EL REGALO DE NAVIDAD
En la catedral de san
Antonio de los Arenales, la madera luce su riqueza en las molduras talladas y
repujadas en pan de oro. El candelabro de hierro forjado en la céntrica cúpula
ilumina el entorno, su rococó retorcedura asemeja al arácnido de algún mundo
sorprendente. A lo alto y en torno, la cristalera con vivos colores: el vitral
de San Nicolás, el vitral de San José, el vitral del Sagrado Corazón de Jesús;
la vidriera de la virgen Guadalupana, el
vitral de santa Teresa del niño Jesús. En la piedra con destellos blondos, el
rosetón, el cual deja pasar un rayo de luz que se estampa en una de las
estaciones del vía crucis.
En próximos
días será Navidad y la pequeña ciudad luce las festividades con espléndidas
compras que hacen los cristianos. Los comercios ataviados con árboles, con
esferas, con series de luces, con los Reyes Magos, con adornos decembrinos. Es
la luminosidad en algarabía. Es el colorido en fiesta — bermellón, verdemar, dorado, plateado,
azul, guinda —. Las tiendas céntricas
campean en Navidad con exhibición del Santa Claus, del regalo memorable, o bien
de la oferta tentadora.
Los niños
que harán su primera comunión se han ido luego de la posada. En el atrio de la
iglesia han quedado guijarros de piñata rota. La basura de cacahuetes,
galletas, naranjas, cañas, tejocotes; son el panorama después de la verbena.
Dentro de la iglesia hay una decena de
cristianos. Entre ellos están los niños Alonso y Edgar.
—Me cae re gordo estar
rezando oraciones — Piensa Alonso mientras se encuentra hincado — en lugar de
haberme ido con mis amigos. Si no fuera porque tengo que esperar a mi mamá.
Chirrión, ya ni voy a rezar… Santa María madre de Dios ruega por nosotros, los
pecadores, ahora por la hora de nuestra muerte. Amen. ¡Ya! Gracias a Dios que
ya terminé de rezar… mi mamá me dice que si hago oración y le pido con mucha fe
a Diosito me concede lo que yo pida… eso está bien difícil. A mí me gustaría
que mi papá ya no sea alcohólico, me
gustaría que Diosito le quitara a mi papá las ganas de tomar y de
emborracharse, eso sí estaría bien, pero no, yo lo que quiero de regalo de
Navidad es un tren con su vía y que funcione con pilas y que apagando la luz se
vea el foquito de la locomotora ¡hijole! Que padre. Le construiría un túnel y
unos puentes bien suaves.
—Padre nuestro que estás
en los cielos, santificado sea tu nombre, vénganos tu reino, hágase tu voluntad
aquí en la tierra como en el cielo… — hace oración Edgar, otro de los niños que se ha quedado después de la verbena
— Diosito quiero pedirte, bueno, si se puede, bueno Diosito mejor ni te pido
nada, bastante trabajo has de tener con esto de la Navidad. Bueno, lo que
quiero se lo puedo pedir a los Santos Reyes Magos, ellos yo creo que sí
pueden…no… yo creo que mejor no pido nada. En mi familia somos un chorro, somos
once de familia y si nada más me llega a mí el regalo no es justo porque los
demás hermanos van a sentir feo de que nomás a mi y porque a ellos no, tal vez
por eso, en Navidad nunca nos llega ningún regalo de los Santos Reyes Magos. Mi
mamá en la cena de Navidad hace rica comida y ponche y cantamos canciones y nos
toca a cada uno un refresco completo… mi mamá dice que somos pobres, a mí me hubiera gustado
haber nacido en una familia rica donde en las Navidades hubiera muchos regalos
y juguetes y hubiera mucha comida para todos, pero todo el año. Mi papá dijo
que iba a comprar colchones nuevos y una literas para esta Navidad, hijole, que
bueno, porque en la noche me destapan o amanezco orinado por culpa del otro
hermano. Bueno Diosito, creo que soñar no es ningún pecado. A mí me gustaría de
regalo un tren de pilas y que tuviera muchos vagones, con él podrían jugar
todos mis hermanos y lo podríamos poner allá junto al montón de arena y cuando
ya no quisiéramos jugar al trenecito cada hermano podría agarrar un vagón y
jugar con él como si fuera un coche, le pediría a mi papá que trajera de la
fábrica donde trabaja de esos tubos de cartón que son desperdicio, y con ellos
hacer puentes y ciudades y luego jugar en la noche con el tren y verlo como va
por la vía jalando los vagones y los vagones: anaranjados, verdes, negros,
amarillos y que alguno traiga animales como: caballos y burros y camellos y que
traiga pintado al maquinista con una pipa en la boca.
—No pero que tal si
llega mi papá todo borracho — especula Alonso — casi cayendo y me lo destruye…
pero ya se van a divorciar, ya para que. Yo lo más seguro es que me vaya a
vivir con mi abue, con ella si estoy a gusto, aunque es muy enojosa porque no le gusta
que haga tiradero. Mi papá el otro día escupió sangre, dice que porque tiene
llagas en la lengua de que a veces la trae muy seca. Mi mamá ya no tarda en
venir por mí. Mi mamá dice que nunca nos va a faltar nada, que ella va a dar
todo lo necesario para lo de la escuela y todo lo demás. De lo de la cena de
Navidad la verdad quien sabe, mi papá seguramente va a empezar a tomar desde un
día antes, y después se va a poner a discutir con mi mamá y yo voy a pasármela
metido en mi cuarto. Mi abue hace mucho tiempo que no pone pie en mi casa. Yo
creo que con el tiempo me voy a acostumbrar a pasar Navidades tristes… como me
gustaría tener una familia como las que salen en la tele en estas fechas donde
en la cena de Navidad hay un gran pavo relleno y regalos y el papá se alegra
por lo del santo Clos u después el papá juega junto con el hijo con el
trenecito que le trajo el santo Clos o con lo que le haya traído… y todos son
felices en estas fechas… mi mamá ya no ha de tardar — el niño se asoma a ver la entrada de la iglesia. Al portón se
acerca una señora con escoba. Recogerá la basura del atrio.
—Bueno pues — Edgar
Reflexiona — quien sabe, Diosito… mejor
ni te pido nada… bueno, si se puede. Lo que me gusta de la Navidad es deque
nos toca un refresco a cada quien y
comemos pollo en pipian y comemos buñuelos y juntamos la colación que nos dan
en otros lados y con todo eso hacemos una piñata y la quebramos entre todos. ¡Y
dale, dale, dale, No pierdas el tino!… y lo del trenecito pues haber si me lo traen los
Santo Reyes pero si no se puede voy a ir juntando con lo de la venta de los
periódicos y con eso me lo compro — el niño continua si introversión, de reojo
observa a una señora que pasa, es una señora bien vestida. Toca el hombro del
niño que está hincado unas bancas más adelante. Es la mamá de Alonso. Alonso se
persigna, la mamá hace lo mismo y salen de la iglesia. Edgar se queda sentado,
pasa la señora con la escoba y dice:
—Ya nada más voy a dejar
la escoba y a despedirme del padre, ahorita ya nos vamos — comenta en voz baja
la señora. Es la vecina de junto.
En Navidad,
Alonso la pasó encerrado en su cuarto, la cena se quedó allí. Por el disgusto,
seguramente el santa Claus no quiso molestar o se le olvidó dejar el regalo y
no hubo. En la casa de Edgar hubo una
cena de Navidad con pollo, ponche, una litera con colchones que olían a nuevo;
pero, no hubo regalo. Los Santos Reyes seguramente decidieron no traerle a
nadie juguete porque están caros.
LAMIA
“…Robert Burton narra la historia de una
Lamía, que había asumido forma humana y que sedujo a un joven filósofo ‘no
menos agraciado que ella’”.
Jorge Luis Borges
Diosito me dio la
oportunidad de soñarte, y allí es donde te encontré, quería que fueras parte de
mi voluntad. El deseo de poseerte ha sido de tiempo atrás, como cuando eras
niño y tu madre te espantaba con el hecho de que yo te llevara. Seguramente con
los años pensaste que no era yo más que una fantasía, el mito que se crea para
controlar las travesuras de niños malcriados. Existo. Soy parte de este
contexto, el mundo donde tú vives y de otros mundos que ni siquiera te
imaginas. Negar mi existencia suena insustancial. Soy la entidad que gobierna
mentes, o acaso, ¿Podrás negar que te tengo atrapado?, ¿Qué no acaso mi
voluntad es exactamente ese albedrío que según piensas es tuya, más sin
embargo, no lo es?
Carezco de la facultad de hablar. No importa. Puedo dominar las mentes y
hacer que la imaginación se conduzca como yo quiera. Pondré un ejemplo para que
no dudes de mi existencia. Escribe e imagina un cuarto. Lo tienes, bien; el
cuarto que tú imaginaste es más o menos de cuatro por cuatro metros y la altura
aproximada es de dos metros, ahora bien, imagina y escribe una mesa en medio de
ese cuarto, lo tienes, bueno pues, la mesa que has imaginado es o bien de
fierro o bien de madera y tiene cuatro patas y la forma de la mesa es
rectangular. Has escrito he imaginado lo que yo quiero; mi voluntad se ha
expresado y tu mente ha sido mi herramienta.
Lo ves Edgar, ahora ya deja de creerte un hombre creativo. Todo ha sido
mío, ha sido la experiencia que he tenido en otros mundos, ha sido mi vida, mi
voluntad. ¡Y Aquí estoy y no podría estar en otra forma! Sin mí eres una nube a
punto del desmayo o como un bagazo. Ya
puedes empezar a sentirte frustrado, al fin y al cabo eso es lo que yo deseo.
Quiero que te sientas como una costra. Es más, así como te he seducido, también
he atrapado a los lectores. ¡Oye tú!………….Sí…………tú…………quien está leyendo,
pensabas que no me había dado cuenta, también has caído en el juego, en el
garlito. Te he atrapado. Quizá continúes leyendo o puede que no, lo importante
es que ya hiciste la lectura anterior y al darte cuenta de mi presencia se libera tu albedrío. He de presentarme para
no ser descortés. Soy Lamia. La hechicera.
LAS LÁGRIMAS SE SAFARON DESDE LA NOCHE DE ENERO
Antes de que pudiera
intentar alguna otra cosa, Martín Barrios fue invitado al bautizo, aunque pudo
bien quedarse en casa, viendo “tele”
como lo tenía pensado, pero su boleto de ociosidad se acabo al cocinarse la
tarde. Llego Patricia a invitarlo; ella finalmente no iría a la boda de Mónica
en Puebla porque la habían dejado sus parientes por haber salido tarde del
trabajo. Patricia llegó a la casa vestida para una boda, su vestimenta también
le servía para una fiesta de bautizo y ella como se le conoce, no es de las que
se quedan como “el perro de las dos tortas”. Patricia tenía la seguridad de que
ese sábado estaría en una fiesta. Había muchas diferencias entre las dos
fiestas, pero Patricia no era fijada al respecto, le daba igual en cierta
manera hacer bulla durante el “bolo” que durante “la víbora de la mar”. Eran
celebraciones y en cualquiera de ellas se divertiría, comería muy bien. Para
Martín Barrios era la cosa diferente, tal vez se podría decir que opuesto, a él le molestaban las fiestas y prefería
quedarse en casa viendo la tele o rentando películas, además de que lo más
seguro es que en el bautizo se
encontraría con Verónica, el amor platónico que una vez conociera en la cena de
compromiso de uno de sus primos y que desde ese entonces jamás olvidaba. El
aseo de su recuerdo lo hacia decidir por esa tediosa alternativa. Pero que sin
embargo prefería el sacrificio de no verla — incluso en las fiestas de bautizo
— a recibir de ella un desprecio o una decepción. La fiesta iniciaba justo
cuando llegaban y Martín Barrios sintió un sudor frío y la agitación profunda
hasta la médula porque allí estaba ella,
en la sala platicando con una de sus hermanas. El banquete consistió en: arroz,
barbacoa, carnitas a la mesa con salsa verde, roja y guacamole, refrescos
(entre ellos la incansable Coca Cola) aparte de los vinos tradicionales y
refrescos de cebada. La lona cubría la zona, era parte del patio y llegaba a
proteger del clima airoso y soleado del
mes de Enero Tlaxcalteca. A como
llegaban al convite se les servía. La fiesta se llenó de risas y
encuentros inesperados. Los ojos habidos de los invitados observaban al comer,
la carne jugosa, oliendo rico, deleitando su lengua culinaria con la
masticación de los manjares tradicionales. La gastronomía de la casa cerraba el
ciclo de alimentarse con la cuba y para
los niños la bolsa de dulces. La fiesta continúo hasta entrada la noche.
Al final de cuentas Martín Barrios bailó
con Verónica, ella lucía un vestido verde muy entallado con escote a la espalda, las zapatillas eran color esmeralda.
Ella sabía cuanto la quería Martín Barrios, pero la imposibilidad estaba en que
el papá de ella no aceptaba dicha relación por cuestiones de creencia y por diferencias entre las dos
familias. Martín Barrios recordaba su situación económica y esa era otra de las
imposibilidades para dicha relación. La noche lucía perfecta y la música
invitaba al baile. Verónica quería bailar. Había pocos hombres solteros en la
fiesta y los que había ya estaban apartados. Verónica veía con insistencia a
Martín tratando de decir algo con su mirada. El observado permanecía sentado en
el sofá y por el rabillo del ojo percibía la mirada de ella. Verónica platicaba
con su hermana menor, se reía de manera
evidente para llamar la atención del hombre mientras observaba a los bailarines
en el jolgorio. De pronto se hizo el huateque haciendo la larga cola de hombres
y mujeres al compás de la tonada cumbiambera, los más jaraneros invitaban a los
sentados al relajo y halaron a Verónica e inmediatamente a Martín, de esa
manera coincidente quedó ella tomando a Martín de la cintura, al ritmo, ella
movía sus manos en la cintura, él por el momento gozaba teniéndola cerca, oler
su perfume y percibir de vez en cuando el aroma de su cabellera. Cambió la
dirección del círculo de personas en forma de cola y fue cuando Martín tomo a
Verónica del talle, percibía con las manos la estrechez de su cintura, esa
parte del cuerpo y abajo observaba sus
zapatillas verdes y las medias negras maquillando sus piernas estilizadas.
Verónica era una mujer hermosa, era delgada
pero con una cadera suficiente
como para enamorarse de una vez por todas, de las piernas puedo decir que le
sacaba suficiente provecho para verse mujer sensual, deseable, erótica. En
ocasiones usaba las medias súper
transparentes con dibujos tras la pantorrilla o con una línea más obscura a todo lo largo en la
parte trasera. Pero cuando hacía frío
prefería las mallas azul cielo o bien blancas. Después Martín la invitó a
bailar, bailaban y él no dejaba de admirar cada parte de su cuerpo, sus movimientos, el meneo de
sus senos junto al pecho de Martín. El viento soplaba de manera permanente en
el altozano sureño de la ciudad de Tlaxcala. El aire arreció hasta lograr un
apagón en la colonia. Los invitados gritaron al unísono. A Martín le gustó escuchar
a las mujeres gritar en el apagón y en sus brazos Verónica sujetándose
fuertemente de él. Martín Barrios aprovechó la ocasión para besarla. La temible
sombra fue testigo de la caricia bucal, los labios se unían y él exploraba con
sus labios las comisuras de ella, con la lengua buscaba el calor, la miel de su
abertura. Eran los belfos unidos por el deseo y el arrullo más sublime, más
completo. El acunamiento más entero de las almas para demostrar el cariño.
Había un susurro en las bocas que ambos no percibían pero que equivalía al
anhelo por compartirse, por entregar su ser al otro. Martín intuyendo algo dejó
de besarla, pasó un minuto y fue entonces cuando todo foco en la fiesta se
expresó según su capacidad.
Adrián
Moncada Ordóñez era el celoso padre de
Verónica, cuando la vio bailando con
Martín Barrios la ira se le acumuló en los dientes. Su irritación se formuló al
calor de las sorbeteadas copas de vino añejo. Hubo varios. Entre ellos su
esposa que lo contuvo y convencieron a serenarse al ebrio.
—Mejor deberíamos dejar
hasta aquí la cosa — dijo Martín estando al centro de la pista provisional y
observando las discusiones del borrachín.
—A que cosa le tienes
miedo, ¿A enfrentarte con mi padre?
—La mera verdad a mi no
me interesa ponerme a discutir nada más porque bailo contigo. Así es que como
tu quieras, cada quién por su lado o le seguimos.
—O sea que no
enfrentarías a mi padre por mí.
—Bien sabes que te
quiero, pero si me enfrento a tu padre no sé lo que ocurra, él tiene su
carácter, y pues yo también tengo mi carácter, y si queremos hacer coincidir
las dos diferentes formas de pensar es simplemente difícil— Una guitarra
sonorizó de diferente manera la estancia y los más tomados lanzaron sus
respectivas exclamaciones charras. Las costras etílicas de sus alientos
embriagaron el esófago de Martín. Verónica
tomo tres copas, las suficientes como para sentirse mareada y a la vez
contenta. No pudo conducir su auto al final de la fiesta, pretexto para que
Martín se ofreciera para hacerle el favor.
El auto circulaba por la carretera. La noche airosa se refrescaba con el
ambiente húmedo. Ambos no encontraban la manera de iniciar una conversación
sobre sus sentimientos pero hablaban de cosas sobre el clima. Al llegar al destino y
estacionarse, sin contratiempo Martín le
arranca un beso y la abraza, las manos de Martín Barrios se posan en las
piernas, sus manos sienten el tejido de las medias y roza a la altura de las corvas la costura.
—Espera no, no lo hagas,
me haces sentir mal.
—Tú sabes bien cuanto te
quiero. Verónica, te necesito, vamos, ven, necesito quererte.
—Pero tu sabes cuantos
problemas ha habido, esto no puede ser, mi padre no lo acepta, y esto no es más
que un juego tuyo. No se porque me pasa esto pero ya no aguanto la situación,
los problemas de mi casa, del trabajo, aparte los gastos y las deudas que
tengo, tu no sabes que difícil se me hace la vida. Quisiera escapar, irme
lejos, terminar con todo pero antes que nada esta mi padre, mi familia, ellos
son todo para mi y tu no eres para defender el cariño que me tienes, eres un
cobarde, eres un tonto, y fíjate que así dice mi padre: que eres un perfecto
idiota, que no sirves para nada, que eres un pobre diablo, que no tienes nada,
que eres un imbécil que no sabe valorar las cosas... en fin... — Sobre la mejilla izquierda resbala una lágrima producto del
sentimiento y de las copas. El hombre queda enternecido por ella, por el
momento. Se acerca a la mejilla y besa la lágrima que aún estando en movimiento
resbala adentro, a las comisuras de los labios y es allí donde atrapa la gota.