Translate

martes, 22 de noviembre de 2011

puros cuentos 3


LA ORACIÓN AL COLUMPIO

VERSIÓN CUENTO




Ella se mecía y se mecía en el columpio. Sus manos ataban las cadenas. Los eslabones sosteniendo el herrumbrado chirriar. Como un péndulo accionaba el radio de alcance. Sus cabellos corriendo al ambiente; sus piernas se lanzaban de frente y su cuerpo arqueado con figuras, curvas. En su cara una sonrisa en la cual reflejaba su juventud, su inocencia; mientras, su vestido azul de encajes largos jugaban, flotando. Sus pechos aún pequeños, reflejaban lo femenino, la sensualidad diamantina. Su sonrisa era aniñada, usual.
                                                               
Unas horas después, los columpios se mecían y se mecían pero sólo empujados por el viento. Ella no estaba. El viento empujaba las ramas, excitaba algunos arbustos, hacía bailes levantando polvo y arenisca. Los columpios se movían rechinando en el ambiente, con la inquietud de los asientos. En donde siembra su hortaliza, las semillas pronto germinarán, echarán sus escasas raíces y daría vuelta una vez más el ciclo de la naturaleza. Ahora los columpios siguen balanceándose cuando la naturaleza los agita. Ella desapareció, sus cabellos ya no están meciéndose al viento.

Algo ha de presagiar cuando las nubes se ponen rojas en el horizonte. Me maravilla que sucedan cosas incomprensibles, sobre todo cuando tienen que ser forzosamente misteriosas. Un proceso que hace pensar la vida demasiado fascinante. Las nubes prendidas en el horizonte podrían estar en cualquier lugar, pero se presentan prodigiosas, cerca; las tonalidades entre el rojo carmesí hasta tornar al amarillo y después al blanco. A lo lejos las montañas: el Popocatépetl y el Iztaccihuatl traen añoranzas, cavilaciones.

Las nubes y el viento de la tarde acarrean imágenes, sonorizaciones que se tuercen en estruendos. Los nubarrones obscuros se cargan de lluvia, de humedad, de energía; y cuando están abotagadas, se rompen, se flagelan chispeándose unas a otras, mojando todo como un velo acuático.

El momento podría hacernos recordar a una mujer sentada en un columpio meciéndose con la cadencia de su juventud; además, su cabellera salpicándose en el  aireo y ese cuerpo... el vestido azul de encajes me trae memorias de un beso, de una caricia, de unos pechos vírgenes meciéndose y meciéndose.

—La ciudad siempre me ha aburrido. El ir y venir de la gente, de los coches, es lo  que  hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos. Cargo en mi portafolios un par de textos, pero sólo les voy a presentar el de “La oración al columpio”, porque el otro no le encuentro chiste, como que se me hace que hay que trabajarlo más. Lo bueno que lo de la revista no está tan lejos del centro, y si termino rápido, me va a dar tiempo de ir a la librería a curiosear aunque sea. Si logro publicar el trabajo, qué orgulloso se va a sentir mi papá, él siempre apoyándome; como mi papá no pudo estudiar, en mí, sus sueños se hacen realidad.

—En ocasiones los sueños son inalcanzables. Yo sólo quiero seguir haciendo escritos, si no me salen estos inventos, pues me dedicaré a otra cosa; tal vez, a un curso de computación, están de moda, y según he escuchado pagan bien, y no se la pasa uno en el sol. Me inquieta el que no le vaya a dar importancia a mi escrito, yo sé que el trabajo está bien bueno y no tiene faltas de ortografía. Andrés Espinosa me dijo que los trabajos que le entregara fueran de lo mejor. Él me dijo que yo sí sabía escribir, que sólo tenía que pulir más los estilos. Don José Luis Domínguez es el director de la revista “La Fragua”,  es una eminencia en el estado; todos lo respetan. De pensar en la cita me sudan las manos, ojalá y no se note mi nerviosismo. Según me han contado, Don José Luis Domínguez ha escrito libros,  ha viajado por muchos países, y parece que lo querían lanzar para la gubernatura pero le faltó equipo y al final de cuentas no se animó.

El novato escritor entra a las oficinas de la empresa editorial. Las divisiones de tabla roca jerarquizan, los vidrios dividen interiormente, las jardineras se esfuerzan en recrear un ambiente natural, los teléfonos ocupados se animan, las secretarias cruzan la pierna y ponen cara de inteligentes.
—Bu...Buenas tardes, venía a ver al señor Andrés Espinosa.
—Fíjese que no se encuentra el jefe de redacción, el señor Andrés viene hasta más tarde, el trabaja hoy desde las siete de la tarde hasta las doce de la noche. Desea dejarle algún recado. — No,  es deque lo que pasa es que quedamos de entrevistarnos con el director de...
— ¿Tenía cita con Don José Luis Domínguez? Un momento, déjeme ver...mm, si, aquí está anotada la cita, si gusta sentarse — La secretaria se levanta de su escritorio con la libreta de taquigrafía en la mano y empuja la puerta, se deja ver hacia el interior un librero repleto y un par de  trofeos.
—El señor Andrés Espinosa no está— el joven se preocupa, medita mientras se acomoda en el sofá de la recepción — y ahora voy a tener que entrar a la entrevista yo solo, con lo que me pongo nervioso, pero qué le voy a decir, si no sé nada de nada, qué tal si el trabajo tiene faltas de ortografía... mejor me voy y otro día regreso, si otro día que venga más calmado y no esté tan nervioso; además,  está nublado allá afuera y eso me da mala espina, y luego como que la secretaria me vio feo, me barrió con la mirada y ya con eso me sentí como que, fuera de órbita. Creo que el señor este es muy importante como para que yo lo moleste... mejor me voy a dedicar a otra cosa, le voy a pedir dinero a mi papá para un curso de computación de esos de dos meses como los que anuncian en el radio; según sé, cuando uno trabaja en eso le pagan a uno bien, y no se la pasa uno en el sol, eso ya es ventaja; además, están de moda... pero. Y si continuara con esto a mi papá le daría mucho gusto; sí, él me apoyaría, que tal si después escribo un libro como el de las fábulas de Esopo o como Alicia en el país de las maravillas y se convierte en un libro que todos quieren. ¡Huy! Me hago rico...— La secretaria lo despertó de su introversión. Le comentó que en cuanto saliera una persona que estaba adentro él podía entrar. No había escapatoria.

—Tome asiento por favor, en que puedo servirle; pero, siéntese por favor.
—Gracias... este, le traje unos trabajos, no digo... perdón, este, le traje un trabajo.
—Y eso para que.
—es deque... me dijo el señor, este... ¿Andrés Espinosa?, que, este... se podría publicar en la revista “La Fragua”, él me dijo, que... este, yo sí sabía escribir y que sólo me faltaba, este... pulir los estilos.
—Sí, pero, ajum—ajum —  aclarando la garganta — en esta compañía editorial no publicamos cualquier cosa; además, no tenemos espacio. Cualquier espacio en la revista cuesta dinero, y en ocasiones la publicidad no deja; por eso, el material tiene que ser muy bueno.
—Si, este... creo que si es muy bueno, a las gentes que, este... lo han leído el trabajo me han dicho que es muy bueno.
— ¡Aja! A quienes.
— ¡A mi mamá y a mis hermanos!
—Bueno a ver déjame leer lo que traes.
—Mm...La Oración Al Columpio. Como está eso de la oración al columpio. No joven, no quiero tener problemas con el clero, usted bien sabe que vivimos en México y todos los mexicanos somos Guadalupanos, se le puede orar a la Virgen de Guadalupe o a la Virgen del Perpetuo Socorro pero a un columpio no. Déjeme seguir leyendo.

El director de la revista examina el texto con la paciencia que se adquiere de años. Otea puntos y comas, ideas y errores sintácticos, ortografía y lógica. Atisba todo el contenido. Equilibra gustos con ganancias. El joven escritor se hunde en la silla. Se observa incómodo. Sus ojos se pasean en el librero y en el muro repleto de reconocimientos. Observa la foto donde está Don José Luis Domínguez saludando al Presidente de la República, o la foto donde el paisaje es un pedazo serpenteante de muralla china. Todo el ambiente es formal. La decoración de la oficina con objetos de tiendas como: Neiman Marcus, Bloomingsdale´s, y Saks; parecen intimidar al neófito de las letras. Su espíritu se achica hasta tener el tamaño del trofeo de indio azteca puesto en el librero. En el librero observa títulos de libros como: Paula de Isabel Allende, La Reina Isabel Cantaba Rancheras, de Hernan Rivera; París En El Siglo XX, de Julio Verne, Nombre De Torero, de Luis Sepúlveda; Atrapando La Luz, de Arthur Zajonc. Historia Del Futuro: La Sociedad Del Conocimiento, de Taichi Sayaika. La Conquista  De La Voluntad, de Enrique Rojas,  La Lentitud, del autor Milán Kundera, Boleros en la Habana de Roberto Ampuero. El Hombre  Light, de Enrique Rojas.

—Mire joven le voy a ser sincero— pronuncia el señor acomodándose la corbata Gianni Versace— yo sé que usted está iniciando en esto de las letras. El trabajo es bueno, pero le faltan ciertas cosas. En ocasiones salta a la vista las palabras abstractas y la inclinación forzada a hacer el texto poético. A la gente no le gusta mucho los escritos rebuscados o bien los textos muy poéticos; a la mayoría les gusta que les narren cosas reales, de aquellas cosas que suceden en la vida real, que sean cosas empíricas, que tengan que ver con este mundo, que tengan como fundamento la cotidianidad. Desgraciadamente así es la cosa, aunque a mi personalmente me gusta mucho la poesía; sin embargo, estamos abiertos para recibir colaboraciones de gente joven que le guste escribir. Tenga, llévese su texto, estoy seguro que los siguientes escritos si podremos publicarlos, con mucho gusto.

—Si, señor, este... voy a hacer unos trabajos que...que,  tengo pensados.
—Bueno pues, estamos para servirle. En sus próximos trabajos por favor entrégueselos a Andrés Espinosa —dice el señor estirando el brazo para despedirlo y levantándose de la cómoda silla.
—Si, hasta luego, este, dice que se los entregue a este...como se llama. Bu...bueno ajá, con permiso, bu... buenas tardes — se despide el aprendiz de tartamudo, con una sonrisa sacada a golpes de nerviosismo.

La calle se luce en movimientos, van y vienen los carros y los vendedores ambulantes hacen el negocio frente a las oficinas. En el cielo hay nubes que se van inflando poco a poco, se van cargando de humedad; otras más allá se ponen como salvajes.

—Me lleva. Bueno pues, ya ni modo. Lo bueno que me dijo que tenía que pulir más los estilos. El trabajo este de La Oración Al Columpio creo que ni sirve, mejor voy a hacer unas fábulas como las de Esopo. Si en el próximo mes no me sale, pues me dedico a aprender computación, es lo que está de moda, y además pagan bien. Mi papá si me apoya en todo lo que yo quiera. ¡Hijole! Mejor me apuro. Creo que por aquél lado de los cerros ya quiere llover y ya empezó a hacer un poco de aire. Mejor ya no voy a la librería a bobear, para qué... si compro algún libro y ni lo leo.

Entra a su casa y se dirige a la recámara. En la pared frontal hay un póster de Thalía y tres gorras. Las cortinas están semiabiertas. Se asoma a la ventana.  En el patio del vecino hay una adolescente en el columpio. Ella se mece y se mece. Sus manos atan las cadenas, sus cabellos corren al ambiente y sus piernas se lanzan de frente mientras que su cuerpo se arquea para conseguir mayor velocidad. En su cara se ve una sonrisa inocente coqueta y atractiva. Y su vestido azul de encajes flota, sacudiéndose en el aire. Se nota que sus pechos son pequeños pero sensuales y su sonrisa transparente, viva.

La jovencita terminó de jugar y se fue; mientras, los columpios siguieron haciendo rechinidos por causa del aire. El viento hacía mover todo inclusive las ramas y arbustos. En el horizonte se veían tonos rojos sobre las nubes y más cerca se advierte un chubasco que se acerca con prisa, los nubarrones obscuros se cargan de humedad, y llueve.

El muchacho sigue viendo desde la ventana de su recámara. Y se acuerda de la jovencita que estaba meciéndose en el columpio, con un vestido azul de encajes. Ella fue su novia y se acuerda de los besuqueos que se daban.

—Todo este día me aburre, los coches, la gente. El ir y venir es lo  que  hace entregarme a la abulia; y más, andar yo de aquí para allá buscando que un editor me publique mis trabajos— piensa el joven y se recuesta en la cama —mejor me voy a echar un sueñito.


YO VI ESO



Queridísimas amigas mías:

Yo no soy ningún fisgón pero me creerían que la casa que visité hace unos días era un verdadero trochil. Estaba toda patas pa’arriba. Si la vieran algunas de ustedes tal vez saldrían espantadas. ¡Hay no!, toda la casa era un espanto. ¡Que horror! Inmundicia por aquí, inmundicia por allá. Sí. Se los cuento para que nunca se paren por ese sitio. Mis chicas queridas. Las adoro. Sí. Las adoro y por eso me preocupo por ustedes para que no vean cosas tan insanas. ¡Hay no! ¡Qué asco!

Sólo les voy a describir las cosas que había en el tocador de la recamara, solo eso, porque si me hubiera asomado a la cocina seguramente me desmayo o quedo afectada de la impresión. ¡Qué barbaridad! Pues verán, empiezo mi lista:

Tijeras oxidadas, aretes de bolitas de diferentes colores, tarro de calcio, lentes, reloj despertador, desodorante, pomo de alcohol y pedazos de raíces y hojas entre otros ingredientes; lámpara de petróleo, tubo interno de rollo de papel sanitario, tres invitaciones pendientes pegadas entre el espejo y el marco de la luna, radio de pilas, pequeño cesto de flores secas, desodorante ambiental, cinco cajas de “Ambrosol”.

Perro de peluche “toy’s house”, cassette de Joe Cocker: I can stand a little rain, espejo pequeño, pomo de “aceite del roble”, cuadro con letras doradas: ”Dios dice: no te desampararé ni te dejaré”, dos cepillos, pasta de dientes, la foto de la nuera, colores, carrete de hilo blanco, rosario de cuentas negras; pila de tamaño “c”, pedazos de papel de baño usado, tres seguros atados en la garra rosa donde están prendidos quince pares de aretes y tres sin par, una aguja con un pedazo de hilo blanco colgando, gotas para los ojos.

Alcohol en dos distintos tamaños cajita dorada como las que dan cuando se compra unos aretes, patito de cerámica con gorra amarilla y cinta roja en el cuello, cadena con medallón del Perpetuo Socorro, cerillo quemado; tres monedas de diez centavos, monedero de piel de distintos colores ensamblados, donde guarda las direcciones en papeles sueltos de las amistades del otro lado. Vaso desechable con nueces y cáscara de nueces, alcanfor, agua oxigenada, un búho de prendedor; aguja hipodérmica, portarretratos con la foto del nieto, medicina: “Fotoestimulina”, cinto de hebilla medio asomando entre el mueble y la pared, perfume: “Racing club Woman” de Ralph Lauren.

Hasta allí terminé mi lista porque en eso entró la dueña de la casa, en una bata muy transparente; con una cara lasciva y que se me va aproximando. ¡Qué horror! ¡Vaya susto! Me creerán si les digo que quería hacer el amor conmigo, yo le dije que era homosexual y que ni tantito me gustaban las mujeres, y ella insistente, me agarraba las piernas tratando de abrírmelas ¡Huy Dios Santo! ¡Que barbaridad! Lo bueno que sonó el teléfono, y eso fue para mí como si me hubiera salvado la campana.

No puedo ni imaginarme hacer eso, y luego con ella. ¡Válgame Dios! Yo creo que ni en pesadillas, porque si vieran a esa gordis, malacarienta, con sus patas callosas embutidas en unas chanclas corrientes que venden en cualquier lado. ¡Auch! Y déjenme decirles que sus piernas, no las tenía depiladas así que ya han de imaginar a que cosa se parecía; además, tenía un cuerpo tan antiestético que yo pienso que Diosito se ensaño con ella, y le puso fealdad de más en lugar de ponerle algo belleza. Bueno me despido de ustedes, ojalá y nunca les pase algo como esto, si les sucede algo parecido, que sea con un hombre, apuesto y fuertote y vieran como las voy a envidiar. PD.: Escríbanme pronto chicas. Adiosito.

El afeminado entra a su casa después de dejar la carta en el buzón de correos, agita las palmas de sus manos para refrescarse, su blusa sudada mitiga en humedad. Arroja los botines y se percibe al momento el olor a pies de hombre, es como el hedor a palomitas destiladas. Se quita las calcetas y las lanza al cesto rebosante de ropa sucia. Entra a la cocina, toma un vaso sucio y lo enjuaga en el chorro de agua. En torno al homosexual hay un trochil de cocina.

puros cuentos 2


YA NO SÉ QUE COSA 



—Sentado en las escalinatas, confundo y enojado miraba mis zapatos y hacía muecas tratando de no ver, tratando de escapar; rotos y enzoquetados descansaban al fin un poco del tianguis. Como mis zapatos era toda mi historia: corta. Estaba en el sexto año y llegué lejos. Ni sé nada del año, ni había clases. Mi tía me llevó a la graduación un ramo de gladiolos con flor de nube y me regaló un reloj de los “pica piedra”, tuve que bailar el vals con todo y pena, la canción de las “golondrinas” no la escuchamos bien porque estaba rayado el disco.

— ¿Pensar en la secundaria? Mi mamá apenas tiene para que comamos y mi padre se la pasa  de guevón  y pulqueando con sus compadres; a mí no me queda otra más que seguir vendiendo cerillos, de ahí sale para el colectivo, las tortillas, y no voy a decir que no, también me alcanza para las “maquinitas”.

—A mí me preocupa que no tengamos dinero, soy el mayor de mis hermanos y ya viene el otro. Parece que mi Padre no entiende, le dice a mi mamá que usar condones es anticristiano y eso lo dice el santo papa, y además que van ha decir los compadres... que parece que están haciendo la competencia para ver quien le saca más a la “vieja”. Ya no sé que cosa. Mis amigos del mercado, el “bolas” y “el traste” me invitan para que nos juntemos con otros cuates y echarnos el  cigarrito y las “chelas”, ya sé que eso me conduce a ser uno igual a mi padre, o peor, que tal si la pruebo, es decir la “buena” y después me gusta, y con el tiempo quedo igual que Mateo... Perdido, perdido.

—Ya no sé que cosa, me lo vuelvo a repetir muchas veces, tal parece que a todos los de mi colonia les cayó la misma maldición que a mí, la mayoría anda con los zapatos jodidos, llenos de lodo, y no salimos de una cuando ya caímos en otra; a todos nos agarra por temporadas la diarrea, la gripa y hasta el fut-bol; parecemos herramienta de la moda, pero de aquella que agarra parejo aunque uno no quiera

—Quién sabe que ha de significar el soñar escaleras, pero no el que uno vaya para arriba, sino el que descendamos de las escaleras más allá del suelo. Eso soñé ayer, y por eso estoy aquí, en las escalinatas; viendo mis zapatos rotos y enlodados, con el costal de cerillos empapado y la mercancía echada a perder. Por aquí han pasado unos “chavos bien” con tenis famosos... y de aire, embotarse de esos ha de ser la pura vida.

Al bajar el último peldaño, resbala por el exceso de lodo en los zapatos perdiendo el equilibrio, y cae hundiéndose hasta el pecho en la alcantarilla abierta desde donde fluye hacia arriba como fuente, el agua del drenaje. Los cerillos se esparcen por la calle y son atropellados por los urgentes autos.


LA CARTA



El joven escribía la carta para su novia; frente al escritorio media docena  de libros, la máquina, la engrapadora y un ciento de hojas blancas. Las cortinas desplegadas en la ventana ocultaban la  tarde muerta; imprudente la luna brotaba por entre la autopista y sus rayos accidentados rayaban los ágiles cofres. El improvisado poeta se esforzaba, mientras con destreza, una gota escurría por la frente, el sudor resbalaba por la grasosa piel, esquivando el acné del muchacho.

Tengo en mi lengua clavadas mil y una palabras para ti niña costeña; tengo agradecimientos que se asientan en mi voz, quiero agradecerte muchas cosas, entre ellas que me tengas confianza, eso me convierte en un hombre de ánimo benevolente; agradezco el cariño que me tienes porque tal vez no lo merezca y eso, cariño, me trastorna los hemisferios. Te agradezco que compartas tu tiempo con un hombre como yo, también el que regales en mis labios tus labios y hagas que tu alma la roce con tu aliento en mi boca. El que seas sincera conmigo y me confíes tu historia, tus deseos y te quedes desnuda. El que ofrezcas tu cuerpo a mis brazos, mis besos y caricias, y más el cariño infinito que me tienes; que me aceptes tal como soy, y en ese tal como soy tu desaparezcas como un fantasma, para ser yo; también que soportes  lo que tu no soportas y te agradezco el que aportes lo que yo necesito, lo que yo deseo”.

“Por otro lado, perdóname por no comprender, por ser un terco al quererte; mi niña costeña, la mujer, mi ninfa, mi todo. Perdóname por buscar nuestra felicidad en el tiempo más conveniente y el que oculte mis sentimientos cuando estos están al día. Por ser incomprensible y por ser un hombre tan pequeño que ama a una mujer inmensa, la diosa, el ángel. El ángel que encontró un centelleo de sol en mis ojos. Disculpa que sea un niño. La vida es así, se toma, se regala, se respira”.

Se levanta el jovencete. Se deja caer en la cama cuando sena el teléfono:
—sí soy yo. ¿Entonces no vas a poder? ¿Y que vas a hacer allá Entonces ya no te voy a poder ver? ¡Ahora mismo sales! ¿Y lo nuestro qué? Tú sabes cuanto te quiero... no eso no es suficiente, necesito verte, estar contigo. Bueno no es culpa tuya. Yo también. Adiós.
CLICK.. El joven se levanta enojado de la cama, toma la carta y en bola la lanza al cesto de los papeles.

Ella descansa. Después de tener las maletas listas y de colgar el teléfono, y en torno a su recámara femínea, cortinas rosas en ventanas coloniales que miran al parque. Ella, sintiéndose sobre almohadones, roza estirando el cuerpo mientras observa escenas en la televisión, vestida con pijama de lívida franela; el cabello suelto, posado, inerte. Los pies desnudos, limpios, sagrados. La sobrecama salmón con rosas níveas se asienta cual capa, como un brindis a su hermosura, de ocasiones, ella gira la cabeza para verse en el espejo siniestro. De vez en cuando percibe la juventud, su adolescencia viendo su perfil conmovedor, deja que el cuello flote ingrávido, señorial con su conjunto de encantos. Tiene suspiros en las piernas al recordar el joven que una vez le ofreciera su amor, el éxtasis de pareja. A él lo recuerda  acurrucándose en cama con las yemas acariciando sus labios. Ella tiene el cariño y cuidado de sus padres, pero sigue allí, guardada, observando la televisión en una noche solitaria con sutil vida. La luna sigue asomando su fino e inquieto rayo en las ventanas y cortinas.

Escucha tocar la ventana con prisa, y al acercarse es el joven.
— ¿Porqué me haces esto? ¡Tú sabes cuanto te quiero linda! – contesta limpiándose la cara de sudor, son gotas por el esfuerzo de cruzar el lomerío de casas.
—Deja todo como está, no te volveré a ver. Eres un hombre que no me conviene, y dice mi papá que no vales nada. Adiós, disculpa, pero tocan a la puerta, seguramente es mi mamá. —Al abrir la puerta recibe una feroz bofetada que hace golpearse con la columna cercana.
— ¡Yo que sólo tenía una intuición resultó cierto! Qué imbécil eres, estás embarazada estúpida chamaca. ¡Eres una perra! Lo más bajo, pero...co...cómo pudiste hacernos  esto a nosotros, que te hemos cuidado tanto, que queremos lo mejor para ti; hasta llevarte a Monterrey a una de las mejores Universidades, y a vivir con tus abuelos, pero que caray, desgraciada, y seguramente es ese mequetrefe aprendiz de literato pero... ¡Por Dios!” no te soporto verte más aquí ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí ingrata! ¡Malnacida!.

La joven no deja de llorar, aprieta los ojos y su cara se deforma ante la sorpresa. Se oprime el estómago y encoge los hombros llorando sin descanso. ¿Hay Diosito Santo, porqué a mí?- dice la desafortunada, mientras que su madre ha ido a la recámara de la hija por la pesada maleta, la jala y el rodamiento se desliza.

—Largo ¡Largo! Y no te quiero volver a ver —dice la mujer azotando la puerta. —El muchacho había escuchado el escándalo. Estaba radiante por la sorpresa, muy contento; se sentía mayor de edad.
—Linda ven aquí, no te preocupes, todo va a salir bien- pronuncia acercándose a la puerta principal.
— ¡Hay palomito! ¿Y ahora que voy a hacer estoy embarazada —llora y grita la veinteañera sentada en la maleta?
—Ahora pensamos que hacer. Ya no llores, anda ponte algo que hace frío.

Después de unas horas de discutir y empujar la maleta, los dos acuerdan irse a Monterrey con los boletos que ya estaban comprados con anticipación, llegarían a la casa de los abuelos. Ellos no negarían la ayuda el joven entró a su casa y excitado saca sus ropas sin ton ni son, recoge la media docena de libros que están encima del escritorio y levanta una hoja hecha bola; es la carta que horas antes había lanzado al cesto de los papeles.


EL BASURERO DE RISCO ALTO




—Que dicen, nos vamos a “Buenos Aires” o vamos a coger víboras por aquél lado de la cueva— dijo Toño, el niño pecoso y escuálido a la tercia de chamacos mocudos.
—Hay donde gusten— dice Marcial sujetándose el zapato puesto sobre el guarda fango de la bicicleta de Toño.
— ¡Chin—chin el último en llegar a “Buenos Aires”! — Gritó Andrés, al tiempo que estrujaba la bicicleta para ganar tiempo. Toño pierde el equilibrio y cae  provocando la carcajada que se escabulle por los rines alocados.
—Si serás güey — acierta a decir Oscar mientras esquiva los pedruscos de la  calle.

El pueblo permanecía en anonimato permanente, sólo tuvo ocasión de ponerse protagónico de chiripa, cuando un general norteamericano se perdió por la sierra  persiguiendo a la única división militar que invadió su territorio, y por accidente, llegó a la planicie sedienta de Risco Alto. El Santo del pueblo era San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas, pero, resultaba infructuoso el responsorio y aún así, se celebraba el 15 de mayo con el alborozo tempranero de las molinderas.

El sol rabioso atacaba los arbustos con temperatura delirante. Las alimañas buscaban los charcos de sombra que fugitivos se movían al compás del día. Los soplidos insignificantes del viento resultaban ingratos sobre la piel. Al cuarteto de chamacos les atosigaba el vientecillo en las gargantas,  pero eso no les impedía correr a la vagancia. “Buenos aires” era el sitio ideal para remendar una aventura, era el basurero del pueblo, y no faltaba quien fuera a tirar: la estufa, la taza de baño, los colchones, las máquinas descompuestas, la chatarra, los trebejos oxidados, o las estructuras de algún negocio fracasado; en fin, la basura era preferente en  este listado. Era allí el ambiente viciado por los distintos elementos en descomposición, fermentaciones y hedores se generaban en cantidades proporcionales al pueblo, por tal razón ya no hay que explicar más el irónico nombre.

A los muchachos les gustaba husmear en los desperdicios y descubrir entre todo lo inservible aquello que era un verdadero hallazgo, para unos era la canica en el interior de las botellas, los resortes, los espejos, las bobinas de motor, los lapiceros, las cuentas, los juguetes maltrechos; además los libros de cocina, las revistas pornográficas, las gomas, y jeringas hipodérmicas, entre mil cosas. Los niños jugaban, correteaban por entre los trebejos, por los cerros de tierra y escombro, brincaban sobre las pilas de colchones, formando casas, rampas, cárceles, escondites. En sus cabezas había odiseas, conquistas, guerras, creaciones, invenciones de mundos insólitos; en veces era el naufragio o la  llegada a la luna o la batalla con monstruos sin cabeza, todo ello recreado en el ambiente de “Buenos aires”, sin olvidar el sitio “La cueva”: lugar lejano pero que no por eso, dejaba de ser atractivo para el cuarteto de mocudos.

Toño, Andrés, Marcial y Oscar eran los inseparables del barrio, y aunque habían otros niños que querían sumarse a la pandilla no aguantaban las bromas pesadas de los llamados: “mocos verdes”; los cuatro tenían ojos aceitunados o bien café claro y eran de tez blanca, y cabello negro, a excepción de Marcial que era pelirrojo y de pecas rozagantes.

Al llegar a la explanada del basurero, Andrés entra a la rampa de madera mal puesta y al intuir el brinco empuja desde los pedales la bicicleta que sigue su rumbo sin dirección dando rebotes por entre un desvencijado catre y los cerros de escombro, mientras él, rebota en esqueletos de colchones oxidados. Los otros tres pícaros hacen su aparición con una ocurrencia peculiar. Oscar llega y derrapa levantando una nube  gruesa como para una asfixia. Marcial entre la nube de polvo no ve nada y se va derecho estampándose en las llantas apiladas, Toño llega tosiendo, agotado por el esfuerzo, sufre de asma; entre dientes susurra barbaridades.

Entran al escondite:
—Les voy a contar un cuento de “Cabe” nuestro enemigo— dice Toño acomodándose en una silla mal puesta. En derredor, los almanaques de revistas pornográficas alegran la vista. — Era un niño que se llamaba Cabe y de pronto llegó la policía bien rápido por el niño porque se había robado unas pelotas del CAPEP y la policía lo agarró con esposas y lo llevó a una celda muy fea, obscura y sin dar comida donde tenían una gota de ácido que caía y caía y cuanto más caía más  se deshacía el niño — el chiquillo hace la copla con sonsonete aniñado.

cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.

— ¡Ha! Ya cállate. Si de veras quieres ponerte con él, ve y sácalo de la cantina — aconseja Marcial, entretanto se enjuaga el sudor con la camiseta, y continúa. Sus pecas siguen pegadas a la cara. — ¿Quieren que les cuente un chiste?... Bueno... ¿Quién es más limpio, el cerdo o el marrano?
—No lo sé — dice Andrés, los otros dos levantan los hombros,  — a ver cual es más limpio.
— Es el marrano porque cuando se le pregunta al marrano: ¿cuando te bañaste? El marrano dice: oinc—oinc (hoy—hoy).
—Mi papá me platicó— dice Andrés, girando una botella en el suelo — que cuando él era joven conoció a un señor, y era demasiado loco, que él no llegaba a la peluquería a hacerse un corte de pelo porque él mismo se lo hacía, pero quemándoselo con un encendedor... en serio; ya cuando lo sentía largo, le prendía a sus chimpas y se las dejaba todas chamuscadas bien feo. También me contó que ese señor cuando fue a sacarse la foto para tener la credencial de elector llegó con caballo y vestido de vaquero y le dijo a la encargada de las oficinas del I.F.E.: —Sí, aquí quiero, sáqueme la foto aquí  montado en mi caballo y con sombrero para que no salga yo despeinado.
—Si tu papá es bien mentiroso, tu que te pones a creerle, por muy loco que esté, a poco no va a sentir el calor en las orejas— pronuncia Marcial.
—Bueno, es lo que me contó mi papá si no quieres creer pues allá tú.

Francisco Dyer era apodado “Cabe”, era un infante de padres extranjeros pero él había nacido en Risco Alto, Municipio de Ascensión, México. La decisión de quedarse en el pueblo había sido por obstinación del destino. Su padre  tenía una tienda de ropa y una cantina. El apodo era porque tenía la cabeza grande en comparación a su cuerpo. Era un niño egoísta, mal educado y caprichoso. El niño estaba como para el desprecio instantáneo, tenía la sangre pesada, sus maldades llegaban desde la crueldad con los animales, hasta la villanía más precoz.

A Francisco Dyer le había encargado su padre en esa tarde, llevar al basurero unas cajas con desperdicios de las tiendas. El camión recolector había pasado, sin llevárselas. “Frank” (así le decía su madre) estaba castigado por haber tomado dinero de la caja de ahorros, había comprado con el dinero, los petardos que en la mañana había lanzado al bote de la basura a la hora del recreo. Cuando llegó Francisco Dyer al basurero, con los desechos de los negocios, intuyó que podrían estar los “mocos verdes”, pero se serenó al pensar que en realidad no lo esperaban.

El camión de la basura venía dando giros por el cerro del “mogote” mientras que Francisco Dyer se parapetaba en las mismas cajas que llevaba a tirar. Lo habían descubierto.

 cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano.”

— ¡Ahora sí nos las vas a pagar todas juntas, cabrón! — Pronuncia Marcial enjaretado en un bacín como casco.
—Qué tal si le aventamos de los globos con pintura que tenemos reservados para las grandes ocasiones — aconseja Toño ataviado con propiedad como para una batalla.

El camión aparecía en escena con una fiesta de sonidos. Es el crepitar sin miramientos, es el anudamiento de truenos, es el zapateo de desajustes, de traca—tracas, de rechinamientos meneados al unísono. Con la reversa puesta el camión se invita sólo al barranco donde se encuentra Francisco Dyer parapetado en las cajas de cartón, justo abajo de la enorme carga de basura. El camión con los movimientos calculados, se para al filo y levanta la carga que empieza a resbalar.

cabe es
Cabeza de marro
Te pareces al marrano”.

Mientras le lanzan con todo, piedras, botellas y llantas. De volteo, caen las toneladas de basura quedando el niño sepultado. Los niños se pasman por lo sucedido, y huyen como nido de ratas al descubierto. Cuando van por el cerro  del “mogote” recapacitan. El camión recolector de basura pasa con su tronadero a toda prisa como si fuera una emergencia el recoger la basura.

— ¡Cabrones, le calló toda la mierda! Y ahora que, le avisamos a su papá o lo sacamos de allí — dice Oscar nervioso y asustado.
—Se me hace que mejor vamos a pedir ayuda — comenta Andrés.
— ¡No sean pendejos! Cuando regresemos ya va a estar muerto, mejor síganme, vamos a ver si lo podemos sacar— razona Marcial y de momento le da vueltas a su bicicleta, al arrancar se le cae el bacín que trae de casco.
— ¡Ahora sí nos van a castigar por esta! — pronuncia Toño y continúa — pero todo por culpa de ese pinche “cabe”, si nos castigan porque la hacemos o bien porque no la hacemos y al fin de cuentas es por su culpa. Ahora que nos debía tantas, Y ahora tenemos que hacerle hasta el favor al idiota...cof, cof, cof...no levantes tanto polvo, pinche Marcial...cof, cof. ¡Puto, abuzón! —el preocupado cuarteto de mocudos entra de vuelta al basurero, y dejan las bicicletas muy cerca del escondite. Marcial y Oscar se meten al escondrijo y se deshacen de los armamentos que traían colgando, en tanto que Toño y Andrés ya están derrapando en la inclinada pendiente hacia el último cerro de basura por donde se encontraba Francisco Dyer.

Francisco Dyer se encontraba vivo pero presionado por la basura, al recibir el empuje de la basura, había sido lanzado al interior de un tambo. El olor y el calor hacía irrespirable el estrecho aire, con esa cantidad de oxigeno viviría aproximadamente tres horas. El apachurrado chamaco se había desesperado en los primeros siete minutos pero, cuando escucho unos sonidos apagados, el desbarranco de piedras y un cof—cof, lejano; pensó que no estaba perdido todo. Tanto Toño como Andrés llevaban en sus manos unos garfios, o bastones con gancho; era la herramienta que utilizaban para jalar, levantar y hurgar en la basura.

A Francisco Dyer le empezaron los sofocos, las alucinaciones vendrían después.

Los cuatro niños cavaban con todo, tratando de salvar la vida de “cabe”. La enemistad ya no les importaba, sino la empresa de sacarlo del montón de basura. Habían pasado dos horas cuando pudieron penetrar un lazo con el garfio al tambo donde se encontraba el accidentado a punto del desmayo. Francisco Dyer pudo amarrar el tambo con una solera atravesada en la boca del gran recipiente antes de desmayarse. Y fue cuando regresó el camión de la basura, acompañado de los cuerpos de rescate, de la cruz roja, de los padres del niño accidentado. El chofer del camión se había dado cuenta de lo sucedido y había ido al pueblo a pedir ayuda. Solo faltaba remolcar la soga y tirar de ella para que saliera el tambo con todo y niño.

Cuando estuvo en recuperación. El niño comentaba que se le había aparecido un señor que le decía que lo salvaría, pero, le encomendaba que le dijera a toda la comunidad del pueblo que quería que le construyeran una capilla en ese sitio. Los feligreses del pueblo de Risco Alto ahora tienen a dos santos milagreros que son: San Isidro Labrador: milagrero en lluvias benéficas y San Francisco de “Buenos Aires”: protector de los niños mártires.