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martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 11


LA IRONÍA A CHIAPAS

UN CUENTO DE FICCIÓN




Estamos dispuestos a vivir pacíficamente dentro de nuestros hogares, más bien espaciosos, si hemos de ser verídicos. Y desde luego y por supuesto, nos enojan los ruidos poco edificantes que nos llegan de las habitaciones de los  sirvientes. Sí, pongamos por caso, un movimiento revolucionario de base rural trata de alcanzar la independencia de la dominación extranjera  o derrocar estructuras semifeudales apoyadas por potencias mexicanas o si los ilógicos gobiernos rehúsan responder apropiadamente el programa de fortalecimiento que hemos preparado para ellos, si objetan a verse cercados por los benévolos y pacifistas (hombres ricos) que controlan los territorios de sus fronteras como un derecho natural, entonces, evidentemente debemos responder a esta beligerancia con la fuerza apropiada.

Es esta mentalidad lo que explica la franqueza con que el gobierno y sus apologistas académicos defienden la repulsa popular a permitir un arreglo político en Chiapas a nivel local, un arreglo basado en la distribución real de fuerzas políticas. Incluso los expertos del gobierno admiten libremente que el M.A.R.C. Es el único partido político en Chiapas basado realmente en las masas, del que el M.A.R.C. ha hecho un esfuerzo masivo y consciente para extender la participación política, aún cuando esté manipulado, a nivel local de forma a  envolver al pueblo en una revolución de contenido y apoyo propio y que este esfuerzo se ha visto hasta tal punto presidido por el éxito que ningún grupo político (con la posible excepción de los grupos anticristianos, se cree equiparable en tamaño y poder para arriesgarse a entrar en una coalición, temiendo que si lo hace: la ballena se trague la sardina). Por añadidura, conceden que hasta la introducción de una abrumadora fuerza nacional. El M.A.R.C  ha porfiado para que la contienda (se librara a nivel político y que el empleo de poder masivo militar podría ser por sí mismo ilegítimo… el campo de batalla iba a ser de las mentes y lealtades de los chiapanecos  rurales, las armas serían las ideas) y correspondientemente, que hasta mediados del año 2000, la ayuda desde Oaxaca (fue mayormente confinada a dos áreas — reglas doctrinales y liderato personal). Documentos del M.A.R.C.  ponen de manifiesto el contraste entre la superioridad militar del enemigo y su propia superioridad política, confirmando así plenamente el análisis de los portavoces militares que definen  nuestro problema como (con fuerzas armadas considerables  pero escasa fuerza política — para — contener un adversario que posee enorme fuerza política pero sólo una modesta potencia militar)

Similarmente, el desenlace más chocante de la conferencia de paz en febrero y de las que continuaron en octubre fue la franca admisión por parte de los altos cargos del gobierno de ese Estado de que no podían  sobrevivir a un “arreglo pacífico” que dejará en su lugar la estructura política de Chiapas incluso si las unidades de guerrillas de Chiapas fueran desarmadas, de que no son capaces de competir políticamente con los anticristianos. Así, proseguimos, que los chiapanecos demandan un “programa de pacificación” que tenga como su meollo… la destrucción de la estructura política clandestina de Chiapas y la creación de un férreo sistema de control político—gubernamental sobre la población. Y desde  Puebla un corresponsal cita a un portavoz destacado de Chiapas diciendo: “con  franqueza no somos lo bastante fuertes para competir con los que apoyan el T.L.C. sobre una base puramente política. Ellos están organizados y son disciplinados. Nosotros no lo somos, no contamos con ningún partido grande y bien organizado y no tenemos tan siquiera unidad. No podemos dejar que exista el chiapaneco. Los altos cargos en México comprenden la situación perfectamente. Por tanto el secretario en cargo ha señalado que si Chiapas acude a la mesa de conferencias como miembro  con todos sus derechos se habrá, en  cierto sentido, anotado la victoria sobre los mismos objetivos que Chiapas y los otros Estados se han empeñado en impedir”. Otro reportero dice: “El compromiso no ha causado la menor satisfacción aquí toda vez que la administración sacó en conclusión hace ya mucho tiempo que las fuerzas del M.A.R.C. no podían sobrevivir en una coalición con los jefes de gobierno. Es por esta razón — y no por causa de una interpretación excesivamente rígida del protocolo — que México ha rehusado firmemente tratar con Chiapas o reconocerlo como fuerza política independiente”.

En resumen, vamos a permitir magnánimamente que los representantes de Chiapas acudan a las negociaciones solamente  si acceden a identificare a sí mismos como agentes de potencia ajena  y por tanto  renuncian al derecho a participar en una coalición gubernamental, derecho que no se ha cansado de pedir desde hace una media docena de años. Sabemos perfectamente que en cualquier coalición representativa, nuestros delegados elegidos no durarían un día sin el apoyo de las armas. Por  consiguiente, debemos incrementar la fuerza y resistir negociaciones significativas, hasta el día en que un gobierno cliente pueda ejercer tanto el poder militar como el control político sobre su propia población — día  este que jamás verá su amanecer, pues como alguien a destacado, nunca estaríamos seguros de la seguridad del sudeste, cuando la presencia Occidental se hubiera efectivamente retirado. Por tanto si fuéramos  a negociar en la dirección de soluciones que sean puestas bajo la  etiqueta de neutralización; esto equivaldría a capitulación ante los anticristianos. De acuerdo con ese razonamiento, luego, Chiapas debe subsistir, permanentemente, como base militar ajena. Todo esto, por supuesto es razonable, en tanto aceptemos el axioma político fundamental de que los Estados, con su tradicional preocupación de los derechos de los débiles y los oprimidos, y con su privativa división de la apropiada modalidad de desarrollo de los pueblos atrasados, debe tener el valor y la persistencia para imponer su voluntad por la fuerza hasta llegado el tiempo en que otras poblaciones estén dispuestas a aceptar  esas verdades — o simplemente abandonar la esperanza.

Si es de la incumbencia de los cuentistas porfiar por la verdad, es también su deber ver los acontecimientos en su perspectiva histórica. Afortunadamente, esta particular historia tiene un final feliz. En pocas semanas el gobierno dio las resoluciones al M.A.R.C. Entre lo pactado está que el Banco mundial dará de comer por espacio de una década a todo aquél afectado por las situaciones chiapanecas, y que  tendrán condiciones inmejorables como las tienen los países del primer mundo, además de que la inversión extranjera escanciaría sus riquezas para que el pueblo chiapaneco sea feliz; por otro lado los inversionistas extranjeros se propusieron no abusar más de la bolsa mexicana de valores.

LA MUERTE TIENE PERMISO DE HACER FUEGO LAS CENIZAS[1]




Era mi vecino de la calle Muñoz Camargo, arteria que partía en mitad la ciudad de Tlaxcala. Recuerdos… Yo era un chiquillo. Estudiaba la primaria en la escuela Emiliano Zapata, mientras él junto con mi hermana, estudiaban la secundaria en la “técnica”.

Por aquel entonces se le notaba. Solía gritar desde la azotea de su casa cuando se enojaba con su madre, diciendo: — ¡me voy a matar! Ustedes no me quieren —Y  la madre desde abajo le contestaba cosas que no animaban ha hacer lo contrario. Oscar era un adolescente demasiado impulsivo, delgado; desde la azotea podía verse su tétrica y triste figura, su rara personalidad, tal vez porque era homosexual. Solía pasearse por los bares de la localidad e inclusive intentar entrar en el ejército, pero su edad se lo imposibilitaban. Cuando se estrenó el nuevo mercado llamado Sánchez Piedras, supe que se había ido a Houston.

Se le veía rodeándose de tanta gente, conociendo personas, o a un hombre a quien amar. Sus brazos se entregaron a los cuerpos bronceados pétreos y erguidos, otros que tenían acento extranjero y que esponjaban su corazón con la primera caricia; se convertían para él en huesos firmes y duros como los de las ballenas viejas que habitan el Atlántico. Los días se transformaban en fiesta cuando en el restaurante más de uno acariciaba su trasero y él, respondía coqueto con una sonrisa complaciente. Cuando llegaba a su casa después de un lento día de trabajo, depositaba en el cofre de metal, encima del tocador, sus anillos suntuosos y de figuras extrañas. Su compañero le soportaba sus extravagancias y hasta su cara con mascarillas por la noche; pero era otra cosa cuando él coqueteaba con otro rival, entonces si se ponía agresivo. Oscar se puso histérico cuando recibió por teléfono la noticia de que su amigo de departamento lo había dejado. La nota decía: — ¡Pelandusca chiquita, ya no te quiero!

El padre de Oscar vivía también en Houston. Tenía a su cargo las importaciones de productos petroquímicos derivados. Compañía que era una ramificación de PEMEX. Viajaba mucho. Sólo dos ocasiones lo vi en Tlaxcala, la primera vez cuando llegaron a México a establecerse y la siguiente cuando vino a romper con su segunda esposa: Ana, la madre de Oscar.

Su padre supo que vivía su hijo en otra colonia — ¡Puto chiquito!—Decía, peinándose el bigote frente a un escritorio de roble; a su lado la secretaria se reacomodaba el sostén, y corregía sus medias fruncidas.

No recuerdo una sola ocasión que su madre se preocupara por él, hasta que le dio “leucemia” (en realidad pienso que lo que tenía era SIDA) entonces tuvo que viajar una vez al año durante cinco de estos. Los hermanos se disgustaban porque no podían contar con el dinero que dejaban las rentas, porque era para el avión.

Cuando enfermó, mi hermana se puso triste, ella si lo estimaba, lo quería; inclusive una ocasión se quedaron solos en la casa de México. — No te preocupes conmigo no corres peligro — Dijo él mientras caminaba por la sala como partiendo plaza; con la delicadeza desplazada en un cuerpo femenino. Después de eso no lo volvió a ver. En una ocasión llegó una carta de Houston, extraño porque en Houston no teníamos conocidos hasta que leyó mi hermana. Mientras ella pasaba la vista por las caligrafías, yo sacaba del sobre una foto de una persona irreconocible. Era Oscar desahuciado, hecho cáscara, con la piel pegada a los huesos. Como si estuviera viendo a un individuo de África, de los que a veces aparecen en la tele que son pura osamenta, carcaza negra, en esos huesos tristes sonríe la muerte, la miseria y el hambre. Era inadmisible que lo que estaba impreso en la foto fuera Oscar: su cara trataba de sonreír, pero el horror se le emparejaba, lucía el pavor en la cara granuja, una cobija de lana tapaba algunas costillas y sobre la mesa de noche, un libro de poesía que estaba escribiendo. Encima de su frente asomaban manchas anaranjadas con excoriaciones y en su cabeza los hirsutos cabellos permanecían regados en la almohada. En su mano lucía los anillos suntuosos y de figuras extrañas extraídos del cofre de metal, frente al espejo, en el tocador.

Ana y su familia no eran cristianos. A Oscar no le importaba, pero cuando incineraron su cuerpo, su polvo fue guardado en el cofre de metal junto con el libro de poemas y sus alhajas. En la iglesia de San José tuvo su misa de polvo presente, fue hasta el mes siguiente cuando hicieron el servicio. Ana tenía que pedir permiso en su templo. Ellos no respetaban nada, inclusive en la ceremonia los veía platicar y juzgar no sé que cosa, no los entiendo. Al salir, mi hermana cargó el cofre hasta la calle Muñoz Camargo donde vivían los vecinos. Nos invitaron café y pan de dulce (lo tradicional) pero pusimos pretextos, la mayoría de la gente hizo lo mismo, tal vez por su religión.

La muerte siempre andaba cerca, pero ahora se sentía en el aroma extraño e inusual de las jacarandas del Bulevar Mariano Sánchez. Por las noches, mientras el cofre estático aguardaba a lado del teléfono, en la repisa color caoba, de la sala de los vecinos, se escuchaba el ulular de las ambulancias que venían a dejar los muertos o los heridos al Hospital General (Oscar y yo en ocasiones nos gustaba correr a ver a los muertos o atisbar las tripas del herido) destino que no podía cambiar; sin embargo no me preocupaba tanto la muerte de Oscar. Sé que las cosas pasan. Por el momento, tenía la corazonada de que Alicia me llamaría. Necesitaba platicar con ella, decirle cuanto la quería. Le dejé un ramo de claveles rojos sobre su escritorio con una nota diciendo que la amaba, en el apunte había dibujado objetos eróticos para que viera mis ardientes intenciones. Se había ido la luz, el teléfono petrificado, inerte en la atardecida. Chizpazos y destellos recorrieron la instalación de teléfono ¡No supe qué pasó! El aparato se puso negro en un segundo, en el cable brotaban hilos de humo tostado que iban a dar al techo, las carpetas de los sillones comenzaron a cubrirse de un tizne grisáceo. Le grité a mi hermana y recordé que no estaba, a esas horas laboraba en su trabajo.

En la casa del vecino sucedía lo mismo, los hilos conductores se fundían, se ponían rojos, incandescentes. La repisa empezó a mal oler como a madera chamuscada, frita. La neblina cundió en la pequeña sala donde se encontraba el cofre de metal y adentro de éste, el libro de poemas se inflamaba y hacía arder el polvo guardado. Los anillos permanecieron candentes hasta el tercer día y nadie se dio cuenta. Aún hoy no sé qué sucedió con los cables, pero algo tuvo que ver el cofre cerca del aparato de los vecinos. Ellos deberían asomarse al interior del cofre de metal, en la repisa que está en su sala, descubrirán que la muerte tiene permiso de hacer fuego las cenizas.

UNA PEQUEÑA OLA REVENTANDO EN SU FRENTE




Muy moderna se veía con su copete alzado como una pequeña ola reventando en su frente. La veía oculto entre las ramas, agazapado; tratando de ser imperceptible. Eran los arbustos un escaparate idóneo para cubrir la vista. Me vi fortalecido en el ocultamiento, cuando ella jugaba con su bolso y reía con su amiga en el pasillo de la escuela. Yo no existía en su mundo, algo parecido a un ser invisible.

Pude espiar mi mano adelantada sobre los setos del jardín, y atado, el reloj que marcaba la hora exacta para salir corriendo a la siguiente clase; entonces corrí y se me ocurre algo que no hubiera deseado jamás hacer en mi vida; estornudarle en la cara justo al paso. Su semblante quedó hecho brisa, con el copete destruido.

PERROS DE AGUA




—Sólo bastaba ver el cielo hacia algún lugar para advertir las parvadas de pájaros dando giros en el aire. Eso me gustaba, más cuando se vive en una ciudad capital donde todo se mueve, cambia  y se moderniza por amor a la humanidad, al progreso. Yo realmente no sé lo que significa progreso pero me imagino que ha de ser tener: radio, televisor, compact-disk o computadora. Los políticos hablan de progreso y democracia, me pregunto si será lo mismo, sólo ellos se entienden.

—Desde que terminé la preparatoria, me dijo mi padre que me pusiera a trabajar, que consiguiera trabajo o que él me lo conseguía; eso me preocupó, porque… ¡Él se mancha! Cuando me vio sentado viendo la telenovela de las cinco, se puso como energúmeno. No recuerdo bien cual fue el sermón porque mientras lo recibía observaba los anuncios de la tele. Salió la publicidad de la escuela de ingles; fue mi salvación de momento, — quiero estudiar ingles — le dije sin miramientos; él contestó que estaba bien pero que aún así tenía que emplearme en algo. Recordé que mi tío tenía un negocio de lavado de autos en Apizaco y que podía sacar algo. ¡Uf! Salvado, porque… ¡Él se mancha!

—Vivía en la calle Julián de Obregón en San Hipólito Chimalpa y la escuela de ingles estaba a un costado de “Gigante”. Se hace uno caminando como veinticinco minutos y no era muy lejos, lo malo estaba en que me tenía que parar a las seis de la mañana. A esas horas las calles amanecen, están vacías, y sólo se ven adolescentes que corren para entrar a su clase de las siete. La calle que más me desconcertaba era la de los árboles grandotes, la que está por el mercado, creo que se llama Lira y Ortega. Verán. Si han de observar esa calle está arbolada, creo que los sembraron los antiguos habitantes de Tlaxcala, no lo sé; soy malo para la historia. Lo que sé, es que siempre ha habido pájaros de todo tipo. Realmente no conozco de variedades de aves pero, cuando iba a la primaria un compañero me dijo mientras paseábamos por la ribereña que esas como  águilas negras se llamaban “perros de agua” y que comían caracoles, pequeños sapos de la laguna de Acuitlapilco.

—Al ir a la escuela de ingles, veía regado en el piso el excremento de las aves, esas banquetas  olían mal generalmente a no ser que hubiera caído el día anterior un chubasco que permitiera olfatear otra cosa en el piso. Entre el frondoso follaje eran imperceptibles, se  podía ver un entramado de raíces y palos, como un sombrero boca arriba ¿serían sus nidos? Sí, puede ser. Me preguntaba como poder conocer la cantidad de estas palmípedas, ¡sería posible contarlos! impracticable era en los bambúes del jardín del museo de las artesanías. Me volvía loco al pasar por allí, tanta pilladera ¡es bestial!

—Los pajarracos que les cuento sí. Me imagino que podríamos hacer una investigación, en la cual tendría como problemática la ayuda al ecosistema y a la conservación de las especies a punto de desaparecer. Dado que se secó estérilmente la laguna de Acuitlapilco y estos animales subsistían gracias a ella. El escruto se podría llamar: proyecto de conservación de las especies: “perros de agua” en  extinción. Con amplitud de veinte cuartillas y dirigido a los interesados. Sería para conseguir apoyo del gobierno del estado, y autoridades municipales. Entre los trabajos a realizar estarían: El cálculo numérico de animales. El auxilio en el caso de que las ramas se desgajen. La observación permanente de sus nidos con binoculares desde los edificios más altos para así no molestarlos. Científica medición por metro cuadrado del número de excremento para calcular la cantidad de tiempo en hacer sus necesidades por comunidad. Estudios en laboratorio para tomar en cuenta la posible importación de babosas, sapos y la prevención de enfermedades más comunes o la substitución de otros nutrientes propios del caracol y la rana.

—Se podría fabricar una solución aromática para rociar todas las mañanas los troncos, la banqueta y también hacer negocio rentando paraguas en los extremos de la calle para que el peatón pase cómodamente y no sufra algún contratiempo. Eso podría beneficiar a la economía de la ciudad.

—Después de la reflexión lo que quedaba era redactar y remitirlo a las autoridades. Son mis deseos: servir a la comunidad, hacer algo de provecho. Porque  lavar carros o estudiar ingles pues…sí, pero no me llenaba, como que eso lo hacían muchos y una idea como ésta era como galardón al mérito o como los premios de Jacques-Ives Cousteau por resguardar las especies en extinción de los océanos. Fueron cinco meses de arduo trabajo, dice el dicho que “di las cosas se hicieran tan fácil cualquiera las haría”.

—Esto valía la pena, así que mandé copias de mi pequeña y anticipada investigación, las propuestas de remedio, los objetivos; bueno, el sí el proyecto completo, al gobierno del estado, a la presidencia municipal, al CONACYT, y al maestro de ingles para que lo tradujera y pudiera mandar la información al CDAPI (Centro de Documentación sobre los Animales en peligro de inanición) —por aquello de la laguna de Acuitlapilco— en Utah USA. Después de medio año de remitir aquél proyecto, cuando curso el ciclo intermedio, esta mañana, mi pregunta fue: ¿qué ha pasado con aquellas motas en el suelo? Mucha fue mi sorpresa cuando me entero por el periódico que el grupo de colegiados en leyes ha puesto una legislación que prohíbe a las aves ensuciar las banquetas. La política es mantener la limpieza a como dé lugar para bien del turismo.

En la media noche. La policía había realizado una redada en el sitio tomándolos desprevenidos, y remitidos a la pajarera municipal recientemente construida. Las aves fueron puestas a disposición de las autoridades correspondientes. Purgan una condena mínima pero significativa de tal  modo que no vuelvan a posar las alas en ese lugar a no ser que quieran recibir una reprensión o ser sacrificadas.



[1] Este titulo corresponde a una convocatoria a concurso de cuento cuyo homenaje fue al gran maestro Edmundo Valadés por lo cual utilizamos una frase muy conocida a manera de ofrenda.

puros cuentos 10


EL TEMASCAL




—Sabes bien que no iré —Decía Dalia- ¡No iré, no iré!—mientras caminaba con paso firme hacia abajo por el sendero serpentino en tanto que Carmelo continuaba sentado en la piedra alta de atar.

—Las piedras ya están al punto ¡Qué te cuesta! —Decía casi gritando—A lo lejos miraba la grácil configuración que se perdía al voltear la vereda. La estela de perfume a jazmín de Dalia se envolvía en el camino hasta el recodo.

Se quedó pensativo como queriendo volver a anudar la reciente plática. Chupaba en sus labios un tallo de trigo silvestre, lo masticaba entre los dientes de manera inconsciente. Su pantalón oliendo a chivo, se confundía entre el demás hedor a ganado que le envolvía. De un fuetazo despabiló al ganado para dirigirlo a la lagunilla; bebieron hasta el hartazgo. Carmelo seguía recordando que la invitación a la bañada en el temascal había sido un fracaso; tal vez ella pensaba en los temores de la primera vez. El noviazgo, la relación amorosa de apenas unos meses tenía que cruzar el puente de la reconciliación o terminar. Un enmierdadero quedó en la rivera, cerca del agua, se sumó al incontable excremento depositado en tierra, copioso, nutrido de moscas, esparcido de manera potente por las bestias  domésticas.

Carmelo miraba la borrasca, el chubasco se acercaba. El perro mordía las patas, era un ser viviente con colección de parásitos: garrapatas, piojos, moscas, lombrices, sarna.

—Pinche suerte, yo que me la quería coger allí en el temascal. Alisté la toallita, el jabón, mucha leña; tengo que convencerla... lo primero será volver a reconciliarme. La voy a llevar a Puebla a ver los aparadores, con eso se contenta. La Dalia tiene que ser mía; ésta sí es rejega porque lo que es la Verenice, donde sea: en los campos de labor, aquí en la lagunilla, en el panteón o las veces cuando me tocaba picar las campanas en domingo, nomás nos mecíamos colgados en la soga y la campana suena y suena. Lo malo es que la Verenice ya se casó y se fue a Puebla. A Dalia la tengo metida en la cabeza, se me hace que un día de estos le atajo el paso en el sendero, por allá por la piedra alta de atar y me la robo. Sí, son muchas mis ganas, sueño a diario con tenerla todas las noches y que me atienda, recibir su calorcito. Tiene una cara bonita, como de virgen, pechos pequeños, levantados y con pico como la montaña, nada más que de a par. Me la imagino encuerada sirviéndome la sopa, con sus pezones duros y al aire, los pies desnudos sobre el piso de cemento color mosca.

Las nubes se hacían nudo, como un gran tumor de gas negro. Los chicotazos de Carmelo eran recibidos por los animales más perezosos. Sabía que no llegaría hasta el establo, así que los dirigió hasta el tejabán, cerca del temascal.

Tuvo frío, advertía que en el temascal hacía calor; dejó el sombrero y el cotón en la entrada. La cueva caliente estaba seca. La oscuridad envolvía toda posibilidad de observación. Tomó la toalla que se encontraba encima del banco y la puso en el piso. Se recostó. Dalia lo había esperado por varias horas. Se acercó, puso la mano en el pecho en tanto que su boca cerraba la oportunidad a cualquier palabra.

Carmelo acomodó su mente al sabor de la boca que lo besaba, recordando el olor de esa piel tan cerca y lisa.

—Carmelo, tómame... mm... mm... necesito que me quieras —Él trató de inventar una sonrisa de satisfacción; pero no le salió. La oscuridad se lo impedía.


LA QUINCEAÑERA




La ciudad se encuentra en éxtasis de aburrimiento permanente, las sombras de la tarde poco a poco se comen los rayos de luz que se ven filtrados en los  parabrisas de los carros.

El cantinero limpia la barra, con un trapo seca el área de trabajo donde ha servido el par de cubas para Rafael y Carlos. Un reloj descompuesto de fayuca adorna las paredes de la cantina “El jinete Negro”. Oscar entra y se encuentra a sus amigos.

—Cómo están —Saludando de mano, continúa la conversación con los  ebrios, en cuanto a la música, el compacto de Pedro Infante compone la alegría.
—Vengo a invitarlos a unos quince años a la Trinidad Tenanyecac ¿Podrán ir?
—Nosotros vamos al mismo infierno... si es que hay copas—contesta Rafael con voz entrecortada y lengua torpe, en tanto que Carlos empina el codo bebiéndose la cuba.
— ¡Cantinero! Sírvale una cuba a mi amigo Oscar —Dice Carlos secándose la boca con el brazo. Mientras el cantinero trabaja Oscar comenta a sus amigos:
—Desde que estoy en las filas de los desempleados, nomás pienso en mi familia. De los precios estoy hasta el copete y mis deudas crecen y crecen. Lo que queda es olvidar por un rato todo este rollo en las fiestas. ¡Salud!
—Oscar, te preocupas demasiado —contesta Rafael con ojos adormilados — ¡Chúpale! Y olvídate de lo demás... súbele a la música cantinero, esa me gusta... la de... ¡hic! Doña Meche.

Dos rondas antes de la caminera circulan en las gargantas aguardientosas de los tres amigos, poco a poco Oscar muestra en su cara los efectos del alcohol.
—Me toca pagar la caminera pero... ¡ya vámonos! El vals con la quinceañera nos espera.

En la calle los tres amigos piden parada a los taxis que ni se inmutan ni se molestan por causa del vaso de plástico, que todos conocen por cuba, en manos de sujetos con caminar torpe.

—Frente a San José no fallan —dice Rafael adelantando el paso casi a media calle, ocasionando las pitadas de los carros.
—Pues a donde va chofer —dice Oscar- por aquí no es.
Es que tengo que darle vuelta al parque para salir por Mariano Sánchez, la guerrero y después por el “Trébol”.

En el trayecto, Rafael y Carlos discuten sobre el trato que se les debe tener a las mujeres. Rafael contesta:

—Carlos, a las mujeres hay que tratarlas bien, tenerlas contentas por muy indefensas e insignificantes que las veas tienen su sentimiento y sufren. Si no respetas a las viejas, la estas regando, porque a la larga pagas caro lo que haces. Te lo digo por experiencia.
— A mi señora la traigo cortita — contesta Carlos mientras el taxi circula por la autopista — ¡Me vale! La trato como me da la gana, y si no le gusta que se busque otro que la mantenga.
—No seas bruto, la mujer por naturaleza es romántica, como la quinceañera de ahorita. No ves que son soñadoras… ¡salud! Poseen la inocencia y la candidez de que nosotros carecemos ¡hic!… ¡hic!…

Al tomar la desviación, Oscar le indica por donde: — siga derecho hasta llegar a la Hidalgo, ahí se va a ver la pachanga.— tan pronto como se bajan, van a un terreno de labor a orinar y a fajarse la camisa. El conjunto toca la canción cumbiambera del momento “el diario de un borracho”, Carlos comenta:
—Ya oyeron, nos dan la bienvenida — se abraza el trío y se dirige a la fiesta.

La quinceañera con un vestido propio a la ocasión, demuestra con su cara y su belleza el festejo y la alegría que hay en su interior. Dos conjuntos musicales y un grupo de luz y sonido amenizan desde la comida la fiesta de quince años; el pastel luce al centro de la pista-calle. La localidad disfruta de la noche fresca de un sábado de primavera que se encuentra en éxtasis de aburrimiento salvo en la fiesta.

—¡Chin chin, el que no chupe y baile! — gritó el grupo al unísono, como una oración que ya de memoria se conocían. Encontraron tres sillas desocupadas y se apostaron a disfrutar. La quinceañera le ofreció a Oscar una botella de brandy, los vasos se volvieron a llenar.

—Carlos, mira — Rafael señala a un grupo de muchachas esperando a que las saquen a bailar. Las muchachas de falda, de vestido, con escotes y bien arregladas, cuchichean declarando inclinaciones de gusto por los muchachos. El amenizador del conjunto musical hace énfasis en los chistes de siempre, con las frases repetidas fiesta tras fiesta. La gente se sigue riendo de lo mismo. Carlos se levanta de su asiento para pedir a una muchacha que baile esa pieza. Se tambalea y llega frente a ella; al mismo tiempo otros cuatro jóvenes le piden bailar a la misma muchacha. La  muchacha titubea frente a las cinco caras de los jóvenes entre ellas la de Carlos con ojos adormilados; las cinco manos se encuentran extendidas. Escoge la mano más blanca y es la de Carlos. Las parejas salen a bailar, Carlos se bambolea con el ritmo de la cumbia y le cuesta aún más por el suelo pedregoso. Carlos le hace la plática:
—Oyes linda… ¡hic! ¿Me quieres?
—pero si yo ni te conozco, como se te ocurre.
—es que tengo corazonada de que me… me... quieres
—pos’ ni que fueras “luismi” para quererte luego.

Carlos se pega contra la muchacha, su aliento se esparce por la cara de ella como vaho alcoholizado. Rafael, corpulento y de estatura, también baila muy cerca del pastel que luce como una gran copa gastronómica sobre una mesa en el centro de la pista-calle. La muchacha se suelta de Carlos  para dejar de bailar, Carlos insiste con un torpe jalón que hace enfurecer a la muchacha, empuja con fuerza a Carlos y va a dar con la pareja de Rafael haciendo que Rafael tropiece con las piedras y caiga encima del pastel. Las patas de la mesa se vencen con el peso del hombre embriagado y los manotazos terminan con el trofeo gastronómico que ahora luce en el suelo con el asombro de todos los invitados. La quinceañera es la primera en sollozar:
— ¡Hay mamá… no es posible! — y abraza a la madre que, aún sin concebir lo ocurrido, estupefacta y anonadada en el total espasmo por el suceso; atónita sin saber que hacer. Los tíos de la festejada corren a salvar lo insalvable, el pastel  queda irreconocible, la mesa en medio de la pista-calle se emplaza perezosa con el destrozo de sus patas, embadurnadas de crema, mermelada y betún de colores. Los beodos se desternillan de la risa. En el suelo se sacuden el polvo y el chantillí. A Carlos lo levantan en vilo. Con los pies arrastrando lo llevan hasta la tierra de faena. Orinaron una vez más. Oscar vomitó lo suyo y abrazados se fueron viendo el horizonte y cantando la canción de  “doña meche”. El día domingo estaba a unas cuantas horas, prometía el éxtasis de aburrimiento permanente sumado a la “cruda” de los tres catarrines.

SOLTÓ POCO A POCO LAS CUERDAS DEL COLUMPIO




Se quedó esperando la llamada, mientras, lloraba un poco para no aburrirse. Rompió el eco con un sonido seco de los orificios nasales. Quería averiguar porque estaba tan ofuscada consigo misma. Se quitaba la ropa de manera enérgica como si con eso se arrancara el coraje; la imposibilidad de conseguir una llamada de él la ponía histérica, desesperada. Cómo hacer que la llamara era su preocupación de fin de semana. Acomodó  sus pies en el sofá, veía los muslos  y sobre de ellos el teléfono.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o menos?
—Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me ponga eufórica?

Sonó el teléfono, su abdomen se contrae y contesta.
—como estás
—bien y tú
—también bien, estuve trabajando tarde
— ¡ah! Y estás cansado
—como para hacerlo, no,
—estoy viendo la tele
— ¿Está bueno el programa? O, aburrido
—más o menos
— ¿Porqué siempre más o menos?
—Es que así me siento la mayoría de las veces ¿te vas a enojar por eso?
—no… lo que pasa es que en las conversaciones siempre eres muy seca, no le pones entusiasmo
—Que quieres ¿que me ponga eufórica?
—No, simplemente has lo que te plazca… clic. Pip…pip…pip…pip…

Su poca coquetería  se quedó pasmada. Después de esperar tanto y de imaginar el mismo diálogo, el teléfono se enmudeció al colgar el auricular. Lentamente fue recuperando su enojo hasta que fue total, como una cera se derritió su expectativa. No  pudo arrancarse la ropa para demostrar su irritación porque ya no la tenía, sin embargo, arrojó sobre la  televisión, el moño blanco que sujetaba la cabellera. — ¡idiota! Hay… no puede ser, que estúpida soy, ahora tendré que aburrirme el tiempo que dura el fin de semana — se levantó del sofá y puso bruscamente el aparato en su lugar. El sol se había ocultado entre los volcanes. Las nubes destellaban colores rojizos y lentamente el fresco viernes se transformó en tormentoso fin de semana. Descalza, con la melena al vuelo por las habitaciones de su departamento, una y otra vez rememoró el conflicto; transitó por su cabeza el sentimiento de culpabilidad, arrollada en una mortífera sacudida de sentimientos reprimidos, el descuido de los comentarios era la causa eficiente de un viernes tedioso. La urbanización periférica en torno a su departamento era una mezcla de arquitectura funcional y otro tanto de arquitectura casual. Allá abajo, la ciudad de Tlaxcala  representaba una  fermentación cada vez más contundente de luces y destellos citadinos, el flujo por las calles: (los autos y los anuncios con luminosidades pletóricas), circulaba en los ojos de los transeúntes. En la oscuridad floreció una cantidad suntuaria de sombras, de claroscuros, de cuerpos negros, la opacidad se conjugaba con las luminarias dispersas. El aspecto  lóbrego de algunas zonas resaltaba una alianza con la  carencia. Los perros de la localidad dejaban caer sus ladridos en las avenidas, en las azoteas o en algún peatón.

El lecho recibía la belleza de la mujer con una libertad envidiable, las sábanas aspiraban de vez en cuando un sollozo. Sus sueños de misterio.

La túnica envolvía el cuerpo lindo, virginal; la silueta como un aura murmuraba en movimientos los pasos por aquél jardín lleno de flores, los arcos de mampostería eran cubiertos por enredaderas con rutas indefinidas y múltiples, y abajo, en los pies desnudos la alfombra natural como un colchón fresco y verde, los arbustos recién cortados con figuras clásicas. Encinos y abetos son otro fondo del paisaje, la diversidad de los verdes, el cetrino, el verdemar y el aceitunado en combinación con la montaña pintoresca: su expresividad nata es la belleza. El río a la izquierda cerca de la vaguada, el desfiladero se divide en múltiples bifurcaciones venosas, como crestas de rutas indescifrables, el agua rebota, es el sonido que  recobra la percepción del oído. Un murmullo en el aire, el bisbiseo de las hojas frotándose, susurrantes unas a otras en mezcla con el gorgoteo acuático del río, del pez que salta imprevisto con un inadvertido arrojo.

Caminaba en el valle. Su piel saboreaba el fresco soplo y el ambiente cálido. Al encontrar un columpio en el roble hercúleo se sienta y se mece lentamente como esperando algo. A lo lejos, en el horizonte distingue una silueta. Es un hombre que cabalga, se ve imponente, masculino, con la fuerza viril conduce al animal por entre los árboles y saltando los riachuelos. El corcel trota con majestuosidad, la maestría y el dominio en las patas educadas. El sol cae en los rizos trigueños, flotan; su movimiento es de émbolo combinado con el trote del caballo. El varón desnudo, a pelo, desmonta del percherón; cerca, por los arcos y camina hacia el columpio, la belleza del hombre era evidente, sus muslos a cada paso se contraen, se tensan. La piel broncínea brilla en tono cobrizo, los ojos expresivos e intensos en una cara cuyo moño es una sonrisa abierta; con ese gesto hizo celebre la reunión.

La tomó del talle, su túnica se pegó al cuerpo. Una sola silueta por la fusión de los brazos y las  bocas. Fue venciendo su cuerpo y soltó poco a poco las cuerdas del columpio.

Se tomó la última copa recordando la llamada de anoche. Sabía que las mujeres eran así, a veces incomprensibles; tal vez había sido un error colgar el teléfono; pero tenía que darle un escarmiento para que cambiara de actitud, para que se educara, la mejor carta que tenía era que ella pidiera perdón y continuara todo como siempre. El ambiente del bar se había desvencijado por las horas y el alcohol, el día hacía señas en aparecer. Un gallo torpe se escuchaba a lo lejos y punza el principio de la resaca. La mano inepta se apoyó en la mesa donde dormía  su amigo, y derramó el retrasado sorbo. Pidió el teléfono.

Corrieron felices al arroyo, el remanso del agua terminó cuando juguetearon; el caballo bebía en el estanque más abajo, cerca de la cañada. Buceaban. No existía lenguaje, la expresión de sus cuerpos era total. Después de broncearse al sol; un placer  comer manzanas del árbol, estirar la mano y tomar. Cae una, y ¡suena un timbre! Se desprenden muchas al mismo tiempo y caen estrepitosamente.

— ¿Quién habla? — contesta una voz adormilada entre contenta por el sueño y molesta por la  interrupción.
—Soy yo mí… ¡hip! Amor.
—Qué quieres.
—Quiero hacerlas pases, te perdono por ser tan seca en las conversaciones.
— ¡ha sí! Pues vete mucho al diablo clic. Pip…pip…pip…

—Y… ahora  esta ¡triste vieja! — Azota el teléfono en la barra y hace que se caigan los ceniceros apilados. El cantinero se enfurece, brinca el mostrador, al mismo tiempo que lanza la patada. En el piso es pateado por otros dos, la cara, los golpes, sangre, contusión, magulladuras. ¡Todo le llueve! Su amigo está perdido; vomita en el mingitorio. Los amarran y son subidos al Volkswagen. Cerca de Panotla, en el puente que cruza la autopista lo atan. Su amigo duerme la siesta en el pasto seco.

Despierta feliz, el sueño que ha tenido la ha rejuvenecido; acaricia las sábanas recordando el cuerpo viril del hombre, sus caricias, el beso apasionado; el sexo pleno, total. — recuerdo que empezó cuando entregué mi cuerpo y solté las cuerdas del columpio.

El hombre está colgado, su tronco se vence por las costillas rotas y suelta poco  a poco las cuerdas que columpian su cuerpo.


EL CUACO

Camilo… ¡Dónde está mi animal!




—Cómprame el caballo o véndelo. Yo para que lo quiero — dice su papá en tanto que acomoda la hierba y la esparce en el comedero de los animales. Los rumiantes ni lentos ni perezosos movieron sus mandíbulas.
—Allí tenlo, al rato lo vas a necesitar
—No… traga mucha pastura y yo nomás lo ocupo dos veces por semana, dile a don Jacinto, a doña Manuela, o a ver a quién, porque yo ya no lo quiero. Cómpramelo tú, así se queda en la familia, y puedes prestármelo el día que lo tengas desocupado.
—Pero, papá, apenas si tengo para mantener a mi familia y quiere usted que mantenga al animal. Los surcos que me dio no necesitan de tanto — contesta Camilo rascándose la cabeza despeinada.
—Lo vendo en ochocientos pesos. No está caro, piénsalo, después me dices, y si lo vendes a otra persona pues le aumentas cincuenta para ti — exclamó el hombre mientras arrastra con la pala el excremento. — ¡ha! Y otra cosa, mañana no voy a poder sacarlos a pastar porque voy a ir  con doña Jacinta para que me haga  una “limpia”, últimamente como que me siento mareado, y las comidas que me traes, nomás de que pasan por el panteón se les mete el mal sabor y me truenan las tripas, además de que siento piquetes en el cuello. Vienes temprano para que en la tarde no te agarre la lluvia, y recuerda llevar a lazo al becerro.
—Lo  bueno que mañana tengo día de descanso en la fábrica, porque si no, iba a tener que decirle a Pablo que se saliera de la escuela.
— ¡Ni lo mande Dios y la Virgen de Guadalupe! — Vocifera fuerte el viejo al tiempo que se santigua y mira el cielo — ese chamaco es el mismo infierno, capaz de que los mata en los roquedales, acuérdate de aquella vez que le amarró cohetes al “peluchin”, pobre perro, del susto se aventó a la presa y los remolinos ya no lo dejaron salir. ¡No! ¡No! ¡No! Quiero  que los cuides tú…
—Está bien papá, nada más que primero compraré el gas en la carretera, si no cuando, y ya se va a acabar el otro. Tengo que pescar el camión temprano porque ya ve que ni entran al pueblo, según porque se les descomponen los muelles — Dice Camilo mientras observa los guajolotes que se pasean torpemente y cacarean con estruendo, asemejando un eco sórdido cuando el viejo grita.
—Bueno pues ya vete, llévate los huevos  que están en el chiquihuite encima de la leña, creo que ya se están empezando a apestar y antes de que se los dé  al “Dogo”.

Camilo sigue la senda, al pasar por el árbol de peras que está en la orilla, llena de frutos, el recipiente donde vienen los huevos. Camilo trabajaba en Panzacola en la fábrica de durmientes, descansaba  los jueves, ese día lo ocupaba para ir a Puebla a comprar o para hacer alguna que otra cosa. Una señora se acerca.
— ¡Camilo, conque cosechando de lo ajeno! — dice entre broma y risa. El delantal floreado es reconocido por Camilo.
—Doña Jacinta buenas tardes.
— ¡A poco ya son tardes! Si apenas vengo del mercado
—Pues sí, ya son más de las doce y media.
— ¡Virgen Santísima! Me voy a apurar — dice la señora en tanto que pasa la bolsa a la otra mano.
—Hasta luego doña Jacinta, me saluda al compadre Marcos —  apenas hubo dicho estas palabras y recoge el cesto del suelo y camina a su casa. El sol se queda pasmado en el medio día. No hay calor, sólo el aire fresco que huele a agosto.

Muy de mañana cuando la sinfónica de gallos se escucha desde cerca hasta lo más lejano, hasta los horizontes agrestes, cerca de los magueyales. Prepara la carretilla. Sube el tanque de gas. Quita un lazo del tendedero y amarra el cilindro. Mientras, su esposa sueña que tiene carro, en él se pasea por la “Cinco de Mayo” y la “Avenida Juárez”, allá en Puebla.

Las combis colectivas pasan de manera impertinente por la carretera, otros oriundos del lugar aguardan cuando los primeros centelleos de la amanecida parten del contorno de la Malinche.  Después de aguardar unos minutos aparecen a lo lejos los inequívocos carros repartidores con su tronar de cilindros, corriendo, peleándose la pista asfáltica, rebasándose, peleando por la venta. Los clientes a la caza. El tiempo que vale oro. El primero que llega es el que gana. Los gaseros duchos se lanzan a la venta, suben tanques vacíos, bajan otros llenos con prisa. Camilo abre la puerta de la cabina del camión y paga al chofer que da cambio, éste, al mismo tiempo observa por el espejo retrovisor, la competencia que se acerca a sesenta kilómetros por hora.

La esposa de Camilo, bostezando y con la pelambre hecha nudo, prepara el morral que se va a llevar su esposo, media docena de tlacoyos, el galón de agua y tres naranjas. El entramado de palos rebota cuando Camilo empuja con la carretilla la puerta de madera. Deja el tanque cerca del lavadero. Al dirigiese a la cocina se frota las manos para quitarse lo entumecido, obscura por el tiempo de madrugada, se envuelve en un silencio de ermita, duerme la ubicuidad entre los trastos y cazuelas, sólo se escucha el ronroneo del refrigerador. Toma el morral de la mesa, la gorra. Grita a su mujer desde el umbral del tejado — ¡Vengo en la tarde! — Sin contestación se dirige a la casa de su progenitor. La esposa sigue durmiendo, sueña que tiene una casa de lujo con pisos pulidos y sirvientes hacendosos.

Las bestias aturdidas por el vaho de la noche, la neblina se mece entre las patas; se impacientan al oír el cacareo de las gallinas, que muy de mañana comienzan a buscar la piedrita que comer o la hoja  que engullir. Camilo abre el zaguán de par en par. De pronto salen las gallinas, agitando las alas, efusivas, pataleando el suelo, excitadas por el nuevo día; en seguida un totol esponjado demuestra su género  como todo un garañón, se ve fogoso cuando se pavonea con un triste color negro. Desata el caballo dejando la cuerda encima de la grupa, las otras dos vacas al sentirse liberadas inician el cotidiano trayecto, el becerro corre a mamar pero las patadas de la res al trasladarse impiden acercarse a la ubre. Suben el cerro de la “Cruz” y toman camino por el sendero que conduce a la cañada “Barranca honda”. La mañana está fresca lo mismo que el entusiasmo del ternero; corre, patalea, trata de topar al perro. “Dogo” también juguetea, sube a los pequeños montículos de tierra, los tapancos tepetatosos sirven de escenario para la algarabía, los ladridos permanecen en las orejas de las bestias mientras el becerro continúa con la tarea  de fastidiar las tetas. El caballo atrás, impasible observa la cría. La vaca lanza la patada. El caballo relincha justo cuando pasan bajo una retama. Camilo sosiega al joven animal, mientras el cuaco sacude la cabeza como queriéndose  quitar algo. El caballo se ha picado el ojo con una vara, sangra, sigue chillando, quiere escaparse, correr; la sangre le cubre el ojo, tropieza con los otros animales. Al llegar a los campos, Camilo lo amarra y vacía en el ojo enfermo el agua del galón.
—¡Triste Animal! Y ahora que hago — balbucea entre dientes — Se te fastidió toditito el ojo, ya quedaste como ojo de tirador, y aunque te ponga la violeta, las pomadas, los emplastos y las limpias de Jacinta nomás no se te va a regresar el globo al ojal. Y ahora que le voy a decir al viejo, él que te quiere vender y ahora va a cobrarme como si fueras nuevo, nadie va a comprar un cuaco tuerto a precio real ¡Valdrás la mitad! Y si bien quieres si no te hacen chito — el animal no entiende nada sólo percibe un dolor intenso, el lamento y una oscuridad a medias le quitan el apetito, la hierba se aburre esperando ser comida. Las moscas han olfateado la sangre, se apresuran a festejar el accidente, bailan y danzan con el bisbiseo de las alas frente al ojo  sano.
— ¡Te dije que llevaras el becerro amarrado! ¡Nunca me  haces caso, parece que digo las cosas, te entran por una oreja y te salen por la otra! ¡Hora ver! No vale más que la mitad. Me lo pagas, yo no sé, me lo pagas, consigue dinero, me lo pagas. — Camilo conocía  de antemano la reacción de su padre. Tomó  la soga del cuaco y se dirigió hacia su casa, agobiado por la situación, temeroso del problema en que se había metido, apático ante la vida, tal pareciera que la suerte le había abandonado de manera patente. En su cara estupefacta asomaba una tristeza insaciable. Recorrió el pueblo tratando de buscar un comprador, lo llevó al tianguis del domingo pero como la crisis daba sus frutos en los bolsillos vacíos, no había ningún pretendiente de auscultar el diente del caballo, y más al ver al caballo de a media luz, triste, esquelético y con la sombra pegada al suelo con pesadumbre.

El viejo llegó a la casa de su hijo, empujó la tranca y entró al patio. Hacía quince días que no veía  a su hijo y quería enterarse, que había pasado con el cuaco tuerto; encontró a la mujer dando de comer a Pablo — ¡donde está Camilo! Dile que venga, quiero hablar con él. Desde que se trajo al caballo ya no lo veo. ¡Quiero que me pague mi animal! Necesito dinero para pagarle a Doña Jacinta.

Pone las tortillas en la mesa y a continuación dirige la vista al visitante —Pues, hora si se va a quedar sorprendido suegro, fíjese que el cuaco tuerto no se vendió, y nosotros no teníamos dinero para pagárselo, así que Camilo pensó mejor en matarlo y venderlo en canal, el dinero que se juntó no era ni una tercera parte de lo que usted pedía porque unos vecinos nos quedaron a deber la carne, y es hora que no nos pagan. A Carmelo no se le ocurrió otra cosa que ocupar el poco dinero en el pasaje para irse a Ciudad Juárez y pasarse de mojado. Me dijo que cuando él regrese entonces van a hacer cuentas— mientras tanto, Pablo sacude el salero encima de los ojos del perro visitante; que lo mira pidiéndole un bocado bajo la mesa. “Dogo” se rasca los ojos con la pelambre de las patas, la sal en los ojos hace soltar una lágrima.