menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela, ta´cara.

Los desconocidos, frente a frente en una combi se dirigen a la central camionera. El medio día se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo, los agentes de tránsito revisan el orden y un perro asolea las pulgas en un costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación: — Para que me pase eso a mi, está difícil, primero se salen tres que están abajo y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.
—¡Pos’ sí! La combi ya cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde sostengo a mi familia?, Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los domingos comiéramos mejorcito y viéramos el “fut” sin preocupaciones; pero ahora sólo alcanza pa´que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora entra a la juerza a lo democrático y si vemos el fut-bool. Nomás atentos pa´ver que errores comete el arbitrio y así “refrescársela” y aliviar un poco las penas.

La colectiva se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los asientos; uno de los desconocidos piensa —ta´cara— y la revisa de pies a cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:
—Sí, está difícil, fíjese que si no se solucionan los problemas de los asalariados nos vamos al paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras prestaciones que nos hacen falta como por ejemplo los descuentos dominicales para los balnearios o vales para otras necesidades; sino, a donde vamos a ir a parar, las obligaciones cuestan y si no pedimos el aumento al rato van a querer que pongamos de nuestra bolsa y pues no es negocio, puras pérdidas.
—Pos que le vamos a´ser, ta´cara la cosa.
—Y no sólo eso sino que la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada más lo necesario para seguir pasándola.

Llega a la central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote, muestra los pechos al desconocido de enfrente, al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse.
—Hasta luego, ojalá y consiga trabajo pronto.
—Sí, que se la pase bien, después nos hemos de encontrar.

Uno de los desconocidos se dirige a los baños de la central camionera, el atole y las garnachas del desayuno le habían caído mal; el otro desconocido lo sigue a cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se encuentra bajándose los pantalones. El baño vacío, sólo un muchacho de secundaria se asienta los hirsutos cabellos en tanto que del otro lado una muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.

El desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño, aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro izquierdo empuja la puerta sorprendiendo al desconocido, sentado, con los pantalones caídos.
— ¡No te muevas de allí, señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to y vales… y si no queres! ¡Te destripo, en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡suéltale! ¡Ándale! ¡Suéltale ya!, La vida ta´cara, no ves, ta´cara; suéltale cabrón.

El desconocido apunta el arma al pecho, en tanto que el otro con las dos piernas juntas, al lado, empujadas por la puerta está en desventaja. Le ha nacido en segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no piensa en nada más que en salvar su vida.
—Sí…sí.. Espérese. Nada más me subo los pantalones... no me haga nada.
—No, no, no; esos allí los dejas, sólo sacas lo que quero y después lo acomodas ¡échale! ¡Suéltale! Ta´cara la vida, no ves.
Tan pronto como el desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y la demás cosas.
—No te muevas de allí, sigue haciendo lo tuyo por un rato.
Entra al baño un grupo de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido para no darse por advertido comenta:
—Amigo…ojalá y consiga el aumento de urgencia. Hay nos vemos.

LA HUELGA APROPIADA




Los movimientos del cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre, buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes del portal grande impedían que soñara  alguna cosa.

—Desde que salimos el martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están igual, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis y el agua sólo infla el vacío pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más, por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera  verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso; las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden lograrse en unas horas, en cualquier momento.

—Hace frío, el fresco de la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No es  como en mi tierra veracruzana. La playa cerca  de Papantla, el calor, la humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los recuerdos de  mi casa natal de “Rancho Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma  del mar; los dos perros estrellándose en las rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido.

—Nos fuimos a vivir a Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de nosotros conoció a cinco, la  sexta fue la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila, Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises  mi hermano son creo que… primero fue Selene, la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente  a la escuela; también fue Ciriaca, la facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes, le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria.

—A mi esposa la conocí en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados, sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra que se ríe  de la cara estúpida; el calor que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la  cara estúpida el vértigo  en las venas, en el frío de las manos vacías.

El doctor revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”. Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional. Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se  aburren compartiendo la espera. Las mantas de vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa.

—De estos desvaríos ya estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere masticar más, la lengua que quiere  tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada, el suero en la lengua y la lengua que  quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi lengua educada, domesticada a punta de hambre.

Dos Jóvenes de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto.

—¡Auch! Mira ese señor color de humo, tan temprano y ya está acostado.
— ¡Son de lo peor! No se bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vamonos que aquí apesta!
Al día siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el vacío en la tienda con su lengua tragada.


puros cuentos 8


LA GELATINA




Mi esqueleto se escapó por la ventana, se licuo entre la falda de la Malintzi y las sombras del entorno. Pensé en recuperarlo pero necesitaba un recipiente en donde meterme. Entré como aire a la pelota de mi sobrino. Mi acuosidad inicio en rebotes la búsqueda. Dejé atrás la estancia, impávida quedó al recordarme mis mozos años cuando en brincos sobre ella machucaba lo que ahora es piel de mis entrañas.

Recorrí el barullo del mercado, los gritos de los comerciantes me llegaron hasta los pulmones, ellos comerciaban con tal simpatía que remangaban la mitad de la cara con una risita fácil,  espontánea y a veces muy vendida. Algunas veces esa risa deambulaba en mi jalea interior. Pregunte entre los comerciantes si habían visto mi esqueleto, y me respondieron que habían visto algo parecido por el lado de las tiendas  de compraventa de fierro viejo. Llegue al sitio y engalanaba el lugar las horquillas, los picos, las estructuras de telares viejos, los caparazones de un chasis inocuo, los diferentes arietes, los báculos inactivos. Nada se parecía a lo que yo buscaba: mi osamenta.

Di con las autoridades, era  una pérdida casi irreparable. Los oficiales diligenciaron cartas en el asunto; Tomaron mi declaración pero argumentaron que era mía la culpa, que yo era el causante de dicha perdida, y que iba a pagar caro el haber dejado  libre el esqueleto. Porque con un esqueleto suelto se corre el peligro de extinguir el calcio y otros minerales del planeta, que para eso se había inventado la carne como mediadora de la voracidad de las osamentas. La pena se pagaba con la muerte. Solo muriendo la carne moría su otra parte. Me desesperé, la razón fugaz de mi existencia se  cosechaba al final como violencia. Quería huir, escapar, pero ya me habían etiquetado como pelota al paredón. Me imaginaba aquel muro salpicado de gelatina de muchos sabores, de colores, de consistencias, de esencias en gel, de masas orgánicas destartaladas en agua. Ese muro era la báscula del homicidio legal. No calculaba tal dolencia. Necesitaba un respiro. Opté por salirme del balón y escurrirme por la alcantarilla. No veía nada, sólo nadaba por los tubos de drenaje hasta llegar al río Zahuapan. Así estuve por varios años hasta que llegue a un paraje donde estaban unas vacas tomando agua a la orilla y allí estaba mi esqueleto, pastando con ellas comiendo codo a codo y chupaba con unas ganas increíbles, habidamente, las ubres de las terneras. Parsimonioso me acerqué y sigilosamente le caí encima. Se encabritó de tal modo que  indómito despilfarraba la  fiereza al estilo rodeo,  las viradas y saltos llegaban hasta las copas de los árboles — las reses saltaron la cerca y huyeron despavoridas —  hasta que logre someter y domesticar.

Cada noche me tomo mi vaso de leche y las  respectivas vitaminas. Ese es el convenio a que llegamos. Somos inmensamente felices.



LA BÚSQUEDA




Me engalané el cuerpo, enchulandolo con  el cautivante enredo de una sonrisa. Y todo para verte, mientras circulaba por la avenida “Te amo”, me diligencie un recuerdo de tu bronceado pecho y se emperjuicio mi mástil orgánico. Cuando llegue a la avenida del “Éxtasis” esquina “Sabanas Virtuosas”. Se me figuró todo negro porque en esa esquina se encontraba el puesto de revistas donde la nota principal rezaba: “Apañaron la inocencia de las mujeres arrancándoles su virginidad”. Cabizbajo recorrí el empedrado descendiendo la colina. Mi intención de preguntarte por el asunto se me azoto a la cara como un puñetazo, porque cuando abriste la puerta, la castidad la cargabas en tu pecho como un pabilo de corbata o un enjuto trapo rasgado. No pude más, no soporté verte así, la dolencia me extirpó las lágrimas, y las lágrimas rodaron cuesta abajo dejando un hilito húmedo en el cuello. Con la cavilación  de unos meses se me agrego al entrecejo unos parientes que se apellidan: Talión Venganza. Convocamos a una  junta para dar resolución al problema. Yo sería el hacedor. Decidí hacerme de un laboratorio al estilo alquimista porque de la tecnología de punta se tenían serias dudas para resolver el dilema. Mezcle  las esencias de las rosas, con el tejido de las telarañas y una pizca de polvos de virtud; pero no funcionaba porque el aquello era demasiado chiquito. El himen fabricado  debía de tener nuevas características de mejor calidad y propiedades como la recicatrización, la elasticidad, los diferentes tejidos de la  membrana, o sea al gusto. La  usuaria debía de sentirse completamente segura con su compra y con su interioridad singular. Inclusive podríamos agregarle características como de autolimpieza o de autoremangado por aquello de las violaciones. Innové algunos tipos de tejidos utilizando materias primas jamás utilizadas pero más bien eso sirvió para inventar las sedagasas y el durojean, probé la rehilvanación  pero por lo regular quedaban imperfecciones en el tejido por el pequeño espacio y por la estructuración del desgarre. Probé la injertación utilizando como base un cuerpo de cordones fuertes y al final un imperceptible hilo de araña enana, pero ah fracaso,  el injerto sobresale hasta las rodillas,  y para andar arrastrando la doncellez  pues no vale ni enrollada porque cualquiera la manosea. Consideré la idea de una microscópica malla, pero electrificada con la elasticidad suficiente como para que el sexo entre hasta la cocina, pero pamplinas, de nueva cuenta las íes revoloteando en la idea; porque de electrificar la malla se necesitaría conectar a tierra para no sufrir alguna descarga, pues eso provocaría una erupción de orgasmos incontrolables, y los clímax deben de ser administrados tal como se dicta en las leyes interpersonales.

Un asunto más que debía de atenderse — aunque no se tuviera el producto terminado — es la producción en masa y la introducción en los mercados internacionales. Podríamos adelantar el servicio de ventas por correspondencia y con la mayor discreción por si acaso la esposa o la amante quisieran ofrecer una sorpresa  de regalito.

Hemos doblado los esfuerzos y nuestra empresa continúa hacia arriba, tal vez para la próxima década tengamos el producto terminado redituándonos grandes ganancias.


TODO ES IGUAL QUE SIEMPRE




Salgo al aire cuando se ha estrenado el día, y todo es igual que siempre. Malo sería que la ciudad estuviera de cabeza: que las casas fueran habitadas por las gentes, que los carros circularan por las calles, que la vida citadina fuera igual todos los días, que las leyes fueran puestas para ser obedecidas, que los matrimonios permanecieran unidos para siempre, que los mercados y supermercados estuvieran repletos de mercancías, que los policías se encargaran de poner el orden, que el viento soplara horizontalmente, que el sol dejara caer los rayos de luz  sobre las cosas, que las montañas se elevaran por encima de las nubes, que los mares fueran salados, que la política fuera la profesión del cinismo, que la vida fuera desagradable, que las nubes dejaran caer agua.

Las casas son habitadas por las cosas, todas las casas están vestidas por una cantidad de artículos que benefician la arquitectura, es la explosión de la riqueza en objetos: mesas pinturas, instrumentos,  piezas de colgar, candelabros,  libreros; los armatostes configurados para las esquinas, o los centros, o los lugares más iluminados. Así como los objetos para la habitación de estar, para la sala de lectura; o los diferentes tipos de ropero para guardar cosas pequeñas y dentro de estos roperos: cajones que conservan objetos cada vez más minúsculos hasta llegar a los alhajeros diminutos de cosas como granos de arroz con el nombre del propietario, o  cerdas de caballo con poemas inscritos. ¿Y las gentes? Las gentes  son los esclavos eternos que proveen de cosas a las casas. Los carros se duermen lánguidamente por donde pasan las calles a toda carrera, metiendo tercera y cuarta velocidad; los carros están marcados con números de colores para que las calles no se pierdan en la travesía, cuando las calles llegan casi a su destino los carros tienen una identificación más, cada uno tiene su olor característico que los diferencia de los demás. La vida en la ciudad es turbulenta, con el bazar de aventuras vividas al mismo tiempo, como un circo permanente postrado en las diferentes localidades. La vida es carnavalezca, lúdica, es un escaparate de mil formas, es andamiaje de risas y desajustes permanentes ciclonicos, explosivos. Es como una nave hecha de retazos inconexos pero siempre diferentes. Los juristas son los que planean las características que tendrán las leyes para que próximamente se violen y así cumplir con su función, la abogacía por remediar los enredos de una ley mal administrada conduce a que las  normas se obedezcan equivocadamente. Las legislaciones se norman para que se puedan desobedecer, si no es así los leguleyos tienen que trabajar para que se cumpla, ¡imagínense si no fuera así! Lo que es llamado matrimonio es considerado sagrado. Los matrimonios deben cumplir la norma de permuta (si no es así se incurre en un pecado capital) porque las gentes al permanecer dos días juntos,  comienzan a soldarse de tal forma que quedan castigados, por lo cual durante la madrugada cada gente se turna a la siguiente y así gira  el nuevo día en la ciudad con nuevas caras por conocer. Los mercados y supermercados están repletos de: sentimientos, pasiones, intrigas, amores, vanidades, saberes, voluntades, opciones, tristezas,  oraciones, éxtasis,  sutilidades, misterios, tiempos,  vida, reflexión, excitaciones. Cada gente compra según su bolsillo lo que quiere, pero tiene que consumir de otras cosas no deseadas para que la plusvalía ganada por el capitalista sea conveniente. A los policías siempre se les anda persiguiendo por ser la mafia más organizada de la ciudad, los policías andan provocando el caos, disparando en los ataques que cometen contra las casas,  los balnearios son los más visitados por estas gentes. Poseen una industria del mal  que de pensarla mi pobre imaginación se queda idiota. El viento se deja caer de arriba hacia abajo haciendo que la ciudad permanezca eterna porque no hay erosión de esa manera, los vientos son tranquilos y templados, se fertiliza en las capas altas y se deja caer alimentando las tierras de cultivo. El sol es el órgano de la vida, es el motor del universo. Las cosas, los objetos lo irradian con su luz y lo alimentan para que así continúe la vida. Juntas todas las ciudades, todos los países, todos los mundos, lo irradian y este crece como un gran Dios dador de vida, de existencia. Las montañas descienden hasta las profundidades del planeta. Lejos. Donde nadie llega tan fácil. Las nubes son los velos fabricados en los gobiernos para proteger al gran Dios sol dador de vida. Nada ni nadie puede estar por encima de las nubes puesto que se consideraría una acción de sacrilegio. Las aguas de los mares y océanos son distintos pero nunca salados: el océano Pacifico tiene el  sabor de la amante, el océano Atlántico al probarlo  se percibe como agua de esencias de las vírgenes de 18 años, el mar del olor es increíblemente fantástico y así todos los demás. La política es la profesión dedicada a salvaguardar la verdad de la ciudad por sobre todas las cosas; la política se dedica a poner la vergüenza en cada gesto de los protagonistas dados al oficio. La vida en la ciudad es tan agradable y placentera  como un paraíso poblado de felicidad y reposando en esta existencia que se dinamiza en el presente. Si acaso las nubes dejaran caer agua sería la catástrofe completa, la muerte impredecible puesto que somos  de arena.

UNA VIDA ES SUFICIENTE




—Era un gato. Los hombres con gran admiración hacían alarde de mis siete vidas. Tenía que confirmar lo que decían. Me puse en marcha hacia la azotea del edificio. Era una residencia de tres pisos. La terraza estaba llena de cachivaches y trebejos, parecía pista de aterrizaje con los aviones estrellados. Me acerqué a la orilla, unos niños jugaban pelota, se veían tan pequeños desde arriba, que sólo les faltaba cola para ser  sápidos ratones. Me rasqué la oreja pues me picaba una pulga, lavándome las manos para llevarlas limpias en la caída. En la calle había calculado caer un metro más allá de la banqueta, sería un gran descenso digno de llevarla a los récords de Gines.

—Imaginaba  que aquellos niños aplaudirían, Sería el representante distinguido de los felinos, las gatas en estampida acudirían a mí de rodillas; sería un extraordinario evento, un acontecimiento célebre por el resto de mis siete vidas, una maniobra sensacional informada por los medios de difusión; así como aquél gato que tan sólo por tener botas se había convertido  en un personaje de leyenda.

—No lo pensé más, caminé diez pasos atrás con movimientos ágiles, de gato afamado de Holliwood.

Abajo: el lugar no lo esperaba, se estacionaba un camión que transportaba pararrayos a una  compañía de enseres eléctricos, el conductor y su acompañante comían sopa y guisado en el restaurante de enfrente. Los pararrayos parecían lanzas del siglo XVII listas para la guerra, como las lanzas de Velázquez  en la obra titulada “La rendición de Breda”, o como serían incontables quijotes juntos atacando el cielo.

—Ajuste los bigotes para que no rozaran tanto al viento. Corrí  decidido y llegue al final, era como haber llegado a la meta de los cien metros planos. Me quedé sin piso, sentí náusea y un pequeño sentido en el estómago. El aire corría por la pelusa despeinándome. Alisté mis garras para recibir a la tierra y el impacto. Las pulgas saltaron despavoridas salvando sus vidas. El aire se asustaba al ver tal valentía, ni un ruido llegaba a las orejas. Los colores eran más acentuados en su tono. ¡Era maravilloso volar!

—Me di cuenta demasiado tarde; el cálculo se desvaneció, sólo quedaba un camión con lanzas apuntando, esperando impaciente. No pude hacer ninguna cosa, cruzaron mi cuerpo y maullé de dolor, sentí la sangre caliente que salía, y el frío metal que me cegaba. Quedé con la cabeza hacia abajo. Vi como corría la sangre a lo largo de los barrotes de los pararrayos. Los niños que jugaban con bullicio, algunos lloraban, otro se vomitaba por la escena dramática y asquerosa. El conductor y su ayudante ya no comieron más. Perdí la vida pensando que tenía siete. Le digo adiós a mis gatas, adiós a la caída sensacional y adiós al gato con botas.


puros cuentos 7


EL ESPANTO DEL ZAHUAPAN




El río  siempre ha estado allí. Lo que apareció fue reciente y muy inesperado. Los Tlaxcaltecas antiguos lo sabían, pero nunca pudieron decirlo.  El río Zahuapan a sido desde antes de que se edificara la ciudad, miembro del paisaje, de este sitio anclado en el altiplano mexicano. El agua era nítida pero con el paso de los años se volvió líquido turbio de desagüe. Yo estuve allí cuando pusieron las barreras de contención, en ese entonces me parecían exageradas y gigantescas, se construyeron tremendos muros por el constante peligro que había cuando se avecindaba una tormenta, el río se desbordaba.  Estudiaba en la escuela primaria Emiliano Zapata, recuerdo que habían puesto un rompeolas muy cerca de la escuela pero este no aguantaba los embistes del torrente. Hay todo un cúmulo de historias en torno a la Escuela Emiliano Zapata, el río y sus alrededores. Algo de ello dejó marcada la vida. Cuando iba a la escuela primaria me resultaban algunas cosas divertidas, algunas otras no lo eran tanto. De entre lo divertido estaba salir al recreo o bien a la clase de educación física, lo que sucedía en los  recreos era todo un mundo de acontecimientos. Puedo pensar que no tuve un recreo igual; siempre eran diferentes y la diversión ocurría desde jugar con el amigo, patear la pelota, hasta corretear a la niña simpática del salón. Hubo ocasiones en que de escapada jugábamos en la “playita” lugar solitario formado por la arena dejada por el río. Entre las jarillas y matorrales solíamos construir chozas de zarzal donde comíamos la torta y nos divertíamos a lo ancho.  Ocurrió también las veces en que la patada lanzaba la pelota hasta el río y quien daba la patada tenía que meterse a la corriente a sacar el balón. Recuerdo que me tocaron dos ocasiones, sólo dos. En realidad no era tanto meterse al agua, sino que el agua era de desagüe, y por tal razón prefería no meterme en ella. Algunos niños vecinos  de la ribereña solían de vez en cuando bañarse o bien cruzar el río para escaparse e irse de pinta, nunca hice tal cosa, aunque me hubiera gustado. Aproximadamente a setenta metros de la escuela está el puente rojo, es afamado por su nombre. Este armazón encarnado hace comunicar la región norte de Tlaxcala con el centro. Pues bien, justo a un costado de este punto se encuentra la fábrica Zahuapan, maquiladora de telas. Nos acostumbramos a residir con sus sonidos, sus vibraciones, su marcar del tiempo en la ciudad y hasta conocerla en su interior por lo siguiente. La fábrica contaba con un drenaje amplio que se unía con el desagüe pluvial de la avenida Guridi y Alcocer, este desagüe terminaba en el río por lo cual había una cavidad hacia el río, para los demás niños era la aventura, le habían puesto por nombre “la cueva del diablo” nombre no muy original pero que de principio llamaba la atención. Fueron varias las ocasiones en las que entré a ese sitio, y eso porque mi hermano Damián era osado para esas aventuras y le gustaba espantar a los niños cuando pasaban cerca de “la  cueva del diablo”. Para entrar teníamos que bajar el muro de contención, pisar unas piedras sobrepuestas  y luego la arcilla, de entre los huecos y basura estaban los nidos de ratas; esa era una de las pruebas para demostrar la valentía. Caminábamos junto al muro por espacio de veinte pasos y allí estaba la balaustrada indómita, como tratando de doblegar nuestra intrepidez, haciendo del corazón un trapo agitado por el espanto, nos corría un sudor frío cuando se oía ese sonido de aire extraño,  parecía que hablaban desde el interior de la caverna. Era un retumbo lamentoso en ecos — que asegurábamos — estremecía hasta a los mismos roedores. Mi hermano Damián  al frente, animándome a mí y a los otros tres chicos, cuando trepábamos se escuchaba el quejido quebrado y entonces nos poníamos estremecidos desde los pies hasta la cabeza, se podía ver la silueta de algo aparecido. Era la silueta móvil de un hijo de la llorona.


EL ABRAZO




No acordó nada, sólo sucedió a partir del cumpleaños de Ramiro. Ella no le daría el abrazo porque lo quería,   — aunque a primera vista esto suene ilógico —sin embargo Alejandra no podía ponerse en evidencia. Prefería guardarse ese deseo,  verse recatada; aunque Ramiro  sabía que cosa sucedía.

—Quiero comentarte algo — dice Ramiro acercándose a ella mientras trabaja en la cocina — pero no se lo digas a nadie porque Gabriela me dijo que no se lo dijera a nadie.
—No, cuando me has visto que ande comentando las cosas.
—Bueno pues, Gabriela me dijo que dos personas le habían dicho que tu eras mi novia, una persona había sido su sirvienta y la otra persona no se quien es y pues, resulta que ella  está celosa de ti.
— ¡Ha! Ahora ya se porque no me quiere hablar, si antes me saludaba bien, me hablaba, y ahora ya no.
—Lo que pasa es que como comprenderás, ella fue mi novia, y creo que todavía siente algo por mí, aunque no puedo negar que yo también siento algo por ella. No se que cosa es, pero creo que la sigo queriendo. Pero... necesito decirte otra cosa Alejandra, también siento algo por ti, tengo ganas de atraparte. ¿Tú sientes algo por mí?
—Pues sólo hemos sido amigos, y yo quiero que seamos amigos — dice la muchacha mientras que sus manos trabajan en los trastos y sus ojos observan al apuesto joven. Es evidente el enamoramiento al verle.
—No pero a mi no se me quitan las ganas de atraparte.
—Pero y porque no me hablabas antes y ahorita sí, si antes de que me dejaras de hablar nos llevábamos bien.
—Porque tu me dijiste que ya no te molestara.
—No pero ya no platicabas, y platicar no es molestar
—Pues sí, para mí sí, porque platicar con alguien es ya atrapar y eso es lo que yo quiero.
—No, somos amigos y quiero que sigamos siendo amigos.
—A poco no sientes algo por mí.
—Si pero sólo como amigos.
— ¿Que acaso soy feo?
—No, no eres feo
—Entonces.
—Lo que pasa es que simplemente no puede ser... ya tengo novio.
—No importa, podemos querer o a poco no — el joven toma de la cintura a la criada y soba esa parte. Ella se ha subido a un banco para poner  algunos  recipientes en la alacena.
—No, ya déjeme
—Ya te había dicho que yo soy bien pícaro, o sea bien travieso.
—Si ahora ya se porque Daniel me había dicho que tuviera cuidado con usted, yo le dije que usted no era así.
—No, lo que pasa es que ellos ya conocen que yo soy bien travieso, si he actuado contigo así es porque no quería hacer daño. Por eso cuando me dijiste que ya no te molestara, ya no te molesté; pero ahora que sucedió esto que dijo Gabriela, voy a continuar. Aparte de otra razón que tengo.
—Qué cosa.
— ¿Porqué no me diste mi abrazo de cumpleaños?
—A poco quería que se lo diera.
—Si, eso era importante para mí, quería sentir tu cuerpecito cerca. ¿Puedo esperanzarme en que todavía me lo darás?
—No lo se.
— ¿Acaso no sabes lo que significa un abrazo de cumpleaños? Es el gesto de afecto por una persona, es el congratularse de que existe, es el demostrar un sentimiento aunque sea mínimo. Pero como no has querido te lo voy a arrebatar y no sólo eso sino que esos abrazos los voy a multiplicar por veinte, porque lo que quiero es atraparte.
—Si pero yo no quiero.
—Pues ni modo, ahora me aguantas, porque sabes una cosa a Gabriela no le vas a cambiar la opinión de que tu eras mi novia, porque ella sabe que yo soy bien canijo.
—Entonces esta celosa.
—Si está celosa, ya te dije que me sigue queriendo, pero también creo que tú también sientes algo por mí. A poco no te pongo nerviosa, yo se que sí y no mientas Alejandra
— ¡OH! Ya déjeme.
—Qué no te gusta que te acaricie la cintura.
—No, me hace sentir mal.
—Que tanto es una caricia, al contrario, las caricias hacen nacer sentimientos.
—Bueno pues dígame bien porque no me hablaba si platicar no es molestar.
—Ya te dije que para mí sí, porque con el verbo se seduce, se atrapa y si hablo voy a guiar todo para atraparte, para que caigas y eso es lo que voy a hacer aunque no quieras, voy a andarte correteando y no te voy a dejar hasta que me odies.
—No yo nunca lo voy a odiar, pero... ¡ya déjeme!... Porque no va y molesta a Gabriela.
—No, a ella ya la molesté mucho. Soy una pesadilla.

El joven se acerca mientras la sirvienta limpia la mesa y le toma la mano en cuanto pasa el trapo cerca. La corretea al rededor de la mesa. Alejandra con una sonrisa amarrada a los dientes, corre con pasos cortos y sube por los escalones al primer piso. Ramiro la sigue pensando en una cosa: atraparla para arrancarle abrazos y besos. Para Alejandra esto no es más que un jueguito de “al gato  y al ratón”, un correteo infantil. Para Ramiro va más allá que eso, quiere amarla y saber cuales son sus límites, necesita conocer hasta donde permite Alejandra el acercamiento. Antes de que peligre el sexo lo evapora lascivo. Ramiro en su relación con Gabriela fue un volcán pasional donde el ganador fue él, en tanto que Gabriela recuerda buenos momentos y tiene un sentimiento de deseo, de querer a Ramiro, de desear tenerlo siempre cerca. De vivir todos los momentos juntos. Pero Ramiro no está dispuesto a perderse de las aventuras amorosas de la vida — el sabe que cachorra y alternada la vida se repite en vectores de sentimiento —, él ha preferido amar a muchas y compartir el amor con las que sean suficientes. Mientras, Ramiro ha entrado a la recamara de la sirvienta, al tratar de abrazarla, Alejandra se transforma en Gabriela a los ojos de Ramiro. Es el hechizo que ha formulado su exnovia para vengarse del “don Juan”.

MALINTZI




Nos conocimos cuando la inflexible clase de experiencias me acompañaba a las compras del mercado. Malintzi me saludó con su envolvente mentalidad de amor. Y yo retrocedí ante su hermosura. Nos convidamos el alma y recorrimos como amigos la ciudad de Tlaxcala, ella era de una inteligencia ruda  y sabemos de antemano que rudeza aunque se vista de seda, golpea fuerte. Se veía como una diosa  caminando por la avenida Juárez, fue entonces cuando se acumuló poco a poco y suavemente el porvenir, en mi admiración.

Al pasear por las avenidas. Malintzi y yo correteamos como niños, reímos como locos. Su cascada de risas me embrujó hasta el orgasmo. Ella  me platicaba de aquellos años de grandeza cuando era traductora. Me dijo que la longeva conciencia permanece atada a la existencia  y ella está, se queda como el viento, o el aire de estas tierras. Ella es el alma de Tlaxcala. La cuna terrestre de su frescura estaba por quitarme el bigote de años; pero, ella lo impidió con un beso. La observe con el rabillo prudente del fisgón, la tenaz antena del misterio me cubrió de besos. Paseamos por las colonias y después llegamos al parque, nos tomamos un café, mientras hacía una propuesta de amor. Quería que compartiéramos el entusiasmo del erotismo. Mientras ella sorbía el café y oteaba mis ojos. Yo engalanaba el cuerpo enchulandolo con  el cautivante enredo de una sonrisa. Mientras, la locura sitiada en la ciudad, elegantemente se posesionaba del transporte público. Al llegar al hotel,  el dependiente la reconoció y hasta  se acicaló mi oído al escuchar su nombre.

Reconocimos en nave de besos el atardecer. Su indulgente mata de cabello me acogió como una caracola, como un hijo, como un amante. Ahora visitábamos nuestros sentidos tocando accesos de placer. Sus senos me coronaron la intención de mis avaras manos. Como chupacabras lamía el cuello. Su playa virginal me llamaba a viajar a su floresta. Desvestí la llamarada de erecciones en la estrella dilatada.

Esperé a que despertara la seda de su espalda para ponérmela de corbata. Pero cuando traté de hacerlo se desvaneció bajo la sabana.

AMOR




Cuando deje de caminar, se acumuló el porvenir en mi consecuente mirada. Observé la cascada de entusiasmo de los transeúntes,  y mis avaras manos llegaron hasta la atmósfera. Me enverdecí de gusto. Las aguas de mi herencia me convidaron un sumo de locura. Los mediterráneos descalabros del pasado me perseguían pero yo los enfrentaba como si fuera un toro herido. Las parroquias me acosaron, yo no quería pero... a punta de compromiso fui a misa y el virtuoso crucificado me obligó a ser puro amor. Me vi obligado a querer a toda la manada de: saltamontes, chimpancés, koalas,  hormigas, chupacabras, cebras, iguanas. Utilice todas las teorías, me hice de argumentos científicos para esta odisea. Almacené  gran cantidad de besos y abrazos en mi cuerpo para donarlos, aquí  bajo mi brazo, en el sobaco, abajo de la lengua, en el esófago, en el ronquido de mi voz, en los nervios, en la sonrisa, entre las aberturas de los poros. Mi tenacidad era tal que borboteaba como la sangre  en un cerdo herido. La intrepidez fue tal que desaparecieron los hombres y se presentó ante mí el amor en persona. Amor me dijo que eso era demasiado. Que la locura se había sitiado en la ciudad y se había posesionado de la sustancia. Que el gran cenote de amor que quería escanciar pronto se convertiría en orín de hormiga;  que  aquellos en la ciudad lo beben sin consideración  despilfarrándolo en las cosas, en los cuchitriles, en la vacuidad, en las visiones que aparecen de repente, en la cara de los elementos. Amor me invito a  su mansión y era el paraíso.

Estando allí, el edén lucía la felicidad con un gran moño en el Horizonte. Sólo con eso. Sólo eso y se enredo la sonrisa en mis labios. Busqué  un sitio donde  convidar a la siesta a un paseo de sueños y me encamino a sus arbustos, cerca del árbol de la representación. El árbol se alisó las ramas con un poco de viento e inflo sus frutos con agua nutricia. Me embriague de sueño y la embriaguez me llegó hasta los pulmones, recorrió mis uñas, los tendones, el bigote, mi sexo y llegó a mi tórax. Y soñé que era un hombre llamado Edgar y que era licenciado en filosofía y que vivía en Tlaxcala. Desperté de esa dolorosa pesadilla que había dejado una llaga en el ojo izquierdo. Cuando me despabilaba llegó Amor y me dijo:

—Tú ya me aburriste con tu creatividad, prefiero que seas mediocre. Vete allá donde te encontré. Es verdad que no puedes dar amor a todo el que encuentres. Pero aunque sea ve a dárselo a las putas en vez de estar aquí de holgazán.

Le hice caso y ahora estoy aquí destartalando mi sentimiento para darlo. Me he dado a la tarea de trabajar como un dulce en lengua de infante.