Translate

martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 15


¡SE HA PERDIDO LA MUSA!




Me quedo sin mover ni un dedo oscilando en la silla mecedora. Observo el patio donde crece el herbazal, el pasto y la manzanilla. Descanso la testa en el filo del respaldo, la nuca esta soportando el peso de la cabeza y así sigo, como queriendo adormilarme; meterme en una ensoñación  total, como si el cuerpo se ablandara para recibir lo que sea. Todo parece que se ha puesto de acuerdo. Es el movimiento del estomago en cada respiración. El zumbido de los oídos por la permanente calma. La presión del aire que entra por quien sabe donde. El sopor que bosteza en las cortinas floreadas. El descolorimiento y apaciguar de los colores de los libros y revistas. La indolente quietud de la cama y el sobrecama. El relajamiento de tensiones de las telarañas. El día a pesar de su tierna aparición surge desganado y hosco. El crudo sol sosamente va penetrando su cosquilleo de rayos por las ramas y cortinas de la ciudad. El aire es una salsa de empujes tibios y rocíos tardíos; va elevándose por él, los vapores de las calderas de las fábricas y baños públicos. La claridad del Orto va alejando a esa mantequilla que son las sombras penosas de la noche a otros sitios terrestres.

La estación es la que sea, no me importa cual. Eso no tiene que ver conmigo, no me da de comer ni los horóscopos ni la meteorología. El día de hoy lo que tengo son bostezos largos y  jugosamente distribuidos. La desgana del espíritu es fiel  hasta en las manifestaciones que no tienen que ver conmigo. No merezco estas horas— y tal vez sí— ya que las otras han sido de riqueza y han sido mías, tal parece que después de los años observo el telón de Aquiles de mi existencia. Y no es que me ponga muy melodramático o tenga el espíritu de ese filosofo alemán del que hablan los letrados, creo que se llama Nietzsche, que dice puros pesimismos, no, no es necesario. Lo que sí son los años que pesan como si fueran sacos de cemento en la espalda, son como heridas o llagas que a cada paso nos van frenando por el dolor y a cada año otra llaguita. Mejor debería de dedicarme a la venta de publicidad, al fin y al cabo conozco el medio.

Las metáforas ya no me llegan, por más que combino verbos con sustantivos y unos adjetivos muy estruendosos no desarrollo ideas, me siento como que muy desamparado, perdido en una página en blanco, claro, no es la hoja en blanco tradicional eso es un decir, es la pantalla en blanco, la de la computadora y por más que busco por la Internet algo que fusilarme, nada, no cuaja nada. ¡Ha! Divino cuando las cosas salían por pura espontaneidad, no tenía que buscar nada, la idea se formaba solita y tejía, únicamente tejía a complacencia y sacaba rollo tras rollo, notas bien pagadas y ensayos lúcidos; eran los días en que me dieron el premio de periodismo. Que placer andar por la calle y ser reconocido y saludado por los amigos, por los colegas y vecinos, por los diputados y licenciados, es algo de lo que me siento orgulloso.

Ahora no me ha quedado de otra más que menearme en esta mecedora, cuidando hasta de no estornudar porque al hacerlo se me caen los cabellos de la frente, ¡así ha de estar de acelerada mi calvicie! A todos nos ha de tocar el día en que se nos acaba la cuerda, es como las pilas alcalinas que agotan su energía, dan todo lo que tienen y ya; así he de ser yo, ya he de haber dado todo lo que debía de dar y lo que queda es ir a darse un largo y hermoso sueño en seis pies de tierra. Que placentero ha de ser cerrar los ojos y no molestarse en abrirlos más. Apagar el interruptor click-click y adiós, que siga el mundo su viaje sin regreso, “que yo me pinto de mil colores”. Que prefiero que me coman los gusanos y con eso alimentar a la naturaleza tan divina y perfecta. ¿Porqué ha de ser que llegar a ser un hombre es al mismo tiempo tan primoroso como tan ufano?, su efimeridad es la que es tan absurda, su llegar a ser en el mundo es complicada socialmente pero cuanta insubstancialidad hay a la muerte de cada uno “eso de que polvo eres y polvo te convertirás” es una verdad que da al traste con todos nuestros deseos y existencias de vanidad y soberbia. A veces realmente me resulta la vida muy estúpida por la manera en que se vive, a veces se van los años, años vividos en el error, en la conciencia errática, en la experimentación de una existencia equivocada, sin destino, perdida en un laberinto tan pequeño de tan inexistente, son tramposamente  nuestros engaños los que atrapan, los que fijan y amarran todo, tanto nuestras inseguridades como nuestros más comunes temores. La imagen de un hombre rico en un ataúd equilibra toda desavenencia, en ese sentido Lázaro es más afortunado y más rico porque regresa de entre  los muertos, porque es llamado por el hijo de Dios a la existencia. Con todo esto me vivo y me solazo en mi existencia mientras vivo, ya que eso es maravilloso, no encuentro palabras que describan esa dicha de estar aquí, acampando en esta ciudad cosmopolita y yo sin ideas, desamparado de  la musa que por años me había resguardado. Dejado a la buena de Dios y sin un ángel de la guarda que sople alguna inspiración piadosa para este menesteroso del pensamiento penetrante. Me voy a acurrucar en los sueños para ver si allí en el inconsciente encuentro algo que alimente a este espíritu desvitaminizado e ido a menos. A veces la risa y la ironía me habían salvado, eran una campana antes del knock-out, más por técnica que por ingenio, pero lo malo es que a mi no me gustan las locuras, esos escritos irracionales e incongruentes, es decir sin lógica que llenan un ambiente estrafalario y sin una conexión a la realidad, eso me cansa la cabeza al leerlo, y más al tratar de escribirlo.
—Patrón, allí lo busca un señor que dice que es el director del periódico, lo hice pasar a la sala.
—Mmm. dile que pase hasta acá, es un viejo amigo de años, prepara café para él y para mí agua mineral de sabor con hielo, llévate los restos del desayuno. —el periodista sigue columpiándose levemente en la mecedora, en su mano derecha manipula el control remoto del estéreo colocado en la vitrina. El compacto que programa es el de Joaquín Rodrigo y su tema preferido: El Concierto de Aranjuez.
—Antonio, como te va, dice el dicho que si la montaña no va hacia ti tú vas hacia la montaña.
—Pásale, como estás, como te ha ido, siéntate  allí donde gustes.
—Pues bien allí andamos llevándola. Pero cuéntame tú que es lo que estas haciendo, desde hace unos meses no hemos recibido nada tuyo y bien sabes que tienes lectores que no puedes dejar sin tus publicaciones, vengo por tus originales.
—Pues, ha habido cambios en mi vida, últimamente he sentido como si me movieran el tapete, como si ya no tuviera nada que escribir, y aunque te dé risa la musa me ha abandonado. Y no he podido escribir nada desde hace un buen rato. Se me acabó la creatividad, ya no puedo seguir, de imprevisto ya no tengo nada que escribir, la musa me abandonó. ¡De a tiro me abandonó!
—Como va a ser eso, Toño a tantos años de experiencia, y con la fama que tienes tanto entre la comunidad como entre los colegas e intelectuales, en esta profesión no hay manera de rajarse, sino hasta la muerte y tú aún no estas para la muerte, estás joven, eres un chamaco y pareces un conejo de tan  ágil y vivo, No Antonio, ve a pasear, toma vacaciones y vas a regresar con aires nuevos, te recomiendo las playas de “Puerto Escondido” en Oaxaca, renta una cabañita y desde allí nos escribes y nos mandas tus columnas. —La sirvienta entra a la estancia con una charola, la pone en la mesa de centro y se retira.
—El tuyo es el café, para mí pedí agua, el café me hace ir muchas veces al baño, ya mejor no lo tomo, aunque tu sabes, me encanta. —el visitante se acerca  a la mesa y se prepara el café a su gusto; el tintineo del par de hielos en el vaso contrasta con la música que hay de fondo, en el ambiente se suma el olor del humeante café fresco y apetecible.
— ¿Te van a publicar tu última novela?
—Si, ya cerré contrato con la editorial, andan buscando que salga en el mejor mes de ventas, esas son cosas de ellos. A mi eso no me interesa, tu sabes que los libros son hijos que trae uno al mundo, el que se desarrollen y tengan éxito ya no tiene que ver uno del todo, ellos solos se van abriendo camino.
—Yo realmente no lo sé, nunca he escrito uno.
—Lo que si me preocupa es de lo que te estaba yo hablando, la musa me abandonó, y,  no creo recuperarla. Yo soy un ferviente admirador de esta fe por ella y por más que le rasco a la cabeza, como que ya se me secó. Has de cuenta como un limón exprimido, cuando le sacas todo el sumo, después sólo queda la cáscara, el gabazo, el agrio sabor si lo lambes.
— ¿No te gustaría que pusiera unos anuncios en el periódico? que dijeran: —el hombre hace una pantalla con las manos y los dedos abiertos al frente— “Se busca musa extraviada, se gratificará a quien la encuentre, mayores informes en esta casa editora”
—No, si lo que menos quiero es el escándalo, la burla y guasa de los compañeros y amigos. Lo mejor es esperar, dejar que pasen las cosas, esperar a que regrese “ella”. —los dos amigos continuaron platicando de cosas y al final.
—Bueno, me dio mucho gusto, volver a verte, el café estuvo delicioso, otro día vengo para que platiquemos extenso y tendido, Nos vemos.
—Ándale, pues que estés bien, en cuanto tenga un tiempecito voy a verte allá al periódico, Adiós.—el hombre hogareño ausculta los resquicios de su casa mientras va de la entrada principal hasta su estancia preferida, parece buscar un fantasma que no está.



EL PIRÓMANO 




—Ándale  Oscar. Vas muy lento, yo ya voy la segunda, y tu apenas llevas la mitad— Agustín pone sobre el refrigerador la botella vacía de cerveza sol y lo abre para sacar otro par, destapa la suya y empina el codo, después del trago hace un gesto agridulce y refrescado mientras mira la botella, estirando el brazo —¡Ha! ¡Hajum!—respira—Está buena, ya tenía ganas de una así. Andaba con sed. — Oscar se retranca en la pared, la tienda está repleta de mercancía, hay en ella una fiesta de colores publicitarios, de olores dulzones y acidulados, del aroma de tortas compuestas y de cerveza derramada en el suelo, hay en el centro de la tienda una mesa enclenque que aguanta con esfuerzos un canasto grande de pan de dulce y teleras, el tendero platica con el repartidor, hacen cuentas y cierran negocios. Los dos amigos miran a la calle mientras se dan un respiro en la plática, el silencio es bueno para los dos, dejan que sus mentes se organicen en ideas, recuerdos, proyectos y problemas, los tragos se van sucediendo y en veces coinciden con un — ¡salud!— y continúan la plática. La calle es una arteria secundaria de la ciudad de provincia, por ella circulan los autos a marcha moderada, los transeúntes circulan haciendo sus quehaceres: yendo de compras, saliendo a dar una vuelta en el parque, esperando con grandes esperanzas al novio, vendiendo las paletas en un triciclo con cajón tipo baúl,  adosando voluntades afables entre los peatones, viendo caras, cuerpos, gestos; espíritus errantes en vestimentas tradicionales. La ciudad se comporta engreída en su verdor por el Julio lluvioso y bien plantado. El sol se acomoda en la decaída diurna, donde las gentes más viejas han tomado la siesta, y las sombras se preparan para pintar chiripas en los añosos muros de las casas coloniales. La cebada va burilando un relajamiento tanto en las mentes como en los cuerpos, su envoltura es una reducción de la vista y ligeros escalofríos al ir entrando el alcohol al organismo. Son tres cervezas las que toma cada quién, suficientes para estar a gusto y bien —joven, cuanto le debemos, fueron tres y tres, son seis. —el comerciante cobra y despacha, da cambio y las gracias— sí teníamos sed, y así está bien, gracias, he, hasta luego, hasta luego, — los dos salen de la tienda y en el frontis, duda el amigo mayor, no sabe a donde ir, titubeante, da pasos y se regresa, es su espíritu inseguro el que se asoma, da tres pasos y luego se regresa de nuevo —No, mejor vámonos por acá, sirve que pasamos por el parque. Pasan por un zaguán donde una señora rechoncha plática con la vecina, su negocio a la salida de su casa son elotes, esquites y chileatole.
—Que… se te antoja un chilatole
—Hay como quieras
—Señora que tiene.
—Elotes, esquites y chileatole, pruebe, el maíz está tiernito, mire no es del que ya está pasado, está bien cocidito, y el elote se lo preparamos como usted guste.
—Como ves
—Se me antojan los esquites, seño deme unos esquites.
— ¿Mediano o grande?
—Mediano
—A mi deme un chilatole, ¿está bueno?
—Sí está recién hechecito, y bien rico.
—Como ves
—Hay como veas tú
—Sí… me da uno— observa los elotes, la señora destapa la olla y va a servir el jarabe.
—No, sabe que seño, mejor deme un elote, pero que este bueno, no le ponga mucho chile.

Van disfrutando del sabor del maíz en sus distintas presentaciones. Pasean por el parque. Los dos hombres deambulan en sus treinta y cuarenta años, son de miradas serias e inteligentes, aunque  han hecho ambos locuras que rayan en la extravagancia, en la aventura creativa  y propia de mentes complejas, nunca han transgredido las leyes. Los dos han sido amigos de muchos años, se conocen bien, tienen gustos semejantes. Las veces que tomaban algunas cervezas en alguna tenducha cualquiera —cosa que ambos preferían y no irse a meter a un sitio establecido porque como Agustín decía: “no allí no, porque de allí ya no salimos”— les gustaba pasear por la ribereña del río Zahuapan, por el parque o por el mercado y en ocasiones llegaban al departamento de Agustín para seguir platicando sobre el trabajo o sobre cualquier otra cosa. La casa de Agustín quedaba cerca del centro histórico, a unos minutos y quedaba también cerca su centro de trabajo, era bibliotecario en el centro de investigaciones de Tlaxcala llamado comúnmente “el C.I.T.”  Lugar de reunión con otros amigos pero en esta fecha estaba cerrada por periodo de vacaciones, pero que sin embargo Agustín tenía llaves para entrar y salir a la hora que él quisiera.
—Y si nos tomamos una copita chiquita
—Hay como veas, ¿tienes en tu casa “alcohol”?
—Sí, pero también tengo en la biblioteca una botella de tequila que dejó la otra vez Álvaro, así que como quieras, me da igual.
—Hay como veas. Vamos a la biblioteca, es lo que está más cerca. — El par de amigos se dirigen al centro de trabajo. Oscar carga un refresco de litro y medio de refresco de toronja. La tarde ha oxidado el aire con una capa de asfalto aéreo, las nubes chocolatosas se disponen a dormir en el mullido cielo de provincia; y, sobre los muros virreinales, las sombras ya no pintan chiripas sino   chucherías tozudas o tal vez ingenuas. Mientras entran a la biblioteca surge una conversación que ya han tenido semiroída en otros encuentros.
—Te acuerdas que te dije de cómo me gustaría romperle la cabeza a alguien, como aquél amigo que te conté que decía: “me gustas para un tirito” y sopas, te caía a golpes, pues así me gustaría una vez pero no así, sino con un hacha, tomar el hacha y ¡pacatelas! Saber de esa manera que cosa está pensando el idiota. Siempre he encontrado esa imposibilidad, no podemos conocer las cosas de manera inmediata sino al través de lo fenoménico, o sea a través de las representaciones que llegan a la cabeza, siempre he tenido ese “rollo” metido, como también el gusto por conocer el dolor o hacer locuras “Donjuanezcas” como las que narra Carlos Castaneda.
—Yo soy de la idea de que se debe de buscar modos de ir soportando la existencia, finalmente sabemos que en el espíritu las cosas que quedan en él no son las cosas ordinarias sino más bien las extraordinarias y llegar a ellas es provocando el espíritu, desajustando nuestro ordinario existir ¿no crees?
—Pues sí… finalmente es eso, de esto se pueden decir infinidad de cosas, y voy a decir una tontería, pero, vieras que también hay veces que las cosas más minúsculas te llegan a afectar de manera evidente y sin que exista una cosa excepcional por ejemplo un grito, una escena en una película, la cara de alguien en la calle o algo que pasa o la manera como sucede que a veces pienso que por estas cosas tiene que existir Diosito.—el amigo que escucha se queda callado y se acomoda en la silla de escritorio perfectamente ergonómica. La sala amplia de la biblioteca luce los altos muros blancos y los vastos anaqueles llenos de volúmenes substanciosos, añosos y contemporáneos; clásicos, regionales y únicos, pesados, descoloridos y mamotretos ilegibles. El fichero  se aposta a respirar por una larga noche más, el olor vetusto de los libros; papel tinta, pintura, polvo, desodorante “pinol” y olor de cigarro son una conglomeración sensitiva  que ambienta la plática de los dos amigos.
—Donde tienes los vasos, no los veo.
—Tráetelos de allá del archivero de la esquina, por donde están  las cosas del aseo, por allí te traes un cenicero.
—Aja no quieres también tu chupirul, oyes ahorita que me acuerdo, la próxima semana te entrego los libros que me llevé, el de Bachelard  y el otro de “mi lucha” de ya sabes quién.
—Sí tráelos cuando los acabes, tú sí eres de confianza por que los demás cab… ya no les presto nada hasta que me regresen los que se llevaron.
— ¿Me sirves? o  yo mero me castigo.
—Sírvete hombre, el copetín es chiquito nom’as para estar un rato a gusto. Sabes que me gustaría un día. Tener el espíritu de incendiario, empezar con una fogata en el bosque y ver como el fuego alcanza los arbustos, las ramas bajas de los árboles y luego las copas de los pinos y maravillarme de como el fuego va corriendo con sus lenguas tan peligrosas y salvajes y ver la vastedad ardiendo sin control, y en el trepidar de las ramas, entre el crujimiento de los árboles pasto seco y matorrales soltar carcajadas insanas. Abrir bien los ojos porque no volverá a suceder, sería como estar poseído, como alcanzar el deleite  propio de los Dioses. Como una catarsis plena. ¡Que tal!
—Pues eso realmente estaría interesante, cometer locuras como esas yo tal vez no me atrevería. Cuando las cosas se salen de mi control, cuando ya no las puedo controlar como lo sería el fuego, me pongo de malas, y simplemente no lo soporto, aunque si me llega cierta malicia como para provocar cosas que lleguen ha ser inmensas e incontrolables y luego reírme de la odisea.
—Que tal si aquí prendemos fuego, incendiamos todo esto y que se lo cargue todo la…pero que fuera ingeniosa, no nada más  lanzar el cerillo y salir corriendo sino planear de tal manera que uno no salga inculpado y haciendo uso de la inteligencia como provocar el fuego por un corto circuito o por la difracción de la luz por una lupa y concentrarla o por frotación como lo hacían en la película de “la guerra del fuego” o bien por química haciendo una máquina que contenga por ejemplo sesquisulfuro de fósforo y trisulfuro de antimonio con un reloj para que se incendie en horas muy apropiadas y esto con: petróleo, gasolina o parafina,  cual sea menos la escandalosa formula de la dinamita o la nitroglicerina, tendría que ser algo que sea de cacumen y bien realizado.
—Que… ¿le entras?
—No masques, eso es mucho trabajo, te vas a quedar sin chamba.
—No, el sindicato me defiende, además necesito unas vacaciones más grandes.
—Tráete la caja de herramientas vamos haciendo un corto circuito…con la parrilla eléctrica y unas hojas viejas. Además no hemos de ser los primeros en quemar una biblioteca, acuérdate de la quemazón histórica de las bibliotecas tan famosas de Alejandría, o la cantidad de libros invaluables e irrecuperables quemados por la inquisición, o la que realizó el nazismo en el siglo veinte. Estas cosas no suceden seguido, pero piensa por ejemplo en los “accidentes” que ocurren en los archivos de los gobiernos salientes, cuando se han enriquecido milagrosamente…
— ¿Esas son tus justificaciones para quemar esta biblioteca?
—No tengo ningún especial interés en quemar esta biblioteca, me da igual, pero  ahorita en los bosques no se puede porque la hierba está verde y es época de lluvias, además me da güeva… sabes qué, no, mejor no… mejor vamos apagando la sed con unos tragos. ¡Salud!
—Aquí está la caja de herramientas, has lo que quieras.
—Y tú como ves.
—Por mi, que se vaya todo a la … a mi esto me tiene sin cuidado, a quien fregados le importa una biblioteca, ahora, actualmente, tiene más valor un coche o unos trapos lujosos que una colección de libros, o sea que de nada sirve haberte leído bibliotecas completas y tener un bagaje cultural propio de sabios si en la vida vale más el hombre que tiene riquezas aunque sea un impenitente ignorante, sabemos muy bien que los valores están trastocados, puestos de cabeza, y cualquier valor fútil puede ser  ensalzado como la panacea del siglo, como lo es en el día de hoy  el consumo y el culto al hedonismo, y no digamos que no nos gusta, no nos engañemos, el mercado seduce de una manera irrefrenable.
—Deja de decir mamadas y ayúdame a meter algodón entre la resistencia de la  parrilla.
—Como serás güey  a poco así lo vas ha hacer, no, necesitas que el cable se caliente mucho y así provocar el corto circuito, necesitas poner papel que sea fácilmente inflamable, como el papel de baño o el periódico, pendejo te van a echar la culpa a ti de que dejaste puesta la parrilla.
—A chinga entonces como le hago.
—Pues inténtalo incendiando un maldito libro, cual sea.
—No tengo cerillos, el último de la caja lo utilicé en este cigarro.
—No bien te digo, perate no te lo acabes. Sóplale a la braza para hacer llama… no, no te está resultando. Según se dice el fuego se propaga con relativa facilidad pero ya vez que no, de que otra manera lo vas a intentar.
—Pues con la lupa que tengo en la gaveta y con la difracción de la luz,
—Pues inténtalo, yo mientras me tomo mi trago. —el amigo se pone manos a la obra, prepara una buena dotación de papel de baño hecho bola y saca la lupa. Consigue en la bodega una escalera y se sube hasta estar cerca de los tubos fluorescentes, el otro amigo dentro de sí se ríe a carcajadas.
—De a tiro estás bien toto, que no ves que esas lámparas son de balastro y esos tubos no producen calor. Eres tan pen..sativo como para ir a buscar un rayo para hacer fuego, ¿de casualidad no eres de descendencia gallega? Tienes petróleo o gasolina en la bodega o alguna que otra cosa que sirva. Algún alcohol.
—Cual, como el tequila, que te estás tragando
—No este no lo toques para tus experimentos. Es sagrado.
—Pues yo sabía que el fuego se propagaba con facilidad, pero mira que no he tenido suerte.
—Oyes y el carbón que quedó de la parrillada del primero de mayo, ¿en donde está?
—Allí está guardado, pero lo que necesitamos es hacer la lumbre. Cómo vas ha encender los carbones si no hay cerillos y luego que los tengas encendidos que.
—Ponlos a calentar en la parrilla y ya que estén rojos los avientas encima de los libros o los vas intercalando como si fueran separadores y allí que Diosito disponga. —el amigo entre tragos, seguía intentando la quemazón, el otro amigo lo aconsejaba para hacer las cosas de la mejor manera. Diez veces fracasó el experimento, pero en la décima hubo de salir demasiado bien, pero ya cuando los dos amigos dormían, y esperando una cruda que  jamás llegaría.


puros cuentos 14


EL CHARRITO Y LA FORTIFICACION




La ciudad estaba conformada por cuatro territorios. Los habitantes de esta zona eran llamados “Los zopes” muy afamados en la región. Al rededor del territorio que circundaba el gran reino había todo tipo de extranjeros, desde los típicos gringos hasta los boricuas y arios. Descubierta la ciudad por los foráneos, trataban siempre de extender su territorio. “El  charrito” era vecino. Había nacido en una familia numerosa. Su padre había venido desde Morongo, ciudad lejana como el mismo horizonte y traído por su abuelo a estas tierras. El gran sacerdote sabio llamado Tectlo, le había dicho que su misión era construir una gran muralla, guarniciones y pozos profundos para protegerse de los ataques de los forasteros. “El charrito” era joven. Su padre le había enseñado a manejar el “strett—figter II” la cuchara de albañil, pero era mejor para la recolección de basura. “El charrito” después de hablar con el sacerdote sabio, se sentó a la sombra de un zapote que lucía sus frutos suficientemente inflados y verdosos como píldoras rubicundas y como aretes zapotecos. Entonces se manifestó el gran Camún dios protector de “los zopes”. Apareció de la nada con un traje excelso, adornos y ataviado con notables lujos; el atuendo se marcaba con diamantina que caía copiosamente, gran penacho y espada   de “Pawer ranger” de mucho colorido; Camún le dijo:

— ¡Te encargo la protección de la Zona! Te encomiendo proteger la progenie. No dejaré que “Grendar” el dios de la muerte, devore todo. A ti te encargo a los pobladores de la ciudad. Yo soy el dios. El dios de “los zopes”, el dios que hace  cimbrar la tierra y que hace funcionar la sangre. Tendrás que levantar  una muralla; harás fosos, parapetos, guarniciones donde agazaparse y donde protegerse, Te recompensaré con un gran rango y te regalaré una flor de suave  perfume, una mujer llamada Claudia Schiffer Desapareció.

“El charrito” siguió sentado en el Zapote. No podía comprender lo que había sucedido pero si pudo sentir desde su interior que le había nacido una intención, una misión de vida, era un honor   servir al dios de la zona, además tenía coraje y una gran sed de venganza hacia los foráneos porque ellos le habían arrebatado a su abuelo y lo habían conservado en una cámara de gas allá en la ciudad de Milhumos. Después de reposar en el Zapote. “El charrito” se   dirigió a Tiza, allí se entrevistó con el gran sacerdote sabio y este le dijo que debía convocar a los maestros encargados de la edificación. Los jefes de obra le dijeron que podía contar con trescientos hombres, aparte de los vigilantes, pero antes tenía que ir a Milhumos a pedir permiso de obra. “El charrito” se puso a trabajar. Se complacía de la obra que edificaba. Eran reducidos los lugares por donde los “los Zopes” podían ser asaltados y en esos sitios era el nuevo ingeniero con maestría y estrategia había procedido. Los ataques dirigidos desde el exterior a la comarca de “los zopes” eran constantes. Era tal del tesón de los intrusos para meterse al ligar que no les importaba sacrificar su idioma y un sin número de costumbres. “El charrito” de esa manera se había hacho de muchas palabras nuevas que agrandaban su vocabulario, y costumbres como la del santa clauss y el halloween.

“El charrito” se  enorgullecía de su territorio, del gran honor que era vivir dentro, además de poder ducharse en los baños públicos mixtos, únicos en la región. Un día bañándose “El charrito” apareció entre el vapor el gran dios Camún y mientras sorbía su refresco con popote. Le dijo: te prometí una hermosa flor de lindos atributos, una mujer, y ahora que has cumplido tus veintidós años la tendrás como premio a tu tesón. Apareció Claudia Schiffer, hermosa, de cabellera voluptuosamente dorada, forrada con una túnica húmeda y caminando hacia “El charrito” entre las aguas de la alberca burbujeante. Ella tenía la vista diáfana de virgen buscable. Los brazos se apretaban al compás del chasquido bocal de un beso por correspondencia del “charrito”. Después de hacer el amor. El charrito quedo como ido, zopenco por el esfuerzo. Ella le confesó en ese instante que acababa de  tener su última batalla porque era extranjera y la había mandado Grendar para  acabar con “los zopes”. En ese momento acababa de adquirir una enfermedad incurable.  “El charrito” seguía en las nubes, con  psicodelia multicolor en los globos oculares.


EN LA FALDA DE LA MALINCHE




El auto circulaba por el camino terregoso después de pasar por el pueblo. El compadre había comentado sobre los robos que se estaban sucediendo por esa localidad.
—Sí compadre — contesta el conductor —  por esta zona dicen que se está poniendo feo, inclusive ya me advirtieron que no ande de noche, porque ha habido muchos asaltados, la otra vez asaltaron al camión repartidor de gas, dicen que se llevaron como diez mil pesos y los repartidores de refrescos también se han llevado su susto.
—Pues que no esos carros tienen caja de seguridad.
—Sí pero aunque la traigan, los choferes a veces cargan el dinero en las bolsas del pantalón y no miden las consecuencias.
—Supiste del asalto a la tienda del ISSTE.
—No cuéntame… como fue.
—Fue la semana pasada cuando habían pagado el aguinaldo. Los ladrones pensaron que había buen tanto de dinero en la tienda, fue a medio día, pero les fue mal en la movida porque acababa de pasar el camión de la “Panamericana” y se había llevado a resguardo el dinero que había en las cajas, cuando llegaron los ladrones sólo se llevaron cinco mil pesos.
—Tanto arriesgue para nada. No sabía de eso, lo que pasa es que por lo del trabajo ya no escucho las noticias.
—Porqué te tardaste tanto en la tienda — dice el acompañante mientras observa por la ventana del carro las tierras de labor y a lo lejos la silueta de la Malinche — Casi me estaba durmiendo aquí en el carro y tú no aparecías.
—Es que la viejita de la tienda me contó una historia de este pueblo, que dicen que hasta salió en las noticias de “Veinticuatro horas”.
—De que se trata, cuéntame.
—Me dijo la señora que hace como un mes se hizo el rumor en el pueblo de que un señor cuando trabajaba en el campo, se le apareció una serpiente con cara de mujer, era tan hermosa que el hombre no pudo resistir el deseo de besarla, cuando se acercó a ella y la quiso besar , la serpiente con cara de mujer lo mordió y huyó al jagüey, el que está en la falda de la Malinche, dicen que por esos días había  llovido mucho y el jagüey estaba bien lleno, y como  había corrido la noticia por la televisión pues vino mucha gente a constatar el hecho y a ver lo que por aquí sucedía. Otra versión es que dicen que se le apareció al señor, este señor era muy buena persona, y nunca le había hecho mal a nadie, era muy servicial y cuando le pedían un favor él con mucho gusto lo hacía. Este señor cuando fue a trabajar al campo escuchó una voz melodiosa y dulce entre los matorrales, y escuchó que le decía:
—Ayúdame por favor, estoy perdida, soy la hija de la Malinche. Por jugar mucho y no obedecer a mi madre me perdí y ahora no puedo regresar, ella ha de estar muy preocupada, llévame y ella te recompensará.
—Pero tengo que cumplir con mis deberes — decía el hombre — y atender a mis animales.
—Por favor, mi madre te recompensará — decía esto mientras su cara se asomaba por entre los arbustos y dejaba al hombre fascinado.
—está bien, te llevaré.
—Y el hombre llevó a la serpiente con cara de mujer hasta la Malinche — su madre — Y la Malinche  lo premió con una bolsa llena de oro. Dicen que ese hombre ahora es bien rico. Hay otra versión, ¿quieres oírla?
—Sí claro, cual es,
—Bueno, la otra versión es que, sí es cierto lo de la serpiente, pero según dicen, esa serpiente la trajeron de otro país para exterminar las ratas de una fábrica, dicen que en esa fábrica había muchas ratas, una plaga, y también dicen que no era una serpiente sino que eran dos. Habían puesto un cerco para que no escaparan las serpientes de la instalación, pero que, de todas formas se escaparon. A una serpiente sí la lograron matar pero la otra anda por la falda de la Malinche. Dicen que un muchacho la logró ver cuando se había ido de pinta y no había entrado a tomar clases en la escuela y que la serpiente lo castigó al dejarlo mudo porque al ver a la serpiente fue tanta su impresión, que ya no pudo hablar, según las señas de muchacho dice que era grande, del diámetro de un tubo de drenaje y enroscada daba como uno cincuenta de altura.
—Pero eso son más que cuentos, ¿no crees?
—Pues puede ser, pero lo que sí lograron es que la gente venga al pueblo, me dijo la viejita que los de las tiendas del pueblo se beneficiaron porque no falta quien quiera comprar que el refresco, que la botana, o el atún, los chicles.
—A ver  que otra cosa inventan para que la gente se dé cuenta que existe este pueblo — dice el acompañante mientras ve la polvareda que levanta el carro a sus espaldas — párate por allí compadre que voy a orinar.

El carro se para a orillas del camino de terracería. El conductor enciende un cigarrillo mientras su acompañante se dirige a los magueyes. Mientras baja la bragueta, escucha un chasquido de eses repetidas. Se asoma entre las hojas del maguey y ve que una serpiente se dirige al carro con gran rapidez. Termina y corre al caro con prisa. Asustado por lo que pueda pasar. El conductor ve a su compadre que corre hacia el carro.
— ¡Compadre, compadre, la serpiente! ¡La serpiente con cara de mujer!, ¡pélale compadre, pélale!

Sube al coche y el compadre arranca mientras observa por el espejo retrovisor una cara de mujer, muy hermosa, el cuerpo se encuentra en el capote trasero, encima de la cajuela. Después de recorrer un gran tramo con aquello de pasajero y tratar de tirarla y así huir del peligro, entran a la carretera “vía corta Puebla— Tlaxcala”. Con un rechinido de llantas  y un giro brusco hacen que el pasajero inoportuno caiga en la carretera y sea machucado por una docena de llantas de un trailer con prisa, después de veinte minutos sólo queda una salea de nada, pegada al asfalto; el sol contribuirá a borrar cualquier rastro. De la serpiente con cara de mujer hermosa sólo queda la historia.


LA CASA DE LA RIVERA 




Las nubes debutantes de la tarde, lobreguecen los riscos de la escarpada del valle de “Casas Grandes”, hay en los tumores obscuros y vaporosos, colores enamorados de centellas plateadas e indomesticables, visten al humo de la casa con centelleos y el viento azaroso acumula vaivenes sesteados que se pierden en el cielo; en lontananza, lejos de los riscos, por donde llega veredeando el río, se va acercando a pasos de Goliat la oscuridad de una noche presurosa, que parece que tiene emergencia en tragar todo en su negrura. El color chocolate del río es sumada por las caídas de las medianas cascadas al entrar al valle y también por los chubascos de los días anteriores, su oxigenación se enriquece aún más por el choque entre las rocas y lajas, cortantes, duras y filosas. La herbaza de la rivera va desde los abrojos grises por hongos imperceptibles, zarzas punzantes y  jarillas sarnosas de plaga. El pasto que llega a hasta la casa, de tan verde huele a menta, hay sobre de él hojas que inician su pudrición sobre otras ya podridas y más abajo el compuesto ya fermentado listo para nutrir las raíces. Los cimientos pétreos de la casa, sobresalen y miran por sobre el pasto, en ese nivel hay dos ventanas que exhalan aires rancios del sótano, es un olor mefistofélico que presagia horrores a las sombras de esos muros.

La habitación es acolchada por las amplios cortineros que dan hasta el piso de mármol, el sitio parece de una decoración minimalista, el hueco y la soledad en los muros campea como si fuera su elemento y el ahuecamiento del espacio parece comerse a toda entidad con sentido propio, los distintos aposentos no tienen identidad privativa, todas conforman una sola homogeneidad, como  si fueran extremidades de una estructura ósea. Como si fuera una caja hermética viva o la corporeidad de un engendro maligno hecho casa. La organicidad llega desde la respiración que pasa por entre los cortineros largos que llegan hasta el piso, a la exhalación por la chimenea que sisea humo perdido en el cielo y por las ventanas del sótano a la altura de los cimientos ligeramente asomados. Se percibe en el aire una mirada que no es hacia afuera, hacia el horizonte atenebrado, hacia los riscos escarpados del valle; sino, hacia su interioridad, como si la casa fuera un individuo autista, como si tratara de apresar todo lo contenido inclusive a sí mismo. En este sentido nacen figuraciones de un ente que se devora a sí mismo, que permanece ensimismado en su configuración psíquica afectada, que se solaza en comprimirse y comprimir todo lo que hay en su interioridad, como un galáctico hoyo negro tomador de todo ser sin distinción. Es parecido al asesino que yugula sin matar y se complace en ello mientras su compenetración se enriquece en voluntad y en ese interior, un personaje inmóvil, hurgando desde su calvario sus recuerdos.

Es un flaco personaje, su nariz moribunda y aguileña mira al suelo y en sus ojos borbotea fósforo en su último esplendor. Montado en una silla de ruedas por la parálisis total debido a la embolia, como un tronco tumbado, como un  engendro de la naturaleza, o mal formado organismo yace quieto y vegetativo en el centro de la habitación, en el techo han zumbado las moscas, parece que olfatean la putrescencia, y  algunas han puesto en el cable de luz del foco, huevas envueltas en secreciones gástricas.

El hombre fue a caer justo a las larvas del recuerdo, su  sinceridad vil se codeaba con la política y la frondosidad sofista de viejos años, prendía la luz de la añoranza y sentía que con eso la vida lo miraba de nuevo y le sonreía, se  imaginaba  que aún se movían las grietas a su paso, que aún podía obligar a los pobres de futuro a hacer cosas inhumanas y deshonrosas, que podía arengar cualquier cosa a su conveniencia y hacer retruécanos en las tertulias de la clase pudiente. Era un hombre que podía coger a la elocuencia y torcerle el pescuezo a su modo, podía con ello satisfacer sus instintos más salvajes y animalescos, despreciar  a las clases bajas, al “lumpen” y en el geto de literatos fracasados recitaba su poesía lánguida y por tanto decadente. Recordaba el juicio donde había arrebatado de manera despiadada la propiedad donde permanecía, pero, con que lentitud fue deletreando su existencia hasta llegar a lo que era,  un ser injertado en una morada pesada y de ambiente autoritario, era un personaje caricaturesco, seco y estéril circuncidado de la sociedad, apartado de toda humanidad, todo lenguaje y convivencia, sólo le hacían compañía los muros planos y tenuemente cuarteados. La casa lo apretujaba entre muro y muro y en los pasillos largos parecía que se encontraría con un espacio de cincuenta centímetros de ancho y de altura de ochenta centímetros, sentía que el techo se estrechaba hasta tocarlo con los cabellos, le succionaba las entrañas tratando de introducirse la esencia, su contenida presencia era apocada por los movimientos de los muros. Estos se atraían hasta hacerse una sola, obesa e inflada tapia, el ahogamiento y la desesperación de sentirse preso de esa situación lo hacían  una criatura oprimida, castigada por una famélica estructura ósea que se apeñuscaba a su piel ajada y tumefacta. Las cortinas parecían algodones secos como polvorones que se introducían en la garganta y mamaban toda saliva, toda humedad bucal, los ojos se medio habrían para jalar más aire  pero sólo conseguía que las venas moradas de las sienes se le abotagaran de sangre y en las canicas de los ojos le crecieran  imperceptibles hebras de plasma. El individuo seguramente tenía en la punta de la lengua un —¡hay!— pero no podía nombrar nada, su lengua torpemente quieta y pastosa, como una masa de barro metido en una cueva entre dentadura maltrecha y unos que parecían labios pero más que nada era una yaga asomándose al mundo. Su reclusión no tenía escapatoria, sabía que no tardaría el momento en que los muros se transformaran en sarcófago insertado en el valle de “Casas Grandes”. La estrechez de la vivienda había sido para él cada vez más densa, el sofoco llegaba como un orgasmo que hacía contraer las grasas del cuerpo, los bellos se ponían tiesos y por ellos entraba un frío gélido que penetraba el poro y llegaba a las capas bajas del pellejo, su cara de sepelio tenía una barba crespa, bajo ella eran unas arrugas plegadas unas a otras, como si se pelearan por ese territorio y el cuello asomaba igualmente y mezclado, arrugas, papada y grueso de manteca. Su esperanza de salvación se había escapado desde hacía mucho tiempo, era un reverbero opaco, desaparecido y anestésico del espíritu optimista. Su cara miraba el techo, hacia el foco, redondez vidriada por donde se arrastraban dejando un caminito baboso, las larvas de mosca listas para dejarse caer al cuerpo melifluamente enrarecido y fétido. Las larvas caen en la boca y allí se anidan, otras caen al ojo y se escurren como lágrimas lechosas hasta el oído; por la oreja, se escapan del cerebro tan podrido, traviesas larvas y se devoran poco a poco una vida que no quiere escaparse. El ser sepulto y corrompido obscurece las estancias que parece que lo aprietan más para escurrir sus jugos más consubstanciales.

Las cortinas dejan entrar un resuello que viene de accidentarse en los filosos riscos de la escarpada del valle, bajo el piso van escurriéndose  los gusanos gordos y bien alimentados hasta el sótano oscuro para enterrarse en la arcilla polvosa. Las ventanas no dejan entrar ningún rayo de luz, tanto afuera como en el sótano hay una oscuridad luciferina de miedo.


EL CAN MOJADO 




—La hiciste lo que te dije, o todavía no— pronuncia el burócrata a su asistente que va llegando con un legajo de papeles y una libreta de notas. Los dos sudan  las primeras horas calientes de la tarde de la ciudad  fronteriza. Ciudad Juárez es una entidad apeñuscada con otra ciudad igualmente problemática como lo es la ciudad de El Paso, en ellas se acumulan toda la podredumbre, la azarosidad, la inhumanidad, y las esperanzas de una vida distinta, renovada. Ciudades independientes de sus naciones por su amplia capacidad de comercio, de tráfico, y destino; ambas ciudades se drenan y trasfusionan las virtudes y deshonras humanas, se colaboran para accidentar los destinos, para ocultar las desavenencias de los drogadictos, los grafiteros, patinetos, y rolers. De los inmigrantes, migrantes y huidores de la ley, de los que buscan de aquí para allá o de allá para acá una identidad distinta, un destino soñado. Son entidades que viven la modernidad desde la perspectiva del patio trasero, desde los trebejos insulsos de la globalización y el entreveramiento de dos naciones  zurcidas a mano. Nuestra narración  tiene como contexto esta urbe bilingüe y birracial, donde convergen lenguajes tan distintos pero tan cercanos, vecinos pero en confrontación continua, enlazados diariamente por pachucos, cholos y chicanos por mexicanos y norteamericanos. La globalización se vive en las calles, en cada compra, en las tiendas, en las caras de los “mojados” permanentes y perdidos en la indigencia, atrapados en la droga o en los tejidos de su comercio; se vive también en la transacción monetaria en las esquinas “permitidas” de dólares, y pesos; de carne humana con minifalda, y de polvo de ángel entre otros contrabandos.

—Sí, ya mandé la circular a los medios de comunicación, hay que esperar que ratifiquen su asistencia a la rueda de prensa, pero… ¿A donde la vamos a hacer?, en el auditorio o en la sala de juntas.
—Ve por Don Jacinto para ver si ya terminó con lo que le pedí, y háblale a Carmela para que me pase estos apuntes en limpio, ¡ha!, y también dile a Eusebio que quiero que me consiga otros datos que necesito para la rueda de prensa.
— ¡Muévete inútil,  pendejo!, eres tan inútil como los de la perrera que no han podido con el problema. Y ahora tengo que ver yo todo.

El responsable de salubridad se encuentra nervioso, ha convocado a los medios de difusión y prensa para aclarar asuntos y dispersar rumores que empañan su intachable y buena administración. En el cargo tiene medio año. Él no sabe porque lo pusieron en el puesto, no conoce nada de salud, salubridad y demás pero, era un paso para ser uno de los hombres de la lista que pudieran ser elegidos como candidatos a diputado por el Partido Efusionista de la Democracia (P. E. D.) La reunión con los medios de difusión será a las cuatro de la tarde, y llegaran los periódicos locales: “El sol de la frontera”, “El Avance”, y el Diario: “Juárez de la tarde” y de las revistas: “Zeta”, “Jaque” y “Diálogo Social” y de los noticiarios radiofónicos: “Resumen” y “Ahora”. La sala de juntas es la más apropiada para la conferencia puesto que tiene aire acondicionado y en la vista principal de la habitación un librero de pared a pared de color cedro y con libros y enciclopedias que hacen presentar a los hombres como sabihondos, intelectuales y protagonistas de la ciencia. La sala de juntas, en color rojo y dorado con molduras  en estuco y pintadas en oro con figuras griegas y románicas, a lo alto un plafón oculta la iluminación fluorescente  y una amplia  cornisa rodea y enaltece la estancia.

Los profesionales y lujosos reporteros, llegan sudorosos; cargan en la maleta su libreta de notas, y su grabadora sudorífica, otros más llegan con sus cámaras con correas colgadas al cuello o al hombro. Su piel morena presume el bronceado diario, de banqueta. Todos traen un celular a la cintura o bien en la petaca, razón por lo cual a cada momento pulsa alguna señal telefónica. Se saludan. El compañerismo entre los colegas es amable, son socios todos del chayotismo hermoso y reconfortante, se conocen de andar persiguiendo la noticia a diario y algunos de tomarse algunas caguamas bien “helodias”. Dos jovenzuelos, novatos y ciscados por el ambiente andan como perdidos, su nerviosismo los desenmascara ante los zorros y más colmilludos del ámbito, aquellos que cobran aquí y allá y acaparan los espacios y sus caras cínicas y simpáticas hacen recordar más a las hienas que a los zopilotes. Los inexpertos se acomodan acá o allende y sus tenis sueltan la peste propia para un desmayo, pero la buena ventilación ayuda a calmar la impaciencia odorífera. Y llega la periodista de lujo, la articulista estrella, tanto por sus notas periodísticas como por su voluptuoso cuerpo de “Diana Cazadora”. La hermosa se sabe deseada y por eso llega y se aposta en las filas de los preferidos, llega con el escandaloso perfume de Chantibel N° 5  y con un caminar encantador como el que tiene Salma Hayek. Su piel es fina como de durazno, con unas pestañas que envidiaría la mismísima Afrodita, no obstante, despierta en los hombres el idéntico deseo libidinoso de esta diosa griega.

La secretaria del funcionario acomoda los vasos y la jarra de agua,  enciende el micrófono y le da unos golpes con el índice para probar su funcionamiento, pone el cenicero que trae guardado eficientemente en la bolsa del saco y reacomoda nuevamente la tercia de sillas tapizadas de terciopelo sintético color vino.

El protagonista principal entra con el caminar rechoncho que todos conocen, ha pasado un cuarto de hora después de la cita y se ve que trae la gran noticia, como si cargara entre sus ropas plus por la gordura, un as escondido. Como si fuera a dar la noticia del antídoto contra el Ébola. Al estrado lo acompañan  su secretario, y la encargada de finanzas. A la entrada, han puesto un escritorio con vasos desechables  dos jarras, un botellón con agua purificada y una caja con sobres de “Vida suero oral” entre otras cosas trípticos de la Secretaría de Salubridad. Todo eso gratis.

—Señores periodistas. Les agradezco profundamente el que hayan asistido a esta reunión con su servidor, para dar a conocer los avances  en materia de salud, así como el informe de la campaña de vacunación tan exitosa que llevamos a cabo durante el “mes de la salud familiar”. Desde que entramos a laborar en esta tarea que nos encomendó el señor gobernador del Estado, hemos estado trabajando arduamente, para la salud de los niños, ancianos y en fin todos lo que integran la familia en nuestro Estado. Nosotros siempre hemos estado preocupados por la salud y el bienestar de la familia, por ello, es necesario que dé algunos datos que clarifican el arduo trabajo de esta secretaría. Se vacunaron a 5457 niños con la triple viral, y se inyectaron 2134 con la vitamina que es más que nada un complemento inyectado, además se pusieron 684 vacunas contra el tétanos para niños y mujeres embarazadas y se continúa con los programas permanentes de “cultura reproductiva” , “aguas con el SIDA” “El cólera mata” y otro que es para evitar la deshidratación de los niños en estas épocas de calor”—El ágil disertador continua su exposición mientras los periodistas anotan en sus libretas y vigilan sus grabadoras puestas cerca de los altoparlantes y otros entre ellos la periodista estrella, toma fotografías  con poses delirantemente sugestivas. El chisporroteo de las cámaras es incesante, motivo por el cual el oficial regordete se limpia el sudor, e  intenta una cara fotogénica en cada centelleo. Termina con su verborrea y amablemente concede  cinco minutos para preguntas:
— ¿Señor Licenciado, es verdad que lo van a proponer en su partido para ocupar un puesto de diputado en las próximas elecciones?
—No lo sé, eso le compete a mi partido, siempre tomando en cuenta las proposiciones de nuestras bases en el partido.
— ¿Usted piensa que usted es el mejor candidato?
—Yo sé cumplir la voluntad del pueblo, y si el pueblo quiere, yo obedezco.
— ¿Es verdad sobre los rumores de que en la ciudad ha crecido la insalubridad en un 25% y la muerte de menores a un 15% y también de que los problemas de mordeduras por perros con rabia es un caso grave que lo tienen a usted en jaque?
—No joven esos son rumores mal fundados, los rumores y acusaciones sobre insalubridad e ineficacia son por culpa de los estadounidenses. Verá, hemos hecho las respectivas investigaciones científicas y en ellas encontramos que el propagador del mal —o sea la rabia— lo es un perro en la vecina ciudad de El Paso que a diario cruza la frontera “de mojado” para morder a personas y animales y luego se regresa; es un perro maldito que propaga la rabia y contamina todo. Estamos por acabar con ese mal, nada más que le demos  caza y tendremos salud y bienestar en las familias de Ciudad Juárez. Bueno, muchas gracias por su atención, ¡Ha!, a la salida les estamos regalando agua purificada, porque está dura la calor, y unos sobres de “vida suero oral” para que no se me vayan a deshidratar, gracias, muchas gracias.