¡SE HA PERDIDO LA MUSA!
Me quedo sin mover ni un
dedo oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal,
el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca
esta soportando el peso de la cabeza y así sigo, como queriendo adormilarme;
meterme en una ensoñación total, como si
el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece que se ha puesto de
acuerdo. Es el movimiento del estomago en cada respiración. El zumbido de los
oídos por la permanente calma. La presión del aire que entra por quien sabe
donde. El sopor que bosteza en las cortinas floreadas. El descolorimiento y
apaciguar de los colores de los libros y revistas. La indolente quietud de la
cama y el sobrecama. El relajamiento de tensiones de las telarañas. El día a
pesar de su tierna aparición surge desganado y hosco. El crudo sol sosamente va
penetrando su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El
aire es una salsa de empujes tibios y rocíos tardíos; va elevándose por él, los
vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del Orto
va alejando a esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche a otros
sitios terrestres.
La estación
es la que sea, no me importa cual. Eso no tiene que ver conmigo, no me da de
comer ni los horóscopos ni la meteorología. El día de hoy lo que tengo son
bostezos largos y jugosamente
distribuidos. La desgana del espíritu es fiel
hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco
estas horas— y tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido
mías, tal parece que después de los años observo el telón de Aquiles de mi
existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese
filosofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que
dice puros pesimismos, no, no es necesario. Lo que sí son los años que pesan
como si fueran sacos de cemento en la espalda, son como heridas o llagas que a
cada paso nos van frenando por el dolor y a cada año otra llaguita. Mejor
debería de dedicarme a la venta de publicidad, al fin y al cabo conozco el
medio.
Las
metáforas ya no me llegan, por más que combino verbos con sustantivos y unos
adjetivos muy estruendosos no desarrollo ideas, me siento como que muy
desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco
tradicional eso es un decir, es la pantalla en blanco, la de la computadora y
por más que busco por la Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ha!
Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar
nada, la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y
sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos; eran los días en
que me dieron el premio de periodismo. Que placer andar por la calle y ser
reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los
diputados y licenciados, es algo de lo que me siento orgulloso.
Ahora no me
ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no
estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente, ¡así ha de
estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos
acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo
que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía de dar
y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra.
Que placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más.
Apagar el interruptor click-click y adiós, que siga el mundo su viaje sin
regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Que prefiero que me coman los
gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Porqué ha
de ser que llegar a ser un hombre es al mismo tiempo tan primoroso como tan
ufano?, su efimeridad es la que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es
complicada socialmente pero cuanta insubstancialidad hay a la muerte de cada
uno “eso de que polvo eres y polvo te convertirás” es una verdad que da al
traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces
realmente me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive, a veces
se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la
experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un
laberinto tan pequeño de tan inexistente, son tramposamente nuestros engaños los que atrapan, los que
fijan y amarran todo, tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes
temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia,
en ese sentido Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre los muertos, porque es llamado por el hijo de
Dios a la existencia. Con todo esto me vivo y me solazo en mi existencia mientras
vivo, ya que eso es maravilloso, no encuentro palabras que describan esa dicha
de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado
de la musa que por años me había
resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople
alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me
voy a acurrucar en los sueños para ver si allí en el inconsciente encuentro
algo que alimente a este espíritu desvitaminizado e ido a menos. A veces la
risa y la ironía me habían salvado, eran una campana antes del knock-out, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mi no me gustan
las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir sin lógica
que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad, eso me
cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.
—Patrón, allí lo busca
un señor que dice que es el director del periódico, lo hice pasar a la sala.
—Mmm. dile que pase
hasta acá, es un viejo amigo de años, prepara café para él y para mí agua
mineral de sabor con hielo, llévate los restos del desayuno. —el periodista
sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el
control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es
el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.
—Antonio, como te va,
dice el dicho que si la montaña no va hacia ti tú vas hacia la montaña.
—Pásale, como estás,
como te ha ido, siéntate allí donde
gustes.
—Pues bien allí andamos
llevándola. Pero cuéntame tú que es lo que estas haciendo, desde hace unos
meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no
puedes dejar sin tus publicaciones, vengo por tus originales.
—Pues, ha habido cambios
en mi vida, últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no
tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa la musa me ha abandonado. Y no
he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya
no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me
abandonó. ¡De a tiro me abandonó!
—Como va a ser eso, Toño
a tantos años de experiencia, y con la fama que tienes tanto entre la comunidad
como entre los colegas e intelectuales, en esta profesión no hay manera de
rajarse, sino hasta la muerte y tú aún no estas para la muerte, estás joven,
eres un chamaco y pareces un conejo de tan
ágil y vivo, No Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar
con aires nuevos, te recomiendo las playas de “Puerto Escondido” en Oaxaca,
renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La
sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y
se retira.
—El tuyo es el café,
para mí pedí agua, el café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo
tomo, aunque tu sabes, me encanta. —el visitante se acerca a la mesa y se prepara el café a su gusto; el
tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo,
en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.
— ¿Te van a publicar tu última
novela?
—Si, ya cerré contrato
con la editorial, andan buscando que salga en el mejor mes de ventas, esas son
cosas de ellos. A mi eso no me interesa, tu sabes que los libros son hijos que
trae uno al mundo, el que se desarrollen y tengan éxito ya no tiene que ver uno
del todo, ellos solos se van abriendo camino.
—Yo realmente no lo sé,
nunca he escrito uno.
—Lo que si me preocupa
es de lo que te estaba yo hablando, la musa me abandonó, y, no creo recuperarla. Yo soy un ferviente
admirador de esta fe por ella y por más que le rasco a la cabeza, como que ya
se me secó. Has de cuenta como un limón exprimido, cuando le sacas todo el
sumo, después sólo queda la cáscara, el gabazo, el agrio sabor si lo lambes.
— ¿No te gustaría que
pusiera unos anuncios en el periódico? que dijeran: —el hombre hace una
pantalla con las manos y los dedos abiertos al frente— “Se busca musa extraviada, se gratificará a quien la encuentre,
mayores informes en esta casa editora”
—No, si lo que menos
quiero es el escándalo, la burla y guasa de los compañeros y amigos. Lo mejor
es esperar, dejar que pasen las cosas, esperar a que regrese “ella”. —los dos
amigos continuaron platicando de cosas y al final.
—Bueno, me dio mucho
gusto, volver a verte, el café estuvo delicioso, otro día vengo para que
platiquemos extenso y tendido, Nos vemos.
—Ándale, pues que estés
bien, en cuanto tenga un tiempecito voy a verte allá al periódico, Adiós.—el
hombre hogareño ausculta los resquicios de su casa mientras va de la entrada
principal hasta su estancia preferida, parece buscar un fantasma que no está.
EL PIRÓMANO
—Ándale Oscar. Vas muy lento, yo ya voy la segunda, y
tu apenas llevas la mitad— Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía
de cerveza sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo,
después del trago hace un gesto agridulce y refrescado mientras mira la
botella, estirando el brazo —¡Ha! ¡Hajum!—respira—Está buena, ya tenía ganas de
una así. Andaba con sed. — Oscar se retranca en la pared, la tienda está
repleta de mercancía, hay en ella una fiesta de colores publicitarios, de
olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza
derramada en el suelo, hay en el centro de la tienda una mesa enclenque que
aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras, el tendero
platica con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos
miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática, el silencio es bueno
para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos
y problemas, los tragos se van sucediendo y en veces coinciden con un — ¡salud!—
y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de
provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes
circulan haciendo sus quehaceres: yendo de compras, saliendo a dar una vuelta
en el parque, esperando con grandes esperanzas al novio, vendiendo las paletas
en un triciclo con cajón tipo baúl,
adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos,
gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta
engreída en su verdor por el Julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda
en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las
sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas
coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en
los cuerpos, su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al
ir entrando el alcohol al organismo. Son tres cervezas las que toma cada quién,
suficientes para estar a gusto y bien —joven, cuanto le debemos, fueron tres y
tres, son seis. —el comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias— sí
teníamos sed, y así está bien, gracias, he, hasta luego, hasta luego, — los dos
salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe a donde ir,
titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma, da
tres pasos y luego se regresa de nuevo —No, mejor vámonos por acá, sirve que
pasamos por el parque. Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática
con la vecina, su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y
chileatole.
—Que… se te antoja un chilatole
—Hay como quieras
—Señora que tiene.
—Elotes, esquites y
chileatole, pruebe, el maíz está tiernito, mire no es del que ya está pasado,
está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.
—Como ves
—Se me antojan los
esquites, seño deme unos esquites.
— ¿Mediano o grande?
—Mediano
—A mi deme un chilatole,
¿está bueno?
—Sí está recién hechecito,
y bien rico.
—Como ves
—Hay como veas tú
—Sí… me da uno— observa
los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.
—No, sabe que seño,
mejor deme un elote, pero que este bueno, no le ponga mucho chile.
Van
disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el
parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de
miradas serias e inteligentes, aunque
han hecho ambos locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura
creativa y propia de mentes complejas,
nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se
conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas
en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un
sitio establecido porque como Agustín decía: “no allí no, porque de allí ya no
salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o
por el mercado y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir
platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín
quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos y quedaba también cerca su
centro de trabajo, era bibliotecario en el centro de investigaciones de
Tlaxcala llamado comúnmente “el C.I.T.” Lugar
de reunión con otros amigos pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de
vacaciones, pero que sin embargo Agustín tenía llaves para entrar y salir a la
hora que él quisiera.
—Y si nos tomamos una
copita chiquita
—Hay como veas, ¿tienes
en tu casa “alcohol”?
—Sí, pero también tengo
en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que
como quieras, me da igual.
—Hay como veas. Vamos a
la biblioteca, es lo que está más cerca. — El par de amigos se dirigen al
centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de refresco de
toronja. La tarde ha oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo, las nubes
chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia; y, sobre
los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino chucherías tozudas o tal vez ingenuas.
Mientras entran a la biblioteca surge una conversación que ya han tenido
semiroída en otros encuentros.
—Te acuerdas que te dije
de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquél amigo que te conté
que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes, pues así me
gustaría una vez pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas!
Saber de esa manera que cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa
imposibilidad, no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino al través
de lo fenoménico, o sea a través de las representaciones que llegan a la
cabeza, siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer
el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.
—Yo soy de la idea de
que se debe de buscar modos de ir soportando la existencia, finalmente sabemos
que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino
más bien las extraordinarias y llegar a ellas es provocando el espíritu,
desajustando nuestro ordinario existir ¿no crees?
—Pues sí… finalmente es
eso, de esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería,
pero, vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a
afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional por ejemplo un
grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que
pasa o la manera como sucede que a veces pienso que por estas cosas tiene que
existir Diosito.—el amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla
de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce
los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes
substanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados,
descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero
se aposta a respirar por una larga noche más, el olor vetusto de los
libros; papel tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor de cigarro son
una conglomeración sensitiva que
ambienta la plática de los dos amigos.
—Donde tienes los vasos,
no los veo.
—Tráetelos de allá del
archivero de la esquina, por donde están
las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.
—Aja no quieres también
tu chupirul, oyes ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los
libros que me llevé, el de Bachelard y
el otro de “mi lucha” de ya sabes quién.
—Sí tráelos cuando los
acabes, tú sí eres de confianza por que los demás cab… ya no les presto nada
hasta que me regresen los que se llevaron.
— ¿Me sirves? o yo mero me castigo.
—Sírvete hombre, el
copetín es chiquito nom’as para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un
día. Tener el espíritu de incendiario, empezar con una fogata en el bosque y
ver como el fuego alcanza los arbustos, las ramas bajas de los árboles y luego
las copas de los pinos y maravillarme de como el fuego va corriendo con sus
lenguas tan peligrosas y salvajes y ver la vastedad ardiendo sin control, y en
el trepidar de las ramas, entre el crujimiento de los árboles pasto seco y
matorrales soltar carcajadas insanas. Abrir bien los ojos porque no volverá a
suceder, sería como estar poseído, como alcanzar el deleite propio de los Dioses. Como una catarsis
plena. ¡Que tal!
—Pues eso realmente
estaría interesante, cometer locuras como esas yo tal vez no me atrevería.
Cuando las cosas se salen de mi control, cuando ya no las puedo controlar como
lo sería el fuego, me pongo de malas, y simplemente no lo soporto, aunque si me
llega cierta malicia como para provocar cosas que lleguen ha ser inmensas e
incontrolables y luego reírme de la odisea.
—Que tal si aquí
prendemos fuego, incendiamos todo esto y que se lo cargue todo la…pero que
fuera ingeniosa, no nada más lanzar el
cerillo y salir corriendo sino planear de tal manera que uno no salga inculpado
y haciendo uso de la inteligencia como provocar el fuego por un corto circuito
o por la difracción de la luz por una lupa y concentrarla o por frotación como
lo hacían en la película de “la guerra del fuego” o bien por química haciendo
una máquina que contenga por ejemplo sesquisulfuro de fósforo y trisulfuro de
antimonio con un reloj para que se incendie en horas muy apropiadas y esto con:
petróleo, gasolina o parafina, cual sea
menos la escandalosa formula de la dinamita o la nitroglicerina, tendría que
ser algo que sea de cacumen y bien realizado.
—Que… ¿le entras?
—No masques, eso es
mucho trabajo, te vas a quedar sin chamba.
—No, el sindicato me
defiende, además necesito unas vacaciones más grandes.
—Tráete la caja de
herramientas vamos haciendo un corto circuito…con la parrilla eléctrica y unas
hojas viejas. Además no hemos de ser los primeros en quemar una biblioteca,
acuérdate de la quemazón histórica de las bibliotecas tan famosas de
Alejandría, o la cantidad de libros invaluables e irrecuperables quemados por
la inquisición, o la que realizó el nazismo en el siglo veinte. Estas cosas no
suceden seguido, pero piensa por ejemplo en los “accidentes” que ocurren en los
archivos de los gobiernos salientes, cuando se han enriquecido milagrosamente…
— ¿Esas son tus
justificaciones para quemar esta biblioteca?
—No tengo ningún
especial interés en quemar esta biblioteca, me da igual, pero ahorita en los bosques no se puede porque la
hierba está verde y es época de lluvias, además me da güeva… sabes qué, no,
mejor no… mejor vamos apagando la sed con unos tragos. ¡Salud!
—Aquí está la caja de
herramientas, has lo que quieras.
—Y tú como ves.
—Por mi, que se vaya
todo a la … a mi esto me tiene sin cuidado, a quien fregados le importa una
biblioteca, ahora, actualmente, tiene más valor un coche o unos trapos lujosos
que una colección de libros, o sea que de nada sirve haberte leído bibliotecas
completas y tener un bagaje cultural propio de sabios si en la vida vale más el
hombre que tiene riquezas aunque sea un impenitente ignorante, sabemos muy bien
que los valores están trastocados, puestos de cabeza, y cualquier valor fútil
puede ser ensalzado como la panacea del
siglo, como lo es en el día de hoy el
consumo y el culto al hedonismo, y no digamos que no nos gusta, no nos
engañemos, el mercado seduce de una manera irrefrenable.
—Deja de decir mamadas y
ayúdame a meter algodón entre la resistencia de la parrilla.
—Como serás güey a poco así lo vas ha hacer, no, necesitas que
el cable se caliente mucho y así provocar el corto circuito, necesitas poner
papel que sea fácilmente inflamable, como el papel de baño o el periódico,
pendejo te van a echar la culpa a ti de que dejaste puesta la parrilla.
—A chinga entonces como
le hago.
—Pues inténtalo
incendiando un maldito libro, cual sea.
—No tengo cerillos, el
último de la caja lo utilicé en este cigarro.
—No bien te digo, perate
no te lo acabes. Sóplale a la braza para hacer llama… no, no te está
resultando. Según se dice el fuego se propaga con relativa facilidad pero ya vez
que no, de que otra manera lo vas a intentar.
—Pues con la lupa que
tengo en la gaveta y con la difracción de la luz,
—Pues inténtalo, yo
mientras me tomo mi trago. —el amigo se pone manos a la obra, prepara una buena
dotación de papel de baño hecho bola y saca la lupa. Consigue en la bodega una
escalera y se sube hasta estar cerca de los tubos fluorescentes, el otro amigo
dentro de sí se ríe a carcajadas.
—De a tiro estás bien
toto, que no ves que esas lámparas son de balastro y esos tubos no producen
calor. Eres tan pen..sativo como para ir a buscar un rayo para hacer fuego, ¿de
casualidad no eres de descendencia gallega? Tienes petróleo o gasolina en la bodega
o alguna que otra cosa que sirva. Algún alcohol.
—Cual, como el tequila,
que te estás tragando
—No este no lo toques
para tus experimentos. Es sagrado.
—Pues yo sabía que el
fuego se propagaba con facilidad, pero mira que no he tenido suerte.
—Oyes y el carbón que
quedó de la parrillada del primero de mayo, ¿en donde está?
—Allí está guardado,
pero lo que necesitamos es hacer la lumbre. Cómo vas ha encender los carbones
si no hay cerillos y luego que los tengas encendidos que.
—Ponlos a calentar en la
parrilla y ya que estén rojos los avientas encima de los libros o los vas
intercalando como si fueran separadores y allí que Diosito disponga. —el amigo
entre tragos, seguía intentando la quemazón, el otro amigo lo aconsejaba para
hacer las cosas de la mejor manera. Diez veces fracasó el experimento, pero en
la décima hubo de salir demasiado bien, pero ya cuando los dos amigos dormían,
y esperando una cruda que jamás
llegaría.