ÍNDICE
PRÓLOGO
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L
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a
realización de un texto como el que se presenta, tiene una serie de avatares
que algunos lingüistas encontrarían dentro del texto, no pretendo en este
prólogo hablar sobre problemas, sino en la medida, hacer aparecer los logros y
alcances que ofrece la hechura y aún después, la lectura de este conjunto de
cuentos. El hacer cuentos tiene su importancia tanto cuanto el autor se
empecine en ello; inclinarse por esta forma de expresión cabe como para
complicarse el escritor solo, pero, a mi parecer queda el autor doblemente
enriquecido porque con el mínimo de palabras se entiende con el lector y con la
estructura se disciplina el espíritu. Estas dos exigencias son valoradas por
los más altos exponentes de la literatura Universal, el logro queda asentado,
falta un testigo para que corrobore el trabajo: el lector.
Este libro de cuentos se presenta como un elemento
de iniciación en la escritura, por ello he querido agradecer a quienes
estuvieron en el principio de esos días, a mi familia por su comprensión y
apoyo, a la gente que me rodea, porque sin ellos no hubiera contado con
excelentes protagonistas, a los maestros que estuvieron dispuestos a corregir
esos errores y a las instituciones que dieron la oportunidad
El Cachorro
EL BOMBERO CASTIGADO
— ¡La ambulancia por favor! Envíela
frente a la presidencia, tenemos dos accidentados, uno de gravedad; envíe
equipo de emergencia, repito. Envíe equipo de emergencia. Tuvimos un percance
en la demostración, ¡dense prisa!— El
jefe de bomberos repetía exaltado por el radiotransmisor llamando a la
corporación de la Cruz Roja.
Héctor Rulfo
era uno de los accidentados, sus lesiones sólo llegaban a ser golpes leves que
a media semana se borrarían. Los de su compañero eran de consideración.
— ¿Y como fue el
accidente?— Pregunta el curioso al señor más cercano.
— Lo que pasa es que se
subieron a una escalera de seis metros; mire, allí ya se la llevan. Y con los
tres que se subieron no aguantaron las
sogas y fíjese que con todo y equipo dieron al suelo.
El compañero
de Héctor Rulfo se retorcía de dolor con convulsiones, los temblores seguían
cuando llegó la ambulancia. La muchedumbre se arremolinaba como moscas en perro
muerto. Los compañeros bomberos pedían la calma. Los policías ineptos se ponían
nerviosos. El presidente municipal cuchicheaba con su secretario y mientras;
los camiones rojos, pipas y demás aditamentos se aburrían esperando ser
utilizados. Se había hecho una exhibición con todo el equipo, y extendido en el
pavimento, los botiquines eran desparramados para buscar el remedio presto para
curar al casi hermano, al compañero de trabajo. Pero, no había nada para curar
al grave de derrame cerebral. Si fuera algún asfixiado o quemado cualquiera de
ellos era competente.
Héctor Rulfo
era uno de los más prestigiados hombres de la heroica agrupación de bomberos,
tenía en su currículo una afanosa lista
de reconocimientos, diplomas y fotos con personalidades distinguidas que
corroboraban su capacidad en el trabajo. Ser bombero no había sido fácil para
él. La elección al oficio había sido una promesa que se había hecho a sí mismo
por la muerte de su padre, en el incendio de la iglesia ocurrido en 1938.
Héctor había pasado por catástrofes como: inundaciones, temblores, derrumbes,
incendios, entre otros; y accidentes de electrocutados, de personas salvadas a
punto del suicidio, perdidos en grutas insondables, niños ahogados con un
pedazo de bocado, en fin. De lo que se sentía más orgulloso era de lo ocurrido
dos meses atrás. Resulta que recibió en su turno una llamada en dialecto propio de los
naturales de la región, y que ni tarde ni perezoso acudió al auxilio; era el
incendio de una troje llena de pastura, pero el problema era que cerca estaba
el cobertizo donde la comunidad guardaba el grano para la siguiente cosecha y
también enseres que eran propios para el trabajo. Héctor Rulfo como superior de
bomberos dirigía las acciones con tino, dando como resultado el cese del fuego
en pocas horas, no sin antes arriesgarse él mismo para salvar el becerro torpe
de patas. La comunidad había acordado que enviarían una invitación para que el
jefe de bomberos seleccionara a uno de sus oficiales, para que el Día del
Bombero acudiera a la comunidad. Se haría una comilona en su honor.
Cuando se
reunieron los bomberos después de la demostración, en el salón de sesiones de
la corporación de bomberos, había un
apesadumbrado viento fresco que empalagaba todas las caras de abulia por
lo sucedido, muy a pesar de encontrarse celebrando su día. En la mente de
Héctor Rulfo se repetía el discurso del
presidente municipal:
“Sabemos que lo ocurrido a los compañeros es
muy lamentable, son cosas que suceden, y que lamentamos. Seguiremos muy de
cerca el restablecimiento del compañero, la exhibición tiene que continuar, y
sólo esperamos que terminen de colocar los aditamentos de la próxima
demostración. El oficio de bombero, todos lo sabemos, no es fácil, arriesgan su
vida, y ellos están dispuestos a todo, están al servicio de la comunidad, así como
nosotros lo estamos, o sea, todos los que formamos parte de la presidencia que
yo dirijo; pero vamos, señoras y señores, un aplauso a los bomberos, por favor
¡Un aplauso!”
A Héctor Rulfo lo
despertaron de su introversión cuando pasaron una gorra con unos pequeños
papeles hechos bola, era el sorteo de cosas como: encendedores, lentes de
contacto, una suscripción gratis para la revista que dirigía el presidente
municipal, el premio para ir a comer con la comunidad de los naturales y,
también, una dotación de condones suficientes para todo el año, donados por la
secretaría de Salud gracias a las influencias del presidente municipal,
entre otras cosas. Cada uno de los
bomberos iba inaugurando una cara de sorpresa; pero no tanto para Héctor Rulfo,
le había tocado ir a comer a la
comunidad de los naturales, pero él lo que quería era estar con su amigo
delicado, hizo un gesto de aprobación cuando le tocó nombrar su estímulo. Cosa que más que un
regalo, en esas circunstancias era para él un castigo. En la gorra había
quedado un papelito, era el papel del obsequio que correspondía al lesionado
más grave, le había tocado una dotación de condones donada por la Secretaría de
Salud.
Cuando llegó
a la comunidad lo primero que avistó fue una troje negra, chamuscada, luciendo
unos rayos traviesos jugueteando en el interior; al lado, cerca de la iglesia,
se miraba un manteado y más allá dos mesas con carne de puerco escurriendo
sangre, las tajadas estaban listas para las carnitas. Las moscas, sobre todo y
más que los comensales, festejaban como si fuera su santo. Los perros
irradiaban de felicidad, y peleaban con desgano, debido a la comilona, un
pedazo de cebo hediondo.
El superior
de la comunidad llegó a recibirlo. Su pantalón limpio contrastaba de manera
salvaje con sus pies embotados en guaraches de suela de llanta y los pies
gruesos de polvo, como costras cuarteadas por la historia. Con una sonrisa
radiante el señor extendió la mano y muy amablemente Héctor hizo lo mismo. Habían hecho una pequeña valla
humana hasta las mesas. Al pasar el agasajado todos aplaudían. Los borrachines
gritaban en su idioma y festejaban desmesurados con el alcohol, que era
tradición regional. Ninguno entendía de
buena manera el idioma de Héctor, cosa
que no le afligía en lo más mínimo. Cuando le sirvieron el arroz
consideró escapar del asunto, pero era demasiado tarde, le habían puesto
enfrente una bebida propia de al región,
la cerveza, los hielos, las servilletas, el pan de caja, las tortillas recién
hechas, un vaso con arreglo floral y, sobre el vaso, un dibujo en papel de un
bombero apagando el fuego, realizado en la escuela primaria.
Después del
primer plato siguió una charola cuya fuente era: cueritos, chicharrones,
costillas, tripitas, pedazos de hígado y bofe; acompañados con limón, salsa
roja, cilantro y cebolla, entre otros complementos. El tercer taco fue de bofe,
cuando quiso tragar el pedazo y no pasó fue cuando supo que estaba en
problemas. Héctor levantaba las manos intentando acomodar la garganta, tratando
de ayudar con los movimientos de la cara. Mientras, los parroquianos
disfrutaban del banquete pensando que el bombero festejado se le había subido
el alcohol a la cabeza, y en su idioma contaban el chiste viendo la
demostración. Héctor como mimo señalaba la espalda e intentaba golpeársela,
cosa que ocasionaba la risotada de los más ahogados en alcohol; cuando cayó al
suelo con la cara morada, intentando jalar aire, los asistentes lo rodearon
apelotonándose. Algunas personas imploraban a los espíritus de la montaña, otros
se alejaban pensando en que se le había metido un demonio, algunos más
acomedidos se inclinaban para darle un vaso de agua o la copa de aguardiente.
Dejó de respirar. Todo fue tan rápido. Se dieron cuenta demasiado tarde. Se
había ahogado el bombero con un pedazo de bofe. Las lesiones de la caída
ocurrida en la mañana todavía seguían
allí, no se borrarían. El currículum de gran bombero allí se cerraba.
YO VI AL NAHUAL
—No puedo creer que
aquello que estoy viendo sea el nagual. Me habían contado que por estos sitios
se podía ver, y aquello que está allá en la arboleda, en el claro que conforman
los campos semienhierbados, es sin lugar a duda. Me había fijado en ese lugar
en muchas ocasiones. Ahí donde los árboles han crecido se pasea triste,
columbrado. Hay una silueta áurea que lo sigue, que lo acompaña y sigo viendo.
Atrás de las orejas se me va formando un
escalofrío que recorre la espina dorsal, es un miedo ante aquella cosa que se
agita, se comba sin descanso. No logro entender. A lo lejos se mueve. El nagual
corretea, se inquieta como si quisiera escapar de algún dolor, como si quisiera
presentarse al dolor de los demás; en ocasiones
flota, se apacigua en el aire, en la brisa, sólo se puede ver en la
brisa, en la ligera lluvia de las tardes de mayo, como ahora. El agua corre,
los relámpagos chispean en el cielo y hacen configuraciones imprecisas de luz.
—Más tal pareciera que
cerca del nagual, de aquella cosa que cambia de configuración... ¡Ahora lo veo
en forma de perro!... no... ¡No es perro!... ¿será perro? Mmm... ¿No seré yo el
que está allá? Mmm... Y ese cuerpo desnudo, escamoso, mmm... ¿qué le cuelga
allí?, Parece que es... ¡las vísceras! Santo dios... ¿es la cola?, Es la cola
de perro, cambia tanto, me espanta, ya no quiero ver. Me quiero ir de aquí,
mmm... se ha escondido en los matorrales, atrás del árbol... no, no se ha
escondido, se ha guardado de algo, tal vez tiene temor a que lo vean. ¿Acaso
estoy violando los misterios que tiene que ser incognoscibles e indecibles? Es
el objeto o la cosa viviente quien no acata las leyes físicas por las cuales mi
razón se sustenta, es decir, la lógica racional sin la cual pierdo la cordura.
—A veces las imágenes
son precisas porque el agua cae y forma un velo tenue y azulado. El velo se
acentúa más; al mismo tiempo que se agigantan las gotas de lluvia, caen
esporádicos granizos, pero ese velo deforma, se vuelve confuso en la humedad y
la imagen es cambiante y diversa como mezcla fantástica. La hierba se moja con
ese... y esas patas, las patas del nagual, no alcanzo a verlas pero imagino que
son de hombre, podrían ser de perro. Sigue una tarea, la faena que asusta, que
me engarrota todito. Me golpea el corazón. Me enferma. Me hace una atemorizada
sanguijuela.
— ¡Que mal! ...¡Santo
Dios!, se ha convertido en un esqueleto, es una armadura de huesos, es el
armazón estéril, infecundo. Tengo que escribir esto, la circunstancia me hace
estar erizado, tieso. Me quiero escabullir. Quiero escapar, me acobardo...
¿quién no ante este pinche show? En este momento me gustaría más ser un árbol,
un maguey, un nopal para no sentir este
alucine. Algo pasa, algo pasa en torno a ese nagual, ha mutado en algo blando,
adiposo, es un adobe... ¿un adobe o un abdomen? Es la informalidad, el cambio amplio,
enconado, es lo que me debilita. Estoy abatido, raquíticamente abatido por esta
imagen, ojalá y sea fantasía en desvarío una ficción que me aterra y que no
puedo escapar mientras aquella cosa... ¡Apiádate de mi Dios Mío! ; Ahora es un
burro sin cola, pero tiene cabeza de simio y cola de cuervo... No, no es un
como... no es una cola de cuervo, es una sombrilla que cubre el lomo, entonces
que hay en el lomo, ¿qué se encuentra en ese lomo que está cubriendo?
—Esa cosa inverosímil es
la representación de otra cosa que no entiendo y que no logro comprender.
¡Caramba! De no ser por mi juventud, de estar mal del corazón, seguramente
estuviera mañana en camino al panteón. Siento que los poros se me enchinan, se
crispan, los bellos y su raíz se electriza, se hacen pabilo; y esta imagen,
esta representación, esta ensalada centrífuga de partículas mezcladas en sus
formas me hace estremecer.
—Sigue lloviendo, es el
velo, el himen acuático que desfigura a ese perro con cola patas de chivo que olfatea el aire, la tierra
mojada, las plantas y arbustos... mmm... ahora se escapa, como si hubiera visto
al chamuco el mismo nagual... ¡me está viendo a mí! Ha visto que lo estoy
observando. ¡Qué ojos! Es el rojo encendido que centella entre el guinda
fosforescente y el azul de las urracas.
Mis vísceras se desparraman, sufren espasmos. Aquello me ve, aquello me asusta.
¡Me estoy orinando!
—No escapa hacia el
macizo sino que se dirige hacia la
colina; atraviesa árboles; se aleja. Lo veo entre magueyes tiernos y se pierde en
la colina, mientras el agua corre en arroyos, se escurre hacia los estanques
del pueblo.
LA AUDIENCIA TÁCITA
Toda la historia de la vida de un hombre esta en su actitud
Julio Torri
Estuve presenciando la voz de un hombre
menudo perfectamente vestido cuyas palabras formaban universos extraños sacados
de algún palimpsesto, todas esas palabras misteriosas reflejaban que éramos dos
mundos diferentes, y después se reía, me daba unas cuantas palmadas en la
espalda diciéndome:
—“Las cábalas políticas mexicanas son como las amibas; se fusionan,
desprenden subdividen y vuelven a fusionarse en la oscuridad palaciega sin que
el pueblo se percate”[1]
—Yo le dije, al tanto que me recargaba en la pared mientras
el horizonte enrojecía. “A veces los mexicanos despertamos”[2]
Él
con parsimonia tomó el último sorbo de su cerveza y continuó.
—Déjate de tonterías, las cosas no van a cambiar, mejor me
voy “...Haz que todo me sea alistado para la hora de partir”[3]
Cuando se fue, tentado estuve de pedirle que se quedara, pero ese no
era su destino. El hombre tenía que llegar allá cuando el ocaso, para hacer
teatro de mascaradas. Nos habíamos puesto de acuerdo en que yo estaría allí
aplaudiéndole y diciendo que él era genial que una palabra y sólo una podría
hacer cimbrar la multitud, la muchedumbre. El camino era angosto. Una
monumental bajada con terrado recorría la vía; y el asfalto envejecido permitía
el giro de las llantas hasta llegar a un recodo donde se tornaba a un laberinto
con piedras y ladrillos a los lados. Apareció el autobús que me condujo a un
recorrido imprevisible.
Después de los años,
cuando el horizonte se alejó y el ocaso de nuestras vidas se apretujaba en los años que nos quedaban de
vida, nos vimos... Yo estaba aletargado en compañía de las moscas circunvecinas y con llagas en
las corneas, veía a las libélulas copular en el aire desértico del pueblo de
Palomas. Atisbaba las nubes del Puerto de Palomas y me horneaba en ellas, y era
mirar el huracán tras la línea estadounidense. Yo, era uno de los hombres
desheredados del pueblo, mi destino me había barrido hasta esos sitios
substanciales del bochornoso clima chihuahuense.
Llegó el
hombre y lo reconocí. Él continuaba hablando de cosas
Extrañas e in
entendibles que yo, por no ser descortés, dejé que corrieran las palabras por
las lomas sedientas. Le dije de continuo, ahorrándome palabras:
—Así como el
gallo tuerto come de lado, así yo con el ojo de buey me nutro de ideas a
diestra y siniestra. Él con voz de amo siguió:
—Cruzaré la frontera
México-Americana de indocumentado porque tengo deudas con la justicia, y
también para llevar unos paquetes que son propios del negocio—Terminó diciendo
al tiempo que se descalzaba de sus mocasines amielados “haz que todo me sea
alistado para la hora de partir”.
Partimos
hacia la garita pasando la malla de alambre por un costado de la escuela Ramón Espinosa Villanueva con las garrafas
llenas de agua. Para perdernos, sólo teníamos que equivocar el rumbo y no
llegar a Columbus, cosa que sucedió. A mí me picó primero la serpiente. Él
continuó, y con sarcasmo adulé su valentía, seguía cargando los paquetes de
polvo. Me quedé sentado observando el entorno, despertándome de vez en cuando
“tal como lo hacemos los mexicanos”. Me avivé pescando hormigas con un garfio,
lo introducía en el pequeño agujero donde salen y prueban su fiereza con el metal quemante, se
escurrían de nuevo a las profundidades del orificio fresco y retornaban a
morder con fuerza sobre el objeto extraño. Yo extranjero, picaba con el garfio
y el sol me atacaba salvajemente en cuello y espalda. Cuando vi un solo punto
de aquel hombre supe que ya no lo volvería a ver, Él continuó caminando.
Las
autoridades de inmigración encontraron a los dos cuerpos calcinados por el sol,
después de cinco y siete días respectivamente. Al primer cuerpo, encontrado a
un costado de un hormiguero, no le dieron mucha importancia; el segundo cuerpo,
lo llevaron a México, lo presentaron a los medios de comunicación con todo y
hormigas, con la lengua de fuera y con
Los ojos
achicharrados por el sol, con la piel negra y seca. Había muerto el llamado:
“El señor de las nubes y los medios”, narcotraficante muy buscado en el
continente Americano. El otro muerto, antes de morir, arrojó palabras sobre la
cañada, pero no tuvo auditorio.