EL REGALO
El arrodillado cuartucho
de Josebio, estaba absorbido por cachivaches que no sirven para nada. Su sarape
ocupaba un rincón entelerido, quieto como chuleta fláccida y su cocina eran unas piedras y un hoyo en el
suelo. Josebio era nervioso, parecía que siempre andaba “ciscado” de miedo. Mi
evocación llega a tener sólo un vaho reminiscente de él, aparte de ser tan
flaco como una carcaza asoleada. El
herbazal cubría el lomerío, se mecía en oleaje al vaivén y arbitrio de las ventoleras. Me
acerqué a su covacha de ensamblajes de madera y lámina de cartón embreado.
Toqué la puerta chirriante y podrida. Salió Josebio todo arrebozado. Lucía
traje raído y pantalones colorados; su camisa ennegrecida le entonaba con su
cabellera negra, la cual se revelaba brillante, se había puesto manteca de
puerco para sentar los hirsutos cabellos; tenía dientes blanquísimos y
dentadura de conejo. Me reí de su figura. Voltee a ver sus pocos enseres, todo
era un trastrueque, un reborujo de los mil demonios.
—Lo miré a los ojos, y
le pregunte la razón de por qué se encontraba tan guapo. Josebio de súbito se
dirigió a un rincón, y aventando a todos lados sus trapos, sacó una cajita y me
la enseñó. — Esto ser un regalo… y no
diré pá quien es — Sonreí maliciosamente pensando en que tal vez era para
mí, o ¿Para quién pudiera ser aquél regalo?… Le di órdenes para el siguiente
día, y atisbando con profundidad, ratificó: — Aquí estaré —. Cuando me fui, las luces del poblacho guiñaban como
espejitos al recibir fulguraciones de la luna.
Amaneció.
Las nubes cambiaron de color al salir el sol legañoso: amarillas, naranjadas y
purpúreas, después a las cambiantes opalinas y lechosas. Subí a la camioneta.
Llegué al cuchitril del cuarto de Josebio. La puerta estaba abierta, y dándome
valor, me adentré al cuartucho. Dentro de aquel tilichero tenía en un sitio apartado, una concavidad, y
en ella cosas personales: lociones de gardenia, pomos de alcohol de varios
colores, anillos de fantasía, pañuelos y recortes de muchachas bellas. Cerré
todo y me alejé. El sol se exhibía.
Busqué a Josebio por todos lados. De Josebio me gustaba su compañía, me
reconfortaba en mi deprimida soledad; a pesar de que era un ser insustancial,
tan desabrido como su talante pasivo, taimado. De pronto, vi en las puertas entreabiertas de la
capilla una luz mortecina y pálida. Me acerqué.
El
aislamiento del templo era mausoleo glacial. En medio de dos velas e hincado
estaba Josebio, rogándole a la Virgen. Estaban colgados objetos de: oro, plata
y carey. Josebio volteó a verme con ojos arrasados de lágrimas y me dijo: — estos son mis regalos pá la virgencita, por
la Navidaaa. — me cubrió un velo de repulsión hacia mi persona… lo tomé del
hombro: ¡vámonos!… Al salir se espantaron las palomas y volaron al cielo. Eran
pañuelos… mi fe en Dios había renacido nuevamente.
LA TURISTA
La encontró en la
escalinata tomando fotos del primer cuadro de la ciudad mientras su peinado
suelto negro azabache se comía los rayos de sol que caían sobre su cuerpo. Era
de tez rosada y nariz perfecta, hermosa
como las mujeres del norte. Él se presentó como avecindado en Tlaxcala, pero lo
cierto es que era del DF. Y trabajaba de maestro de Bachilleres, aunque también
daba clases en la Universidad. — Sabes algo de toros — le preguntaba ella
mientras enfocaba la lente hacia los lugares más convenientes para imprimir un
recuerdo. Los ojos de él recorrían el
escote de su blusa holgada y descubría dos hermosas toronjas como para apagar
la sed. Se turbó al sentir la mirada de
ella, un ojo que sospechaba sobre su propia sensualidad y descubría el interés
del pretendiente. — Sé que te gusto y podríamos pasarla bien — dijo ella
mientras guardaba en el estuche, la cámara fotográfica y miraba arriba, hacia
el resto de la gran fuente y más que fuente cascada — invítame una Budweiser. Se me antoja a esta hora del
día.
Entraron al
bar del primer descanso y allí platicaron del color de la cerveza y su sabor.
Quiso referirse a su tierra pero él la calló argumentando que prefería el
misterio, mientras, ella introducía su zapatilla entre los pies cruzados del
hombre, invitando así con ese roce a una relación más estrecha. En ese momento
realmente necesitaba a una mujer, la infructuosa relación con su amante de
hacía meses lo habían dejado hambriento de sexo. Volvió a mirar sus pechos y en
ellos lunares, asteriscos diminutos.
—Deja de mirarme de esa
manera, tranquilízate, las cosas deben de ser como esta cerveza al beberla; es
decir paso a pasito — recordó mientras la miraba, el muchacho que había sido,
la erección solitaria en el cine Matamoros con películas calientes en entradas
clandestinas. Mientras bebían, el silbato de la fábrica Zahuapan marcaba el medio día. Dijo la mujer:
—vámonos juntos ¿Quieres?— Se dejó llevar, el guía que la acompañaba lucía el perfil masculino
de un hombre maduro y nada feo. Mientras subían al auto, los rayos del sol
sembrados segundos antes, se transformaban en sombras de la nube que recorría
el cielo hacia el sur. En el semáforo ella le acarició la mano mientras
embragaba la velocidad, solamente contestó —te necesito— En tanto que conducía
su auto hacia su departamento de la loma.
Al cerrar el
zaguán vino al encuentro un sexy cachorro de gato, muy minado, rozaba la
bastilla del pantalón del hombre y la pelambre buscaba caricias. Ese peluche
vivo pedía cariño. —Te sobra un poco de amor para mí —dijo la mujer lasciva
mientras ofrecía sus pechos abriendo la blusa. El hombre cayó abrazado en un
tálamo mullido y la habitación despertó con los primeros rechinidos de la cama.
Aún vestidos todavía, revolcaron sus almas en la colcha. Cayeron las zapatillas
de la dama en la sinuosa y un tanto
acolchada alfombra; siguieron prendas de ambos sexos, sin orden, con prisa,
desnudándose, mordiendo, besándose. Ella cerrando los ojos se concentraba en el
puro goce, esperando el orgasmo imprevisto, fugaz. —En este momento tú eres mi
torero. ¡Mátame!— La excitación lubricaba el eco en la habitación y era un sólo
sonido mezclado en gritos, jadeos, rechinidos de cama, roces de epidermis
ardientes. La anatomía se mezclaba en las cosas, en los cuerpos, en los
órganos, toda una mezcla en erupción. — Espera un momento — Y desde el baño le
contaba de sus viajes por el país y sobre la situación económica, regresaba
bamboleándose como diosa de lujuria, desnuda, paseándose por la recámara, muy
cachonda, bailando sus nalgas seductoras y excitando. Estaban desnudos,
saciados de la primera vez, fumando y fumándose un descanso, platicándose cosas
para que la segunda vez fuera más amistosa, íntima y no ese relámpago de sexo
del principio. Él le comentó que su madre había muerto en el terremoto del 85.
Trabajaba de cocinera en un edificio lujoso. Nunca encontraron su cuerpo, se
imagina que todavía está en México y algún día irá a rescatarla. Posó sus manos
en los pechos y acariciaba los contornos como jugando a las excitaciones. Las
caderas de ambos se ponían en movimiento y una vez más trepaban al paraíso de
la vida sexual. Bebían los sudores de los muslos, se emborrachaban las bocas de
éxtasis, se encajaban los dientes. Y la noción del tiempo se perdía entre los objetos,
testigos fieles del deseo compartido que se protagonizaba. Ella lo invitó a
bajar hasta su vagina, el buen mozo continuó lo indecible, gimió. Se fundieron
otra vez y se quedaron y se quedaron dormidos.
Emparedados,
leche fría y cóctel de frutas fueron el tentempié mientras platicaban del sexo;
ella le tomó una foto para el recuerdo y depositó la cámara en la mesa del
comedor. Él le dio un beso en la mejilla en tanto que entrelazaba sus dedos por
entre la mata de cabello. Ella inclinó su cuerpo para lamerle los vellos del
pecho y chupar las tetillas y después bajando hasta su sexo. El miró la cabeza
allá abajo, la boca, la mata de pelo azabache oscilando en movimiento de fuga
y entrega frenética. El pene respondió a
los ataques de sus labios y una vez más hicieron énfasis en la promiscuidad. —
Dormiré contigo y mañana me iré a otro sitio, mientras, duérmete mi niño — dijo
ella. Y él soñó con la felicidad, el regazo de aquella mujer que le servía
mientras dormía y ella fumaba, dando un poco de ternura a ese pobre amor y
pensaba en el recorrido y las distancias del día de mañana.
Despertó con
campanadas huecas en la ciudad. El horizonte legañoso y húmedo distinguía la
silueta de la Malinche en tonos sombríos, rojizos y amarillos. El vaho de la
niebla sembró la humedad en los rostros mañanero, en los cristales, el rocío de
la mañana en provincia. La turista despertó recordando en donde se encontraba,
miró el rostro sereno, apacible del hombre y lo besó antes de dirigirse al baño
y ducharse. Se dio prisa para abordar el camión a buena hora. El gato perezoso la miraba desde la
mecedora. Salió azotando el zaguán. Fue con el ruido estruendoso de las láminas
como despertó sobresaltado, buscando algo, incluyendo las causas de su
sobresalto. Recordó a la turista y de pronto vio la cámara a lo lejos, sobre la
mesa del comedor. De un salto alcanzó los pantalones, buscó la ropa regada en
la habitación, corrió a tomar la cámara fotográfica. El gato huyó asustado, con
el pelambre erizado a ocultarse bajo la tarja.
Muy de
mañana Don Javier, trabajador del rastro municipal arreaba desde San Diego
Metepec dos vacas y un toro indómito para las carnitas del sábado. Con
chiflidos de arriero y piedras obedecían los animales. La turista los había
visto de lejos sin tomarles importancia. Subió al camión y se fue. Los animales
doblaban la esquina cuando el hombre cerró con prisa para alcanzar a la
turista, corrió con la cámara en la mano poniéndose una chamarra guinda. El
toro se desbocó, embravecido al oír el ruido estruendoso de las láminas; trotó para embestir aquello
que se moviera.
—¡Soo! Toro Soo! Toro —
Gritaba Don Javier para tratar de calmar al animal pero sólo vio como era
lanzado por los aires el hombre con la cámara fotográfica. Calló sobre el cofre
de un carro rompiendo el parabrisas, la cámara fotográfica volaba por los aires y tocó el suelo justo
cuando pasaban las llantas del carro de un lechero.
— ¡Arre! Toro ¡Arre!
Toro; Disculpe joven… ¡Arre! toro ¡Arre! Toro— y siguieron los animales rumbo
al matadero.
TA´CARA
—Me dedico a checar
tarjeta— dijo el desconocido mientras la combi avanzaba por la ribereña del río
Zahuapan a la altura de la escuela Emiliano Zapata.
— Que güeno, yo no
checo, me chisparon apenas de la fábrica y ahora me dedico a gastar la suela
pa´ conseguir, si no consigo aquí de provincia me voy a chilangolandia, por lo
menos allá me paseo en metro y no gasto tanta suela, ta´cara.
Los
desconocidos, frente a frente en una combi se dirigen a la central camionera.
El medio día se despunta en un día de la semana. En la parada del puente rojo,
los agentes de tránsito revisan el orden y un perro asolea las pulgas en un
costado de la moto oficial. Los dos desconocidos continúan la conversación: —
Para que me pase eso a mi, está difícil, primero se salen tres que están abajo
y después yo. Soy sindicalizado y tengo quien me defienda y cuide de que en
estos días de quincena me toque lo que me corresponde; donde sí está fea la
cosa es en los precios y el IVA. Por eso ya pedimos aumento de emergencia.
—¡Pos’ sí! La combi ya
cuesta 1.30 y ahorita estoy pidiendo prestado al cuñado, pues, ¿de dónde
sostengo a mi familia?, Sí, son hartos gastos; antes alcanzaba para que los
domingos comiéramos mejorcito y viéramos el “fut” sin preocupaciones; pero
ahora sólo alcanza pa´que todos los días sea parejo de comer. La panza ahora
entra a la juerza a lo democrático y si vemos el fut-bool. Nomás atentos pa´ver
que errores comete el arbitrio y así “refrescársela” y aliviar un poco las
penas.
La colectiva
se detiene tras la larga cola de carros que se enfilan para pasar el semáforo
de las escalinatas. Los estudiantes de la secundaria transitan por los
escalones entre risas, bromas y jaloneos. Sube a la combi una señora con
vestido floreado en color rosa y zapatillas verdes. Se acomoda en uno de los
asientos; uno de los desconocidos piensa —ta´cara— y la revisa de pies a
cabeza. El otro desconocido continúa la conversación:
—Sí, está difícil,
fíjese que si no se solucionan los problemas de los asalariados nos vamos al
paro. Tuvimos junta con nuestros representantes para que nos dieran otras
prestaciones que nos hacen falta como por ejemplo los descuentos dominicales
para los balnearios o vales para otras necesidades; sino, a donde vamos a ir a
parar, las obligaciones cuestan y si no pedimos el aumento al rato van a querer
que pongamos de nuestra bolsa y pues no es negocio, puras pérdidas.
—Pos que le vamos a´ser,
ta´cara la cosa.
—Y no sólo eso sino que
la situación no está como para comprar cosas importadas o de lujo, sino nada
más lo necesario para seguir pasándola.
Llega a la
central camionera. El chofer cobra 1.30 a cada uno de los pasajeros. La mujer
de zapatillas verdes y vestido rosa floreado con escote, muestra los pechos al
desconocido de enfrente, al pagar su pasaje; al desconocido se le agita un poco
el corazón. Él mismo continúa la conversación para despedirse.
—Hasta luego, ojalá y
consiga trabajo pronto.
—Sí, que se la pase
bien, después nos hemos de encontrar.
Uno de los
desconocidos se dirige a los baños de la central camionera, el atole y las
garnachas del desayuno le habían caído mal; el otro desconocido lo sigue a
cierta distancia. Gasta la suela y entra al baño. El otro desconocido se
encuentra bajándose los pantalones. El baño vacío, sólo un muchacho de
secundaria se asienta los hirsutos cabellos en tanto que del otro lado una
muchacha, de la misma escuela secundaria, experimenta pintándose los labios.
El
desconocido saca de su bolsa una navaja gastada y sucia. La aferra al puño,
aprieta los dientes; la adrenalina se agita en su cuerpo. Con el hombro
izquierdo empuja la puerta sorprendiendo al desconocido, sentado, con los
pantalones caídos.
— ¡No te muevas de allí,
señor! ¡Y dame tu sobrecito de la quincena con to y vales… y si no queres! ¡Te
destripo, en una asesinada! Te vas a ver muy guapo asentado en la mierda con el
corazón salido y mi herramienta clavada en tus cochinas tripas… ¡suéltale!
¡Ándale! ¡Suéltale ya!, La vida ta´cara, no ves, ta´cara; suéltale cabrón.
El
desconocido apunta el arma al pecho, en tanto que el otro con las dos piernas
juntas, al lado, empujadas por la puerta está en desventaja. Le ha nacido en
segundos el temor, el espasmo, la cobardía, la duda, el desamparo. Su cabeza no
piensa en nada más que en salvar su vida.
—Sí…sí.. Espérese. Nada
más me subo los pantalones... no me haga nada.
—No, no, no; esos allí
los dejas, sólo sacas lo que quero y después lo acomodas ¡échale! ¡Suéltale!
Ta´cara la vida, no ves.
Tan pronto como el
desconocido sentado saca su sobre con el dinero de la quincena y otros objetos
de valor, el otro desconocido mete dentro de su bolsa el arma y la demás cosas.
—No te muevas de allí,
sigue haciendo lo tuyo por un rato.
Entra al baño un grupo
de jóvenes a orinar. Las bromas sexuales se presentan. El desconocido para no
darse por advertido comenta:
—Amigo…ojalá y consiga
el aumento de urgencia. Hay nos vemos.
LA HUELGA APROPIADA
Los movimientos del
cuerpo de Fermín salas buscaron posiciones para recostarse dentro de la tienda
de campaña frente al palacio de gobierno. Inmiscuido en la huelga de hambre,
buscaba el sueño entre el olor de los cigarros, el té de menta y el pan
horneado de “la picota”. El sonido un tanto sajón de los cafés y restaurantes
del portal grande impedían que soñara
alguna cosa.
—Desde que salimos el
martes en la mañana de Teopan, no he comido. Los otros seis compañeros están
igual, las tripas vacías son monstruosas como la bestia indómita de Apocalipsis
y el agua sólo infla el vacío pero no reconforta. Nuestro partido nos prometió
que no faltaría el suero y que buscarían publicidad para que nuestra causa
tuviera eco en la población y que nos hiciera caso el gobierno. Los problemas
se resuelven presionando, el licenciado nos platicó que así lo había hecho el
señor Gandhi en su pueblo de la india. Fue muy famoso. Nosotros lo hacemos
porque deseamos la democracia, porque queremos destituir al cacique rabioso Don
Gumercindo, nos ha hecho pura tarugada en la población y ya no aguantamos más,
por eso estoy aquí, metido en la gruñida huelga de hambre. La mera verdad yo si me aburro; gesticulo cualquier
cosa para sacudirme el hastío. Es monótono estar esperando que nos hagan caso;
las compañeras vienen a platicar con nosotros, nos animan a continuar. El dirigente
del partido nos apoya, dice que ya lo estamos logrando, que los acuerdos pueden
lograrse en unas horas, en cualquier momento.
—Hace frío, el fresco de
la tarde se congeló en el aire, se pega como diablo en las manos, la cara. No
es como en mi tierra veracruzana. La
playa cerca de Papantla, el calor, la
humedad caliente, el olor salado del mar, los colores de la vegetación. Los
recuerdos de mi casa natal de “Rancho
Playa” son tantos, siempre que los evoco lo primero que se me aparece es una
pesadilla que viví en medio de la tormenta. El aire azotando en la cara, los
cocoteros cayéndose, esparciéndose como granizos, rebotando en el agua. Las
olas que se levantan muy por encima de la casa de los abuelos. Los abuelos que
desaparecen entre las olas junto con los troncos, el tejaban, los trastos de la
abuela; el machete. El chile piquín que se confunde con la espuma del mar; los dos perros estrellándose en las
rocas de la cuenca. El mar vomitando su furia sobre la tierra. Fueron las horas
de la tarde más pesadillosas y turbulentas que he vivido.
—Nos fuimos a vivir a
Papantla con la esperanza de que mi hermano y yo trabajáramos en la planta de
Pemex de Poza Rica, él entró tiempo después. En los noviazgos cada uno de
nosotros conoció a cinco, la sexta fue
la ganadora; extrañamente nos pasó igual: Sara, Carolina, Beatriz, Petronila,
Edith y Julieta Morales: la madre de mi hijo; de Ulises mi hermano son creo que… primero fue Selene,
la hija del carpintero, Rocío, aquella que vivía frente a la escuela; también fue Ciriaca, la
facilita; me falta de nombrar a Sofía, una mujer costeña de las más hermosas
que he visto en mi vida… me parece que Laurentina fue su penúltima. La recuerdo
porque en un baile del quince de septiembre, hace muchos años, cuando jóvenes,
le entró fuerte al mezcal. Se encueró allí en el parque y corriendo con una
banderita gritaba — ¡Viva México! —Y su tía corriendo tras ella para que se
pusiera el calzón. La mujer de él se llama Rosa y le ha dado tres hijos, el más
chico tiene ocho años. Los otros van a la secundaria.
—A mi esposa la conocí
en las fiestas del pueblo. Vivía aquí, en Tlaxcala, en Teopan, por la región de
Tlaxco. Nos enamoramos rápido. Me la llevé a Papantla y después nos regresamos
a esta tierra. Por eso tengo el extrañamiento, las remembranzas que se
apretujan con vértigo, la añoranza del caliente olor de la vainilla, de los
tamales de picadillo, de los plátanos de Castilla; o las noches al fresco, en
la hamaca con las “cebaditas”, el agua de horchata; la comida en la cena, la
tortilla, agua para café, memelas, totopos, la albóndiga, el pollo dorándose en
el carbón, la leche… ¡Sí eso es! La leche de la cabra, el queso de la cabra, la
cabra encarcelada en los barrotes que gruñen, los pozos vacíos, avellanados,
sólo agua desértica, colchón de agua que refleja una cara estúpida, la cabra
que se ríe de la cara estúpida; el calor
que no aparece en este pozo vacío, el desmayo de la cara estúpida el vértigo en las venas, en el frío de las manos vacías.
El doctor
revisa la presión, guarda sus instrumentos y sale de la tienda de campaña. En
sus ojos aparecen las mantas con las leyendas: “fuera del pueblo”, “no te
queremos Gumercindo”, “solución señor Gobernador a los huelguistas de Teopan”.
Se despide de los dirigentes y observa una vez más el asentamiento provisional.
Las botellas vacías de suero hacen fila india a un costado del árbol
mostrándose orgullosas, la hornilla y el tanque de gas acostado, se aburren compartiendo la espera. Las mantas de
vez en cuando se agitan por el viento o son ensuciadas por las palomas. El
parque sigue inmóvil, su verdor está inquieto, los ánimos se le cayeron de
manera inocente. Su integridad se complementa con los huelguistas. Dentro del
palacio de gobierno, las pinturas de Xochitiotzin están inmutables, perfectas
en sus colores. Los inquilinos afuera, en las tiendas, late en su epidermis la
genética figurada en esas paredes, lo cual hace que se sientan como en su casa.
—De estos desvaríos ya
estoy acostumbrado, los tiempos han sido tristes, cuando al medio día con mi
mujer, compartíamos el huevo ahogado en el disque caldo de pollo o los
chilaquiles pasados por agua, la carcajada de la situación nunca faltaba, era
la risa entre el llanto y el nudo de la garganta; la mandíbula que quiere
masticar más, la lengua que quiere
tragar aprisa y que yo no la dejo. La educación de la lengua es costosa
porque no se puede verla cuando está buscando alguna artimaña. Hacer estas
cosas del hambre no es fácil. Hay que educarse para no quedar en ridículo. Es
muy fácil dejar tocarse por el diablo del hambre, la tentación del chicharrón
en salsa verde, las gorditas con queso… queso… queso de cabra, la leche de la
cabra, el queso que sale de la leche de la cabra, la cabra que me empuja al
hueco vacío, la cabra que se ríe, la cara acuática de la cabra, el agua salada,
el suero en la lengua y la lengua que
quiere tragar aprisa, quiero tragarme la lengua, educarla, convertirme
en un profesional de las huelgas de hambre, viajaré por los países rentándome
para hacer presión a los gobiernos y me tendrán miedo por mi tesón, por mi
lengua educada, domesticada a punta de hambre.
Dos Jóvenes
de clase alta pasan patinando cerca de la tienda de Fermín Salas. Lo ven con
los calcetines tristes asomando en el hueco del zapato roto.
—¡Auch! Mira ese señor
color de humo, tan temprano y ya está acostado.
— ¡Son de lo peor! No se
bañan y así quieren que les hagan caso, ¡Vamonos que aquí apesta!
Al día
siguiente Fermín Salas amaneció morado, con los ojos abiertos murió viendo el
vacío en la tienda con su lengua tragada.