LA IRONÍA A CHIAPAS
UN CUENTO DE FICCIÓN
Estamos dispuestos a
vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de
ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco
edificantes que nos llegan de las habitaciones de los sirvientes. Sí, pongamos por caso, un
movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de
la dominación extranjera o derrocar
estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos
gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que
hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y
pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como
un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta
beligerancia con la fuerza apropiada.
Es esta
mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas
académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en
Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas
políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C.
Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que
el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la
participación política, aún cuando esté manipulado, a nivel local de forma
a envolver al pueblo en una revolución de
contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto
presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de
los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para
arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se
trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una
abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C
ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el
empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de
batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos rurales, las armas serían las ideas) y
correspondientemente, que hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca
(fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato
personal). Documentos del M.A.R.C. ponen
de manifiesto el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su
propia superioridad política, confirmando así plenamente el análisis de los
portavoces militares que definen nuestro
problema como (con fuerzas armadas considerables pero escasa fuerza política — para — contener
un adversario que posee enorme fuerza política pero sólo una modesta potencia
militar)
Similarmente,
el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de las que
continuaron en octubre fue la franca admisión por parte de los altos cargos del
gobierno de ese Estado de que no podían
sobrevivir a un “arreglo pacífico” que dejará en su lugar la estructura
política de Chiapas incluso si las unidades de guerrillas de Chiapas fueran
desarmadas, de que no son capaces de competir políticamente con los
anticristianos. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de
pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura
política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control
político—gubernamental sobre la población. Y desde Puebla un corresponsal cita a un portavoz
destacado de Chiapas diciendo: “con franqueza no somos lo bastante fuertes para
competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos
están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con
ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No
podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden
la situación perfectamente. Por tanto el secretario en cargo ha señalado que si
Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro con todos sus derechos se habrá, en cierto sentido, anotado la victoria sobre los
mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro
reportero dice: “El compromiso no ha
causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en
conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían
sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no
por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México
ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política
independiente”.
En resumen,
vamos a permitir magnánimamente que los representantes de Chiapas acudan a las
negociaciones solamente si acceden a
identificare a sí mismos como agentes de potencia ajena y por tanto
renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental,
derecho que no se ha cansado de pedir desde hace una media docena de años.
Sabemos perfectamente que en cualquier coalición representativa, nuestros
delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por consiguiente, debemos incrementar la fuerza y
resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente
pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población
— día este que jamás verá su amanecer,
pues como alguien a destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del
sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por
tanto si fuéramos a negociar en la
dirección de soluciones que sean puestas bajo la etiqueta de neutralización; esto equivaldría
a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego,
Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto,
por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de
que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles
y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de
desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para
imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras
poblaciones estén dispuestas a aceptar
esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza.
Si es de la
incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los
acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular
historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las
resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de
comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones
chiapanecas, y que tendrán condiciones
inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la
inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea
feliz; por otro lado los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar
más de la bolsa mexicana de valores.
LA MUERTE TIENE PERMISO DE HACER FUEGO LAS CENIZAS[1]
Era mi vecino de la
calle Muñoz Camargo, arteria que partía en mitad la ciudad de Tlaxcala.
Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano
Zapata, mientras él junto con mi hermana, estudiaban la secundaria en la
“técnica”.
Por aquel
entonces se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se
enojaba con su madre, diciendo: — ¡me voy a matar! Ustedes no me quieren
—Y la madre desde abajo le contestaba
cosas que no animaban ha hacer lo contrario. Oscar era un adolescente demasiado
impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su
rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares
de la localidad e inclusive intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo
imposibilitaban. Cuando se estrenó el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras,
supe que se había ido a Houston.
Se le veía
rodeándose de tanta gente, conociendo personas, o a un hombre a quien amar. Sus
brazos se entregaron a los cuerpos bronceados pétreos y erguidos, otros que
tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se
convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que
habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando en el
restaurante más de uno acariciaba su trasero y él, respondía coqueto con una
sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de
trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos
suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero le soportaba sus extravagancias y
hasta su cara con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él
coqueteaba con otro rival, entonces si se ponía agresivo. Oscar se puso
histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su amigo de
departamento lo había dejado. La nota decía: — ¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!
El padre de
Oscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos
petroquímicos derivados. Compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba
mucho. Sólo dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a
México a establecerse y la siguiente cuando vino a romper con su segunda
esposa: Ana, la madre de Oscar.
Su padre
supo que vivía su hijo en otra colonia — ¡Puto chiquito!—Decía, peinándose el
bigote frente a un escritorio de roble; a su lado la secretaria se reacomodaba
el sostén, y corregía sus medias fruncidas.
No recuerdo
una sola ocasión que su madre se preocupara por él, hasta que le dio “leucemia”
(en realidad pienso que lo que tenía era SIDA) entonces tuvo que viajar una vez
al año durante cinco de estos. Los hermanos se disgustaban porque no podían
contar con el dinero que dejaban las rentas, porque era para el avión.
Cuando
enfermó, mi hermana se puso triste, ella si lo estimaba, lo quería; inclusive
una ocasión se quedaron solos en la casa de México. — No te preocupes conmigo
no corres peligro — Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza;
con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso no lo volvió
a ver. En una ocasión llegó una carta de Houston, extraño porque en Houston no
teníamos conocidos hasta que leyó mi hermana. Mientras ella pasaba la vista por
las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era
Oscar desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si
estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la
tele que son pura osamenta, carcaza negra, en esos huesos tristes sonríe la
muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la
foto fuera Oscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba,
lucía el pavor en la cara granuja, una cobija de lana tapaba algunas costillas
y sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de
su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones y en su cabeza los
hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los
anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al
espejo, en el tocador.
Ana y su
familia no eran cristianos. A Oscar no le importaba, pero cuando incineraron su
cuerpo, su polvo fue guardado en el cofre de metal junto con el libro de poemas
y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de polvo presente, fue
hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso
en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía
platicar y juzgar no sé que cosa, no los entiendo. Al salir, mi hermana cargó
el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron
café y pan de dulce (lo tradicional) pero pusimos pretextos, la mayoría de la
gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.
La muerte
siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las
jacarandas del Bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre
estático aguardaba a lado del teléfono, en la repisa color caoba, de la sala de
los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los
muertos o los heridos al Hospital General (Oscar y yo en ocasiones nos gustaba
correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido) destino que no
podía cambiar; sin embargo no me preocupaba tanto la muerte de Oscar. Sé que
las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría.
Necesitaba platicar con ella, decirle cuanto la quería. Le dejé un ramo de
claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba, en el
apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes
intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en la
atardecida. Chizpazos y destellos recorrieron la instalación de teléfono ¡No
supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban
hilos de humo tostado que iban a dar al techo, las carpetas de los sillones
comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que
no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.
En la casa
del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos,
incandescentes. La repisa empezó a mal oler como a madera chamuscada, frita. La
neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal y
adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder el polvo
guardado. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se
dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el
cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del
cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte
tiene permiso de hacer fuego las cenizas.
UNA PEQUEÑA OLA REVENTANDO EN SU FRENTE
Muy moderna se veía con
su copete alzado como una pequeña ola reventando en su frente. La veía oculto entre
las ramas, agazapado; tratando de ser imperceptible. Eran los arbustos un
escaparate idóneo para cubrir la vista. Me vi fortalecido en el ocultamiento,
cuando ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la
escuela. Yo no existía en su mundo, algo parecido a un ser invisible.
Pude espiar mi mano adelantada sobre
los setos del jardín, y atado, el reloj que marcaba la hora exacta para salir
corriendo a la siguiente clase; entonces corrí y se me ocurre algo que no
hubiera deseado jamás hacer en mi vida; estornudarle en la cara justo al paso.
Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.
PERROS DE AGUA
—Sólo bastaba ver el
cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el
aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se
mueve, cambia y se moderniza por amor a
la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso pero me
imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los
políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo
ellos se entienden.
—Desde que terminé la
preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera
trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha!
Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como
energúmeno. No recuerdo bien cual fue el sermón porque mientras lo recibía
observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de ingles;
fue mi salvación de momento, — quiero estudiar ingles — le dije sin
miramientos; él contestó que estaba bien pero que aún así tenía que emplearme
en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y
que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!
—Vivía en la calle
Julián de Obregón en San Hipólito Chimalpa y la escuela de ingles estaba a un
costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era
muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A
esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que
corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba
era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama
Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los
sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la
historia. Lo que sé, es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente
no conozco de variedades de aves pero, cuando iba a la primaria un compañero me
dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como águilas negras se llamaban “perros de agua” y
que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.
—Al ir a la escuela de ingles,
veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas olían mal generalmente a no ser que hubiera
caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso.
Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se podía ver un entramado de raíces y palos,
como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba
como poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos!
impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me
volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!
—Los pajarracos que les
cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría
como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a
punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y
estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies:
“perros de agua” en extinción. Con
amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para
conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los
trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio en el
caso de que las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con
binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica
medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad
de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para
tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de
enfermedades más comunes o la substitución de otros nutrientes propios del
caracol y la rana.
—Se podría fabricar una
solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y
también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el
peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a
la economía de la ciudad.
—Después de la reflexión
lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos:
servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque lavar carros o estudiar ingles pues…sí, pero
no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como
galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar
las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo,
dice el dicho que “di las cosas se
hicieran tan fácil cualquiera las haría”.
—Esto valía la pena, así
que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de
remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del
estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de ingles para que
lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación
sobre los Animales en peligro de inanición) —por aquello de la laguna de
Acuitlapilco— en Utah USA. Después de medio año de remitir aquél proyecto,
cuando curso el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado
con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el
periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que
prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza
a como dé lugar para bien del turismo.
En la media
noche. La policía había realizado una redada en el sitio tomándolos
desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida.
Las aves fueron puestas a disposición de las autoridades correspondientes.
Purgan una condena mínima pero significativa de tal modo que no vuelvan a posar las alas en ese
lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.
[1] Este titulo corresponde a una convocatoria a concurso de cuento
cuyo homenaje fue al gran maestro Edmundo Valadés por lo cual utilizamos una
frase muy conocida a manera de ofrenda.