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jueves, 29 de septiembre de 2011

Stéphane Mallarmé: El Arquitecto del Silencio y la Vanguardia Poética


Imagen hiperrealista y cinematográfica de un poeta simbolista del siglo XIX en su estudio parisino, rodeado de manuscritos y libros de poesía, iluminado por la luz de una vela y una lámpara de gas, con páginas escritas flotando en el aire, evocando la atmósfera misteriosa e intelectual de Stéphane Mallarmé y su búsqueda de la belleza absoluta a través del lenguaje.

Descubre la vida y obra de Stéphane Mallarmé, el poeta que revolucionó la literatura con su simbolismo radical y su experimentación formal. Una reseña completa sobre el arquitecto del silencio y su legado en la poesía moderna.

Introducción

Stéphane Mallarmé (París, 1842 — Valvins, 1898) es una de las figuras más influyentes y enigmáticas de la literatura moderna. Considerado el máximo exponente y, al mismo tiempo, la superación del simbolismo francés, su obra trasciende las fronteras de un movimiento para convertirse en un faro que iluminó las vanguardias del siglo XX. Su poesía, de una densidad y musicalidad extraordinarias, se caracteriza por una sintaxis experimental y una profunda exploración de temas como la ausencia, el silencio y la naturaleza inefable de la realidad. Este artículo explora la vida, la obra y el legado de un autor que revolucionó la forma poética y sentó las bases para la literatura del futuro.

Esbozo Biográfico: Una Vida Marcada por la Pérdida y la Búsqueda

Nacido en París como Étienne Mallarmé el 18 de marzo de 1842, su infancia estuvo signada por la pérdida. Al quedar huérfano de madre en 1849, fue tutelado por sus abuelos. La muerte de su hermana María lo marcaría con una melancolía que, con el tiempo, se convertiría en la materia prima de su universo poético: la ausencia como presencia, el vacío como plenitud.
Estudió el bachillerato en Sens y, fascinado por la obra de Edgar Allan Poe, aprendió inglés para leerlo en su idioma original. Esta pasión lo llevó a viajar a Londres en 1862, donde conoció a Maria Gerhard, una joven alemana con quien contrajo matrimonio el 10 de agosto de 1863. Ese mismo año obtuvo su acreditación como profesor de inglés, profesión que ejercería durante décadas, primero en el instituto de Tournon, luego en Besançon y Aviñón, hasta conseguir el ansiado traslado al Liceo Fontanes de París en 1867.
La vida docente de Mallarmé fue, en muchos sentidos, una existencia doble: de día, el profesor de inglés que cumplía con sus obligaciones; de noche, el poeta que luchaba con el lenguaje en busca de una belleza absoluta. Sólo podía dedicarse a escribir al término de su jornada laboral, y así compuso L'azur y Brise marine, comenzó Herodías y redactó una primera versión de La siesta de un fauno.
Establecido en París, su modesto apartamento en la Rue de Rome se convirtió en el epicentro de la vida intelectual parisina. Sus famosas tertulias de los martes —conocidas como les mardis— congregaron a una generación de artistas y escritores que lo reconocían como maestro. Entre los asiduos se contaban Paul Verlaine, André Gide, Paul Valéry, Joris-Karl Huysmans, el poeta alemán Rainer Maria Rilke, Stefan George y el lírico irlandés William Butler Yeats.
Su figura fue inmortalizada por Édouard Manet en un célebre retrato de 1876, conservado en el Musée d'Orsay de París, y posteriormente por Paul Gauguin en un aguafuerte (1891) y por Whistler en una litografía (1892).
El 9 de septiembre de 1898, mientras cocinaba, sufrió un fatal espasmo faríngeo. Sus últimas palabras, dirigidas a su hija y a su ayudante, fueron una petición de destruir sus escritos: «No hay herencia literaria ahí...». Murió a la mañana siguiente, a los 56 años, dejando incompleto el gran proyecto de su vida: el Libro.

La Poesía de Mallarmé: El Arte de la Sugerencia

La poesía de Mallarmé es un universo cerrado en sí mismo, un lenguaje que busca, según sus propias palabras, "pintar no la cosa, sino el efecto que produce". Para lograrlo, se aleja radicalmente del realismo y la descripción directa, optando por la sugerencia, la evocación y la resonancia. Su sintaxis, a menudo compleja y laberíntica, rompe con las estructuras tradicionales para crear nuevas posibilidades expresivas. Las palabras, en sus manos, se convierten en notas musicales, y el poema, en una partitura donde los silencios —los espacios en blanco— son tan significativos como los sonidos.
Dueño de una sintaxis experimental cuyo hipérbaton mezclaba construcciones inglesas y latinas, Mallarmé creó poemas cerrados en sí mismos, lejos de cualquier realismo, donde el sentido proviene de las resonancias. En su poesía, las sonoridades y los colores juegan un rol tan importante como los sentidos cotidianos que tienen las palabras, lo cual hace su traducción realmente difícil. Según algunos autores, Mallarmé es el creador de un impresionismo literario: su intención era "pintar no la cosa, sino el efecto que produce", por lo cual el verso no debía componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación.
Sus temas recurrentes —la ausencia, el vacío, la nada, la naturaleza inefable de la realidad— no son el resultado de un nihilismo fácil, sino de una búsqueda apasionada de la "belleza ideal" que está más allá del alcance del lenguaje directo. Mallarmé no busca describir el mundo; busca crear un universo autónomo a través del lenguaje, un "Libro" absoluto que contenga la totalidad de la experiencia humana. Esta búsqueda lo lleva a un hermetismo que ha fascinado y desconcertado a lectores y críticos por igual.

Obras Principales: Un Catálogo de la Ambición Poética

La producción de Mallarmé es breve pero de una densidad extraordinaria. La siguiente tabla resume sus obras más significativas:
Título en español
Título original
Año
Descripción
Herodías
Hérodiade
1864
Poema dramático de gran complejidad simbólica
La siesta de un fauno
L'après-midi d'un faune
1865
Égloga lírica que inspiró a Debussy
Brisa marina
Brise Marine
1865
Poema de 16 versos sobre el anhelo de huida
Los dioses antiguos
Les Dieux antiques
1879
Estudio mitológico
Álbum de versos y prosa
Álbum de vers et de prose
1887
Recopilación de poemas y prosas
Páginas
Pages
1891
Colección de textos en prosa
Divagaciones
Divagations
1897
Ensayos y prosas poéticas
Una tirada de dados jamás abolirá el azar
Un coup de dés jamais n'abolira le hasard
1897
Su obra más experimental y audaz
L'après-midi d'un faune (La siesta de un fauno) es quizá la obra más célebre de Mallarmé, un homenaje lírico a la fugacidad del deseo y la belleza. Esta égloga describe las cavilaciones sensuales de un fauno despertado de su descanso de mediodía, meditando sobre sus encuentros con varias ninfas. El uso que hace Mallarmé de imágenes evocadoras pero ambiguas sirve para difuminar los límites entre la realidad y la fantasía, dejando la interpretación abierta a la imaginación del lector.
Brise marine (Brisa marina), escrita en Tournon en 1865, expresa un profundo anhelo de escapar de las realidades mundanas de la vida. A través de este poema, Mallarmé articula el deseo de huir a tierras desconocidas, simbolizando un anhelo de renovación espiritual y creativa. La yuxtaposición de lo doméstico sofocante con el mar liberador e ilimitado refleja las propias luchas de Mallarmé con las limitaciones del lenguaje y su búsqueda de la trascendencia poética.

Un coup de dés: Una Revolución en la Forma Poética

Su obra maestra, Un coup de dés jamais n'abolira le hasard (1897), es la culminación de sus audacias formales y una de las obras más revolucionarias de la historia de la literatura. En este poema, Mallarmé rompe con la linealidad del verso y la página, utilizando la tipografía y la disposición espacial del texto como elementos constitutivos del significado. El poema se despliega como una constelación de palabras en el espacio, un juego de azar y necesidad que reflexiona sobre la naturaleza misma de la creación artística.
El planteamiento de Mallarmé sobre la crisis del verso implica romper con las estructuras versales tradicionales para liberar la palabra de su contexto convencional, transformando la disposición espacial del texto en parte integrante de la esencia del poema. Su uso radical del silencio a través de los espacios en blanco anticipa los desarrollos posteriores de la poesía visual y concreta, haciendo hincapié en el impacto de lo que se ve además de lo que se lee.
En 1897, la revista Cosmopolis publicó este poema como un fragmento de la obra absoluta que Mallarmé llamaba el Libro, que no llegó a completar, y en la que intentaba reproducir, a nivel incluso tipográfico, el proceso de su pensamiento en la creación del poema y el juego de posibilidades oculto en el lenguaje, sentando un claro precedente para la poesía de las vanguardias.

Aporte al Simbolismo y a la Poesía de su Tiempo

Mallarmé representa la culminación y, al mismo tiempo, la superación del simbolismo francés. En un principio, su obra poética mostró la huella de tres contemporáneos ilustres a quienes reconoció como maestros: Théophile Gautier, Théodore de Banville y, sobre todo, Charles Baudelaire. Pero pronto soltó amarras y desarrolló una obra poética tan breve como ambiciosa, que lo llevaría a convertirse en el maestro indiscutible de una generación.
Fue uno de los pioneros del decadentismo francés y, junto con Arthur Rimbaud, fue incluido en el libro Los poetas malditos de Paul Verlaine. Su influencia en la poesía de su tiempo fue profunda y multidireccional. Los juicios favorables de Paul Verlaine y de Joris-Karl Huysmans lo convirtieron en poco tiempo en una celebridad para toda una generación de poetas, los simbolistas, que acogieron con entusiasmo su volumen Poesías y su traducción de los Poemas de Edgar Allan Poe.
El poeta y escritor cubano José Lezama Lima, uno de sus más apasionados admiradores, escribió sobre él: «...es, con Arthur Rimbaud, uno de los grandes centros de polarización poéticos, situado en el inicio de la poesía contemporánea y una de las aptitudes más enigmáticas y poderosas que existen en la historia de las imágenes. Sus páginas y el murmullo de sus timbres serán algún día alzados para ser leídos por los dioses».

Legado e Influencia: El Poeta que Cambió el Futuro

El impacto de Mallarmé en la literatura y las artes del siglo XX es incalculable. Fue una figura clave para los movimientos de vanguardia como el cubismo, el futurismo, el dadaísmo y el surrealismo. Su concepción de la poesía como un arte autónomo y su experimentación con la forma y el lenguaje abrieron caminos que serían explorados por generaciones de escritores.
Su influencia no se limitó a la literatura. El músico del impresionismo Claude Debussy compuso en 1892 una pieza de orquesta sobre su poema La siesta de un fauno, y el también impresionista Maurice Ravel musicó poemas suyos en Trois poèmes de Stéphane Mallarmé (1913). A estos hay que agregar los compositores Darius Milhaud (Chansons bas de Stéphane Mallarmé, 1917) y Pierre Boulez (Pli selon pli, 1957–1962).
Stéphane Mallarmé influyó también en los primeros poemas de Mario Luzi (La barca, 1935, y Llegada nocturna, 1940), adscritos al hermetismo italiano.
Su estilo, particularmente difícil de trasvasar a otra lengua, exige mucho del traductor. Entre quienes lo han intentado con mayor fortuna se encuentran Alfonso Reyes Ochoa, Octavio Paz, Rosa Chacel y Pilar Gómez Bedate.

Conclusión

Stéphane Mallarmé fue más que un poeta; fue un arquitecto del lenguaje, un explorador de los límites de la palabra. Su obra, aunque breve, es de una densidad y una riqueza inagotables. A más de un siglo de su muerte, su poesía sigue siendo un desafío y una revelación, un recordatorio de que la literatura es, ante todo, un arte de la forma y la invención. Mallarmé nos enseñó a leer el silencio, a encontrar la belleza en la ausencia y a entender que, en la página en blanco, todas las posibilidades del universo están contenidas.


martes, 20 de septiembre de 2011

Frecuencia Lunar


Ilustración de caricatura futurista con colores neón: un poeta desaliñado escribe frenéticamente en un escritorio holográfico mientras una Luna mecánica llena de antenas brilla en el espacio exterior. A su lado, un reptiliano vestido de comandante galáctico sonríe junto a dos seres grises, y una camilla futurista con diadema de control mental aguarda en el centro de la escena.

Un poeta descubre que la Luna es una antena de control de frecuencias. Semanas después recibe una visita que cambiará su percepción para siempre. Un cuento de ciencia ficción con un giro final que nadie espera.

Cuento de ciencia ficción con final sorpresa

I. El Manifiesto del Desprecio

Damián, un poeta de azotea y café cargado, le dio el último sorbo a la noche y tecleó el punto final. El archivo se llamaba "La luna enloquecida.docx". No era un poema, era un escupitajo. Una declaración de guerra contra el orbe de plata que hipnotizaba a las masas. Para él, la luna ya no era musa ni faro de amantes, sino una antena. Una herramienta de control de frecuencias que mantenía a la humanidad en un letargo de telenovelas y sueños prefabricados.

"Porque no te mueves y sales corriendo, acaso temes que te parta la cara de coqueta...", escribió. Sentía cada palabra como una pedrada contra un vitral sagrado. "...vengo a despedirme de ti, tiembla luna, pues ya apareció la tormenta del corazón amado."

Publicó el texto en su blog, "Verdades de Insomnio", y sintió el vértigo de la blasfemia. Se asomó a la ventana. Ahí estaba ella, impávida, bañando la ciudad con su luz de anestesia. Pero esa noche, Damián creyó percibir algo más: un zumbido bajo, casi inaudible, una vibración que parecía emanar directamente de su cráneo.

II. El Visitante de Plata

Semanas después, el timbre sonó. Era una hora indecente, de esas en las que solo llaman los fantasmas o los repartidores de comida equivocados. Al abrir, Damián se encontró con una figura que parecía sacada de una ópera espacial de bajo presupuesto. Un hombre altísimo, embutido en un uniforme plateado que brillaba con luz propia. Su sonrisa era perfecta, casi geométrica, pero no alcanzaba a calentar sus ojos, en los que Damián notó, por un instante fugaz, unas pupilas extrañamente verticales.

—Damián, el poeta —dijo el hombre, su voz resonando con una cadencia metálica—. Soy el Comandante Ashtar Sheran. He leído su... manifiesto. Una percepción admirable.

Damián, halagado y aterrorizado a partes iguales, lo invitó a pasar. El Comandante no caminaba, se deslizaba. Elogió su valentía, su capacidad para ver "más allá del velo". Le dijo que no estaba loco, que su intuición era correcta. Y entonces, le hizo la oferta que su ego no pudo rechazar.

—Ha visto el truco del mago desde su butaca —dijo el Comandante—. ¿No le gustaría subir al escenario y ver cómo funciona?

III. El Holograma de la Verdad

No hubo nave, ni luces cegadoras. Solo un parpadeo. En un instante, Damián estaba en su sala, y al siguiente, en un espacio vasto, blanco y estéril. Frente a él, una pantalla colosal mostraba la Tierra, una canica azul suspendida en el silencio. Y a su lado, la Luna. Pero no era la que él conocía. Era una esfera de metal intrincado, una filigrana de antenas y conductos que pulsaban con una luz enfermiza.

—Es un holograma, por supuesto —explicó el Comandante, señalando la luna que todos veían desde la Tierra—. Una proyección para ocultar la maquinaria. Una herramienta de manejo de frecuencias, como usted bien intuyó. Modulamos la agresividad, la apatía, el deseo... todo. La historia de su especie es un registro de nuestros ajustes de sintonía.

Le mostraron todo. Guerras que coincidían con picos de frecuencia. Movimientos culturales que nacían de ondas de euforia programada. El hambre de conocimiento de Damián se saciaba con un torrente de verdades terribles. Se sintió un dios, un iniciado. El único espectador consciente en un teatro de marionetas.

IV. El Regalo de la Paz

—Es... es más de lo que jamás imaginé —susurró Damián, ebrio de revelación.
El Comandante Ashtar Sheran posó una mano fría sobre su hombro. Su sonrisa se amplió, y esta vez, Damián vio claramente la membrana nictitante que barrió sus ojos reptilianos.

—Su hambre de conocimiento es admirable —repitió el Comandante—. Pero es un festín que indigesta. Un alma no puede vivir con tanto peso. Por eso, le ofrecemos un regalo aún mayor que la verdad. Le ofrecemos la paz.

De las paredes blancas emergieron figuras pequeñas y gráciles. Seres de cabeza bulbosa y ojos como pozos de petróleo líquido. Los Grises. Se movían a su alrededor con la curiosidad de niños, emitiendo suaves chasquidos de alegría. Lo guiaron, sin tocarlo, hacia una camilla que se materializó en el centro de la sala.

Damián no opuso resistencia. Estaba paralizado por la magnitud de todo aquello. Del techo descendió un aparato complejo, una diadema de lentes y agujas de luz que se ajustó sobre su frente, apuntando directamente al entrecejo.
—El tercer ojo debe volver a cerrarse para poder ver la belleza del mundo —sentenció el Comandante.
Hubo un destello. Un frío intenso en el centro de su cráneo. Y luego, nada.

V. El Poeta Enamorado

Damián despertó en su cama. Los primeros rayos del sol doraban la habitación. Se sentía... ligero. Feliz. Una oleada de amor por el universo lo inundó. Se levantó y fue hacia su escritorio. En la pantalla, el cursor parpadeaba al final del archivo "La luna enloquecida.docx".

Lo leyó. Y una mueca de asco arrugó su rostro. Qué cinismo, qué amargura. ¿Cómo pudo haber escrito algo tan lleno de odio? Borró el archivo sin dudarlo y abrió un documento nuevo.
Sus dedos volaron sobre el teclado, impulsados por una inspiración pura y renovada.
"Oh, Luna, faro de plata inmaculada," —escribió— "que guías con tu amor mi corazón errante..."
Afuera, la ciudad despertaba bajo la atenta y silenciosa mirada de la gran antena. Y uno de sus miles de millones de habitantes, un poeta con los ojos recién vendados, le cantaba, por fin, con el fervor de un verdadero creyente.


jueves, 20 de enero de 2011

El tren anclado


Hombre mayor sentado junto a su auto sin llantas, apoyado sobre ladrillos en un estacionamiento moderno, con la imagen fantasmal de la antigua fábrica Zahuapan proyectada sobre la fachada del centro comercial al fondo. Luz dorada de atardecer. Nostalgia, despojo y memoria en Tlaxcala, México.

Un hombre espera llantas robadas en el estacionamiento de un centro comercial que alguna vez fue la fábrica Zahuapan. Entre la nostalgia y el golpe de la realidad, Javier González descubre que el progreso siempre tuvo un precio que su familia ya pagó. Un cuento de memoria, injusticia y verdades que duelen.


Javier González sintió el peso del sol sobre los hombros, un calor que no lograba disipar el frío que se le había instalado en los huesos. Su auto, un sedán de modelo antiguo que cuidaba con esmero, descansaba sobre un pedestal de rocas y ladrillos, una estampa grotesca de la vulnerabilidad. Le habían robado las cuatro llantas. Aquí, en el estacionamiento de Bodega Aurrerá, el progreso olía a asfalto caliente ya despojo. Mientras esperaba los gallitos —esas llantas de segunda mano, casi lisas, que un conocido le traería—, su mente se fugó a otro tiempo, a otro lugar que, irónicamente, ahora albergaba este mismo centro comercial.
La fábrica Zahuapan. El nombre resonaba en su memoria con la fuerza de un pitido de vapor, el clarín del obrero que marcaba el pulso de la ciudad. Para el niño que fue, la fábrica no era una industria, sino un leviatán dormido, una criatura de ladrillo y metal cuyo aliento era el silbato que tres veces al día llamaba a los hombres. Jugaba en sus alrededores, entre los árboles y las palmas de abanico que crecían al unísono con él, maravillado por la "cueva del diablo" y el chisguete de vapor que se elevaba hacia el cielo como un fantasma. Era el tótem del desarrollo, el engranaje inamovible de su infancia, una promesa de futuro que olía a algodón ya maquinaria.
Su padre, un hombre de pocas palabras y manos ásperas, formó parte de ese universo. Javier lo recordaba llegando a casa con el cansancio grabado en el rostro, pero con una dignidad que al niño le parecía heroica. Le contaba historias de la fábrica, pero siempre desde la distancia, como si él fuera un mero espectador y no uno de los engranajes de esa gran máquina. Le hablaba de la transformación del campesino en obrero, de los turnos y la espera de la quincena, pero nunca de su propio lugar en la cadena. Para Javier, su padre era simplemente un hombre de la fábrica, uno más de los que construían el progreso de Tlaxcala.
El recuerdo de su padre se hizo más nítido, más doloroso. Recordó un día en particular, una tarde en que su padre llegó a casa con una sombra en la mirada que nunca antes le había visto. No hubo historias esa noche, solo un silencio denso que llenó la pequeña casa. Javier, desde la seguridad de su infancia, no entendió. No supo que esa tarde su padre había sido despojado de su dignidad, acusado de un robo que no cometió. Su padre era chofer, uno de los que llevaban las pacas de algodón a la Ciudad de México. Un trabajo que amaba, un volante que era la extensión de sus manos.
La verdad, ocultada por años bajo un velo de vergüenza y protección, emergió ahora con una claridad brutal. Su padre no era un simple obrero; Era el hombre que conducía el camión, el que llevaba la riqueza de Zahuapan a la capital. Y en uno de esos viajes, cerca de Río Frío, dos pacas de algodón cayeron del camión. El chalán, un joven asustadizo que debía vigilar la carga desde atrás, no dijo nada hasta llegar a la fábrica. Y entonces, para salvar su propio pelejo, culpó al chofer. A su padre. Le hicieron pagar la carga perdida, una deuda que lo hundió en la pobreza y le arrebató el volante para siempre. El hombre que transportaba el progreso fue arrojado a la cuneta, olvidado por la misma máquina que él ayudaba a mover.
Javier miró su propio auto, varado sobre ladrillos, y la ironía lo golpeado con la fuerza de una revelación. El mismo monstruo, con diferente rostro. La fábrica, aquel leviatán de su infancia, no era un ogro de cuento, sino un sistema indiferente que devoraba a sus propios hijos. Su nostalgia se deshizo como el vapor en el aire, revelando una realidad que siempre había estado ahí, oculta a plena vista. El pitido del tren anclado no era un llamado al trabajo, sino una sirena que advertía de los peligros de un progreso que, a menudo, se construye sobre la injusticia y el olvido.
El conocido llegó con las llantas usadas, los gallitos que le permitirían volver a rodar. Pero Javier ya no era el mismo. El robo le había quitado más que cuatro pedazos de caucho; le había arrebatado la inocencia de sus recuerdos. Mientras pagaba, sintió el peso de la deuda de su padre, una carga que, de alguna manera, ahora le pertenece. El tren se había ido, pero su huella —la profunda cicatrización en la memoria de su familia— permanecería para siempre.


El tope









Desde que los conozco, he tenido un gusto por los topes, que hermosos se ven allí en las calles, en las carreteras de los pueblos, en las avenidas; son algo de lo que los mexicanos deberíamos de sentirnos orgullosos. La idea de realizar un tratado breve sobre los topes me ha surgido de tiempo atrás, en las ocasiones en que me trasladaba a algún sitio o las veces en que los veía con su porte hermoso, regio, casi divino. En no pocas ocasiones escuchó salvajadas ofensivas para con los topes, pero yo como un abogado insuperable, los defendiendo.

La raíz etimológica de la palabra “tope” seguramente es muy antigua y podría familiarizarse con el concepto de “tópicos” Los “tópicos” para Aristóteles eran los objetos propios de los razonamientos dialécticos y retóricos, cosa que no tiene que ver mucho con nuestro objeto de estudio pero que más o menos nos vamos acercando por aquello de la retórica, siguiendo la historia del concepto llegamos a los retóricos latinos con Cicerón a la cabeza cuya idea de tópicos era la de “argumentos que no aumentan el saber pero que son instrumentos de persuasión” y aquí hacemos un alto total para subrayar el parentesco de ambas palabras debido a la oración “instrumentos de persuasión” para que vea el lector que no andamos tan perdidos buscando en libros viejos y metafísicos. La noción continuó su caminata etrusca hasta llegar a la lógica medieval con Boecio y luego fue Vico quien le daría el carácter a la palabra tópico de “arte propio del ingenio que es la facultad de la invención”; y así media docena de filósofos de alto rango hasta llegar con el filósofo autor de la crítica de la Razón Pura . Con Kant la palabra Tópico se corona triunfante pues Kant habla de una “tópica trascendental” en este sentido la tópica kantiana coincide de manera sorpresiva con nuestro objeto estudiado por lo que a continuación expongo.


El tope que actualmente conocemos y que el diccionario nos describe como : Pieza que sirve para detener o limitar el movimiento de otra, punto donde estriba la dificultad de una cosa. Fue descubierto desde tiempos inmemoriales y creo que es posible pensar que haya sido concebido mucho antes que la invención de la rueda y por supuesto de los caminos; pero imaginándonos veamos como este pedazo de arte pudo ser creado tan excelsamente por los humanos. Dios creo a los topes y los humanos le pusieron erráticamente por nombre: montañas, allí tenemos la cordillera del Himalaya en Asia, la sierra Nevada en Norte América y la cordillera de los Andes; los Alpes Suizos y los Pirineos por nombrar algunos cuya función es limitar el movimiento de los vientos puesto que a barlovento las tierras son más beneficiadas por las lluvias mientras que a sotavento existen extensiones de tierra árida y desiertos, además que estos topes no se limitan a detener la humedad sino que también sirven de tope para evitar la mezcla de culturas, el intercambio de genes entre las distintas razas entre otros socorros. Ahora bien, los hombres, como siempre ha sucedido, han imitado las cosas de los dioses y allí tenemos como ejemplo la Muralla China, el Muro de Berlín, la línea Maginot y para no irse tan lejos la muralla que construyeron los tlaxcaltecas para protegerse de sus enemigos. Como veremos, las cosas a como pasan los siglos se van empequeñeciendo, pero no su importancia.

Con el paso del tiempo el tope se fue amoldando a nuestra época y al día de hoy participa en nuestra cotidianidad como “instrumento de persuasión” y como “arte propio del ingenio que es la facultad de la invención” sin olvidar la trascendentalidad kantiana que podría tener. El tope como pieza que sirve para limitar el movimiento de algo, es altamente estético si sabemos apreciar la filosofía oriental, ya que todo aquello que no cambia, que permanece, y medita su camino llega a la conformación del uno, de la unidad, también se ha de saber que el espíritu que frena, que limita su movimiento a lo más básico se encuentra con el Ser. Por otro lado, si consideramos al tope como obstáculo, no olvidemos que muchos atletas han encontrado la gloria y han recibido medalla de oro en las olimpiadas sólo por saltar obstáculos. Podemos continuar diciendo que el tope es una pieza estética puesto que podríamos hacer un símil de él con las curvas de Afrodita y no torpemente con el jorobado de Notre-Dame. Se puede decir que el tope es símbolo de templanza, virtud que estamos empeñados a olvidar y que los griegos tuvieron a muy buen celo; el tope es sinónimo de rectitud, de fortaleza, de incorruptible y del cual todo mundo le hace reverencia al pasar sobre de él y sin percatarse. El tope es una entidad metafísica como ya lo expusimos líneas arriba y llego a afirmar que es punta de lanza de nuestra Postmodernidad, además será en el futuro un elemento antropológico que los futuros arqueólogos darán connotaciones mágicas y míticas. Cavilando, es posible que estemos en el preámbulo de un mito: el mito del tope, como lo ha sido el mito de Narciso, el del Minotauro, el de Edipo; he de afirmar de algún modo que el tope es el nuevo tótem moderno, elemento potenciador de nuestros horizontes. Por otro lado quiero echar por tierra todo prejuicio que se ha dado en torno a él, el tabú en el que se le ha contextualizado, pues como todos sabemos a las cosas de mucha razón, primero son negadas y después son afirmadas como verdades inobjetables.