Crónica en homenaje a la antropóloga y museógrafa Yolanda Ramos Galicia, guardiana del patrimonio artesanal y gastronómico de Tlaxcala. Su vida, su obra y el eco imborrable de sus manos de barro.
Por Edgar Sánchez Quintana
El 6 de abril de 2024, el viento que recorre los magueyales y acaricia los muros de cantera en Tlaxcala pareció detenerse por un instante. La noticia de la partida de Luisa Yolanda Ramos Galicia cayó como una llovizna fría sobre la memoria cultural del estado. A sus 86 años, la antropóloga, museógrafa y tejedora incansable de nuestra identidad nos dejó básicamente, pero su legado permanece enraizado en cada pieza de barro, en cada textil de telar de cintura y en el aroma de los fogones que tanto se esmeró en documental.
Nacida en 1937, Yolanda Ramos no fue una investigadora de escritorio; Fue una mujer de campo, de diálogo abierto y de manos entrelazadas con las comunidades. Su formación comenzó en el rigor de la Danza Regional en el INBA, pero fue la Antropología y, posteriormente, una especialización de cinco años en Museografía en París, lo que afiló su mirada para entender que los objetos no son reliquias mudas, sino fragmentos palpitantes de la vida de un pueblo.
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Mi relación con la antropóloga Yolanda Ramos fue de sesgo, de buena manera. Recuerdo aquellas tardes en las que, acompañados por un amigo antropólogo, coincidimos con ella en la biblioteca del Museo Regional de Antropología. Allí platicábamos, no directamente de su trabajo formal, sino de otros motivos que nos cruzaban en el camino: casi siempre era con respecto a situaciones del INAH o los intrincados laberintos del sindicato. En esas charlas informales se revelaba su esencia: una mujer siempre entregada a los proyectos que benefician a los artesanos, preocupada por llevar a cabo un censo real, organizar exposiciones dignas y difundir a Tlaxcala a través de su artesanía viva.
Su visión transformadora se materializó en instituciones que hoy son pilares de nuestra cultura. En 1988, bajo su impulso, se inauguró un espacio revolucionario que dignificaba el trabajo manual: la Casa de las Artesanías de Tlaxcala, proyecto que evolucionaría orgánicamente hasta consolidarse como el Museo Vivo de Artes y Tradiciones Populares.
. En este recinto, los propios artesanos, los verdaderos dueños del saber, se convirtieron en las guías que compartían su cosmogonía con los visitantes.
. Más tarde, su labor sería también fundamental para la apertura del Museo Regional del INAH en Tlaxcala en 1981, consolidando un recinto para el resguardo de nuestra memoria histórica.
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Yolanda Ramos también nos enseñó a leer nuestra tierra a través del paladar. Su libro Así se viene en Tlaxcala es mucho más que un recetario; es un tratado de amor escrito en el lenguaje coloquial de las cocineras tradicionales, un homenaje a los huazontles, al mole prieto ya los gusanos de maguey.
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A la antropóloga, pienso que se le debería haber dado aún más reconocimiento por su trabajo. Es cierto que en 2011 recibió la Presea Tlaxcala, y sus palabras al aceptarla resuenan hoy con más fuerza: “Lo acepto y lo comparto con los artesanos de Tlaxcala, los cuales me han acompañado siempre”
. También es justo recordar que en 2023 el Museo Regional le rindió un merecido homenaje con la exposición “Caligrafía de la tierra”, exhibiendo más de 400 piezas de su colección personal.
. Hubo otros investigadores del INAH que también hicieron grandes contribuciones al conocimiento de Tlaxcala y la región, y que ahora enriquecen a los tlaxcaltecas con sus investigaciones. A todos ellos, y especialmente a Yolanda, les honramos ahora en su fallecimiento.
Despedir a Yolanda Ramos Galicia es despedir a una guardiana de nuestra memoria. Su vida nos recuerda que la cultura no es un concepto abstracto, sino el latido diario de las personas que moldean, tejen y cocinan nuestra identidad. Que la tierra le sea leve, y que su obra siga siendo faro para las nuevas generaciones que buscan entender quiénes somos.
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